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Arribismo bélico

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   Cuando Trump, desesperado en su campaña por la posible derrota que le infligiría Joe Biden —quien al final terminó ganándole por estrecho margen—, citaba en sus discursos a Gustavo Petro y también a veces a Juan Manuel Santos como miembros de un eje del mal que desestabilizaría al continente, algunos escépticos acá se lo tomaron muy ligeramente, casi diciendo que los aludidos debieran alardear por haber sido sacados de los límites locales para ser trepados al olimpo de los conspiradores internacionales contra la democracia occidental. No es tan simple la cosa. Ni es atribuible apenas al hecho de que en el estado de Florida habitan muchas colonias de colombianos, venezolanos, nicaragüenses, cubanos, etc., susceptibles al discurso “castrochavista” que se presenta como una amenaza contra el statu quo panamericano. Por fortuna, esta vez Florida no fue la “línea Maginot” —como en cambio sí lo fue cuando Bush hijo le ganó a Al Gore—, pues ya ese estado no decidió la presidencia de EE. UU., mediante el reconteo de un exiguo número de votos. ¡Qué alivio! Esta vez, por lo menos, el ratón Mickey salió por chatarra.

    Desde luego, por la instantánea circulación de las redes sociales, solo ahora adquiere magnitud la alusión de un presidente gringo a figuras de la política colombiana que le resultan adversas (Petro, por ejemplo), aunque en el pasado muchas otras de acá, casi todas las que han desempeñado la presidencia, han merecido que su nombre se pronuncie en los círculos de Washington, pero por serles afines. Otra cosa es que ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta, a causa de la inexistencia para entonces de la globalidad tecnológica. Pero Colombia ha sido para esa potencia un factor de relieve, sin duda, y muy poco honroso.

    Bastante, por ejemplo, debió hablarse de Laureano, cuando envió 4.700 soldados a la guerra de Corea, de los que 196 perdieron la vida y 400 resultaron heridos. Este fue el único país latinoamericano que se inmiscuyó en esa guerra ajena. También fue el único que le dio la espalda a un país hermano cuando lo de las Malvinas. Y que puso a las órdenes de Estados Unidos “lo que se le ofreciera” para Irak. Al final no pidieron tropas de acá, pero aun así docenas de paisanos mercenarios se echaron su viaje. Algunos incluso se perdieron en el desierto, no alcanzando a disparar ni un tiro ni a ganarse un dinar. Como aquí se pegan de un avión fallando, y gente para sacrificar y regalar es lo que hay, después el minguerra Pinzón y el mandatario Santos nos embutieron en la OTAN, cuando ningún otro país de este continente pertenece a esa reliquia de la Guerra Fría.

   Por supuesto que todo este arribismo bélico es el resultado de la megalomanía facha de quien, no saciado con hacer invivible su propia nación, pretende hacer extensiva la discordia —a la colombiana— al resto del mundo. Sumarse a los depredadores habituales como peón de brega. Y bueno, ya estamos insertos dentro del género del espionaje, con Rusia nada menos, país a cuya embajada le montaron una perseguidora con cámaras y “chuzadas” —por el estilo de las que les hacen a nuestros dirigentes de izquierda—, que derivó en la expulsión de dos de sus funcionarios que para los sabuesos de acá deben ser “soviéticos”. Bienvenidos a la nueva Guerra Fría, en la que Colombia repetirá su triste y ridículo papel de república bocalicona.


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La lección de la peste

Texto de Lisandro Duque Naranjo

La pandemia del COVID-19 es apenas un campanazo, del que dice el teórico portugués Boaventura de Sousa Santos, que marca el verdadero comienzo del siglo XXI. Estamos, pues, en el año cero del tercer milenio y de todo lo que viene. Tranquiliza mucho ese pálpito y no porque creamos que de ahora en adelante los horrores del siglo XX serán irrepetibles, sino porque, debidamente procesados estos últimos en su dimensión (guerras, hiperexplotación, deterioro del planeta, etc.), la pandemia permite estrenar cuaderno con otro tipo de conjeturas, no menos dramáticas, pero quizá más alentadoras.

    Aunque en medio de los padecimientos que la pandemia ha causado a la humanidad —desempleo, pobreza súbita para clases sociales que se habían acomodado a una precariedad medianamente soportable y reducción a condiciones aún más desamparadas para quienes ya habían sobrellevado una existencia siempre miserable, etc.—, es evidente que el momento actual ha clausurado la eventualidad de que se retorne a la sospechosa “normalidad” de antes de marzo de 2020. Basta esta certeza para hacer más patéticos los esfuerzos —y aterrizo de una vez en este país, aunque la alarma es universal— de un Gobierno que sigue procediendo como si apenas estuviéramos atravesando por una “gripiña”. Es natural, pues si quien ejerce eso llamado presidencia no estaba ni siquiera preparado para el statu quo prepandémico, menos pudiera esperarse de él la imaginación que reclama esta anomalía terminal.

     Dice Boaventura de Sousa que “el ser humano es apenas el 0,01 % de los seres vivos del planeta”. Yo agregaría que sin duda este Homo sapiens no clasificaba para ser “el primogénito entre las especies”, lo que sería, a futuro, una equivocación de dios. Y lo ha demostrado con creces al ignorar que la naturaleza es una unidad en la que lo cognitivo debe pactar su sobrevivencia con el resto de lo vivo. Es cierto que hubo tiempos más holgados en los que la cultura transgredió la naturaleza, tumbando montes para construir ciudades y carreteras. Pero después de milenios, cuando la cultura conspiró contra sí misma —lo que era inevitable y ocurrió a tiempo— para construir la civilización, se olvidó de lo natural y perdió la umbilicalidad con lo vernáculo de que era producto. Comenzó a deforestar, a correr la frontera agrícola, a matar para hacerse a más tierras, a maltratar la roca para encontrar los fósiles que le permitieran embutir con plásticos las narices de las ballenas y llenar de grandes superficies las ciudades para tentar con objetos prescindibles a quienes renunciaron a ser ciudadanos para mutarse en ese monstruo llamado consumidor. Arrasó el paraíso perdido, que ahora pretende recuperar a través de casas de campo dominicales. O yéndose a pueblos pequeños, siempre y cuando tengan wifi y acceso a Netflix. Pero esto no basta.

       El modelo neoliberal e incluso algunas formas de capitalismo que se las dan de compasivas hace rato que no dan más que problemas al género humano. Y terminarán extinguiéndolo. Curioso que haya tenido que ser una pandemia —que, por supuesto, es apenas un prólogo de otras peores, si no se frena en seco— la que de súbito logró lo que tantas insurrecciones y marchas no alcanzaron. Quizá sea el tiempo de que estas atiendan el llamado de la peste, para que la humanidad se alivie.

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Devotos y de votos


Texto de Lisandro Duque Naranjo

Son muy diferentes entre sí el presidente Duque y el exfiscal Martínez Neira. En lo único que se parecen es que ambos son malas personas, lo que en cada cual tiene inspiraciones distintas. Duque, por ejemplo, cree en la Virgen y siempre se le atraviesan varias: la de Santa Catalina fue la última, por haber quedado intacto su cuerpo de yeso y cemento luego del azote del huracán Iota. Hay tantas vírgenes en el mundo, que ni siquiera requieren estar hechas de material resistente para sortear ilesas ese tipo de temporales y prestarles un servicio místico a sus creyentes. Que si por fortuna uno de estos es presidente, y aunque no haya sabido nunca de su existencia, es muy funcional para atribuirle un prodigio. Virgen es virgen. Aunque ni en San Andrés, ni en Providencia ni en Santa Catalina ocurrió milagro alguno, pues en esos tres lugares el cielo se les vino encima a sus habitantes dejándolos apenas con lo que tenían puesto. Algo hubieran podido salvar, sin embargo, si desde Presidencia, donde sabían de la inminente calamidad desde hacía tres días, no hubieran confiado tanto en deidades supremas. Eso de la fe, qué casualidad, le sirvió al presidente para reincidir en la negligencia criminal de su propio padre, quien era ministro de Minas hace 35 años y no hizo nada cuando los vulcanólogos previeron con suficiente anticipación el desastre de Armero. A diferencia del Iota en Providencia, el nevado del Ruiz no respetó ni a la virgen del pueblo. Los devotos siempre son un peligro, no solo por su desdén frente a la ciencia, sino porque a la hora de la verdad, y por si acaso la ciencia resulta cierta, les advierten del peligro a sus más allegados, como lo hizo el padre del presidente actual. Ese no parece ser el caso de su hijo, quien es un creyente puro. Recuerdo que en mi pueblo se decía que para tener bajo nivel cognitivo había que cumplir con tres condiciones: comer harto pan, bailar amacizado con la hermana y que se le apareciera alguna vez la Virgen. Tal cual.

El exfiscal Martínez Neira, por su lado, no es nada ostentoso con su credo religioso. Puede que sea agnóstico o laico a secas, el pedazo moral que tal vez sí le heredó a su padre. Y, por lo tanto, no se le ocurre atribuir el cianuro que ultimó a los Pizano, padre e hijo, a una fatalidad ultraterrena. Él prefiere achacarle esas muertes a una casualidad; un simple accidente, para efectos jurídicos. Y listo. Tampoco dijo que eran milicias celestiales las que, bajo sus órdenes, allanaron la JEP en 2018, como si ese tribunal fuera la Oficina de Envigado. Ni Odebrecht, Navelena y el Grupo Aval fueron parejas de faunos salvadas en el arca de Noé, sino “entidades respetables de nuestra institucionalidad”. Y santo remedio.

También cree el señor NHM que heredó de su padre las destrezas del teatro, pero no, esa afición por la dramaturgia la ejerce de manera chueca. Cuestión de ver su sainete tan chapucero para enredar a Santrich e Iván Márquez —bueno, y a De la Calle, al general Naranjo, a Piedad Córdoba y muchos más— en un supuesto alijo de cocaína. El solo “mexicano” de la DEA o del cartel de Sinaloa era un tipo lo más de chapineruno, ala. En Colombia puede engatusar con esa “obra” a más de uno (por ejemplo, a los de Blu Radio), pero ahora que va para España como embajador estará arrepentido de haber involucrado en esa opereta a Enrique Santiago.

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Envigado City

Texto de Lisandro Duque Naranjo

  Se supone que de aquí a que termine de escribir esta columna —y con mayor razón cuando salga publicada, que será el lunes— ya se habrá resuelto la incertidumbre sobre los votos que faltan para que el candidato demócrata, Joe Biden, sea declarado nuevo presidente de los Estados Unidos. Magnífico celebrar que en ese país habrá un gobierno sin la aparatosidad pintoresca del macho alfa que durante los cuatro años anteriores asoló al mundo con sus excentricidades de ricachón mal hablado. Bien ida esa locuacidad obtusa contra los inmigrantes, a los que convirtió en parias y cuyos niños les arrebató para enjaularlos. Queda despachado su desdén por la ciencia con el que ha hecho de su país campeón en mortalidad por COVID-19 —hasta el punto de convertir el tapabocas en una prenda del eje del mal y el no usarlo en un santo y seña de la derecha internacional—. Bajo su gobierno, el tema del cambio climático se convirtió en una entelequia propia de terroristas; su maltrato a las mujeres, en un paradigma para los misóginos, y su racismo, en una incitación para que la peor policía y el KKK reactiven sus hogueras y carnicerías. Aquí en Colombia nada más el estrangular con la rodilla a un indefenso lo estrenaron el 9 de septiembre nuestros policías en la humanidad de Javier Ordóñez. Esa fue la colombianización del “I can’t breathe, please...”, frase agónica de George Floyd a la que se le respeta su idioma original.

   Insólito que una potencia mundial, que tiene entre sus saberes científicos a Silicon Valley, sea tan rústica —además de en muchos valores espirituales— en su sistema electoral. A tal punto que algunas registradurías —una por cada estado— están esperando todavía que lleguen los votos para el conteo, como si vinieran a caballo o en diligencia. Honor que le hacen los Estados Unidos contemporáneos a su umbilicalidad cultural con las épocas del etnocidio indígena y de los cara-pálidas Billy the Kid y Wyatt Earp. Y para no perder este imaginario del Far West, nuestra Katy Jurado bugueña no desamparaba, a punta de Zoom y de Facebook Live, a los electores colombianos de la Florida, mientras su jefe Uribe le hacía un guiño muy eficaz a la cubano-americana María Elvira Salazar, quien quedó electa congresista. También fue jefe de debate de ese americano feo, en Colombia, en Miami y en Washington, el embajador Francisco Santos, dándoles una mano bendita a Lincoln Díaz-Balart y a Marco Rubio, uribistas cubano-americanos, quizás abriéndoles el censo consular de colombianos residentes en la Florida, según la alerta que hizo Iván Cepeda. Campaña activa también la hubo por parte del Gobierno, según lo deduzco leyendo la oferta gratuita de pasabocas y pruebas COVID-19 —allá no se usan los tamales para eso— por parte del consulado en Miami a la colonia colombiana. ¡Por fin hizo algo este Gobierno contra la pandemia! El hecho es que la Pequeña Habana se convirtió en una especie de Envigado gringo, en el que hasta Gustavo Petro jugó como referente estigmatizado por Trump, quien lo tildó —en realidad, un honor— como aliado del diabólico y extremista Partido Demócrata.

  En vísperas electorales hubo alza en la venta de armas, en esa tierra que tiene más tiendas de Smith & Wesson y fusiles AR-15 que establecimientos de McDonald’s (cifra real). Ojalá el weekend no haya estado muy movido.


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Tenga, presidente: minga

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

  Así lo sentí y así lo digo: por supuesto que tanto la llegada de la minga a Bogotá, como su pernoctada en Cali y su paso por Armenia, Calarcá y Soacha podían ser un factor de expansión del contagio de COVID-19. También, las movilizaciones de no indígenas, convocadas para el 21 en varias ciudades del país. Evidentemente se puso en el nervio de las preocupaciones el dilema ese, casi metafísico, incluso nihilista, de la vida o la dignidad, de la enfermedad o la política. Y los contestatarios se decidieron, claro que con tapaboca, por la dignidad y la política. Pero la toma de las calles no fue propiamente el caos de un día sin IVA. Por el contrario, fueron dos jornadas —lunes y miércoles— contenidas, si es que eso puede decirse de la imagen épica de los indígenas trepados en los techos de las “chivas” con sus músicas, plumas, bastones de mando y trajes coloridos en alto, derrochándole estética vernácula a esta capital flemática. Pudo haberle mermado temor al bichito del murciélago el hecho de que gente muy sonada —Trump, Uribe, Barbosa, la señora “Charito”—, parece haber incorporado la enfermedad como un adorno de campaña, algo inofensivo. En efecto, a ellos, el coronavirus que supuestamente los afectó ni los tiró a la cama ni les produjo los desastres corporales y psicológicos que cuenta Héctor Abad Faciolince que padeció su hermana mayor, o que en un texto abrumador narra el magistrado del Consejo Electoral Guillermo Pérez, con quien el COVID-19 se ensañó en serio. No, el contagio que afectó a los mandamases fue una modalidad exprés, muy light —ahí sí una verdadera “gripita”—, de la que se recuperaron sospechosamente rápido. Quizá para vanagloriarse de su invencibilidad física y, en el caso de la senadora Guerra, para volver irremediablemente virtuales las sesiones del Congreso. Mejor dicho, falsos positivos, que en eso son expertos los cuatro. “Pacientes” como estos incentivan el descuido frente a la pandemia.

  Buena la pregunta de Gustavo Petro al presidente del Congreso, Arturo Char: “¿En el caso de encontrarse un infectado en alguna sucursal de las tiendas Olímpica, usted pondría en cuarentena todo el establecimiento, tal y como lo hizo con la sede del Poder Legislativo?”. Regular como actriz, ya en la sesión virtual del Senado, María del Rosario Guerra participó en la plenitud de su aparato respiratorio. Ni una tos de cortesía. Y uno armando cadenas de oración para salvarla de las inclemencias de la UCI.

  Ya entrados en la minga, podría decirse que si no actuaron los tales “vándalos” fue porque la policía, que es la que los lleva e incita, estuvo a distancia. Le tocó al Gobierno replegarse, pues había bastante vigilancia internacional. Además, la autoridad armada le tiene pánico a la guardia indígena, que es muy brava con esas armas simbólicas que empuña. En la vida real, por fin, tuve el regocijo de que ganaran los “indios”, lo que de niño no me fue dado cuando veía películas de vaqueros que masacraban a los sioux, los navajos y los apaches.

***

“Lo que no borró el desierto”, libro de Diana López Zuleta, es un relato sobre cómo esta joven, hija de Luis López Peralta, una víctima de Kiko Gómez en Barrancas, Cesar, en 1997, desenmascaró al asesino de su padre y logró hacerlo encarcelar 16 años después. Entre sus virtudes literarias, está el hecho de ser un thriller.

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“Las repúblicas independientes”

 

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

Es posible que de personajes como Pablo Emilio Guarín, Javier Delgado y Hernando Pizarro —incluidos en la lista de seis personas que el partido FARC reconoció haberles dado muerte—, muchos hayamos pensado, cuando se conocieron las noticias de sus asesinatos (Guarín, 1987; Pizarro, 1995; Delgado, 2002), que la autoría intelectual y física correspondía a la organización guerrillera ahora desmovilizada. El primero, por “pacificador” del Magdalena Medio, y los dos últimos por fundadores del Ricardo Franco (masacre de Tacueyó). En cuanto a Landazábal (1998) y Chucho Bejarano (1999), siempre me transé por la leyenda urbana, auspiciada por los medios, sobre todo Semana, de que los atentados contra sus vidas se debieron a una previsión de mandos militares de la ultraderecha para silenciarlos a propósito de lo que pudieran declarar en un juicio por la tentativa de golpe de Estado contra el gobierno de Samper Pizano. Lo de Álvaro Gómez Hurtado (1995), en cambio, se atribuyó en los mentideros políticos a que este jefe conservador “les sacó la mano” a los golpistas a última hora, dejándolos montados en la vacaloca. Esta conjetura —que debió rumorearse en Palacio— bastaría para suponer que Samper Pizano tenía más motivos de agradecimiento que de odio con Gómez Hurtado, a diferencia de lo que cree la familia de este, empecinada en considerarlo culpable junto a Horacio Serpa. En esta colada, AUV quiere involucrar a Ramiro Bejarano, columnista de El Espectador. No encajan, obviamente, esas piezas tan a la bartola, y menos ahora que la FARC se ha autoatribuido los atentados.

Sobre Chucho, cuando lo mataron, escribí para El Espectador una crónica titulada “Si me matan, me joden”. Así era su humor. Fui su amigo y estuve con él pocos días antes de que lo mataran, y recuerdo que me contó, muy preocupado, que lo iban a echar de la SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia) —de la que era presidente— “por no haber ido al homenaje que los gremios le hicieron a Rito Alejo del Río y al general Millán”, del que fue oferente AUV. Pero ese lado cívico de su conducta no le impidió ser un crítico severo del proceso del Caguán, de lo que las Farc, que ya habían lidiado con él en Caracas y Tlaxcala, tomaron nota. En junio lo despidieron de la SAC y en septiembre ocurrió su asesinato. De puro capcioso he mirado ahora la página web de la SAC, y excluyeron su nombre de la lista de presidentes de esa organización gremial. En realidad, ya muerto, Chucho quedó “jodido” en su ambigüedad. Su equidistancia ideológica lo hizo ser prescindible, en su trabajo, para un gremio de terratenientes, y en su vida, para una organización guerrillera. No se podía ser un hombre notable —creo que aquí sigue siendo así— y apuntarse en vida a opciones tan disímiles.

Mientras tanto, la familia de Gómez Hurtado y el propio Gobierno siguen necesitando que su victimario sea Samper. Que por plata, dicen, aunque cuesta creerlo, y así les toque exonerar a las Farc, que son confesas. A estas, en cambio, les reservan delitos menos políticos con los que pronto volverán a la carga. Y hasta quieren meter a Piedad Córdoba a la cárcel, “por omisión de denuncia”, como si la primicia no la hubiera dado hace años José Obdulio, en El Tiempo. Un cuento viejo, lo que pasa es que la gente no leía a José Obdulio. Pero más antigua aún fue la memoria de Marulanda, quien en el 95 no había logrado olvidarse de lo ocurrido en el 64.

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Túnel al final de la luz

 

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

Los túneles, en cualquier parte del mundo y de cualquier dimensión o longitud —incluso hasta los que se hacen para volarse de una cárcel, se supone que son una vía de ida y de vuelta, algo así como un palíndromo, figura gramatical que equivale a una frase que se lee igual al derecho que al revés: “Anita lava la tina”. Pero en Colombia no es así, y la última prueba a que asistimos es el túnel de La Línea, recientemente inaugurado. Ese es un túnel de aquí para allá y no de allá para acá. Tenían muy en secreto el dato y les tocó revelarlo antes de que la gente se diera cuenta y concurrieran caravanas eufóricas de lado y lado, a cruzar la cordillera de oriente a occidente y viceversa. Cuando le di la información a una señora amiga, que alistaba maletas desde Cali para gozarse esa maravilla de la ingeniería, me dijo: “¿O sea que para viajar por el túnel desde acá toca irse en reversa?”.

Imposible para mí recordar las veces que he pasado durante 50 años por la antigua Línea en bus y en carro. En avión también, y digamos que estos aparatos, al sobrevolar ese pico de 3.265 metros de altura, envuelto en neblina, muchas veces vibran y traquetean como un camión de gaseosas por un camino empedrado. También inolvidables los accidentes, los trancones de varios días por tractomulas atravesadas, los derrumbes, los despeñaderos y los muertos. Menos mal que estos solo seguirán ocurriendo de allá para acá apenas. Y que los accidentes por año —que eran 200— se bajarán bastante, pues en esas cuestas solitarias no habrá con quién chocarse de frente, aunque sí con el que vaya adelante, que también puede ocurrir. El aumento en velocidad del 230 % será solo a la ida, y el ahorro de los 21 km de tramo será simplemente yendo. En cuanto a la famosa luz al final del túnel, solo se aparecerá entre Bogotá y Calarcá, porque al revés lo que hay es un túnel pendiente —¿para dentro de otros 100 años?— al final de la luz. Miti-miti la cosa, tal como se lucraron los contratistas y gobiernos que a lo largo de años dejaban esa obra tirada, retomándola luego con sobrecostos, demeritando a la ingeniería nacional y finalmente apareciéndose con esa solución por la mitad en una arteria estratégica para la economía, la cultura y la geografía nacional.

¿Podría esperarse un túnel normal, en lugar de medio túnel, en un país donde una hidroeléctrica faraónica como Hidroituango —también a causa de haberle tapado un túnel de salida de agua— parece una galleta costeña a punto de quebrarse y de llegarle de sorpresa con sus aguas bravas a cien mil habitantes del bajo Cauca? ¿O donde edificios como el Space, en Medellín, o el Blas de Lezo, en Cartagena, se deshicieron como polvorosas? ¿O en el país del puente Hisgaura, en Santander, que sin estrenarse vio convertida su superficie en un acordeón como el de Francisco el Hombre? ¿O en la república del puente monumental de Chirajara, hacia Villavicencio, que se partió solito como un palitroque? ¿O en cuya capital un puente desemboca en un muro?

PD. Gracias a quienes nos acompañaron el 26 en la Conferencia Internacional “El mundo exige paz”. Vimos logros importantes, innegables. El Acuerdo ha salvado miles de vidas; pero necesitamos muchas manos, voces y voluntades dispuestas a persistir hasta lograr la implementación total del Acuerdo. Con usted, amigo lector, seremos más.

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La Policía declara la guerra


Texto de Lisandro Duque Naranjo

¿Hubiera sido posible que algún otro episodio reciente, indignante y anterior del Gobierno causara una reacción colectiva de dimensiones superiores a las que se vivieron el miércoles y el jueves de la semana anterior, con motivo del crimen de que fue víctima el abogado Javier Ordóñez en Bogotá? Difícil, porque todavía estábamos contritos y paralizados ante el silencio que se nos impuso frente al atroz asesinato de cinco adolescentes que habían incursionado, de manera furtiva, al cañaduzal de Llano Verde en Cali. Allí se metieron esos “ladrones” para chuparles el jugo a tres o cuatro tallos de ese cultivo “ajeno”. Los autores de esa masacre contaron con la anuencia de unos policías y tenían instrucciones patronales de aleccionar a los próximos intrusos con machetazos ejemplares. La “propiedad” es sagrada. Pongo en duda que haya algo fortuito en la sevicia con que se han ejercido estos crímenes: recién comenzada la pandemia, y sin ser clarividente, advertí en esta misma columna que el escalamiento de este tipo de violencia oficial sería un modelo pedagógico para que la gente se fuera acostumbrando a la brutalidad.

Aunque todavía no hay augurios de poscuarentena —y peor aun cuando la haya—, ya transcurridos seis meses de miseria en las cocinas de los indefensos, al régimen no le sobra intimidar, con cualquier pretexto —como el que les sirvió a los dos psicópatas para causarle una lenta agonía y a la vista pública al abogado Ordóñez—, a quien mire de frente, reclame respeto en el trato o exija un mendrugo para sobrevivir, insolencias que no puede admitir un Estado herido por los peores presagios. Por eso los policías, atomizados en grupos de a 50, en motos, asolaron de una las localidades más remotas disparando a quien se atravesara y desobedeciendo las órdenes de contención de quien supuestamente los gobierna, la Alcaldía, por ejemplo. Es que ellos reciben órdenes de más arriba. En Bogotá hay un golpe. Y desde su catedral de El Ubérrimo, un convicto dicta las órdenes de guerra. Pero hay algo nuevo que venía insinuándose hace rato: la gente les ha perdido el miedo. Y prende fuego a aquello que de repente los inspira, por simbolizar poder: los CAI, bancos e, infortunadamente, transmilenios. La próxima embestida será con blindados. Entre tanto, habrá más cadáveres. Ya ni se captura.

Hay quienes piden moderación a la muchedumbre, que por favor no incurra en “vandalismos” y que se espere hasta las elecciones. ¿Se aguantarán tanto tiempo quietos la Policía y los del CD, que son los de la iniciativa? ¿Los CAI y los bancos importan más que los 14 muertos que ni El Tiempo incluyó en su titular? ¿Y los 66 heridos? Que hablen con el propio a ver si les para bolas.


Álvaro Vásquez del Real. A los 99 años expiró un histórico del Partido Comunista. Humanista a la manera clásica, rotundo con su verbo y su pluma ácida, que contrastaban con su melena blanca como de un busto sonriente de Beethoven. Vivió a tope la dramática segunda mitad del siglo XX y buena parte de este milenio, formando legiones que le llevaron la contraria al establecimiento vetusto que ahora pareciera entrar en su ocaso. Mi pésame a sus hijos mayores, Rafael, Luz, Clara y Celmira, y a su segunda hornada, Alejandra y Camila, fruto ellas de su matrimonio de 50 años con Victoria, la entrañable Mona Villegas de los tiempos intensos de la U. N.

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¡Arrivederci, Salvatore!


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Mi experiencia en televisión me ha enseñado que responsabilizarse de un programa diario de una hora es cosa extenuante. Mucho más si el trabajo alterno de quien lo dirige, y por el que le pagan, es la Presidencia de la República. Supongo que quien parece ser el mandatario nuestro, por haber vivido tantos años en EE. UU., tiene por íconos a Larry King o Jimmy Fallon. Pues no se le nota, y más bien sí recuerda a esos dueños de circos varados que además de ser los maestros de ceremonia tienen que vender las boletas en la taquilla y después recibirlas en la portería. Obvio que para aligerar su faena, él tiene su troupe sacada de las canteras de “la Sergio”, y cuando esta no alcanza a proveerle egresados suficientes, acude de emergencia a la Sabana, la del Opus Dei. Pero entre ambas alma mater no dan abasto. Aun así se las arreglan a medias para atender el chuzo, solo que rotándose en demasía de un cargo al otro: que de consejeros de tal cosa a ministros, que de ministros de tal cartera a ministros de tal otra, o a la Fiscalía, o a la Procuraduría, o a tal Corte, embajada, etc. Muy pocos para tanto puesto, razón por la cual la gestión se vuelve algo incestuosa. En semejante agite, es explicable que cada cual tire para su lado mientras el dueño del circo se sienta a maquillaje, revisa los libretos y corrige el teleprónter. Es posible que tenga un Hassan a su lado que le diga: “Presi, eso de «masacre» suena feo en televisión, y no se olvide que vamos en horario juvenil”. “Cierto, cierto, llama a Carlos Holmes para que sugiera algo más técnico”. Pasan unos minutos y Hassan regresa radiante: “¡Listo presi: Carlos Holmes propone «homicidio múltiple»!”. “¡Buena esa!”, le dice el presidente. Como ya para entonces está por iniciarse el conteo para salir al aire, Hassan le dice: “Presi, hoy viaja usted a Samaniego. Allá la cuestión está tesa: nueve muertos, todos jóvenes. Los medios están hablando de «ausencia de Estado». “¿Y usted le ve problema a eso, viejo?, ¡pues se les construye uno!”, concluye el jefe mientras el coordinador dice: “¡4, 3, 2,1... grabando!”. La televisión es así.

Hassan es el duro para cambiarle articulitos a la gramática: a propósito de una lista de 400 personajes públicos “perfilados” -ya eso era suficiente audacia lexicográfica, pues en realidad se trataba de opositores sometidos a espionaje policial-, propuso más bien referirse a ellas y ellos como “influencers monitoreados”. Y listo el pollo. También alguien distinto a Hassan, porque no todo tiene que ser él, había reemplazado la palabra campesino por el perendengue “emprendedor del campo”.

La chapucería de nuestro anchorman nos ofrece a diario, y a veces dos por día, números nuevos, que incluso nos entretienen. ¿Qué más se hace? Hasta se pueden hacer apuestas. Las proezas de la semana pasada, aparte de las atrás mencionadas, fueron el doctorado de la ESAP, cuya asignatura mayor fue “el ateísmo y el progreso como factores del atraso social”. El propio rector le sacó la mano a eso. En cuanto a la extradición de Mancuso, de la que llevábamos años pendientes, mandó a EE. UU. cuatro solicitudes de las que no sirvió ni una. Hasta tiquete a Roma debieron mandarle. ¡Arrivederci, Salvatore! Y un parlamentario del CD se inventó una carta pirata, que pretendía hacer pasar como la autorización del Congreso para aceptar las tropas estadounidenses en nuestro territorio. ¡Pillado!

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Jaime Garzón


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Se conmemoró el día 13 de agosto el 21 aniversario del asesinato de Jaime Garzón, en un año mucho más cabalístico que la ficha carcelaria de cualquier convicto: 1999. Sus muchos personajes  en vida -Nestor Elí, el portero del edificio Colombia, Dioselina, la cocinera de palacio, Inti de la Hoz, la reportera gomela, Heriberto de la Calle, el lustrabotas, De Francisco, el presentador del noticiero  "Quac", el generalote del "Quemando Central", y tantos otros-, fueron también acribillados en ese final de siglo XX. ¿Se imaginaron quienes dieron la orden de eliminarlo que con él se iría toda esa gente entrañable?. ¿Que aquello era un crimen múltiple, una masacre simbólica de criaturas de ficción con las que los colombianos se identificaban en mayor grado que con su escudo nacional?. Es probable  que sí, y que por eso mismo lo hubieran hecho, aunque determinar el exterminio de seres imaginarios es algo que reclama un sentido de la abstracción de la que probablemente carecían los criminales. Tal vez  iban solo por el gestor generoso de liberaciones de personas secuestradas en las llamadas pescas milagrosas. Y listo, ahí lo dejaron muerto, como si él fuera solo su cuerpo  y no la levadura que puesta al calor de un micrófono o de una cámara se crecía para desdoblarse en ciudadanos de fábula cuya oralidad y gestos eran el ethos de un país al que solo su chispa -al igual que la de otro grande del siglo XX, Gabriel García Márquez, en otro género-, alcanzaron a aproximar a lo descifrable.  Arrojar a Jaime Garzón a un hueco de cementerio fue lo mismo que botar una lámpara maravillosa  a un depósito de chatarra, solo que por fortuna la tecnología de ahora permite frotar el duende de YouTube y recuperar los fantasmas que su genio alcanzó a liberar antes de que lo abalearan. Ahí están, como mandados a hacer para la caricatura de país que Colombia sigue siendo 21 años después de que   los mediocres le suspendieran la vida a su creador.

A Jaime -le puedo decir así, con confianza,  porque así lo siento, aunque apenas una vez conversé con él y fue muy breve-, hay que referirse con palabras mayores, como el talento superior de finales del milenio anterior. Lo de siglo XX le queda chiquito, salvo por el medio   en que se desempeñó, la televisión. En ésta hizo ochas y panochas, rompió todos los umbrales. Le sobraba tanto humor que tuvo que redistribuirlo entre muchos héroes populares que se sacaba de debajo de la manga, cada uno con la oralidad y gestualidad propias de su oficio,  fruto de la observación aguda de su demiurgo. Cuando quiero retirarle la confianza a este país, lo que me salva de volverme apátrida en el último instante es que recuerdo que aquí nacieron Gabo y Jaime Garzón. Es la mejor copia que se me ocurre de la frase de Woody Allen cuando respondió así a la pregunta de si el siglo XX, tan violento,  sí mereció haber sido vivido: "Yo no puedo hablar mal de un siglo en el que nació Groucho Marx".

Garzón fue abatido ocho años antes de que se pusieran en boga las selfies y las cámaras de reportería individual, 8 antes de que existiera Twiter, 9 años antes de que existiera Facebook,  13 antes de que entraran en apogeo las redes sociales. No quiero imaginarme qué locuras hubiera hecho este hombre con toda esa tecnología. Lo cierto es que anticipadamente fue viral, trending topic. Lo decente es seguir echándolo de menos. Nos lo perdimos, problema nuestro.

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