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Se pasó de la raya

La expresión "narcoterrorista"  —con la que Álvaro Uribe hizo acribillar, o exiliarse, o esconderse a tanta gente durante sus dos períodos presidenciales— empezó a sonar trasnochada un poco después de que empezaran las conversaciones de paz en La Habana. Y desde luego la caducidad de su vigencia ya es completa luego de ocurrida la dejación de armas por parte de las Farc y de que el gobierno de EE.UU. desistió de considerar a esta organización como una amenaza para el continente. Algo ha cambiado el país, menos mal.

Le hacía falta, pues, al jefe del Centro Democrático —interesado principal en mantener al país al borde de la crispación—, estrenar letras y rotar el léxico, para “emberracar”, con zozobras inéditas, la insaciabilidad de las redes sociales y de los medios tradicionales, que cada vez se comportan como pitbulls enjaulados. Aun así, no era de esperarse que, para atentar contra la honra de un periodista, se sacara de la manga una falacia como la que lanzó al vuelo a través de un trino —que fue más bien un graznido— contra Daniel Samper Ospina: la de que es un “violador de niños”. Ese es un estigma mucho más escalofriante que todos los usados por el expresidente contra quienes odia. Ahí sí cruzó la raya y está exponiendo a Samper Ospina a las consecuencias de una falsa denuncia cuya sonoridad es execrable, pues en el imaginario público remite a una afinidad capciosa entre el acusado y el episodio aquel que espantó a la opinión a finales del año pasado (el del infanticidio cometido por Rafael Uribe Noguera), para no aludir al escándalo de los curas pederastas y a ese clásico de la ignominia que es Luis Alfredo Garavito.

Obviamente Samper Ospina ha recibido una solidaridad casi unánime, que ha incluido a muchos de quienes él satiriza en sus columnas. Se puede, apenas pase este trago amargo, polemizar sobre ciertos giros de su estilo con los que escarmienta a algunos personajes de la vida nacional. A mí, por ejemplo, las burlas sobre Edward Niño me hicieron perder las ganas de seguir leyéndolo*. Y la alusión a la hija de la senadora Valencia fue inexcusable. A propósito, una pregunta a la doctora Paloma: ¿por qué se demoró tanto para denunciar al columnista en su momento y haber propiciado un debate necesario sobre la intocabilidad de ciertos seres vulnerables? Mire hasta dónde su tardanza hizo crecer esa impertinencia. E hilando más delgado, ¿no es acaso su jefe quien le ha dado rango de “violación” a lo que solo era un irrespeto al derecho a la intimidad de su hija recién nacida? Algo grave, sin duda, pero no mortal. Asociar esos dos extremos en la conciencia colectiva —que siempre juzga y, peor aún, procede según las apariencias— ha sido obra de Uribe, no de Samper Ospina. Por simple salud mental nacional, el país requiere que Samper Ospina no se permita la menor vacilación hasta lograr que la próxima cita del expresidente en la Fiscalía no sea propiamente para que le embolen otra vez los zapatos. 

*Claro que también, para dejar de leer a los columnistas de “Semana”, bastaría la cantidad de propagandas que publican en la sección “on line” de esas páginas. Termina uno con tortícolis.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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¡¿Qué le pasa a Antioquia, papá?!

Esta semana, las autoridades antioqueñas se lucieron. El gobernador Luis Pérez se apareció con la idea de crear “Vicealcaldías de seguridad” para los municipios de su departamento que han sido desalojados transitoriamente por las Farc, ahora ubicadas en zonas veredales. Como si la dejación de armas significara que cortan su umbilicalidad con esas poblaciones en las que históricamente han tenido asentamiento y, por ende, influencia.

Las Vicealcaldías del calenturiento gobernador estarían comandadas por un coronel activo y tendrían sicólogos, ingenieros, médicos, “para mantener la armonía social, pues por ahí hay muchos milicianos de las Farc y cultivos de coca”.

No hay manera de que el gobernador Pérez se tranquilice y deje de aportar iniciativas estorbosas. No aprende el hombre, ni entiende lo que se dice nada. Y como es tan avispado, cinceló una frase rarísima: “el acuerdo de paz es nacional, pero el posconflicto es regional”.

Es obvio que localmente algunas iniciativas del posconflicto deban adecuarse a circunstancias que varían entre una región y otra —pues Pondores, por ejemplo, al quedar en la Guajira, no es igual que Ituango o Remedios, que quedan en Antioquia—, pero esas variables deben estar subordinadas a una estrategia nacional que desde luego se encuentra en el Acuerdo de Paz. Y si cada gobernador, alegando la entelequia de la soberanía en su jurisdicción, se antoja de volverse muy creativo, e inconsultamente genera hechos cumplidos, y peor aún, contrarios al principio inspirador del Acuerdo de Paz discutido durante cinco años por los propios negociadores, y avalado por instancias internacionales prestantes, la fase del posconflicto va a convertirse en un popurrí quizás un poco más caótico que pintoresco. De modo que el gobernador Pérez es mejor que se vaya con sus coroneles a otra parte. Es que en realidad sus tales Vicealcaldías tienen un aire como de brigadas cívico-militares bastante rancias. O de post-convivir, mejor dicho. Ya está bien de esa maña paisa trasnochada —lo digo por su actual dirigencia— de convertir el acuerdo de paz en una cosa ahí para volverla leña.

Y aquí otra patada de antioqueño: con motivo de la caída en flagrancia del director de seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, quien negociaba a su antojo con hampones de la “Oficina” (de Envigado), encargándoles, por ejemplo, capturar fleteros, o rescatarle vehículos robados a su familia, la periodista y politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana (hay que empezar a decir de qué universidad es cada quien), Luz María Sierra, decía lo siguiente en el programa Semana en Vivo, de María Jimena Duzán: “esa es la misma forma de coadministrar decisiones que puso de moda el acuerdo de paz. A lo mejor, Villegas estaba infiltrado en el crimen organizado para someterlo a la justicia. ¿Cuál es el problema?”. Ella dice esos exabruptos toda sobrada, como si a Gustavo Villegas, para ordenar esos “cruces” o “vueltas”, le hicieran acompañamiento la ONU, la UE, los gobiernos de Noruega, Cuba, Chile, Venezuela, y hasta el papa Francisco y el presidente Obama.

Desde esa perspectiva caricaturesca y éticamente minimalista, sería lógico que Humberto de la Calle le pidiera a un comando de las Farc recuperarle una bicicleta robada a un nieto suyo. Y que las Farc le hicieran ese “catorce”. ¿A qué jugamos, doña Luz María? Y don Luis Pérez, ¡¿qué le pasa a Antioquia, papá?!


Por: Lisandro Duque Naranjo

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Colombia derrotó al mundo

Decía Álvaro Uribe, en un discurso en Madrid (España, no Cundinamarca) que en el plebiscito del 2 de octubre de 2016,  en el que ganó   el NO, “el pueblo colombiano derrotó al mundo”. Es cierto: ni la ONU, ni Obama, ni el papa, ni la Unión Europea, ni la OEA, ni Santos, ni el centro, ni el centro-izquierda, ni la izquierda, nadie, mejor dicho, logró convencer a ese electorado adverso frente al tema de la paz  que le ganó al SÍ  por una diferencia exigua. Esa certeza  de soledad respecto al resto del planeta, en tema tan trágico,  no debiera ser motivo de orgullo, aunque sea una   costumbre en esta república.

La llamada globalización, aparte de servir para universalizar la información y traer a cada país los privilegios de la tecnología, también está expandiendo por el orbe la rusticidad de algunas regiones inexpugnables culturalmente. El brexit, semejante provincianada, es una prueba reina. Y también lo es la supervivencia del imaginario del far west en dos tercios del territorio de los EE. UU. Allí, todo el mundo carga su fierro, y se siente un Jesse James o un Buffalo Bill de la era digital. La aldea global se municipaliza, y no tendría nada de raro que John Calzones logre en una capital europea (o española, por lo del idioma) fanáticos como los que lo aclaman en Yopal. Qué paradoja que la hipermodernidad no dé la talla para superar la parroquia: Trump recorre cinco países europeos en una semana —la OTAN, el G7, la Unión Europea—, y en cada uno pronuncia discursos estrictamente concebidos para su electorado de Misisipi. Y el jefe del Centro Democrático utiliza una tribuna en Madrid para envalentonar a sus huestes de Titiribí con el cuento de que “el pueblo colombiano derrotó al mundo”. Como si la guerra fuera Mariana Pajón. Y como si los votantes por el NO fueran samuráis, sectas belicosas que se baten con los enemigos, y no una mano de feligreses de clase media que máximo disparan likes en Facebook a cuantas posverdades les envían, desde centros de poder informáticos, cuatreros en serie y acaparadores de tierras, para mantenerlos “enverracados” y muertos del susto.

No le iría al señor Uribe, sin embargo, tan bien como en Madrid —en ese aséptico auditorio del PP— si acaso va al Chocó, o a la Macarena, o a cualquier lugar de Colombia donde el pueblo le dijo SÍ a la paz.

No estaba Santos amenazando cuando dijo que si el plebiscito no se ganaba la guerra se vendría a las ciudades. Lo que hizo fue advertir un efecto posible si acaso los colombianos derrotaban al mundo e incluso a sí mismos. Ya dejadas las armas por las Farc, y expresada la voluntad de sus miembros por “pasar de la crítica de las armas al arma de la crítica”, cualquier tentativa de hacer trizas el acuerdo de paz tendrá respuestas previsibles, con las que las Farc no tendrán nada que ver. A ellos que los esculquen.

Y así como los citadinos fueron indolentes frente al cese de la guerra, porque ésta ocurría en el campo, los habitantes rurales, si mucho, se apiadarán de lo peligrosas que se han vuelto las ciudades. Y las caravanas democráticas que antaño se armaban para que el personal urbano visitara sus fincas invertirán sus rutas para que las gentes del campo conozcan los grandes centros comerciales militarizados y vacíos.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Candidato 1.0

No parece casual el lanzamiento,  esta semana, del reality “Soldados 1.0”, de RCN, y pensaría que fue para ambientar la candidatura presidencial del exembajador en Washington Juan Carlos Pinzón. Es que el recién llegado parece parte del casting de varones alfa de esa serie, muy castrenses y musculados. Pura inteligencia cultivada en gimnasios y peluquerías. Hay un nuevo fenotipo de macho exitoso que no tiene nada qué ver con los gomelos o “nerds” que tuvieron su cuarto de hora hasta hace unos años, graduados en Los Andes, y de los que sobreviven especímenes como Daniel Mejía, actual secretario de Seguridad de Bogotá, todo pragmático él, incluso escalofriante, que utilizan frases como “hemos reducido en 0,03 % la tasa de robos de celulares en la ciudad en el primer semestre”. No, estos tipos alfa, modelo Juan Carlos Pinzón, apenas empiezan a ofrecerse en la política en Colombia, pero ya por fuera están hace rato: Peña Nieto en México y Leopoldo López en Venezuela. Incluso Capriles aguanta. Los cuatro parecen hechos en la misma fábrica que los peluquea, los broncea, les trabaja los bíceps y los saca después al mercado de las ideas.

No son jóvenes muy diletantes ni rigurosos, y su elocuencia está plagada de lugares comunes. Lo que marca una diferencia entre Pinzón y los otros tres, es que nuestro varón alfa, por ser hijo de un alto oficial, creció en cuarteles y desde pequeño trató a los soldados como si fueran figuritas de plomo, con las que jugaba y, eso sí, era muy respetuoso: “soldado tal, vaya y cómpreme un helado”, o “soldado pascual, agáchese que voy a jugar tun tun”, y así. Un hombre con sentido de pertenencia a nuestro Ejército, es decir, que se ha levantado con el instinto de que los soldados le pertenecen. Por eso, entre las iniciativas de su programa presidencial que alcanzó a bocetar en la entrevista de El Tiempo, y que en lo básico consiste en esa maravillosa propuesta de “mirar hacia adelante”, o en la ocurrencia inédita de “llevar al país a la siguiente fase: el futuro”, se encuentra la de “honrar a mis soldados”. Supongo que mandándolos a ser carne de cañón al servicio de la OTAN, en guerras ajenas, proyecto que se le quedó en veremos cuando fue ministro de Defensa y se le vino la paz encima. No es casual que su relevo desde ese Ministerio hacia la embajada en EE.UU. haya ocurrido para poder garantizar, por fin, un cese bilateral del fuego, cuando ya las Farc llevaban 20 meses sin disparar unilateralmente. Entiende uno que es fruto de la belicosidad congénita de este personaje el que a estas horas apenas le tenga “aprecio” a Santos, mientras que se muestra “admirado” frente a Uribe, que ahora puede sumarlo a sus otros precandidatos.

Entre las credenciales que trae para ser candidato, invoca el haber “elevado los recursos (de los EE.UU.) para Colombia”. Qué vaina que Trump, apenas supo que dejaba la embajada, los redujo en un 35 %.

Ausentes las Farc de los campos de batalla, motivo tránsito a la lucha legal, el Ejército empieza una temporada de posguerra, aliado con RCN, en la que invierte las sobras de su combatividad y fiereza adiestrando a modelos, reinas y físicoculturistas. Viéndolo bien, me encanta esa decadencia, en la que puede tener futuro el exministro de Defensa. Y espero que la empresa de Ardila Lülle, pagando poco, no esté aliviando su desplome en audiencia con esta forma glamurosa del posconflicto.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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El muro del humilladero

No me parece justo que los nacidos después de que ya la tierra había sido repartida, y no pertenecientes a las familias dueñas de ella, nos hayamos quedado sin los metros cuadrados a que tendríamos derecho por el solo hecho de ser terrícolas habitantes de este planeta. En Colombia no son pocas las propiedades rurales que se adjudicaron desde los tiempos de la colonia, y sería apenas natural que, habiendo sido derrotada la metrópoli española, los beneficios otorgados por ella a sus vasallos de entonces hubieran prescrito. Mucho más si esos reyes, que jamás vinieron por acá, o aunque lo hubieran hecho, escuchando consejas e intrigas de los válidos de ultramar, avivatos locales, tinterillos y matones, terminaron regalándoles como una merced las mejores tierras, “por todas las vidas”, es decir, para todas sus descendencias, incluídas las que hoy van en camionetas blindadas para conservar la distancia con la gleba.

Nada más extemporáneo y arbitrario, pues, que en pleno siglo XXI algunos de quienes defienden lo “sagrado” de la propiedad privada pertenezcan a familias titulares de tierras a perpetuidad, desde los tiempos en que la Nueva Granada (en 1778, por ejemplo) tenía apenas 800.000 habitantes (el 1,6 % de los que tiene hoy Colombia), es decir, cuando todavía faltábamos por nacer los 48 millones de personas que hoy somos. Desde luego hablo de cierta realeza que forma parte de la cúpula de un partido pirata, la que más grita, representada en una payanesa y una bugueña, y no de ese resto no señorial de directivos uribistas, incluído el mismo jefe, cuyo concepto de adquisición de la tierra no proviene de viejas edades, pendientes de ser abolidas, sino de los procedimientos de facto, en la penumbra de las notarías y luego de los degüellos de las motosierras.

Bueno aclarar que no por contar con bienes amparados con cédulas reales aquella nobleza empolvada se abstuvo de ampliar sus extensiones utilizando el estilo de la modernidad traqueta, aliándose con sus exponentes más ramplones e incluso intercambiando modales con los nuevos cuatreros. Ahí se produjo un mazacote de las groserías de tres siglos que tan pronto nos sorprende con un “hay que levantar un muro que separe a los indígenas de los mestizos”, se nos aparece con aquel ya clásico “le doy en la cara marica”, y que para no desacostumbrarnos se deja venir con ese “a los negros no hay que darles plata porque se agarran de las greñas”.

Grave que se conserve en estado de pureza esa visión del mundo que construyó en 1873 el puente del Humilladero, en Popayán, llamado así no porque, como lo dicen las guías turísticas de ahora, “era tan inclinado que los transeúntes llegaban agachados al final”, sino porque era la vía para los de abolengo, mientras los aborígenes y los negros debían pasarlo por debajo. Ese puente fue el precursor del muro que quisiera construir doña Paloma. Que se contente con eso la biznieta del poeta que al ver pasar preso al indígena Quintín Lame se le acercó para escupirlo. Muy coherente también que sea nieta de quien cuando fue presidente les pidió –¿o fue al contrario?– a los gringos bombardear a los campesinos, liderados por Marulanda, en Marquetalia en 1964. Este fin de semana, justamente, las 27 zonas veredales de las Farc conmemoran los 53 años de ese episodio que les dio origen como insurgencia. Y la nieta, como el dinosaurio, sigue ahí.

Un modelo económico que legitime esas formas de apropiación de la tierra no merece respeto.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Las uñas de Uribe

Álvaro Uribe acaba de ser acusado por la Contraloría General por haber comprado 103 hectáreas de baldíos no habilitados para negociarse por particulares, y en todo caso un poco antes de que se volviera ilegal. Esto de que lo compró “a tiempo” lo dice él, no la Contraloría, ni el suscrito. Yo me imagino que Lombana y Granados se tuvieron que trastear cerca de Uribe, porque qué clientazo el que se levantaron. No dan abasto.

Muy de su estilo ha sido proceder con rapidez y tener lista una coartada a futuro —y el último futuro fue esta semana—, por si acaso se lo interroga por un acto que, fijo después de coronado, se convierte en punible. Lo salva así la campana. Lo que no debiera ser si se tomara en cuenta que, desde su alta posición, cuenta con información privilegiada para saber dónde ponen las garzas. Cómo recuerda esa transacción, la de la finca La Libertad, hecha por Juan Manuel López, hijo de quien dizque nos ponía a pensar cada que hablaba, el mismo que hoy sale en un billete de los nuevos, que yo, para no guardarlo mucho en mis bolsillos, porque me asquea, me lo gasto de afán, o hasta lo cambio por monedas apenas lo recibo. La compra de La Libertad, una finca aislada, se hizo calladita, antes de que el país supiera que por allí se construiría una carretera. Esa gracia le desbarató al “compañero jefe” su aspiración a repetir Presidencia en 1982. Algo es algo.

Ese modus operandi de Uribe le funcionó cuando sacó adelante proyectos de ley acosando a sus parlamentarios para que votaran “antes de que los agarren”. A sus hijos los azuzó para que compraran de rapidez, con precio rural, tierras que su gobierno después urbanizó, lo que los forró en plata.

Pero además obtuvo, siendo presidente, recursos del Ministerio de Agricultura —el de Uribito, ese mismo—, para su finca El Ubérrimo, sociedad presidida por su esposa. No en vano, según doña Lina, el primer regalo que le hizo en la vida fue un rollo de alambre de púas. Mucha U, como en el soneto aquel de Herrera y Reissig: “Recién la hirsuta barba rubia apunta / Al dios Agricultura. La impoluta / Uña fecunda del amor, debuta / Cual una duda de nupcial pregunta”.

En esto del usufructo del poder para lucro propio, Uribe ha sido un bravero, igual que en su ubicua vulgaridad para cuanto ha acometido. Y si nadie le ha dicho ni mu —a excepción, por supuesto, de nosotros los narcoterroristas castrochavistas— ha sido porque su séquito de varias raleas ha contado con su anuencia para pelechar con mucha alegría.

Una vez estuve en casa de un amigo de infancia, del que se rumoraba que era traqueto, y lo constaté no porque le hubiera encontrado un alijo de algo raro, sino porque sus repisas estaban llenas de fotos con senadores sub judice de por allá de los 90. Le pregunté si acaso tenía fotos con Samper, y me respondió: “Sí, hermano, tengo varias. Pero las escondí para no boletearme”.

Yo no pierdo la esperanza de que quienes tienen selfis al lado de Uribe, más temprano que tarde las quieran borrar. Comenzando por el del matrimonio de Lizcano, en el que el expresidente aparece como padrino. Lo que no sé es si fue tomada antes o después de que el presidente del Senado hiciera el negocio aquel, bastante turbio, con una bomba de gasolina.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Lucha de clases ejecutiva

Se quejaba Gustavo Duncan, en una columna reciente, de que Jesús Santrich hubiera hecho un viaje nacional en clase ejecutiva de Avianca. Ya había repudiado antes, “por razones éticas”, que la gente de izquierda usara prendas de marca —Fidel, Adidas; Petro, Ferragamo; Timochenko, Reebook—, pero esta vez le dio a la silla preferencial que utilizó Santrich en ese vuelo el carácter de un premio al que el guerrillero no tendría derecho todavía. Que porque sigue sin consumarse plenamente la dejación de armas, o porque la comodidad para viajar no estaba en la agenda que se discutió en La Habana. Quizá si Santrich hubiera hecho el trayecto Bogotá–B/quilla–Bogotá en Expreso Brasilia las Farc habrían honrado su voluntad de paz “sin descararse tanto”. Por la manera como sobrevalora la clase ejecutiva, casi que el columnista da a entender que viajar en clase turista es un castigo adecuado digno de considerarse por la JEP para evitar la impunidad. Yo, que soy asiduo ocupante de esa clase —no sé cuál será el caso de Duncan—, no lo veo tan dramático, ni siquiera cuando no me toca ventanilla.

Jesús Santrich tiene todo el derecho a escoger la silla en que viaja, así como la Universidad del Atlántico, que fue la anfitriona de su antiguo alumno, hizo bien en adquirírsela confortable. El dirigente fariano, o cualquiera del Secretariado, más de una vez debe haberse acomodado en el área de turistas, y posiblemente la propia empresa aérea les habrá pedido que se trasladen a la zona VIP. Por una razón elemental: porque se trata de personalidades públicas bastante identificables a las que debe protegerse del asedio previsible que puede darse en ese espacio rígido en el que va más de un centenar de pasajeros. Es, pues, un problema de seguridad personal, para el que bastaría recordar el atentado a Carlos Pizarro. Pero también de seguridad aeronáutica, pues la romería de curiosos puede descompensar el peso de la nave y causar sustos. Incluso a Santrich, habiendo viajado en silla ejecutiva, no le faltaron paparazzis uribistas —que divulgaron fotos por redes sociales—, especulando que llevaba en la cabeza una “microcámara de espionaje”, cuando en realidad se trata de un adminículo de nanotecnología con el que este insurgente en transición a la lucha política legal corrige deficiencias visuales que lo afectan hace años.

Estoy por creer que son ciertas las alarmas del Centro Democrático y de las iglesias de galpón, en el sentido de que las Farc van punteando en la guerra de posiciones mediáticas. De allí que entienda la desesperación con que tratan de impedir que comparezcan ante diferentes auditorios, como ocurrió este fin de semana con Iván Márquez y un delegado del Eln, a quienes Lizcano y Pinto —apellidos como de empresa de demoliciones— les negaron la entrada al Capitolio Nacional a clausurar el Congreso de Paz, evento que terminó trasteándose y siendo más festivo y solar en la Plaza de Bolívar. Y con sillas Rimax, de clase turista.

Además, hay lugares más propicios, como la Feria del Libro, que este fin de semana las Farc se tomaron para palabrear, con lleno hasta las banderas. Y las universidades. Lugares donde no se consigue un feligrés de Arrázola ni un uribista que no estén por allá íngrimos.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El niño de Rocío

El pasado viernes santo un bebé prematuro, hijo de la guerrillera de las Farc Rocío Cuéllar, falleció en el hospital de Engativá. Como éste no era el lugar adecuado para procurarle las atenciones necesarias al pequeño, su madre pidió que lo trasladaran a un centro asistencial más especializado, lo que no fue posible por “falta de cupos”. Lo de siempre. Y el bebé murió. No había alcanzado a nacer a tiempo, ni le hizo falta para sufrir las adversidades de nuestro régimen de salud. Una especie de paseo de la muerte fue lo que le dieron a esta breve existencia.

Rocío, la mamá, es una de las prisioneras de las Farc en El Buen Pastor por el delito de rebelión. Concibió al niño por allá por septiembre de 2016, calculando que para junio de 2017 el Acuerdo de Paz de La Habana le permitiría —mediante la amnistía— un alumbramiento en libertad. Pero el No del plebiscito aplazó esa expectativa, y la criatura, por su lado, se anticipó. No es plácido un embarazo en la sombra, y menos si de repente se atraviesa la incertidumbre de que el parto ocurrirá en las mismas condiciones de cautiverio que ella ya había descartado. La amnistía empezó a embolatarse, una inminencia de regreso a las armas deshizo los sueños, y esa paz posible, por la que tantas muchachas de la insurgencia se dedicaron a la fecundación, quedó en vilo. Rocío se quedó con su lactancia empezada, volviendo a la cárcel, pues aunque ya la amnistía fue aprobada, los trámites, los trámites… A diferencia de ella, muchas de sus compañeras treparon montañas y surcaron ríos, hacia las zonas veredales, con sus panzas henchidas de demografía, o con sus recién nacidos amamantados sobre la marcha. Y sin preocuparse de llegar a peladeros sin agua ni energía, ni ante los regaños del Gobierno si acaso bailaban, ni de lidiar con pantaneros y plásticos que goteaban, ni ante las amenazas de las milicias fanáticas del Centro Democrático, ni frente a esa actitud huraña de gobernadores como el de Antioquia, pues casi que su maternidad les bastaba como primicia o utilidad del acuerdo. Los bebés eran suficiente ganancia.

En cambio, a Rocío, en plena preñez, otros factores empezaron a mortificarla: le dijeron que si paría sin tener resuelta su situación de reclusa, su hijo sería entregado al ICBF para adopción. Este es un país en el que se respetan las normas, ni más faltaba. Mientras tanto, la tal implementación a ruego se alargaba y se alargaba, y en el Congreso había un verdadero derramamiento de discursos y discursos.

El niño terminó saliéndosele del vientre a destiempo, y luego murió, aparte de por la ineficiencia endémica del sistema de salud, por culpa del acoso de quienes consideran que la paz es un engendro del demonio y un estorbo para el país.

¿Qué va a importarles entonces a esas hordas atrasadas esa muerte diminuta, dostoyevskiana, y la frustración de esa muchacha que desde las rejas albergó, ilusa, la esperanza de una maternidad a plena luz del día?

El bebé muerto es un símbolo de esa paz desganada que el Gobierno y la sociedad no se deciden a defender con entereza frente a quienes quieren abortarla. Y que los que ya alcanzaron a nacer signifiquen las vísperas de una Colombia deseable.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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¿De qué se ríen?

En sus Antimemorias, André Malraux cuenta una escena de la que fue testigo en China, durante la guerra con el Japón en 1938: en una aldea destruida por las bombas, vio a unos niños afuera de su casa, riéndose mientras miraban hacia adentro por el pedazo de ventana que aún quedaba en pie. Malraux se acercó a curiosear qué era lo que causaba esa risa, y distinguió, entre los escombros, el cadáver de una mujer que, según esos niños, era su mamá.

El escritor nunca entendió que en circunstancia tan trágica se produjera esa reacción, y se limitó a consignar la anécdota en su libro.

Debe haber algún estudio que explique esas conductas inusitadas, y me gustaría conocerlo para entender por qué ocurren también con tanta frecuencia en Colombia.

Hace mucho ya, en la década de los 70, vi en la Cinemateca una película suiza excelente, titulada El inventor. Contaba la historia de un campesino suizo de los años 40, quien, para superar las dificultades de tracción del arado de su yunta de bueyes, que se clavaba en el lodo frenando a los animales, se ingenió en sus soledades una rueda con piezas de madera articuladas, lo que le permitió darle fluidez a su trabajo y al de sus vecinos, con quienes compartió su invento. Éstos, entusiasmados, lo animaron para que presentara su creación en Berna y le sacara patente. E hicieron una colecta para enviarlo a esa ciudad, en lo que era el primer viaje de su vida. Y llegó allí por la noche, se instaló en un hotelito y se fue luego a un cine a saciar su curiosidad por ver —también por primera vez— una película. Y no pudo cumplir ese sueño, porque el noticiero mostró notas sobre la guerra, ilustradas con tomas de los tanques de guerra alemanes, cuyas ruedas de oruga habían sido fabricadas con el mismo principio de piezas articuladas, solo que en metal, del invento que él llevaría al día siguiente a patentar. El campesino, obviamente, tuvo la certeza de que se le habían adelantado, de que había perdido el viaje, y salió deprimido de la sala emprendiendo el regreso a su aldea.

Ese es el momento del clímax de la película El inventor. “Ahí es —nos lo dijo el director a varias personas durante una tertulia después de la proyección—, donde el público de unos 20 países se ha conmovido casi hasta las lágrimas. Pero aquí en Colombia todo el mundo soltó la risa, no entiendo, no entiendo, qué público extraño éste”, concluyó, entre atónito e irritado, un poco antes de perdérsenos de repente, supongo que yéndose a Berna.

Me ha ocurrido a mí a veces, con escenas de mis películas, o incluso con algunas de estas columnas, en las que, pretendiendo enternecer, causo más bien rabia, o risa, y viceversa. Mientras se me ocurre algo mejor, asumiré eso como una virtud, aunque lo dudo.

Estuve en la premier de La mujer del animal, de Víctor Gaviria, en Medellín, y oí algunas risas por allá, en la sala. Me acordé de los niños de Malraux. Después, ya cuando el coctel en el lobby, ni comprendí ni soporté que a los espectadores se les ocurriera tomarse selfis o saludarse con piquitos. Y me volé, estremecido y derrotado, igual que el campesino aquel de Suiza. Me pudo la realidad de la película, pero prefiero eso a haberla evadido, como hicieron muchos. Esto aquí no da sino para Disney.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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¡Chusco ese coscorrón, ala!

Nunca le vi ninguna gracia al coscorrón que le pegó Germán Vargas Lleras a uno de sus escoltas. Sin embargo, una presentadora de televisión, reproduciendo esa escena varias veces, se moría de la risa “amonestando” al vicepresidente, como si se tratara de la travesura de un muchacho. Por supuesto, también me parecieron degradantes las “excusas” que, al día siguiente de la agresión, Vargas Lleras le presentó a su víctima, con las que empeoró el detalle alevoso de la víspera. Es algo superior a su voluntad, una enfermedad del mando que desde chiquito no le corrigieron, quizás para que se pareciera a su abuelo, hasta que lo logró. Como éste también me desagradó siempre, por dañino para el país —el fraude de 1970, la traición a la ANUC, los tanques en la UN—, cruzo los dedos para que su nieto no me haga padecer el tedio —porque ya ni rabia— de ver a otro Lleras gobernando. Sería demasiado, aunque los súbditos de este reino lo quieran, solo porque parecer honrado se ha vuelto fácil si no se ha recibido plata de Odebrecht*. Pero ya se verá, ya se verá.

Como soy antimonárquico, no soporto, pues, ni a los Lancaster, ni a los Windsor, ni a los Borbones (que tienen un milenio), ni a los Vargas (que si mucho cargan con un siglo encima), y mi condición atea me hace alérgico a los Arrázola, las Viviane de Lucio y a los Ordóñez (que vienen desde el antiguo testamento).

Lo inesperado es que hasta al presidente de la República se le ocurrió, en esta semana de despedidas del vicepresidente, darle carácter de chispazo cachaco al coscorrón aquel. Y lo ha recordado dos veces, frente a auditorios muy concurridos y por televisión. Creo que en el teleprónter, Juan Manuel Santos hace poner la palabra “coscorrón”, para dar la nota alegre en sus discursos y levantar el ánimo cuando advierte somnolencia en el público. Y no se equivoca: la carcajada es unánime, salvo en la casa del humilde miembro del esquema de seguridad del ministro-candidato. Finalmente es apenas un individuo.

Desde luego sería un desperdicio que un vocablo que ha logrado hacer tan exitosa carrera, no inspirara al publicista de Cambio Radical para incluirlo en la campaña: “Démosle un coscorrón a la pobreza”, o algo así. Ya lo verán. Y para darle unidad temática, podrían agregar el video de Rodrigo Lara mostrando sus dotes de fajador, aunque sin conectar un golpe, frente al vigilante de un edificio. Toda una coreografía.

“Darte en la cara marica”, “yo tengo unos manes tablúos aquí. Yo te puedo hacer la vuelta”, “en ese parque no vive gente, solo indígenas”, y el actual hit del coscorrón, constituyen una muestra del léxico político que viene construyéndose hace rato ya, con estatus presidencial, y con tal frenesí de las masas —porque definitivamente son masas, y lo digo sin cariño— uribistas, vargaslleristas y cristianas, que indudablemente harán de la campaña electoral un evento de fervor lumpen, homofóbico, misógino, belicista, estilo concierto de Silvestre Dangond o de Maluma. Habrá más hojas de cuchillos que de vida.


* Colaboro en la pesquisa sobre Odebrecht, aportando una pequeña caja de pandora: el posible eje Manizales-Bogotá-Panamá, es decir, Propaganda Sancho-Óscar Iván-Roberto Prieto. Los tres son de la Perla del Ruiz.

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