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Las uñas de Uribe

Álvaro Uribe acaba de ser acusado por la Contraloría General por haber comprado 103 hectáreas de baldíos no habilitados para negociarse por particulares, y en todo caso un poco antes de que se volviera ilegal. Esto de que lo compró “a tiempo” lo dice él, no la Contraloría, ni el suscrito. Yo me imagino que Lombana y Granados se tuvieron que trastear cerca de Uribe, porque qué clientazo el que se levantaron. No dan abasto.

Muy de su estilo ha sido proceder con rapidez y tener lista una coartada a futuro —y el último futuro fue esta semana—, por si acaso se lo interroga por un acto que, fijo después de coronado, se convierte en punible. Lo salva así la campana. Lo que no debiera ser si se tomara en cuenta que, desde su alta posición, cuenta con información privilegiada para saber dónde ponen las garzas. Cómo recuerda esa transacción, la de la finca La Libertad, hecha por Juan Manuel López, hijo de quien dizque nos ponía a pensar cada que hablaba, el mismo que hoy sale en un billete de los nuevos, que yo, para no guardarlo mucho en mis bolsillos, porque me asquea, me lo gasto de afán, o hasta lo cambio por monedas apenas lo recibo. La compra de La Libertad, una finca aislada, se hizo calladita, antes de que el país supiera que por allí se construiría una carretera. Esa gracia le desbarató al “compañero jefe” su aspiración a repetir Presidencia en 1982. Algo es algo.

Ese modus operandi de Uribe le funcionó cuando sacó adelante proyectos de ley acosando a sus parlamentarios para que votaran “antes de que los agarren”. A sus hijos los azuzó para que compraran de rapidez, con precio rural, tierras que su gobierno después urbanizó, lo que los forró en plata.

Pero además obtuvo, siendo presidente, recursos del Ministerio de Agricultura —el de Uribito, ese mismo—, para su finca El Ubérrimo, sociedad presidida por su esposa. No en vano, según doña Lina, el primer regalo que le hizo en la vida fue un rollo de alambre de púas. Mucha U, como en el soneto aquel de Herrera y Reissig: “Recién la hirsuta barba rubia apunta / Al dios Agricultura. La impoluta / Uña fecunda del amor, debuta / Cual una duda de nupcial pregunta”.

En esto del usufructo del poder para lucro propio, Uribe ha sido un bravero, igual que en su ubicua vulgaridad para cuanto ha acometido. Y si nadie le ha dicho ni mu —a excepción, por supuesto, de nosotros los narcoterroristas castrochavistas— ha sido porque su séquito de varias raleas ha contado con su anuencia para pelechar con mucha alegría.

Una vez estuve en casa de un amigo de infancia, del que se rumoraba que era traqueto, y lo constaté no porque le hubiera encontrado un alijo de algo raro, sino porque sus repisas estaban llenas de fotos con senadores sub judice de por allá de los 90. Le pregunté si acaso tenía fotos con Samper, y me respondió: “Sí, hermano, tengo varias. Pero las escondí para no boletearme”.

Yo no pierdo la esperanza de que quienes tienen selfis al lado de Uribe, más temprano que tarde las quieran borrar. Comenzando por el del matrimonio de Lizcano, en el que el expresidente aparece como padrino. Lo que no sé es si fue tomada antes o después de que el presidente del Senado hiciera el negocio aquel, bastante turbio, con una bomba de gasolina.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Lucha de clases ejecutiva

Se quejaba Gustavo Duncan, en una columna reciente, de que Jesús Santrich hubiera hecho un viaje nacional en clase ejecutiva de Avianca. Ya había repudiado antes, “por razones éticas”, que la gente de izquierda usara prendas de marca —Fidel, Adidas; Petro, Ferragamo; Timochenko, Reebook—, pero esta vez le dio a la silla preferencial que utilizó Santrich en ese vuelo el carácter de un premio al que el guerrillero no tendría derecho todavía. Que porque sigue sin consumarse plenamente la dejación de armas, o porque la comodidad para viajar no estaba en la agenda que se discutió en La Habana. Quizá si Santrich hubiera hecho el trayecto Bogotá–B/quilla–Bogotá en Expreso Brasilia las Farc habrían honrado su voluntad de paz “sin descararse tanto”. Por la manera como sobrevalora la clase ejecutiva, casi que el columnista da a entender que viajar en clase turista es un castigo adecuado digno de considerarse por la JEP para evitar la impunidad. Yo, que soy asiduo ocupante de esa clase —no sé cuál será el caso de Duncan—, no lo veo tan dramático, ni siquiera cuando no me toca ventanilla.

Jesús Santrich tiene todo el derecho a escoger la silla en que viaja, así como la Universidad del Atlántico, que fue la anfitriona de su antiguo alumno, hizo bien en adquirírsela confortable. El dirigente fariano, o cualquiera del Secretariado, más de una vez debe haberse acomodado en el área de turistas, y posiblemente la propia empresa aérea les habrá pedido que se trasladen a la zona VIP. Por una razón elemental: porque se trata de personalidades públicas bastante identificables a las que debe protegerse del asedio previsible que puede darse en ese espacio rígido en el que va más de un centenar de pasajeros. Es, pues, un problema de seguridad personal, para el que bastaría recordar el atentado a Carlos Pizarro. Pero también de seguridad aeronáutica, pues la romería de curiosos puede descompensar el peso de la nave y causar sustos. Incluso a Santrich, habiendo viajado en silla ejecutiva, no le faltaron paparazzis uribistas —que divulgaron fotos por redes sociales—, especulando que llevaba en la cabeza una “microcámara de espionaje”, cuando en realidad se trata de un adminículo de nanotecnología con el que este insurgente en transición a la lucha política legal corrige deficiencias visuales que lo afectan hace años.

Estoy por creer que son ciertas las alarmas del Centro Democrático y de las iglesias de galpón, en el sentido de que las Farc van punteando en la guerra de posiciones mediáticas. De allí que entienda la desesperación con que tratan de impedir que comparezcan ante diferentes auditorios, como ocurrió este fin de semana con Iván Márquez y un delegado del Eln, a quienes Lizcano y Pinto —apellidos como de empresa de demoliciones— les negaron la entrada al Capitolio Nacional a clausurar el Congreso de Paz, evento que terminó trasteándose y siendo más festivo y solar en la Plaza de Bolívar. Y con sillas Rimax, de clase turista.

Además, hay lugares más propicios, como la Feria del Libro, que este fin de semana las Farc se tomaron para palabrear, con lleno hasta las banderas. Y las universidades. Lugares donde no se consigue un feligrés de Arrázola ni un uribista que no estén por allá íngrimos.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El niño de Rocío

El pasado viernes santo un bebé prematuro, hijo de la guerrillera de las Farc Rocío Cuéllar, falleció en el hospital de Engativá. Como éste no era el lugar adecuado para procurarle las atenciones necesarias al pequeño, su madre pidió que lo trasladaran a un centro asistencial más especializado, lo que no fue posible por “falta de cupos”. Lo de siempre. Y el bebé murió. No había alcanzado a nacer a tiempo, ni le hizo falta para sufrir las adversidades de nuestro régimen de salud. Una especie de paseo de la muerte fue lo que le dieron a esta breve existencia.

Rocío, la mamá, es una de las prisioneras de las Farc en El Buen Pastor por el delito de rebelión. Concibió al niño por allá por septiembre de 2016, calculando que para junio de 2017 el Acuerdo de Paz de La Habana le permitiría —mediante la amnistía— un alumbramiento en libertad. Pero el No del plebiscito aplazó esa expectativa, y la criatura, por su lado, se anticipó. No es plácido un embarazo en la sombra, y menos si de repente se atraviesa la incertidumbre de que el parto ocurrirá en las mismas condiciones de cautiverio que ella ya había descartado. La amnistía empezó a embolatarse, una inminencia de regreso a las armas deshizo los sueños, y esa paz posible, por la que tantas muchachas de la insurgencia se dedicaron a la fecundación, quedó en vilo. Rocío se quedó con su lactancia empezada, volviendo a la cárcel, pues aunque ya la amnistía fue aprobada, los trámites, los trámites… A diferencia de ella, muchas de sus compañeras treparon montañas y surcaron ríos, hacia las zonas veredales, con sus panzas henchidas de demografía, o con sus recién nacidos amamantados sobre la marcha. Y sin preocuparse de llegar a peladeros sin agua ni energía, ni ante los regaños del Gobierno si acaso bailaban, ni de lidiar con pantaneros y plásticos que goteaban, ni ante las amenazas de las milicias fanáticas del Centro Democrático, ni frente a esa actitud huraña de gobernadores como el de Antioquia, pues casi que su maternidad les bastaba como primicia o utilidad del acuerdo. Los bebés eran suficiente ganancia.

En cambio, a Rocío, en plena preñez, otros factores empezaron a mortificarla: le dijeron que si paría sin tener resuelta su situación de reclusa, su hijo sería entregado al ICBF para adopción. Este es un país en el que se respetan las normas, ni más faltaba. Mientras tanto, la tal implementación a ruego se alargaba y se alargaba, y en el Congreso había un verdadero derramamiento de discursos y discursos.

El niño terminó saliéndosele del vientre a destiempo, y luego murió, aparte de por la ineficiencia endémica del sistema de salud, por culpa del acoso de quienes consideran que la paz es un engendro del demonio y un estorbo para el país.

¿Qué va a importarles entonces a esas hordas atrasadas esa muerte diminuta, dostoyevskiana, y la frustración de esa muchacha que desde las rejas albergó, ilusa, la esperanza de una maternidad a plena luz del día?

El bebé muerto es un símbolo de esa paz desganada que el Gobierno y la sociedad no se deciden a defender con entereza frente a quienes quieren abortarla. Y que los que ya alcanzaron a nacer signifiquen las vísperas de una Colombia deseable.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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¿De qué se ríen?

En sus Antimemorias, André Malraux cuenta una escena de la que fue testigo en China, durante la guerra con el Japón en 1938: en una aldea destruida por las bombas, vio a unos niños afuera de su casa, riéndose mientras miraban hacia adentro por el pedazo de ventana que aún quedaba en pie. Malraux se acercó a curiosear qué era lo que causaba esa risa, y distinguió, entre los escombros, el cadáver de una mujer que, según esos niños, era su mamá.

El escritor nunca entendió que en circunstancia tan trágica se produjera esa reacción, y se limitó a consignar la anécdota en su libro.

Debe haber algún estudio que explique esas conductas inusitadas, y me gustaría conocerlo para entender por qué ocurren también con tanta frecuencia en Colombia.

Hace mucho ya, en la década de los 70, vi en la Cinemateca una película suiza excelente, titulada El inventor. Contaba la historia de un campesino suizo de los años 40, quien, para superar las dificultades de tracción del arado de su yunta de bueyes, que se clavaba en el lodo frenando a los animales, se ingenió en sus soledades una rueda con piezas de madera articuladas, lo que le permitió darle fluidez a su trabajo y al de sus vecinos, con quienes compartió su invento. Éstos, entusiasmados, lo animaron para que presentara su creación en Berna y le sacara patente. E hicieron una colecta para enviarlo a esa ciudad, en lo que era el primer viaje de su vida. Y llegó allí por la noche, se instaló en un hotelito y se fue luego a un cine a saciar su curiosidad por ver —también por primera vez— una película. Y no pudo cumplir ese sueño, porque el noticiero mostró notas sobre la guerra, ilustradas con tomas de los tanques de guerra alemanes, cuyas ruedas de oruga habían sido fabricadas con el mismo principio de piezas articuladas, solo que en metal, del invento que él llevaría al día siguiente a patentar. El campesino, obviamente, tuvo la certeza de que se le habían adelantado, de que había perdido el viaje, y salió deprimido de la sala emprendiendo el regreso a su aldea.

Ese es el momento del clímax de la película El inventor. “Ahí es —nos lo dijo el director a varias personas durante una tertulia después de la proyección—, donde el público de unos 20 países se ha conmovido casi hasta las lágrimas. Pero aquí en Colombia todo el mundo soltó la risa, no entiendo, no entiendo, qué público extraño éste”, concluyó, entre atónito e irritado, un poco antes de perdérsenos de repente, supongo que yéndose a Berna.

Me ha ocurrido a mí a veces, con escenas de mis películas, o incluso con algunas de estas columnas, en las que, pretendiendo enternecer, causo más bien rabia, o risa, y viceversa. Mientras se me ocurre algo mejor, asumiré eso como una virtud, aunque lo dudo.

Estuve en la premier de La mujer del animal, de Víctor Gaviria, en Medellín, y oí algunas risas por allá, en la sala. Me acordé de los niños de Malraux. Después, ya cuando el coctel en el lobby, ni comprendí ni soporté que a los espectadores se les ocurriera tomarse selfis o saludarse con piquitos. Y me volé, estremecido y derrotado, igual que el campesino aquel de Suiza. Me pudo la realidad de la película, pero prefiero eso a haberla evadido, como hicieron muchos. Esto aquí no da sino para Disney.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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¡Chusco ese coscorrón, ala!

Nunca le vi ninguna gracia al coscorrón que le pegó Germán Vargas Lleras a uno de sus escoltas. Sin embargo, una presentadora de televisión, reproduciendo esa escena varias veces, se moría de la risa “amonestando” al vicepresidente, como si se tratara de la travesura de un muchacho. Por supuesto, también me parecieron degradantes las “excusas” que, al día siguiente de la agresión, Vargas Lleras le presentó a su víctima, con las que empeoró el detalle alevoso de la víspera. Es algo superior a su voluntad, una enfermedad del mando que desde chiquito no le corrigieron, quizás para que se pareciera a su abuelo, hasta que lo logró. Como éste también me desagradó siempre, por dañino para el país —el fraude de 1970, la traición a la ANUC, los tanques en la UN—, cruzo los dedos para que su nieto no me haga padecer el tedio —porque ya ni rabia— de ver a otro Lleras gobernando. Sería demasiado, aunque los súbditos de este reino lo quieran, solo porque parecer honrado se ha vuelto fácil si no se ha recibido plata de Odebrecht*. Pero ya se verá, ya se verá.

Como soy antimonárquico, no soporto, pues, ni a los Lancaster, ni a los Windsor, ni a los Borbones (que tienen un milenio), ni a los Vargas (que si mucho cargan con un siglo encima), y mi condición atea me hace alérgico a los Arrázola, las Viviane de Lucio y a los Ordóñez (que vienen desde el antiguo testamento).

Lo inesperado es que hasta al presidente de la República se le ocurrió, en esta semana de despedidas del vicepresidente, darle carácter de chispazo cachaco al coscorrón aquel. Y lo ha recordado dos veces, frente a auditorios muy concurridos y por televisión. Creo que en el teleprónter, Juan Manuel Santos hace poner la palabra “coscorrón”, para dar la nota alegre en sus discursos y levantar el ánimo cuando advierte somnolencia en el público. Y no se equivoca: la carcajada es unánime, salvo en la casa del humilde miembro del esquema de seguridad del ministro-candidato. Finalmente es apenas un individuo.

Desde luego sería un desperdicio que un vocablo que ha logrado hacer tan exitosa carrera, no inspirara al publicista de Cambio Radical para incluirlo en la campaña: “Démosle un coscorrón a la pobreza”, o algo así. Ya lo verán. Y para darle unidad temática, podrían agregar el video de Rodrigo Lara mostrando sus dotes de fajador, aunque sin conectar un golpe, frente al vigilante de un edificio. Toda una coreografía.

“Darte en la cara marica”, “yo tengo unos manes tablúos aquí. Yo te puedo hacer la vuelta”, “en ese parque no vive gente, solo indígenas”, y el actual hit del coscorrón, constituyen una muestra del léxico político que viene construyéndose hace rato ya, con estatus presidencial, y con tal frenesí de las masas —porque definitivamente son masas, y lo digo sin cariño— uribistas, vargaslleristas y cristianas, que indudablemente harán de la campaña electoral un evento de fervor lumpen, homofóbico, misógino, belicista, estilo concierto de Silvestre Dangond o de Maluma. Habrá más hojas de cuchillos que de vida.


* Colaboro en la pesquisa sobre Odebrecht, aportando una pequeña caja de pandora: el posible eje Manizales-Bogotá-Panamá, es decir, Propaganda Sancho-Óscar Iván-Roberto Prieto. Los tres son de la Perla del Ruiz.

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Monseñor Monsalve

Hace un mes escuché por radio al arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve, refiriéndose al tema del cura William Mazo Pérez, condenado a 33 años por la violación de cuatro niños de entre nueve y diez años. Me pareció juicioso que, como lección del episodio, les pidiera a los padres de familia no permitir que sus niños durmieran en casas curales. El “dejad que los niños vengan a mí” como que se quedó por allá en la biblia.

Esa alerta justa de monseñor Monsalve, sin embargo, algunos medios y redes sociales la tergiversaron, convirtiéndola en la supuesta aseveración de que “los padres también pueden ser responsables por los abusos sexuales que sufren sus niños fuera de casa”. Y de buenas a primeras, el respetable pastor fue puesto en la picota pública, al mismo nivel de Miguel Uribe, el secretario de Gobierno de Bogotá, para quien el crimen por empalamiento y violación que sufrió Rosa Elvira Cely fue culpa de la propia víctima, “por salir con un desconocido de noche, en una moto”.

Obvio que quien azuzó ese equívoco deliberado fue el abogado Montaña, apoderado de los padres de los niños, quien para justificar una indemnización de 9.000 millones ha convertido en “víctimas indirectas” de las violaciones a una red insaciable de tíos, sobrinos, abuelos y hasta al gato. Una piñata completa. Demasiada gente “traumatizada” que en su momento no le vio problema a que cuatro niños jugaran con frecuencia a la guerra de almohadas con el párroco Mazo Pérez. Por supuesto que el arzobispo Monsalve, como representante de la Arquidiócesis, está en su derecho de litigar respecto a esa cuantía.

Y así como el abogado pelecha con astucia frente a la avidez escandalosa de los medios y las redes sociales, la oligarquía goda de Cali, que detesta al arzobispo, aprovecha con insidia la malévola distorsión para tratar de deshacerse de él. Un columnista caleño de este diario, entre los títulos que cita para demeritarlo, está el de “paisa”. No creo que ser antioqueño le signifique a monseñor cargar propiamente con un piano. Y ese columnista debiera saber que hasta en Cali la Iglesia es interdepartamental e incluso transnacional. No es “Caliwood”.

¿Y por qué la bronca contra este prelado? Pues porque él no forma parte del gregarismo eclesiástico colombiano, y contrariando a la ladina conferencia episcopal —como se lo exigía su conciencia pastoral—, pidió a su feligresía votar por el Sí en el plebiscito. Fue también quien denunció que la muerte de Alfonso Cano fue un crimen a sangre fría, en estado de indefensión, algo que también dijo el padre Darío Echeverri y lo demuestra la autopsia.

Para colmos, monseñor Monsalve ofició una misa en La Ermita a la memoria de Camilo Torres, en el cincuentenario de su muerte. Y cuando fue obispo de Medellín, fue una piedra en el zapato para el gobernador aquel de las Convivir. La parlamentaria valluna Susana Correa, del CD, le pide “despojarse de la sotana y ponerse el camuflado”, motivo por el que Álvaro Uribe le pidió una cita a Monsalve, que éste consideró innecesaria.

Suficiente ilustración, como para entender por qué este arzobispo de tan alta credibilidad moral está recibiendo amenazas. Él no acepta escoltas, porque sin duda está rezado. Aún así, hay que apoyarlo con todo.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Pedro Pascasio Martínez

El sábado en la noche, 18 de febrero de 2017, antier apenas, llegó el último guerrillero pendiente —de entre un total de 6.500— a la zona veredal en Montañita, Caquetá. Algunos noticieros hablaron de “La Montañita”, pero es Montañita, sin ese “La” que le agregaron. No es el único lapsus en que incurren los medios cuando se trata de geografías agrarias o selváticas. “Es que eso queda muy lejos”, dirán. Y sí, es lejos, pero “eso” queda aquí en la profundidad de Colombia. Quizá por esa lejanía la doctora Claudia López dijo: “Bueno, ya ‘salimos’ de las Farc, ahora vamos contra la corrupción”. Bastante brocha ese verbo ahí, como si dijera señoreramente: afuerita y juiciosas.

De modo, doctora, que de las Farc no hemos salido, lo que no sobra recordarle también al senador Robledo y a otra gente. Si antes están llegando, muy comedidas, dejando las armas en la puerta. Y ni se sienten sacadas, ni a muchos colombianos nos estorban. Salvo, por supuesto, a quienes las conciben como un obstáculo político, ahora desarmado, en territorios apetecibles para la rapiña del capital. Como quien dice, todo el país.

No es que a las Farc las haya agarrado un rapto de remordimiento reconciliatorio, ni que sean hijos pródigos, sino que advirtieron un gesto propicio, que sólo se da en ciertos cuartos de hora, para acometer aquello que siempre pensaron sólo sería posible mediante la victoria y a lo que decidieron aspirar sin haber sido derrotadas: la oportunidad de experimentar con el fuego cruzado de los argumentos, sin por ello perecer en el intento, y no teniendo que abatir a nadie. Convirtiendo en adversario a quien hasta la víspera fue enemigo. Después de todo no fue por atracción a la manigua, ni por fiebre hacia las armas, ni por quemar calorías, sino de huida de pueblos huraños, por físico instinto de conservación, que sus miembros arrancaron hacia el monte. Y una vez allí, donde encontraron pares solidarios, al cruzar la línea del no retorno, se asumieron como sediciosos, declarándose en rebelión. Lo contrario hubiera sido morir o humillarse.

Estamos, pues, ante ciudadanos que le ofrecen al país la opción de no tenerse que alzar otra vez, o dar lugar a que otros lo hagan. Algunos son menores todavía, lo que no debe extrañar aquí, donde desde chiquitos se nos exaltó la memoria de Pedro Pascasio Martínez, el adolescente de 13 años que agarró preso a Barreiro, rehusándole, para que lo dejara libre, el soborno de una bolsa de oro. Y donde los niños y las niñas, sobre todo en el campo, van por ahí botados de la mano de Dios, como presas de prostíbulo o haciendo de sirvientas en las haciendas. Debiera, entonces, distinguirse que entre la guerrillerada que desfila por entre las banderas se advierten ademanes libertarios y alegres, tatuajes y mascotas, hablas fluidas y seguras, proyectos de vida optimistas, fraternidad. Y bebés, algunos en el vientre aún, y otros ya de brazos.

Y al llegar a los peladeros que les tiene el Gobierno, no se amilanan por la falta de agua, o de techo, o de todo, sino que, como lo dice esa colombiana que parece holandesa, Alexandra Nariño, “ahí mismo se ponen a buscarle la comba al palo”. Y a trabajar se dijo.

Por | Lisandro Duque Naranjo.

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Colombia salvaje

No son nada sutiles las formas de ser salvaje que ofrecen algunas personalidades del mundo político o mediático. Se siente uno mirando esos programas de Animal Planet, en los que los grandes y pequeños predadores se buscan entre el follaje o las praderas para devorarse, o defender su territorio, o simplemente sobrevivir.

En el programa Mesa de Redacción, de El Tiempo, vi a la “editora de Investigación”, Martha Soto, decir, a propósito del gobierno de Donald Trump: “Esto se volvió un sálvese quien pueda. De modo que nada de preocuparnos del murito. Y tampoco vamos a ponernos a pensar en acciones de conjunto, tipo Mercosur…”. Como si la política fuera así: naturaleza en estado puro, darwinismo, zoología silvestre. Qué cuento de civilización y de conciencia. Pero además, la “investigadora” dijo que era “la hora de hacerle lobby a Mario Díaz Balart (el senador cubano americano), quien es muy amigo de Mike Pence, el vicepresidente”. Qué tal la “investigadora”. Ni siquiera tiene uno que inventarse ironías.

Por su parte, la ministra de Comercio, María Claudia Lacouture, en entrevista con El Espectador, lo que identifica en el nuevo orden internacional que se inicia con Trump son “oportunidades” para nuestro país: ella cree que podemos sustituir a México y a China en muchas exportaciones, tipo “resinas, autopartes, textiles y confecciones, entre otros”. Ese oportunismo comercial, incluso si no fuera ingenuo —pues Trump cree que todo eso debiera producirse en EE. UU.—, remite por lo menos a la imagen de un buitre atento a picotear el cadáver de un país acribillado.

La ministra también le ve muchas opciones “al turismo, el sol, las playas, la naturaleza, la cultura y el avistamiento de aves”. Con esos rubros, también a su criterio, podemos incluso beneficiarnos del Brexit. Sin comentarios.

Pero aunque fueran viables esas fantasías de la “investigadora” y de la ministra —no en vano ésta se inventó lo de “Colombia es pasión” y la imagen corporativa de “Colombia, realismo mágico”—, a mí, al menos, esa indolencia para con México me produce rubor. Colombia parece condenada a ratificar el título de Caín de América. La patria esquirola, con esos modales tan burdos de su gente principal.

Por ahí el señor Vargas Lleras usó un término lumpen para referirse a los ciudadanos de Venezuela. Qué bajeza intelectual la que se maneja en ese sanedrín regional de traquetos y de convictos con los que se las pasa. Y Carlos Fernando Galán, Rodrigo Lara y Germán Varón, dándoselas de porcelanas en medio de esa baraúnda y coscorroneo.

¿Pero acaso podría esperarse que se sancionara moralmente a quienes irrespetan a comunidades extranjeras, si en tratándose de vejaciones a la propia lo que cunde es la indiferencia y la impunidad? Para muestra, el hecho de que continúa en su cargo Francisco Henao, miembro del gabinete de la Alcaldía de Medellín, quien, según El Espectador, dijo: “Si yo tuviera la pistola desintegradora, la ponía (sic) frente a todos los comerciantes informales que estorban en el espacio público y los destruiría”.

¿Y qué tal Peñalosa llamando “matones” a los antitaurinos?

¿Y la periodista Vanessa de la Torre diciéndole “puta” a Melania Trump, la única persona digna de solidaridad en ese entorno bandido de la Casa Blanca?

¿Y Vicky Dávila, en la W, tratando de “Trump” a Petro? ¿Por qué la gente de izquierda asiste a la gazapera de esa señora?

Por| Lisandro Duque Naranjo

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El Sí y el “otrosí”

Nada perturba más a una comunidad ladrona, u homicida, o mentirosa, como el hecho de que se infiltre en ella un ciudadano honorable, o respetuoso de la vida, o incondicional con la verdad.

La primera reacción frente a quien entorpece una rutina malévola es tratar de seducirlo, para que se acomode y coma callado. Pensar en que asimile la turbiedad del grupo sin beneficiarse de ella es inaceptable, no brinda confianza. El que entra a la organización debe implicarse, incurrir en un acto cruel —matar a su mascota, por ejemplo—, aunque lo ideal es que se trate de algo punible, para cruzar el punto de no retorno y deberle algo también a la justicia. De lo contrario es un estorbo. Una persona limpia no funciona en un mecanismo descompuesto. En cuanto al jefe de este, no puede, definitivamente, ser eso que llaman una mamita, o una buena papa.

Yo me preguntaba, cuando leía las columnas de Cecilia Álvarez en El Tiempo, antes del plebiscito, el porqué de tantos ruegos de la exministra a su exjefe, Álvaro Uribe, para que se uniera al Sí, y aunque me demoré en encontrar la razón, esta semana la obtuve: era que ella algo había hecho torcido, aunque fuera en el gobierno posterior, el de Santos, que resultó siendo su aceptación, cuando fue ministra del Transporte, del “otrosí” que gestionó, con sus artes de pillo, Otto Bula, lobista de Odebrecht. La señora Álvarez, como funcionaria, se dejó llevar de una conveniencia en físico que por lo menos debió advertir a su tiempo para inhabilitarse: la echada de una carretera por predios de la familia de su pareja, la señora Parody. Como estaban acostumbradas a quedarse calladas…

Es fácil, entonces, imaginarse el susto de ambas cuando lo de Odebrecht salió a la luz. Aunque fuera en un residuo, ellas habían estado en ese entuerto, o por lo menos la ministra. Y se figurarían a su exjefe rebuscando los papeles con que las implicaría. Con la organización no se juega. El silencio con ella es vitalicio. Y ahí fue que decidieron preparar el trillado argumento de la “cortina de humo”, que para algunos funciona, y que además es cierto. Que todos somos bandidos, que la humanidad es un desastre, cosas de esas.

En cuanto al expresidente, ¿qué es una raya más para un tigre? Ni siquiera los caracteres de esta columna alcanzarían para enumerar sus procederes ilícitos, sus encubrimientos en verdaderos asaltos al fisco, incluso de parte de su entorno familiar, y sus incitaciones sistemáticas a la sangre, con la que parece no haberse saciado a la fecha. El hombre es completo.

Aunque suena como un contraste inmerecidamente lírico, cito enseguida lo que dice García Márquez en El amor en los tiempos del cólera al describir la belleza de Fermina Daza desde la mirada de Florentino Ariza. Es una alusión, por supuesto, a la frescura con que va por el mundo el expresidente Uribe con su historial nefasto, sin que nadie lo agarre, y mientras caen a su lado los que han constituido su séquito:

La siguió sin dejarse ver, descubriendo los gestos cotidianos (…) del ser (…) al que veía por primera vez en su estado natural. Le asombró la fluidez con que (Fermina) se abría paso en la muchedumbre. Mientras Gala Placidia se daba encontronazos, y se le enredaban los canastos y tenía que correr para no perderla, ella navegaba en el desorden de la calle con un ámbito propio y un tiempo distinto, sin tropezar con nadie, como un murciélago en las tinieblas…”.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Fidel, músico

Es costumbre en los medios —prensa y televisión— mantener un stand by de “obituarios anticipados” sobre celebridades públicas, científicas, políticas, artísticas, etc., cosa que, al morir éstas, puedan ofrecer a sus lectores, con la debida rapidez, biografías suyas muy exhaustivas.

Es decir, que a las figuras públicas las matan en las redacciones desde mucho antes de que tengan su deceso real y cuando este ya parece inminente. El escritor americano Gay Talese tiene una crónica muy ácida sobre esa práctica, titulada justamente así, “Obituarios anticipados”, pues él mismo fue, durante muchos años, uno de los encargados en el New York Times de escribir esa sección.

Hay veces en que el personaje “pronto a morir” no se muere, y aguanta vivo más de lo previsto, sobreviviéndole a su biógrafo “póstumo”. De hecho, yo mismo fui de los que llegaron a pensar que Fidel no iba a morirse nunca, y que en Cuba, posiblemente, tendrían en breve que expedir un decreto que le permitiera al comandante asumir el gobierno de nuevo en caso de fallecer su hermano Raúl.

No me atrajo a mí nunca ser un redactor de ese tipo, pues me hubiera sentido como un ave de mal agüero posada en el hombro de una celebridad querida.

Hace como siete años me hicieron una entrevista sobre García Márquez, bastante minuciosa, y al despedirme del periodista le pregunté cuándo se transmitiría. Obvio que me molestó la respuesta del entrevistador: “Quién sabe, maestro. Este material es para cuando se muera Gabo”. De haberlo sabido antes de comenzar, no se la hubiera concedido. Y creo que nunca salió, no obstante haber muerto Gabo cinco años después, lo que atribuyo a que jamás, en mis respuestas, hablé en pasado sobre el escritor, restándole a las mismas ese aire de responso, imprescindible en ese género exequial.

Alguna vez me pregunté qué escribiría cuando Fidel muriera, en caso de no habérmele adelantado, lo que hubiera sido perfectamente posible. Pensé que en todo caso no sería nada sobre su existencia llena de hazañas en lo político, lo militar, lo ético, pues fue el hacedor de historia por excelencia del siglo XX y gran parte del XXI. Algo se me ocurriría la noche previa, cuando el plazo para entregar el artículo, cuestión de horas apenas, no me obligara a referirme a los acontecimientos de la humanidad que este hombre protagonizó durante 70 años, convirtiéndola en algo completamente distinto, y mejor, de lo que fue antes de que él llegara al mundo.

La vida me concedió el privilegio de conocerlo, de compartir con él, en grupos pequeños de no más de siete o diez personas, y a veces menos, durante varias ocasiones y por muchas horas, de modo que tendría recuerdos suyos de sobra, disponibles para recrear en este instante de conmoción. Aquí les cuento este:

La última vez que lo vi fue el 15 de agosto de 2010, con motivo de una visita que le hicimos cinco amigos. Dos horas departimos con él, ya afectado por flaquezas de salud. Y aun así, desarmó y volvió a armar el mundo, con el hilo de voz que todavía le quedaba.

Lo acompañaba su esposa, Dalia Soto, y Fidel le pidió, para ahorrar voz, que nos leyera su “Reflexión” más reciente, sobre el tema Irán-EE. UU., que en ese momento provocaba pálpitos de una invasión.

Dalia, una sexagenaria rubia y delicada, leyó las tres páginas con entonación solemne, con las manos temblándole de gravedad. Fidel, mientras tanto, alzaba las suyas y las movía en el aire, dirigiendo silencioso la partitura de su artículo, el ritmo de sus conceptos. Abría y cerraba los ojos, levantaba y bajaba la cabeza silencioso, desplomando fuerte los puños en los puntos aparte, como golpes de percusión concluyentes. Y cuando comenzaban los párrafos siguientes, abría las manos llevándolas suaves hacía arriba para marcar los próximos crescendos.


Por: Lisandro Duque Naranjo

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