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En caída libre


Se le está desbaratando la estantería al señor Uribe. En Sopó, La Calera y Acacías, no propiamente de izquierda, lo recibieron, entre jueves y viernes, demostraciones de repudio que asustaron a sus “huestes”: puros guardaespaldas. En realidad el esquema de seguridad del expresidente es una manifestación portátil. El hecho es que él está echando toda la carne al asador de aquí al 8 de octubre, cuando debe comparecer a la Corte, para ver si logra intimidarla y poder convertir la indagatoria en un simple encuentro con su lustrabotas. Pero tal vez no le funcione, porque el viernes anterior los magistrados expidieron un documento en el que descalifican por “retórico” el pedido del otro ejército, el de los abogados del señor, en el que solicitaban suspender la audiencia.

El punto de giro en este momento, entonces, ya no son las elecciones del 27, pues Uribe anticipó el clímax en 19 días, para el 8, fecha en la que se sabrá dónde ponen las garzas. La criminalidad y las amenazas, entonces, se han disparado en las regiones, acelerando esos “homicidios aplazados”, esas “muertes por razones morales” y esas “masacres con sentido social” contra líderes sociales y exguerrilleros a que convocó cuando se realizó la firma del Acuerdo de Paz. Es una incógnita calcular desde ahora cuánto de “invivible” se pondrá el país en esos 19 días de ñapa, según como le vaya el 8 a quien se sentará en el banquillo. Decía Walker, el de Quemada, que “hay momentos en la historia en que en diez días un pueblo logra lo que no pudo durante todo un siglo”. Aquí serían 19, mejor todavía.

El presidente Duque no se ha dado cuenta de este suspenso doméstico por andar tan atareado remendándole la reputación a Guaidó luego de esas fotos con los Rastrojos, cuyas coordenadas le envió para que le hicieran la inmigración por los caminos verdes. Delinquir para el concierto, se llama eso. Doña Paloma no le ayudó mucho diciendo, para excusar esa recepción, que “los Rastrojos no son paramilitares sino narcotraficantes”. Es que como Uribe extraditó a los paras por narcos y no por paras... Pero bueno, allá ellos. También Duque ha tenido la cabeza en otra parte por la echada que Trump le pegó a Bolton, su llavería en Washington, por las embarradas con Venezuela. Y por la reversa de tres países, entre ellos Chile, después de que el canciller Trujillo los “convenció” en la OEA de resucitar esa antigualla del TIAR, que mostró aquí como una “victoria diplomática”. Encima de eso, Noticias Uno, con apoyo ciudadano y por la libre, logró triplicar su audiencia luego de que Sarmiento, con el “aval” de su Gobierno, lo sacó del aire. En cuanto a Pastrana, ni modo de esperar que le dé una mano en estas circunstancias dramáticas. El pobre, además de estar pagando escondederos frente a “Nohra y mis hijos”, debe estar intentando perfeccionar su coartada de que estaba con Fidel Castro en una reunión, cuando en realidad estaba de visita, transportado en el “Lolita Express”, el antro VIP del pedófilo Jeffrey Epstein en las Bahamas. Difícil creer que Pastrana, después de un vuelo largo con archimillonarios depravados —Clinton, entre ellos—, les haya dicho que él mejor se bajaba en las Bahamas para ir a La Habana a conversar con Fidel sobre geopolítica.

Menos mal que doña Paloma está organizando una manifestación mundial de apoyo a Uribe para el 8; en Miami, será en la calle 8.
Por| Lisandro Duque Naranjo

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Estaba cantado


Juan Manuel Santos advirtió, desde antes del plebiscito fraudulento, que si la paz fracasaba, vendrían guerras peores y posiblemente en las ciudades. En esa época, Iván Márquez y Jesús Santrich, en una casa en Bogotá, trabajaban, al igual que el resto de la dirección del partido FARC, en gestiones relacionadas con la implementación del acuerdo, dictaban conferencias, atendían entrevistas, visitaban zonas de concentración de sus ex-tropas ya desmovilizadas pero aún sin desarmarse, en síntesis, tenían una agenda intensa en función del nuevo país que se preludiaba, no solo para ellos. ¿Quién podía imaginarse que esos dos dirigentes serían los que, tres años después, encabezarían un alzamiento como el que el 29 de agosto hizo irrupción en la Amazonía?. No opinaré en caliente al respecto, pero no es difícil entenderlo: en los meses previos, a estos dos firmantes del acuerdo se los puso, por intrigas del embajador Whitaker, del jefe del CD y del ahora exfiscal Martínez Neira, ante la inminencia de extraditarlos por presunta implicación en narcotráfico. A Santrich lo agarraron con pruebas bastante peregrinas, y desde entonces su vida se convirtió en un pavoroso relato de vejámenes cuya enumeración desbordaría el límite de esta columna. En cuanto a Márquez, por aquello de que a quien dios no le da hijos el diablo le da sobrinos, uno de éstos, un pillo, se los ofreció ambos a la DEA por una bolsa de pop korns en Disney World. Un pobre hombre.

Obvio que Márquez y Santrich, apenas vieron lo que les venía pierna arriba, se abrieron a la menor oportunidad. De no haberlo hecho, al primero lo hubiera recogido un helicóptero rumbo a EE. UU. al posesionarse en el capitolio, y al segundo, otro en el Palacio de Justicia luego de su indagatoria. Lugar ideal para esa moñona: la plaza de Bolívar. Y adiós, como Simón Trinidad.

Con los dos ha habido más sevicia que contra el resto de miembros de la dirección del neófito partido de FARC, si bien cierto que entre los primeros y éstos ha habido discordias políticas que tramitaban sin dividirse. Pero a quienes se preservan en la legalidad, el dulce les ha tocado a mordiscos: han sido asesinados 150 desmovilizados en las regiones. A Rodrigo Londoño, el jefe, ni siquiera lo dejaron probar lo que era una campaña presidencial, pues en su primer fin de semana como candidato —en el Quindío, en Cali y Yumbo— por poco lo linchan las turbas paracas vestidas de negro. Aquello le provocó sucesivos infartos que lo han puesto a ver el túnel blanco varias veces. En los aviones les hacían gavilla incluso a quienes se parecieran a él. En las universidades los agredían grupos de choque fachos. Y esa "izquierda" —a la que, según Hollman Morris, hay que decirles mejor "progresistas", para que el parche no se les caliente— de los de la Colombia Humana y de los "verdes de todos los colores", que otrora los acusaban, por estar armados, de tirarse en la reputación de los movimientos sociales, ahora, después de la dejación de los fierros, les hacen bullying y los ningunea. En la campaña por la Alcaldía de Turbaco, a Julián Conrado lo apoyan porque saben que va a ganar, pero le vetan la rosa roja en el afiche y le exigen que mantenga a sus panas por ahí sentaditos y que ojalá voten al escondido.

Que paciencia tan franciscana la del partido de la Farc, al que debiera agradecérsele que no saque también la maleta. Para decentes, ellos.










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Las doñas del Centro Democrático


Me parece apenas lógico que entre dos de las senadoras del Centro Democrático (CD), María Fernanda Cabal (MFC) y Paloma Valencia (PV), se estén comenzando a tirar raya. Quizá desde antes ellas se repelían, aunque se las habían ingeniado para que no se notara. Pero les ha llegado ya la hora de destaparse: en solo un mes, cada una ha tenido una posición contraria a la de la otra en iniciativas dentro del Congreso, la primera vez a propósito de si debería haber una sala aparte en la Corte Suprema para juzgar a militares implicados en conductas ilícitas (verbigracias falsos positivos, asuntos de esos), o si lo preferible era aumentar el número de magistrados en la corte. El hecho es que tanto MFC como PV encabezaron propuestas enfrentadas al respecto. No sé quién ganó, o tal vez todavía no sea tiempo de saberlo y ojalá nunca se apruebe nada de eso. La otra ocasión fue con motivo de la elección de presidente de la Comisión Quinta del Senado. MFC votó por el candidato Santiago Valencia, del CD, quien con ese apoyo obtuvo el triunfo, y PV, que era candidata al mismo rango, se mostró muy molesta con su copartidaria, pues a ella también le había prometido el voto. Después, obviamente, se agarraron a trinazos. Ahí no hay bala perdida.

Ahora se muestran opuestas apenas por bagatelas, pero sus discordias pueden escalar cuando estemos cerca de las elecciones presidenciales, pues ambas son mujeres alfa y en sus contiendas —con mayor razón si tienen similitudes de temperamento y de clase— no van a escatimar intrigas para doblegar a la otra. De momento, MFC ha comenzado a deslindarse de su rival, con la zancadilla arriba anotada, justo después de que PV se le adelantó en las pretensiones de candidatura presidencial. Las otras parlamentarias del CD, uribistas beta o de gama media —algo que nunca supo leer la efímera candidata a la Alcaldía Ángela Garzón, que se creyó de la pesada ganadera de este país y terminó llevando—, deben estar cruzándose apuestas con su lenguaje de gallera. Que quizá para eso sí se juntarán entre ellas, pues habrán notado los lectores que en el CD no es “a lo bugueño”, hombres con hombres y mujeres con mujeres, sino que a los tipos los tienen como edecanes. Discúlpenme las feministas este análisis sexista, pero es que me pudo. Por su lado, obviamente, está el patriarcalismo finquero de los varones del CD, que logra que el exabrupto en ese partido sea unisexo. Incluso hay una congresista que no se quita un sombrero de esos para marcar reses, lo que le da al Salón Elíptico una sazón de restaurante llanero.

Si fueran ciertos mis pálpitos sobre la previsible competencia por la candidatura presidencial entre MFC y PV, los signos serían peor de adversos para este país que hasta ahora, pues asistiríamos a la eventualidad de que un par de “doñas Bárbaras”, de antiguo linaje ambas e insaciables de más tierras y vacas que las que les dejaron, cuatreriando en las notarías, sus tatarabuelos abigeos, se crean con esperanzas de apelar al apoyo popular para convertir la república en un establo.

Ahí están las dos preparando sus aceros. Como la primera en lanzarse fue PV, imaginémonos su gobierno por lo último que ha dicho: “No hay nada de ilegal en darles subsidios a los ricos”. Y lo del muro en el Cauca podría permitir que Popayán se convierta en lo que dicen sus cartillas turísticas: “La Jerusalén americana”.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Los abogados de Álvaro Uribe Vélez


Álvaro Uribe Vélez (AUV) ha dicho, a propósito del pronunciamiento de la Contraloría sobre presunta ilicitud suya en la acumulación de baldíos —103.000 hectáreas para El Ubérrimo—: “Yo no soy testaferro, de modo que pueden investigarme”. En estos días, Luis Carlos Vélez, director de la FM, le preguntó al mismo senador sobre la mesada que le pagaba Odebrecht a Andrés Felipe Arias (AFA) y el interpelado empezó a defender con largueza la honradez de Óscar Iván Zuluaga, lo que por supuesto hizo que el entrevistador dejara constancia de que el expresidente no había querido responder a sus interrogantes. El CD, en promoción de la segunda instancia con retroactividad para AFA, divulgó por redes sociales y todo tipo de micrófonos que el recién extraditado “no se ha robado un peso”.

Independientemente del rango que en el hampa tenga la acusación de “testaferro”, no es este el cargo por el que la Contraloría cita a AUV. Tampoco fue la pregunta del entrevistador de la FM sobre Óscar Iván Zuluaga, ni la Corte Suprema de Justicia condenó a AFA a 17 años por embolsillarse dineros públicos. Parece un trabalenguas, y en efecto lo es, deliberado, para confundir a la galería. O debe ser que siendo tantas las causas por las que ha sido empapelado AUV, hasta a él mismo se le enredan los motivos por los que recibe cada citación: “yo no he violado a nadie”, se supone que podría responder al juez que lo convoque por chuzadas telefónicas, o “¿El Aro? ¿La Granja? ¿Usted de qué zonas francas me está hablando?”, o “¿hacker? ¿No será más bien a la operación Jaque que usted se está refiriendo?”.

Obvio que sus caravanas de escoltas más de una vez deben haber ido a un tribunal cuando debían estar presentes en otro. Eso, además de Peñalosa, debe ser lo que tiene fregada la movilidad en Bogotá. Y los pobres abogados: “que hoy toca La Picota, para convencer a Monsalve”, cuando en realidad la misión era a Miami, a conseguir los certificados de buena conducta expedidos por el Tuso Sierra o a hacer lobby contra Coronell. Me imagino a Lombana diciéndole a su chofer, ya cerca de la penitenciaría: “¡Hombre, usted está perdido, a donde tenemos que ir es al aeropuerto!”. “Lo que pasa es que el doctor Granados me dijo... —se defenderá el chofer— que aquí era la movida de hoy, doctor”, escuchándole a Lombana esta respuesta airada: “Sí, claro, ese pendejo jura que yo me traje el pasaporte para darme una vuelta por Usme y Santa Librada”, a lo que el conductor le dirá: “Yo sí le pido doctor, y me perdona, que se organicen mejor entre ustedes, porque esto no es la primera vez que ocurre”. “¿Y fue que usted cuando me recogió no me oyó hablar con Cadena?”, contestará Lombana, provocando esta respuesta del hombre al timón: “Con el debido respeto, mi doctor, pero es que son tantos los lugares y los abogados que yo sinceramente ya ni los distingo: que Granados, que Cancino, que De la Espriella, que Cadena, que Lombana... Mejor dicho...”.

Han aprendido mucho esos abogados en su experiencia con AUV. Y aportado también. Lo de la segunda instancia con retroactividad es ya un clásico de la jurisprudencia que le gana a lo del cohecho de una sola persona. Y la semana pasada se propuso, por Andrés Flórez —el de los bonos de agua—, un atenuante inédito: el soborno preventivo.

El Congreso se volvió sucursal en el centro del restaurante León de Sanandresito. Bastantes comensales.

Por Lisandro Duque Naranjo

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Operación “Uribito”


No recuerdo el nombre de un panelista del Centro Democrático que hace unos días, en el programa Voces, de RCN Radio, dijo que no le veía problema a ponerle nombre propio —el de Andrés Felipe Arias— a la ley sobre segunda instancia, con derecho a retroactividad, que ese partido político debió presentar ante el Congreso el 20 de julio. Incluso citó, a favor de su propuesta, la Ley 1761 de 2015, que aumentó los castigos para los feminicidas y que lleva el nombre de Rosa Elvira Cely. Raro que un miembro del CD haga esa propuesta que, viéndolo bien, asociará a perpetuidad el nombre del “beneficiado” a una norma vergonzosa. Problema de ellos, aunque la picaresca popular ya sabrá bautizarla igual. Con esa lógica, la Ley Rosa Elvira Cely tendría más bien que llevar el nombre del psicópata que se cebó en la humanidad de su infeliz víctima, empalándola en las tinieblas del Parque Nacional.

Pero qué hacerle, si otro del CD comparó a Arias con Mandela. Y el oráculo mayor, José Obdulio, hace años que les dio a los tuits de Álvaro Uribe Vélez el mismo rango que a los Ensayos de Montaigne; y a sus estrategias militares, similar jerarquía que la que merecen las hazañas de Alejandro Magno. En cuanto al pintoresco Edward Rodríguez, un don Chinche al natural, dijo que Uribito tenía el mismo coeficiente intelectual de Albert Einstein. Esta última aseveración es la prueba de algo que dijo el poeta Juan Manuel Roca: “Si Franz Kafka hubiera nacido en Colombia, sería un escritor costumbrista”. Es una desgracia pues que, por haber nacido en Colombia, Arias haya terminado descubriendo la teoría de la relatividad de la honradez.

Para la conversión de Uribito en un personaje estelar, los del CD deben tener un asesor muy hábil en puestas en escena —del género sainete; tampoco es gran cosa, pues el público ayuda— que a la fija es de la troupe de Herr Krüger, el de Migración Colombia: lo primero que les enseñó fue que de Arias no podía decirse que iba a ser traído a Colombia, sino que “viajaría a su país”... en jet privado. Cuadren ustedes eso en Miami, que yo aquí me comprometo a limpiar de fotógrafos el área. Y que, ya en tierra, los noticieros muestren imágenes de archivo que lo hagan ver como a un pasajero de primera clase. Lo segundo es mantenerlo oculto a la vista del vulgo —a la manera de Greta Garbo—, hasta que las circunstancias permitan hacerlo reaparecer victorioso. ¿Que a La Picota? ¡Hombre, cómo se le ocurre!, ya están palabreados los del Inpec.

A diferencia de quienes piensan que los del CD son maestros de la simulación, yo sí creo en la sinceridad de sus convicciones. A mí no me parecen falsos Arias ni su señora en sus puestas en escena dignas de culebrones de Telemundo. Ahí están en su elemento y ni siquiera necesitan haber estudiado actuación: son de lágrima fácil porque están seguros de que Colombia se los debe todo.

Afuera, además, hay una batería de teóricos del capitalismo bárbaro, que no le ven mucho problema a que el reo haya repartido subsidios por $44.000 millones a los ricachones de Colombia, incluido su jefe, a quien se le dieron casi $3.000 millones para riegos y se le encimaron 103 hectáreas “baldías” para anexar a El Ubérrimo. Con firma propia en el decreto, lo que debiera haber motivado que él también tuviera cupo en ese chárter.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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La vuelta al mundo


El fin del Homo Soviéticus fue el libro que publicó Svetlana Aleksiévich en 2013, dos años antes de ganarse el Premio Nobel, en 2015. Uno de sus personajes, Yelena Yurievna, evocando el derrumbe de la URSS en 1991, dice: “creíamos que viviríamos como los estadounidenses o los alemanes, pero ahora vivimos como los colombianos. Somos los perdedores” (Editorial Acantilado, pág. 86).

La entrevista de la escritora a la señora Yurievna debió hacerse en la primera década de este siglo, cuando las referencias sobre Colombia, en Rusia y por supuesto que en otros países, nos mostraban como unos perdedores, algo así como gente sufrida, a causa de la guerra, el narcotráfico y sucesivos gobiernos despóticos y frívolos. Teniendo tanta credibilidad esa escritora en Rusia, es de suponer que cuando, con motivo del pasado Mundial de Fútbol, los colombianos que acompañaban a la selección llegaron a las ciudades, los rusos se sorprendieron de lo diferentes que lucían respecto de la imagen que tenían de ellos, como si se los hubieran cambiado. En efecto, en esa tanda turística que llegó a la estepa, no había gente que pudiera confundirse con “perdedores” propiamente dichos, pues se veían muy eufóricos y alentados, aunque esa estampa triunfal era sospechosa y dejaba mucho qué desear: por la forma como se emborrachaban, que ni en el país de los cosacos se había visto igual. Por las broncas que armaban en los estadios, que hacían de los hooligans unos muchachitos de primera comunión. Y quizá lo peor: por aquellas rumbas bastante movidas a 10.000 metros de altura entre una sede y la otra donde le tocara jugar a nuestra gloriosa tricolor. Aquí habrá que decir, canónicamente, que no todos los paisanos se comportaban así, y ni siquiera la mayoría; que conste. Otra cosa es que dos borrachos no permitan notar la cordura de ocho juiciosos.

El hecho es que no era a esta generación de colombianos a la que se refería Svetlana Aleksiévich. En las décadas de los 80 y los 90 eran otros los que andaban por Europa, no incluyendo a los escasos turistas de por estos lados. Eran rebuscadores de refugio y solidaridad, a los que había sacado de acá la urgencia de salvar la vida. Por entonces, las figuras icónicas que habían trascendido las fronteras eran Pablo Escobar y Gabriel García Márquez. Otro que también emocionaba era Manuel Marulanda, por lo selvático, pues en realidad en Europa no hay manigua, sino bosques tipo Hansel y Gretel. Y pare de contar, pues globalización no había, a diferencia de ahora, cuando al colombiano viajero le preguntan por Catherine Ibargüen, James, Nairo Quintana —amén de por diez ciclistas más—, Shakira, Carlos Vives, Doris Salcedo, Ciro Guerra y creo que me faltan datos de otros municipios.

El hecho es que ahora, cuando el mundo se volvió un verdadero pañuelo, se nota más Colombia por fuera, razón por la que no entiendo que con tanto ir y volver, ya no hacia los destinos clásicos: Francia, Italia, España, EE. UU., que son de lavar y planchar, sino a lugares otrora exóticos: China, Rusia, India, Turquía (a este último país están yendo muchos colombianos a causa del boom de la telenovela El sultán), el planeta no se note suficientemente aquí. Espero que sea apenas una impresión equivocada de parte mía, o que la tierra va a resultar siendo redonda por lo que recorriéndola completa se vuelve siempre a lo mismo.
Por | Lisandro Duque Naranjo


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¿Dónde están los causantes?


La sistematicidad en la muerte de líderes y lideresas sociales no es atribuible a la existencia de un comité nacional, como en los tiempos en que Carlos Castaño se reunía en una terraza en Medellín (para que no los grabaran) con nueve ilustres patriarcas paisas que le ordenaban al capo sicarial a quién debería hacer asesinar esa semana: o a Bernardo Jaramillo, o a Carlos Pizarro, o a Héctor Abad Gómez, etc. Era muy VIP el club de las víctimas potenciales. Había ya un reguero de muertos regionales anónimos cuando se pusieron en modo magnicidio. Pero eso ahora —y hasta el momento— es muy distinto y menos exclusivo: como han nacido nuevos derechos en comparación con los existentes por entonces, y en todas partes hay quienes los reclaman con un lenguaje inédito: que no al fracking, que sí a los LGBTI, que no a la gran minería, que tampoco al glifosato, que cuidado con afectar el páramo, que vamos por las 16 circunscripciones, y así sucesivamente, incluyendo el más clásico de los derechos, que es el de la tierra —que el Estado debe resolver mínimo y por el momento con la adjudicación de tres millones de hectáreas—, ahí no cabe un comité nacional para matar. No se daría abasto. Entonces, los villanos le han dado autonomía a esa estructura homicida creando una nueva generación de víctimas. Y, por supuesto, promoviendo una nueva generación de asesinos. Solo que éstos operan con esquemas organizativos viejos: que “las Águilas Negras”, que las “Autodefensas Gaitanistas”, para darse una reputación digamos que “nacional”, cuando son apenas lugareños. Puede que el método empleado contra Dimar Torres (ex-Farc) en el Catatumbo sea el mismo que operó contra Ánderson Pérez (ex-Farc) en el Cauca y el bebé Samuel David González Puschaina en La Guajira, hijo de excombatientes wayuus. En estos tres casos, más los otros 133 crímenes de que han sido víctimas los excombatientes por toda la geografía colombiana, es obvio un tinglado de exterminio de una facción, bastante numerosa, del ejército que odia el Acuerdo de Paz.

En cambio, una muerte como la de María del Pilar Hurtado involucra a una familia local a la que pertenece el alcalde de Tierralta, pues la víctima esta vez reclamaba, junto a cinco personas más, un pedazo de tierra de propiedad del papá del alcalde. Tres de esos reclamantes, incluida María del Pilar, estaban en la lista negra de las “Autodefensas Gaitanistas”, solo que a ella en el panfleto se referían de manera procaz sin dar su nombre. Así actúan los “poderes locales”, que funcionan por todas partes en donde hay liderazgos que pelean el derecho al medio ambiente, a la igualdad de género, a la adopción entre parejas del mismo sexo, a la erradicación manual, al porte de la dosis mínima, a la venta ambulante de empanadas y frutas, a la reconstrucción de la memoria audiovisual de víctimas antiguas (UP) y, según se vio el viernes, a festejar el Día Mundial de la Patineta.

¿Hay acaso un manifiesto teórico que convoque, subliminalmente, a la eliminación física de quienes defienden tantos derechos? Claro que sí: son los discursos descompuestos y embusteros del CD, del jefe para abajo, en el Congreso, por televisión y por las emisoras. Cualquier proyecto para disminuir la matanza en las comarcas de este reino tiene que comenzar por apagar el fuego que esa arma de destrucción masiva atiza desde el Capitolio.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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“Summa cum laude”


Se le agradece a Gustavo Petro haber exhibido los videos sobre los “laboratorios de supervivencia” que muestran los maltratos que se causan entre sí los mandos intermedios del Ejército, disfrazándose de guerrilleros y de secuestrados. Esas torturas físicas y psicológicas se las infligen para que después, como lo dijo Esteban Santos —quien pasó por esas y sufrió golpizas, según lo mostró en un video—, “la guerra de verdad les parezca un juego”. Un Nintendo con cadáveres reales. Raro que este joven encuentre esas prácticas encomiables como preparativo para combates verdaderos que se le antojan lúdicos. Allá él.

Esa metodología del sufrimiento deliberado es vieja, me consta: un hermano mío, ya fallecido, que fue cadete de la Escuela Militar en los 60 —y que hasta ahí aguantó, menos mal—, me contó en aquel entonces de un “laboratorio” de supervivencia en el que participó, cuyos condiscípulos adoptaron como mascota a un perro errante al que después sacrificaron para hacer sopa y dejar todos sus huesos ruñidos. No recuerdo si eso lo hicieron obedeciendo una orden o por mostrarse muy “varones”. En ese régimen curricular se vienen formando los miembros de la institución con más prestigio en este país.

Esos “laboratorios” le parecen muy formativos también al comandante del Ejército, Nicacio Martínez, quien para justificarlos dice que a esas jornadas solo concurren oficiales y suboficiales, nada de soldados rasos. Pues siquiera, aunque lo dudo. Semejante pedagogía, sin embargo, prepara más a los uniformados para el odio, que es lo que le parece recomendable a la señora Cabal cuando exalta como virtud primordial de nuestro Ejército “el ser una fuerza letal que va llegando de una vez a arrasar”. Los que asesinaron a Dimar Torres debieron ser summa cum laude. A esa élite “académica”, pues, le programan desde el comienzo una autoestima agresiva y un espíritu de cuerpo que nada tienen que ver con estos tiempos, supuestamente de transición respecto a una guerra que quedó atrás. Hay militares, menos mal, que, según testigos, fraternizan en los territorios asignados con los exguerrilleros que hicieron dejación de sus armas. Deben ser de otra camada, la del Acuerdo de Paz. Se precisa, sin duda, una reingeniería moral que extirpe de las filas esos procedimientos de guerra fría, tan sadomasoquistas y anacrónicos.

Y claro que tenían que brincar, ante el video de terror que mostró Petro, las prima donnas del CD: una dijo que eso era mentira y que la prueba era que, en tratándose de un soldado, quien hacía la denuncia “se expresaba demasiado bien”. Y la otra, que “eso no era peor que lo que les habían hecho a sus secuestrados los de las Farc”. Esas señoras son un caso. Arrastran consigo un país viejo.
Para creerse el cuento de que en la milicia respetan los derechos humanos, tendrían que comenzar por defender los propios.

Daniel Coronell. Raras las columnas de María Jimena Duzán y Antonio Caballero, quienes para reconocer que Coronell tenía razón se sintieron obligados a agregar que su artículo había sido “arrogante”. Y todo porque les manoteó a los jefes. No percibí yo esa “soberbia”, que se la hubieran merecido los destinatarios, pero si acaso la hubo, es lo de menos frente a la deuda moral de esa revista, ya impagada, con una noticia que ameritaba prontitud por las vidas que estaban en juego. Esa negligencia fue encubrimiento.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El abogado Álvaro


Escuché una entrevista de Blu Radio al senador Álvaro Uribe. Habló de muchos temas, pero quiero apenas destacar la parte en que se refirió a la carta reciente de Rodrigo Londoño (Timo) sobre el tema de Iván Márquez. Uribe habla de “la carta del médico Rodrigo, cuyo apellido no recuerdo”. No le agrega el Londoño ni mucho menos el Echeverry, algo que en la cultura paisa se acostumbra para ningunear la procedencia materna de alguien. Pero bueno, por lo menos para “el abogado Álvaro”, Timo tiene nombre propio, que ya sabemos es Rodrigo, aunque no es médico. No es necesario leer a Freud acerca del olvido como operación del subconsciente para expresar odio o miedo: el abogado Álvaro cumple esos síntomas desde cuando, en plena guerra, llamaba “lafar” a las Farc, con minúsculas, en singular y sin la “c” de colombianas. Pero ahora parece temerlas más, por haber precipitado la máquina de la verdad —sobre todo en su entorno militar—, algo insoportable para un mentiroso consumado.

El Gobierno también tiene ese síndrome de amnesia culpable: el ministro de Defensa, por ejemplo, el comerciante Guillermo, a propósito del asesinato del excombatiente Dimar Torres, nunca pronunció el nombre de la víctima, a la que se refería como “un desmovilizado” mientras sostuvo el embuste de que su muerte había sido causada “por un forcejeo, o un accidente, o en defensa propia de un cabo a un ataque”. El nombre propio de Dimar Torres solo vino a pronunciarlo después del escándalo de The New York Times. El presidente Iván hizo igual: mencionó el nombre de Dimar Torres con todas sus letras solo después de que se publicó en el NYT, como a la semana. No sobra decir que esa denuncia estaba lista para ser publicada en Semana, y que no salió por la presión que le aplicó a esa revista el consejero Jorge Mario, o por una ausencia del director Alejandro, quien le aprendió a su padre a perderse a destiempo por irse a hacer trabajo de campo en restaurantes. En cuanto al exfiscal, el abogado NHM, en su último comunicado —también después de lo del NYT—, alcanzó a referirse a Dimar en estos términos: “La víctima en este caso” y “la muerte de este ciudadano”. Ni un solo Dimar en el texto. Para él, nunca tuvo nombre. Con Santrich también se le bloquea la memoria, pues se refiere a él como “Hernández Solarte”. Llamarse uno Jesús Santrich, o Seuxis Paucias, y que lo traten como Hernández Solarte, es como encontrarse con Porfirio Barba Jacob y decirle “don Miguel Ángel”, o a Neruda llamarlo “don Neftalí”.

Se entiende entonces que el abogado Álvaro y el infartado José Obdulio no hubieran agradecido al senador Carlos Antonio Lozada el haberle provisto al segundo los primeros auxilios cuando le dio un síncope en el Congreso. En caso de haberles escuchado —por lo menos a JOG, no a AUV— alguna gratitud, tal vez Lozada habría respondido: de nada. Salvar a alguien de morirse es algo que no se le niega a nadie.

Los nazis también le cambiaban el nombre a todo lo relacionado con quienes odiaban. A los trenes que despachaban con 2.000 judíos a Treblinka los llamaban “transportes de transferidos”; y castigaban a quienes dijeran “trenes de deportados”. Y a los que arrojaban los cuerpos a las fosas —algunos vivos aún— les prohibían decir “cuerpos” o “cadáveres”; tenían que decir “piezas”, “materiales” o “basura”. El lenguaje es muy traicionero.

Por | Lisandro Duque Naranjo



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La tal visa


Recién posesionado John Kennedy en la Presidencia de EE. UU., y para darle un aire intelectual a la Casa Blanca —que el clan Sinatra le estaba volviendo muy farandulera—, invitó a un desayuno a todos los premios Nobel norteamericanos (de física, economía, literatura, etc.), y recibió esta respuesta del escritor William Faulkner, quien vivía en el sur del país: “yo no voy tan lejos por un desayuno”.

Aquí en Colombia, hace 15 días, mientras se discutían las objeciones presidenciales en la Cámara de Representantes, el embajador Whitaker invitó a varios congresistas a un almuerzo en su casa privada para convencerlos de votar a favor de ese proyecto. Ignoro cuál fue el menú, pero como si hubieran sido hamburguesas con papas fritas, porque entre los invitados cundió una molestia con el anfitrión por estar interviniendo en asuntos que le eran vedados como diplomático. Juanita Goebertus se lo hizo saber a manteles, por principios, y no necesariamente porque la otra opción de menú haya sido esa cosa de pan y lechuga llamada “ensalada César”. Dos días después el congresista John Jairo Cárdenas reveló públicamente los temas que abordó el señor Whitaker, sobre los que les advirtió que eran secretos. Al día siguiente, el embajador tenía otros invitados, pero a desayunar: los magistrados de la Corte Constitucional. Y estos, igual que Faulkner a Kennedy, y aunque el comedor les quedaba más cerca, le cancelaron su asistencia por estar ya informados de lo enojoso del temario con los invitados anteriores.

La represalia del embajador fue anularle la visa a John Jairo Cárdenas. Y pocos días después le suspendió las visas al magistrado Eyder Patiño, de la CSJ, y a los magistrados José Antonio Lizarazo y Diana Fajardo, de la Corte Constitucional. A Patiño, por haberse negado a la extradición de un indígena, pues este ya había sido condenado por su propia comunidad. Y a los otros dos, por sus sentencias contra el uso del glifosato y por su voto adverso a las objeciones. Aunque de los tres dijo que era “por estar investigados por la Comisión de Acusaciones”, eso resultó falso y en realidad es irrelevante. Lizarazo como que fue a la embajada y “aclaró” el impase, recuperando su visa, pero renunciando después a ser ponente —como ya lo había sido en la primera fase— de la sentencia sobre las objeciones que volvieron a sus manos. A los malpensados se les podría ocurrir que la ratificación de su visa fue producto de quién sabe qué promesas al embajador. De modo que la gente va a estar muy pendiente del voto de Lizarazo.

Este país mandó tropas a Corea en 1952, en apoyo del ejército estadounidense, y aportó 196 muertos y 440 heridos. Apoyó a Inglaterra “moralmente” en su guerra contra Argentina, convirtiéndose en “el Caín de América”. A Afganistán hubiera ido en apoyo de Bush, pero este nunca le pidió eso. Además, el presidente de entonces, dijo que “por qué más bien no enviaban el ejército gringo para acá, para darle una mano en su guerra contra la ‘far’”. Santos coló a los uniformados de esta parroquia para servir a la OTAN. Iván Duque le tiene ofrecida Cúcuta a Trump como cabeza de playa para invadir a Venezuela. Y nadie brinca. Por algo los gringos saben que una visa suya no es ninguna bagatela. Saben las conciencias que se pueden comprar con tal de no ser privadas de conocer a Mickey en persona, o ir a Times Square, o aunque sea un Walmart. Debió ser por el cine.
Por | Lisandro Duque Naranjo

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