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Por Petro


Pocas veces, o casi nunca, en la historia electoral de Colombia se había expresado un espectro tan amplio de adhesión a una causa política, por parte de fuerzas de la intelectualidad y del arte, como el que se gestó esta semana, espontáneamente, a favor de la candidatura presidencial de Gustavo Petro y de su fórmula Ángela María Robledo. Difícil clasificar ideológicamente el listado de personalidades, de adentro y afuera del país, que desde todas las disciplinas e idiomas (filósofos, cineastas, escritores, académicos, columnistas, líderes étnicos, un candidato presidencial de Francia y un premio Nobel que es el más querido por los lectores del mundo, J.M. Koetzee), se han impuesto el compromiso moral de llevar a la victoria a la Colombia Humana. Ese unanimismo súbito de quienes habitualmente se rehúsan al consenso se inspiró en el pánico que les suscita la mayoría de los que rodean al candidato del establecimiento, dignas promesas de una república delincuencial.

Pero también ayudó esa buena conexión con la muchedumbre que demostró Petro, sin discursos grandilocuentes, muy por el contrario abundantes en austeras disertaciones: sobre la fatalidad de las sociedades dependientes de los combustibles fósiles, sobre las diferencias entre producir valores vegetales y parasitar de la minería extractiva, sobre la obligación de aplicarnos todos al cuidado del agua y a consentirla en las alturas de los páramos. También, al aprovechamiento del sol para mover las máquinas, al respeto por las opciones sexuales diversas, a la prioridad ética, alimentaria y de salud que se merecen los niños, al amor por los animales, a lo vejatorio que para la condición humana es la destinación de tantas tierras ociosas solo para que pasten vacas solitarias, etc., etc. Dos horas por cada plaza llena, seis por tres pueblos al día que lo esperaban colmados. Fueron meses intensos por el altiplano, las dos costas, el Eje Cafetero, el Cauca indígena y el otro, las sabanas de Córdoba. Se le metió al rancho al “presidente eterno” en Montería, y las gentes se subían a los postes para poderlo ver. La gobernadora del Valle le trancó las puertas del Hospital Universitario el sábado, pero la multitud le echó travesía tomándose una avenida. Los alcaldes de Medellín y de Cúcuta le cerraron sus plazas con policías bravos, y él tuvo que aparecérseles por otra parte, como esos cueros tiesos que los pisan por una punta y se levantan por la otra. En Cúcuta le dispararon, simultáneamente, francotiradores que le dibujaron tres telarañas a los vidrios de su automóvil blindado: una en el parabrisas, otra en el vidrio trasero y, la que hubiera sido más letal, en la ventanilla de su asiento, donde la bala dejó una marca redonda de plomo derretido. Trasteó entonces su manifestación de miles a la escalera del hotel, desde donde solo el silencio de la multitud permitió escuchar su voz afónica, que varias veces tuvo que usar para decirle al dueño que se calmara, que fresco, que ya se iba para no seguir estorbándole el ingreso de sus huéspedes. Petro reinauguró el ágora que estuvo desierta durante 30 años. Estuvo épico. De sus discursos, generosos en primicias reflexivas, comenzaron a sacar sobrados teóricos los otros candidatos para lograr alguna química con sus audiencias.

Le ha tocado a Petro un destino que ojalá el próximo domingo no le quede grande al país.
Por | Lisandro Duque Naranjo

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Profecía sobre ayer


Escribir el sábado sobre lo que pasará el domingo, la primera vuelta de las elecciones presidenciales, para ser leído el lunes, cuando ya se sabrán los resultados, es una forma de profetizar el ayer. Voy a intentarlo.

Si Gustavo Petro, en los últimos dos meses, ha rebosado las plazas colombianas más ariscas a cuanto les suene a disentimiento, como Pereira, Armenia, Montería, Medellín, Ibagué y muchas otras en las que el No de aquel fatídico 2 de octubre obtuvo mayoría, es porque los astros vienen alineándose para que empiece a desbaratárseles la contentura a las familias que han pelechado del establecimiento. Pero es que además, si a la reinauguración de las muchedumbres a la intemperie —que no se veían hace años—, se le agrega que las tecnologías espontáneas, tipo Google, empiezan a mostrar tendencias inusitadas que convierten al candidato de la Colombia Humana en un trending topic, sobrado por encima del 60 %, dejando a los otros candidatos repartiéndose los restos del 40 %, es porque le están sonando ya las campanas a rebato a un preferido y a retiro a quienes le compiten. Quizá por eso aparezca como tan artesanal incluso ese segundo lugar que le otorgan al escogido de las encuestas, lo que no ha impedido que, de manera rústica, y como las noches son del gato, los cortesanos hayan querido instrumentar para sacarlo de la dupleta degradándolo al tercer puesto.

Tal vez a Gustavo Petro se le olvidó decir, al convocar a sus caudas a las calles después de las cuatro de la tarde de ayer, que no era sólo para vigilar el respeto a los resultados en las urnas, sino para celebrar cuando los mismos arrojaran la victoria en primera vuelta, o al menos el tránsito a la segunda. Ya hoy lunes, si el asunto fue para festejar, la aglomeración se habrá disuelto. Pero si fue para expresar en masa la sospecha, o mejor digamos la certeza, de que hubo torcidos en alguno de los vericuetos del software que se devoró los formularios E-14, la movilización no será de muy pronto acabar, porque ya no hay forma de mandar a la gente a dormir, como ocurrió con las elecciones del 19 de abril de 1970. Los tiempos cambian. Y sobrarán los testimonios gráficos de los miles de testigos, de todas las campañas que, en tiempo real, registraron esos E-14 prístinos, tal y como salieron de las mesas de votación. Las pruebas reinas de la voluntad popular.

No es nada curioso en este reino que quienes se las han visto en las urnas por la Presidencia y han motivado esta intrigante trama sean, uno de ellos, un nieto —Germán Vargas— de quien hace 48 años urdió un fraude memorable, Carlos Lleras. Otro, un hombre, Iván Duque, apoyado por quien, además de haber sido presidente también —Andrés Pastrana—, es hijo del mismo al que le regalaron la Presidencia raponeada en la noche de esa trampa del 70: Misael Pastrana. Mucha semilla maligna, y un ADN delictivo, se arrejunta en esa comparsa palaciega. Les gusta esa casona de la Séptima y les duele entregársela a un inquilino advenedizo, que es como ellos se refieren a quienes no son de su estirpe. Y hay un tercer aspirante a ella —Gustavo Petro—, exguerrillero que formó parte de la insurgencia armada del M-19, grupo fundado en respuesta al susodicho fraude. Cuarenta y ocho años después parecemos estar a las puertas de una justicia poética.

Si no logro ser profeta en mi tierra, me pregunto qué irá a pasar, después de mañana, con esa muchachada si acaso ayer le hicieron trampa.

Por | Lisandro Duque Naranjo.

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Ahí les queda esa paz


El candidato Gustavo Petro, en sus discursos de campaña, hace alusiones frecuentes al tema de la paz como elemento propiciatorio de muchas –quizás de todas– las iniciativas que alienta su proyecto de la Colombia Humana. Sin embargo, son muy cautelosas, o incluso inexistentes, las referencias al origen de la última paz lograda, la de La Habana. Obvio que, como él lo ha dicho, la paz es un hecho colectivo, construible por los ciudadanos, y no simplemente un protocolo firmado por dos cúpulas, la del Estado y la de la exinsurgencia armada de las Farc. Pero hay circunstancias históricas, y recientes, que han hecho más viable esa paz y no pueden dejar de mencionarse. Las sociedades no avanzan hacia objetivos puntuales por simple inercia, sino que requieren de un viento que hinche las velas de su imaginación, y el Acuerdo de Paz de La Habana es, desde hace dos años, justamente eso. De modo que habrá que darle al candidato Petro el beneficio de la duda, y aceptarle que el manto de silencio que ha tendido sobre las siete palabras del Acuerdo de Paz de La Habana es apenas un trámite para galantear con su elocuencia a electorados de ciudades donde triunfó un No tramposo y en las que, cuando intentó el fugaz candidato Timochenko hacer campaña, grupúsculos con camisas negras lo atacaron con piedras y botellas. Alguien a quien casi le rompen de un balazo el blindaje de su automóvil, para intentar asesinarlo, no puede desairar con su indiferencia a quienes contra viento y marea son coautores de las primicias para un porvenir decente.

El caso de Humberto de la Calle es distinto, pues él no reniega del acuerdo que firmó delante de todo el mundo. Pero es como si no se le perdonara que lo celebre, y que casi tuviera que extremar su vehemencia para defenderlo, como si hubiera incurrido en falta. Él, sin embargo, con mucha entereza, asume la misión cumplida sin intimidarse por su caída en las encuestas. Su derrota será, sin duda, honorable. Lo que obliga éticamente a quien llena plazas hasta las banderas a ser menos evasivo con quienes, al igual que él en un tiempo anterior, apelaron a la rebelión.

Ya están vaciados de muertos y de heridos de guerra los hospitales, limpiados de minas los caminos, clausuradas las fábricas de prótesis y curado el estrés de las familias de los uniformados. En las comarcas, otrora sangrientas, ahora se respira una placidez bucólica. Reapareció la égloga, el turismo y los paseantes descubren paisajes que les eran inaccesibles. La violencia que ofrecen ahora es la de bandidos ficticios que filman allí películas, atraídas por selvas auténticas, “generando recursos para el fisco y las regiones”, según lo dicen las autoridades de cinematografía. El mapa se creció. No en todas partes, porque no hay una paz perfecta y total, pero van cayendo las fronteras.

A todas estas, el partido legal de la FARC no participa de esta fiesta. Y casi al escondido tiene que dejar la paz a la que contribuyeron, como si fuera huérfana, en la primera puerta, para que otros la críen, mientras ellos se repliegan para que no los cojan presos, o los maten o los extraditen.

A propósito: Santrich no tiene por qué estar en un convento, sino afuera. A menos que la DEA sea tan prolija y rápida en mostrar pruebas como lo hizo cuando el vicefiscal Anticorrupción. La demora en hacerlo prueba que todo es un montaje. Están desesperados.
Por | Lisandro Duque Naranjo

Comentarios a esta columna
 “Este escrito de Lisandro Duque , es un artículo que retrata la situación expósita como quedó la PAZ, el bien más Preciado de una sociedad para que pueda funcionar el Estado, la justicia y la economía; en Colombia se firmó con un actor armado, el más fuerte, y ahora en razón a una posición feroz a la implementación real para que empiece el postconflicto o la postguerra, todos la dejan huérfana, no la mencionan, o si lo hacen se realiza con timidez, con vergüenza para no ser señalados como coautores de lo que sucedió durante 52 años, cuando la verdad histórica se encuentra en la violencia institucional de los años 40s, la división del campesinado en guerrillas y cuadrillas liberales y conservadoras y el despojo de tierras de los años 50s; todas las élites tienen  un alto grado de responsabilidad. La Paz está firmada, la dejan al garete y ahora resurge otra guerra con múltiples actores alimentados por la  coca como droga, con una violencia rural y urbana animada también por carteles externos”. Alberto Ramos Garbiras

"No es así de preciso. No creo que Petro desaire los acuerdos. Mucho de su discurso se basa en la reivindicación de derechos de los menos favorecidos, los cuales son coincidentes con los acuerdos de La Habana. Su bandera política es multicolor y los llamados a focalizar el discurso en ese sentido eran Timochenko y De La Calle, para convalidar y defender lo que cada uno aportó en la Mesa de la Habana. La ultraderecha en su desinformación permanente, pone a Petro y FARC en el mismo catre. De ahí, a que salir a enarbolar banderas de ese tipo, haría que el discurso escrito desde el Ubérrimo cogiera más fuerza. Por lo pronto, lo que necesitamos es sumar y seguro, completamente seguro, que una vez posesionado, Petro honrará por parte del Estado, lo firmado en los acuerdos y los colombianos entraremos ahora si, a esa soñada etapa de post conflicto, donde el punto 1 se llevará a su máxima expresión y Colombia hará del agro una actividad participativa y con oportunidades equitativas para quienes arañan la tierra a diario". Oscar Humberto Aranzazu Rendón

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Argamasa noticiosa


Cuando sea grande -o por lo menos cuando pasen estas elecciones–, me dedicaré a especular sobre las consecuencias culturales y políticas de un fenómeno que nos agobia a todos en el planeta: la simultaneidad de las noticias en cualquier continente y, sobre todo, su frecuencia y su promiscuidad temática. Antes de la existencia de las redes sociales —y eso que apenas soy usuario de Facebook y de WhatsApp, casi un indigente digital—, el mundo producía un hecho excepcional por semana, y nos parecía demasiado. En columnas de hace diez años, me quejaba del escaso tiempo que se nos concedía a los ciudadanos para procesar hechos luctuosos o repudiables, pues cuando apenas se le estaba haciendo el duelo al penúltimo, se nos venía encima el siguiente, y así, en una sucesión de calamidades para las que no daba la talla ni el ánimo ni el recuerdo. El problema ahora es que las noticias excepcionales son una cada día y medio y en ese hacinamiento de primicias no es fácil jerarquizar cuál de tantas merece seguimiento, lo que termina convirtiéndolas en un mazacote en la memoria.

Lo del lobo solitario de Toronto que a comienzos de la semana pasada mató con su camioneta a diez personas y dejó a 14 heridas ya es un hecho anodino que escasamente ocupó una columna en las primeras páginas de los diarios.

Por acá, esta semana nos aportó el trino del que sabemos sobre el “buen muerto”. La corruptela en las fuerzas armadas con los “gastos reservados” que se van al bolsillo de altos oficiales. La compra, por parte de la FAC, de trenes de aterrizaje de segunda, pura chatarra. El recado del presidente del Ecuador a los negociadores del Gobierno y del Eln, en el sentido de que mañana es tarde para que hagan su check-out en los hoteles de Quito.

Todo eso revuelto con la firma de 15.000 malagueños contra un concierto de Maluma, la venganza que no pudo concretar James contra Zidane en el partido Bayern-Real Madrid y la cadena de oración que pide Jessica Cediel por la cirugía que le van a hacer a su padre, y de cuyo éxito no debería albergar dudas, pues el cirujano, según la actriz, “será Dios”, de quien no sabía yo que trabajaba para una Eps. Esta es la argamasa con que se construye la actualidad.

Y claro, siempre alguien —una especie de retaguardia— tiene que rescatar, de por allá abajo, esas partes vivas sobre las que caen paladas de escombros noticiosos, porque de resto los asuntos recién empezados y merecedores de un cierre honorable van a fosilizarse, o a podrirse, bajo el peso de las novedades, dificultando su identificación. Como si lo ocurrido de hace 15 días para atrás fuera materia para arqueólogos forenses. Veamos: ¿el viaje que Odebrecht le pagó a Iván Duque fue para que hiciera turismo en Brasil? Y siguiendo con Duque, ¿su plagio, a un político español, de “la carta a la hija”, se va a quedar de ese tamaño? ¿Ni siquiera su hija le dijo nada?

¿Eso de la violación a una periodista, atribuida por ella misma a un tuitero famoso, sin dar su nombre, pero jugando a la adivinanza “blanco es, gallina lo pone...”, en qué paró al fin? ¿La gavilla de patio de cárcel, en pleno Congreso, contra Carlos Fernando Galán, va a morir ahí? ¿Los videos “contundentes” del fiscal contra Jesús Santrich son apenas para que los vea Rafael Nieto Loaiza? Nada más que por eso, Santrich no debiera inmolarse como un artista del hambre. ¿Sí se merecen ese par una muerte tan ilustre?

Por | Lisandro Duque Naranjo

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“Santrich”


El siguiente relato, aunque lo parezca, no tiene nada de posverdad.

Llegado Mike Pompeu —no hace ni siquiera un mes— a la Secretaría de Estado de los EE. UU., comenzó a acosar por resultados a su subordinado en Colombia, su recadero de baranda en esta parroquia, el fiscal Néstor Humberto Martínez.

El funcionario americano, exjefe de la CIA, experto en “técnicas de interrogación mejorada”, que es como allá les dicen a las torturas, y obsesivo con sentar en la silla eléctrica a Edward Snowden (el delator de los métodos de fisgoneo de la privacidad utilizados por esa agencia), necesitaba un pez gordo en Colombia para servírselo en la mesa a su patrón Donald Trump, quien después de hacer presencia en la Cumbre de las Américas, en Lima, ya de regreso a Washington, pernoctaría en Bogotá para una visita de médico.

A ese comensal, ya que se dignaba detenerse en esta humilde morada que es Colombia para tanquear su enorme estómago, era preciso, entonces, ponerle en la mesa algo jugoso. Como de casualidad se había atravesado por ahí, en unas chuzadas telefónicas, la voz de Jesús Santrich diciendo dos o tres frases cortísimas sobre algún tema impreciso, la circunstancia parecía propicia para armar el menú.

Hay que decir que los interlocutores del dirigente de las Farc eran de una ingenuidad de niños exploradores que los hacía incompetentes para moverse, o haberse movido alguna vez, en el mundo de la droga. Y ni siquiera en supuestos contratos torcidos de recursos para el posconflicto, que era lo que buscaban los sabuesos.

“¡Lo tenemos!”, dijeron, sin embargo, quienes repasaban las tediosas horas de grabación. “El fiscal se va a relamer de la dicha con este bocado de cardenal”. Aunque, viéndolo bien, y para no sobrevalorarlos con frases tan finas, lo que debieron gritar, camino al búnker, fue: “¡qué chimba!”.

Con ese paquete preparado, el fiscal general mataría, además, tres pájaros de un tiro: demostraría al presidente gringo que las Farc continuaban en el negocio de la droga; le pondría el uniforme naranja, con sus respectivas cadenas y grilletes en manos y pies, a uno de los líderes del naciente partido legal exguerrillero, y estimularía una deserción masiva de excombatientes —que hoy en día están saltando matojos en los espacios territoriales, sin agua, ni energía, ni escuelas, ni servicios médicos—, para enrolarse en las llamadas “disidencias”.

Moñona porque, además, el agua sucia de los desvíos de recursos para esas zonas se la achacamos de una vez a las propias Farc, y sacamos de líos a los funcionarios del Gobierno involucrados. Y bueno, volvemos a lo normal, a la querida guerra clásica de la que nunca debimos haber salido. Ya me estaban haciendo falta las morgues, los ataúdes, ¡qué tiempos!

Pero qué vaina: con tanto preparativo, y le da al doctor Trump por antojarse de Siria y dejarnos aquí con todo listo. Y encartados con el tal Santrich, del que apenas tenemos un pinche cuadro con dedicatoria, que como evidencia no es gran cosa. Y eso que ya habíamos tratado como chatarra a la tal JEP. Así no se puede.

P.D. Apenas antier elevaron la recompensa por Rafael Caro, de cinco a 20 millones (US). 15 millones de “televisores” de un viajado. Santrich, con su cuadro, le dio caché al mexicano. Eso hace suponer que, por su significado político, las Farc le importan más a los gringos, y a nuestro fiscal, que el cartel de Sinaloa
Por | Lisandro Duque Naranjo

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Entre los menos queridos

Colombia clasificó de octava entre las naciones menos queridas del mundo. Eso para abreviar, porque la selección propiamente dicha —hecha por The Reputation Institute, de Boston— se hizo entre las naciones con “menos reputación”, que quiere decir muchas más cosas, y ninguna agradable. Quienes votaron le hicieron al país el honor de considerarlo —metiéndolo de colado— entre las 50 naciones con mejor economía del planeta. Un trato de excepción producto de nuestra falta de empatía. Hace unos pocos años una entidad internacional nos había hecho el sospechoso favor de reconocernos como los “más felices” del planeta, título nada encomiable tampoco, aunque, viéndolo bien, bastante relacionado con nuestra condición odiosa. Es que dárselas de feliz es una descortesía. Lo máximo soportable sería estar contentos, y eso que a veces. Esa penúltima distinción la obtuvimos cuando estábamos en plena guerra, lo que demuestra el entusiasmo nacional por el tropel. Y el honroso octavo lugar de ahora se logró antes de que al Reputation Institute llegaran las primicias sobre los últimos episodios ocurridos en esta república: (1) que según el Congreso, para ser miembro de la JEP —tribunal especial definido por las partes en el Acuerdo de Paz— debe considerarse un impedimento el haber sido defensor de derechos humanos, y (2) que el ministro de Defensa atribuyó a “líos de faldas” y a problemas de “linderos” los 180 asesinatos de líderes sociales y de derechos humanos del último año y medio. Una trivialización bastante infeliz, si se tiene en cuenta que no es por cercas corridas un metro más allá o más acá de una propiedad, sino por los millones de hectáreas mal habidas por las que “los terceros de buena fe” cometen tantos crímenes “casuales”.

De haberle llegado a tiempo estas noticias al Reputation Institute, Colombia hubiera conquistado el primer puesto entre los 50 países menos queridos. También en eso nos quedaron faltando los famosos cinco centavos. O como dijo en una película un personaje del director Ingmar Bergman, a propósito de alguien a quien le falló un intento de suicidio: “Hasta para suicidarse es un fracaso”.

Quién sabe cuánto tiempo llevará asimilar algunos valores cívicos de otras partes, teniendo en cuenta que los colombianos viajan con frecuencia por un planeta en el que ya hay, desde hace 30 años, seis millones de coterráneos. Éste ya no es el país localista del siglo XX, por lo que sería de esperarse que muchos de sus ciudadanos hubieran pulido su atracción por la violencia, para no ser percibidos por fuera con tan poco afecto. Pero qué se le hace si aquí tenemos un expresidente que, cuando el No del plebiscito, sintió orgullo y dijo: “Colombia derrotó al mundo”.

Hasta luego. Es un augurio magnífico el hecho de que las Farc se hayan venido de la guerra a compartir hombro a hombro con el resto de ciudadanos las circunstancias de todo orden que impone la paz. Y a alentar los cambios sociales por los que se alzaron hace 53 años, solo que ahora con la perentoria arma de la palabra, como lo han cumplido.

Inspirado en esa certeza, acepté del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) el llamado a ocupar el renglón 11 en su lista para el Senado.

Agradezco a El Espectador y a los lectores su hospitalidad con este columnista que se ausentará por un tiempo.

Lisandro Duque Naranjo

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La conciencia pequeña

Creo que a todos nos pasa que, por un descuido, volteamos en contravía y solo nos damos cuenta cuando un carro, o un camión, o un bus, que viene en el sentido correcto, por poco se nos viene encima. Ahí es cuando nos devolvemos, para corregir el error. En esas circunstancias, a veces me ha ocurrido que el conductor que viene cumpliendo la norma me produce la sensación, por su forma de mirarme, de que de buena gana se hubiera chocado conmigo, pero que en el último instante decidió no ser tan severo. Creo que esta apariencia de generosidad es solo para no perder ese tiempo precioso que llevan los trámites del croquis, de la aseguradora y de la demanda para hacerme pagar esta vida y la otra por haber incurrido en una imprudencia. Y de pronto hasta obtener una utilidad. Cada cual, unos en mayor medida que otros, tienen en su alma un castigador, que en el ejercicio de la justicia contra los infractores se realizan como en una catarsis. Y no necesariamente porque sean puros de conciencia, sino porque no quieren desaprovechar las pocas oportunidades que les brinda la vida de ejercer una pureza fortuita. “Quién quita”, pensarán, “que esta sea la única posibilidad de redimirme mediante un acto legal”, que no necesariamente equivale a la buena fe. Esas tentaciones de crueldad, y quizás hasta de crimen, suelen ser efímeras e imperceptibles, y carecen de energía para mover la aguja de la ética. El que incurre en ellas, sin consumarlas, ni siquiera alcanza a procesar que estuvo a punto de provocar una calamidad. La simple tentativa no basta para causar remordimiento.

Hay otras, en cambio, que se manifiestan con ostentación y de manera colectiva. Por ejemplo esos conatos de linchamiento al raponero de un celular. Los “justicieros” se turnan para apostrofarlo, y los insultos se acompañan de una patada, preferiblemente en una parte sensible, la cara, verbigracia. Y cada curioso que se arrima quiere superar en ira al anterior. Es como un concurso de quién defiende mejor a la sociedad. Y bueno, ha habido casos en los que una mujer decide hacer desnudar al pícaro, por lo regular un joven —pues el raponazo requiere de una condición atlética ágil—, hasta dejarlo en bola en una calle concurrida. Esa proeza humillante arranca aplausos. “Solo tratando así a las ratas se compone este país”, dicen los testigos. Y el que ha grabado impasible esa ignominia la sube a las redes y tiene muchos “likes”.

Hay otra variedad de anómalos más institucionalizados. Y son muchedumbre. En vísperas del plebiscito del Sí y el No, las encuestas dizque se equivocaron. Pero no fue así: lo que pasó realmente fue que los enemigos de la paz, o los incrédulos, o los indiferentes, sentían vergüenza de reconocer que iban a votar por el No. Y claro, dieron una tendencia engañosa en las encuestas. Y votaron calladitos, como quien prepara un acto inconfesable en la intimidad de la urna. Pues ganaron, por una minucia, pero ganaron. Por supuesto, al comienzo, en esa victoria no creían ni los que la promovieron a punta de embustes. Es que era el colmo. Pero la gente se va acostumbrando a lo peor. Echémosle encima el camión al que viola vía, a patear se dijo al que roba celulares. Hagamos trizas la paz. Fundemos la república de la ignorancia voluntaria, que nos espera Moscú 2018.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Rodrigo Lara: ¿cuál de los dos?

Creo que el congresista Rodrigo Lara se va a dar cuenta muy tarde —por allá dentro de unos años— de lo peligroso que ha sido su desempeño como presidente de la Cámara en estas semanas en que se han estado discutiendo asuntos sensibles de la implementación al Acuerdo de Paz. Es como si él desconociera las consecuencias de esa operación tortuga a que está sometiendo el fast track, una de las cuales será que la incertidumbre cunda del todo entre centenares de exguerrilleros —la mayoría jóvenes—, hasta que el destino por el que terminen decidiéndose para salvarse sea el de lo ilegal, e incluso —toco madera— el de reincidir en la guerra. ¿Qué libros de historia de Colombia habría que recomendarle al doctor Lara para que aprenda esa lección, a efecto de que se ahorre remordimientos que le amarguen la conciencia, y que a futuro lo señalen como el instrumento de una nueva, y peor, carnicería? Esta advertencia no se me ocurriría hacérsela al señor Vargas Lleras, desde luego, pues él es de los que echan de menos los entierros de los demás, de los anónimos, de las gentes remotas, incluidos por supuesto los policías y los soldados. De los nostálgicos de aquellos tiempos en que el hospital militar se movía con heridos y moribundos, cuando la bala valía. Lo lleva en su sangre, que es de un Rh distinto al de Lara.

Hay cosas en la vida que pueden causar dilemas, pero poner en vilo ciertas convicciones sí es muy reprobable. La paz no es un tema circunstancial, susceptible de ponerse en lista de espera, algo de lavar y planchar, como ha resultado siéndolo para el representante Lara y su grupo de Cambio Radical. Lo curioso es que Lara parece envanecerse de ser el villano. Como si pretendiera desbancar a los dueños exclusivos de ese rango, los uribistas. Y lográndolo con vivezas demasiado obvias. Porque al menos los del Centro Democrático se habían ganado esa titularidad desde el comienzo, a pulso, para que de repente llegue un converso a dárselas de ser el duro del salón. Aunque eso parece más bien un patio.

A Rodrigo Lara se le abona un buen momento en su pasado, por ejemplo, cuando se le salió a Uribe del cargo de zar anticorrupción, en rechazo contra la injerencia en ese gobierno de una persona muy próxima a quien dio la orden de matar a su padre. De resto, no le recuerdo hazañas mayores, y desde luego no voy a enrostrarle ese amago patético de pugilista frente a un celador que resultó ser todo un caballero. Pero ha cambiado mucho el doctor Lara últimamente. Ha influido en eso su adhesión a Vargas Lleras, ese miembro incorregible de la vieja clase política. Vargas Lleras tiene el palito para torcer conciencias que, de ser cierto que los padres influyen mucho en la ética de sus hijos, estaban llamados a ser decentes. Pero no, llegó ese nieto ilustre y se pegoteó en todo. Estoy pensando en un hijo de Humberto Martínez Salcedo (q.e.p.d.), otro de Policarpo Varón (excelente escritor, por fortuna vivo), uno de Luis Carlos Galán (q.e.p.d.) y el que sirve de motivo a esta columna, hijo de Rodrigo Lara Bonilla (q.e.p.d.). Obvio que los descendientes escogen su destino, pero uno, idealista que es, piensa que alguna heredad de sus progenitores debería permanecer a salvo. Todavía está a tiempo.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Las mentiras de Juan Lozano

Para Juan Lozano, según columna suya del 6 de noviembre, los abusos sexuales en que hayan podido incurrir, en tiempos de guerra, los ahora exguerrilleros de las Farc, son comparables al acto depredador que le costó la vida a la niña Yuliana Samboní, a manos del condenado Rafael Uribe Noguera. Por lo tanto, infiere, los 58 años de prisión que ha comenzado a pagar este criminal, debieran hacerse extensivos a muchos guerrilleros supuestamente implicados en hechos similares. No es afortunada esa analogía, ni remotamente aproximada a la presunta violencia sexual que se haya cometido con menores por parte de algunos miembros de esa organización. Y por supuesto es un exabrupto morboso el pensar que, de haber ocurrido un hecho patológico de esas dimensiones (el asesinato, con violación incluida, de una niña de siete años, o de más edad), el mismo no haya motivado un castigo ejemplarizante de parte de la propia organización.

No se requiere haber pertenecido a esa insurgencia, o a cualquiera otra, para inferir que, de haber sido esa una conducta “sistemática” —la calificación proviene de la fuente militar en que se basa Lozano—, dentro de las Farc, esta organización, sin duda, se habría extinguido hace tiempos. La sola permisividad de esos excesos, ya no sólo de la dirección, sino del simple colectivo raso, hubiera abolido su sostenibilidad política y militar, pues para subsistir en condiciones críticas, que son las habituales en cualquier estructura sediciosa, se necesita de un máximo de cohesión ética y de contención de los impulsos primarios de su tropa.

La caducidad suele ser rápida para cualquier conjunto humano en el que los instintos tengan licencia para desbocarse sin ninguna disciplina. No tengo la menor duda de que la larga duración de esta guerrilla fue producto no sólo de una rigurosa vocación de poder inspirada en un ideario político, sino del control y el castigo a quienes, aprovechándose de la lejanía o de vacíos de autoridad —que alguna vez pudieron ocurrir—, pretendieron fundar en la selva un entramado orgiástico para violentar a las jóvenes que tenían como subordinadas, la mayoría de las cuales se enroló por cuenta propia. El hecho, además, de que cada vez el número de mujeres guerrilleras creció, equilibrando los conflictos de género previsibles con el número de varones, disminuyó la ocurrencia de episodios en que pudiera imponerse una hegemonía de lo masculino.

El tema de la tenencia de hijos, por supuesto también se presta a debates delicados. Una guerrilla no puede ser una guardería, salvo que la vida de los recién nacidos importe poco. Como ese no era el caso, se controlaban mediante anticonceptivos, y a veces con el aborto, las eventualidades de la maternidad. Y si esta se volvía inminente, el bebé, o él y su madre, según fuera la decisión de ésta, y a veces primaba la del grupo, debían ser sacados de su unidad. El caso de Clara Rojas es un ejemplo dramático de cómo en un conflicto armado se resuelven estas circunstancias límites. La cultura de la guerra, aunque en la cotidianidad pacífica eso también ocurre, es impiadosa con los llamados de la naturaleza. Para dar rienda suelta a la euforia de los embarazos y los nacimientos, fue preciso que los combates quedaran atrás.

Pero esas variables le quedan grandes a Juan Lozano.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Arquitectura y paisaje

Cuando voy a Medellín, le comento a uno que otro amigo de allá, con mucha prudencia, que me parecen mal logrados algunos tramos de su metro, y que infortunadamente eso ya se quedó así, a perpetuidad. El mazacote de hierro y concreto que es la estación del metro de la plaza De Berrío, por ejemplo, arruinó la perspectiva que otrora ofrecía el Palacio de Calibío, una pieza arquitectónica meritoria que vio crecer a los antioqueños del siglo XX. Ahí le atravesaron ese gazapo de la ingeniería como castigo visual para los viandantes.

Otro síndrome de modernismo mal resuelto: tan aferrados que son los paisas a su ancestro de arriería, y terminaron aguantándose, sin embargo, al igual que lo hicieron con la estación de metro, esa densificación en sus montañas orientales, que fueron tapadas por centenares de rascacielos en los que se arracimaron como abejas. Desde allá contemplaban la ciudad, pero desde ésta se negaban la naturaleza. Era la moda. Desconectada esa arquitectura de un urbanismo funcional y de vías fluidas, ahora empezaron —los jóvenes y los que tienen modo— a migrar hacia la planicie, a tierra fría, desde donde se demoran la mitad del tiempo para bajar a la urbe aunque la distancia sea el doble que desde las colmenas de El Poblado. Atrás dejan ese paisaje obstruido como se deshacían antes de los televisores en blanco y negro.

En Cartagena no está mejor la cosa en cuanto al irrespeto de lo arquitectónico contra lo patrimonial: dice el arquitecto Carlos Madrigal, de Medellín, refiriéndose al proyecto “Aquarela” —cinco torres de 30 pisos que ocultan el Castillo de San Felipe—, que ese es el típico engendro entre corruptos costeños y avivatos paisas. Escudados en una legalidad precaria y en vacíos ministeriales e interpretaciones sospechosas de funcionarios locales, esos transgresores de la estética urbana levantaron de una la primera torre que, no obstante lo solitaria, le es ya dañina al memorioso monumento.

Y los transeúntes pasaban, y veían las grúas, y queriendo hablar no hablaban. “Los ricos sabrán lo que hacen”, pensaban. No solo los cuatro edificios restantes deben evitarse, sino que el único ya estorboso debe irse al suelo. No debiera ser necesario que Cartagena sea “La Heroica” para enfrentar ese cerco, aunque un Blas de Lezo del siglo XXI le está haciendo falta.

En Bogotá, ahí mal que bien los cerros siguen viéndose. Impiden la visual algunos edificios que se hicieron muy arriba, más allá del límite, en el norte, y en cuanto al centro, se pasaron de altos y anchos los de universidades como el Externado y Los Andes. El poder, la influencia, cosas de esas. Los Andes tiene por símbolo una cabra, y como la cabra tira al monte... Pero que se dé ya por satisfecha. Suficiente.

Ahora el tema es el Transmilenio por la Séptima. Ya se siente que los bogotanos no se resignan a esa decisión del alcalde. Es que no quieren imaginarse esa vía histórica cuando ya todo sea irreparable. El Transmilenio por ahí es igual a la escena con que se inicia Un perro andaluz de Buñuel: una barbera cortando un ojo humano a todo lo ancho. Además, a la gente no le cuadran las cuentas entre lo ancho y lo largo de la Séptima con semejantes articulados a mil por encima. Y repudia que el Parque Nacional sufra un mordisco que lo deje como la manzana de Mac. Ese proyecto es una alcaldada.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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