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Pedro Pascasio Martínez

El sábado en la noche, 18 de febrero de 2017, antier apenas, llegó el último guerrillero pendiente —de entre un total de 6.500— a la zona veredal en Montañita, Caquetá. Algunos noticieros hablaron de “La Montañita”, pero es Montañita, sin ese “La” que le agregaron. No es el único lapsus en que incurren los medios cuando se trata de geografías agrarias o selváticas. “Es que eso queda muy lejos”, dirán. Y sí, es lejos, pero “eso” queda aquí en la profundidad de Colombia. Quizá por esa lejanía la doctora Claudia López dijo: “Bueno, ya ‘salimos’ de las Farc, ahora vamos contra la corrupción”. Bastante brocha ese verbo ahí, como si dijera señoreramente: afuerita y juiciosas.

De modo, doctora, que de las Farc no hemos salido, lo que no sobra recordarle también al senador Robledo y a otra gente. Si antes están llegando, muy comedidas, dejando las armas en la puerta. Y ni se sienten sacadas, ni a muchos colombianos nos estorban. Salvo, por supuesto, a quienes las conciben como un obstáculo político, ahora desarmado, en territorios apetecibles para la rapiña del capital. Como quien dice, todo el país.

No es que a las Farc las haya agarrado un rapto de remordimiento reconciliatorio, ni que sean hijos pródigos, sino que advirtieron un gesto propicio, que sólo se da en ciertos cuartos de hora, para acometer aquello que siempre pensaron sólo sería posible mediante la victoria y a lo que decidieron aspirar sin haber sido derrotadas: la oportunidad de experimentar con el fuego cruzado de los argumentos, sin por ello perecer en el intento, y no teniendo que abatir a nadie. Convirtiendo en adversario a quien hasta la víspera fue enemigo. Después de todo no fue por atracción a la manigua, ni por fiebre hacia las armas, ni por quemar calorías, sino de huida de pueblos huraños, por físico instinto de conservación, que sus miembros arrancaron hacia el monte. Y una vez allí, donde encontraron pares solidarios, al cruzar la línea del no retorno, se asumieron como sediciosos, declarándose en rebelión. Lo contrario hubiera sido morir o humillarse.

Estamos, pues, ante ciudadanos que le ofrecen al país la opción de no tenerse que alzar otra vez, o dar lugar a que otros lo hagan. Algunos son menores todavía, lo que no debe extrañar aquí, donde desde chiquitos se nos exaltó la memoria de Pedro Pascasio Martínez, el adolescente de 13 años que agarró preso a Barreiro, rehusándole, para que lo dejara libre, el soborno de una bolsa de oro. Y donde los niños y las niñas, sobre todo en el campo, van por ahí botados de la mano de Dios, como presas de prostíbulo o haciendo de sirvientas en las haciendas. Debiera, entonces, distinguirse que entre la guerrillerada que desfila por entre las banderas se advierten ademanes libertarios y alegres, tatuajes y mascotas, hablas fluidas y seguras, proyectos de vida optimistas, fraternidad. Y bebés, algunos en el vientre aún, y otros ya de brazos.

Y al llegar a los peladeros que les tiene el Gobierno, no se amilanan por la falta de agua, o de techo, o de todo, sino que, como lo dice esa colombiana que parece holandesa, Alexandra Nariño, “ahí mismo se ponen a buscarle la comba al palo”. Y a trabajar se dijo.

Por | Lisandro Duque Naranjo.

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Colombia salvaje

No son nada sutiles las formas de ser salvaje que ofrecen algunas personalidades del mundo político o mediático. Se siente uno mirando esos programas de Animal Planet, en los que los grandes y pequeños predadores se buscan entre el follaje o las praderas para devorarse, o defender su territorio, o simplemente sobrevivir.

En el programa Mesa de Redacción, de El Tiempo, vi a la “editora de Investigación”, Martha Soto, decir, a propósito del gobierno de Donald Trump: “Esto se volvió un sálvese quien pueda. De modo que nada de preocuparnos del murito. Y tampoco vamos a ponernos a pensar en acciones de conjunto, tipo Mercosur…”. Como si la política fuera así: naturaleza en estado puro, darwinismo, zoología silvestre. Qué cuento de civilización y de conciencia. Pero además, la “investigadora” dijo que era “la hora de hacerle lobby a Mario Díaz Balart (el senador cubano americano), quien es muy amigo de Mike Pence, el vicepresidente”. Qué tal la “investigadora”. Ni siquiera tiene uno que inventarse ironías.

Por su parte, la ministra de Comercio, María Claudia Lacouture, en entrevista con El Espectador, lo que identifica en el nuevo orden internacional que se inicia con Trump son “oportunidades” para nuestro país: ella cree que podemos sustituir a México y a China en muchas exportaciones, tipo “resinas, autopartes, textiles y confecciones, entre otros”. Ese oportunismo comercial, incluso si no fuera ingenuo —pues Trump cree que todo eso debiera producirse en EE. UU.—, remite por lo menos a la imagen de un buitre atento a picotear el cadáver de un país acribillado.

La ministra también le ve muchas opciones “al turismo, el sol, las playas, la naturaleza, la cultura y el avistamiento de aves”. Con esos rubros, también a su criterio, podemos incluso beneficiarnos del Brexit. Sin comentarios.

Pero aunque fueran viables esas fantasías de la “investigadora” y de la ministra —no en vano ésta se inventó lo de “Colombia es pasión” y la imagen corporativa de “Colombia, realismo mágico”—, a mí, al menos, esa indolencia para con México me produce rubor. Colombia parece condenada a ratificar el título de Caín de América. La patria esquirola, con esos modales tan burdos de su gente principal.

Por ahí el señor Vargas Lleras usó un término lumpen para referirse a los ciudadanos de Venezuela. Qué bajeza intelectual la que se maneja en ese sanedrín regional de traquetos y de convictos con los que se las pasa. Y Carlos Fernando Galán, Rodrigo Lara y Germán Varón, dándoselas de porcelanas en medio de esa baraúnda y coscorroneo.

¿Pero acaso podría esperarse que se sancionara moralmente a quienes irrespetan a comunidades extranjeras, si en tratándose de vejaciones a la propia lo que cunde es la indiferencia y la impunidad? Para muestra, el hecho de que continúa en su cargo Francisco Henao, miembro del gabinete de la Alcaldía de Medellín, quien, según El Espectador, dijo: “Si yo tuviera la pistola desintegradora, la ponía (sic) frente a todos los comerciantes informales que estorban en el espacio público y los destruiría”.

¿Y qué tal Peñalosa llamando “matones” a los antitaurinos?

¿Y la periodista Vanessa de la Torre diciéndole “puta” a Melania Trump, la única persona digna de solidaridad en ese entorno bandido de la Casa Blanca?

¿Y Vicky Dávila, en la W, tratando de “Trump” a Petro? ¿Por qué la gente de izquierda asiste a la gazapera de esa señora?

Por| Lisandro Duque Naranjo

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El Sí y el “otrosí”

Nada perturba más a una comunidad ladrona, u homicida, o mentirosa, como el hecho de que se infiltre en ella un ciudadano honorable, o respetuoso de la vida, o incondicional con la verdad.

La primera reacción frente a quien entorpece una rutina malévola es tratar de seducirlo, para que se acomode y coma callado. Pensar en que asimile la turbiedad del grupo sin beneficiarse de ella es inaceptable, no brinda confianza. El que entra a la organización debe implicarse, incurrir en un acto cruel —matar a su mascota, por ejemplo—, aunque lo ideal es que se trate de algo punible, para cruzar el punto de no retorno y deberle algo también a la justicia. De lo contrario es un estorbo. Una persona limpia no funciona en un mecanismo descompuesto. En cuanto al jefe de este, no puede, definitivamente, ser eso que llaman una mamita, o una buena papa.

Yo me preguntaba, cuando leía las columnas de Cecilia Álvarez en El Tiempo, antes del plebiscito, el porqué de tantos ruegos de la exministra a su exjefe, Álvaro Uribe, para que se uniera al Sí, y aunque me demoré en encontrar la razón, esta semana la obtuve: era que ella algo había hecho torcido, aunque fuera en el gobierno posterior, el de Santos, que resultó siendo su aceptación, cuando fue ministra del Transporte, del “otrosí” que gestionó, con sus artes de pillo, Otto Bula, lobista de Odebrecht. La señora Álvarez, como funcionaria, se dejó llevar de una conveniencia en físico que por lo menos debió advertir a su tiempo para inhabilitarse: la echada de una carretera por predios de la familia de su pareja, la señora Parody. Como estaban acostumbradas a quedarse calladas…

Es fácil, entonces, imaginarse el susto de ambas cuando lo de Odebrecht salió a la luz. Aunque fuera en un residuo, ellas habían estado en ese entuerto, o por lo menos la ministra. Y se figurarían a su exjefe rebuscando los papeles con que las implicaría. Con la organización no se juega. El silencio con ella es vitalicio. Y ahí fue que decidieron preparar el trillado argumento de la “cortina de humo”, que para algunos funciona, y que además es cierto. Que todos somos bandidos, que la humanidad es un desastre, cosas de esas.

En cuanto al expresidente, ¿qué es una raya más para un tigre? Ni siquiera los caracteres de esta columna alcanzarían para enumerar sus procederes ilícitos, sus encubrimientos en verdaderos asaltos al fisco, incluso de parte de su entorno familiar, y sus incitaciones sistemáticas a la sangre, con la que parece no haberse saciado a la fecha. El hombre es completo.

Aunque suena como un contraste inmerecidamente lírico, cito enseguida lo que dice García Márquez en El amor en los tiempos del cólera al describir la belleza de Fermina Daza desde la mirada de Florentino Ariza. Es una alusión, por supuesto, a la frescura con que va por el mundo el expresidente Uribe con su historial nefasto, sin que nadie lo agarre, y mientras caen a su lado los que han constituido su séquito:

La siguió sin dejarse ver, descubriendo los gestos cotidianos (…) del ser (…) al que veía por primera vez en su estado natural. Le asombró la fluidez con que (Fermina) se abría paso en la muchedumbre. Mientras Gala Placidia se daba encontronazos, y se le enredaban los canastos y tenía que correr para no perderla, ella navegaba en el desorden de la calle con un ámbito propio y un tiempo distinto, sin tropezar con nadie, como un murciélago en las tinieblas…”.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Fidel, músico

Es costumbre en los medios —prensa y televisión— mantener un stand by de “obituarios anticipados” sobre celebridades públicas, científicas, políticas, artísticas, etc., cosa que, al morir éstas, puedan ofrecer a sus lectores, con la debida rapidez, biografías suyas muy exhaustivas.

Es decir, que a las figuras públicas las matan en las redacciones desde mucho antes de que tengan su deceso real y cuando este ya parece inminente. El escritor americano Gay Talese tiene una crónica muy ácida sobre esa práctica, titulada justamente así, “Obituarios anticipados”, pues él mismo fue, durante muchos años, uno de los encargados en el New York Times de escribir esa sección.

Hay veces en que el personaje “pronto a morir” no se muere, y aguanta vivo más de lo previsto, sobreviviéndole a su biógrafo “póstumo”. De hecho, yo mismo fui de los que llegaron a pensar que Fidel no iba a morirse nunca, y que en Cuba, posiblemente, tendrían en breve que expedir un decreto que le permitiera al comandante asumir el gobierno de nuevo en caso de fallecer su hermano Raúl.

No me atrajo a mí nunca ser un redactor de ese tipo, pues me hubiera sentido como un ave de mal agüero posada en el hombro de una celebridad querida.

Hace como siete años me hicieron una entrevista sobre García Márquez, bastante minuciosa, y al despedirme del periodista le pregunté cuándo se transmitiría. Obvio que me molestó la respuesta del entrevistador: “Quién sabe, maestro. Este material es para cuando se muera Gabo”. De haberlo sabido antes de comenzar, no se la hubiera concedido. Y creo que nunca salió, no obstante haber muerto Gabo cinco años después, lo que atribuyo a que jamás, en mis respuestas, hablé en pasado sobre el escritor, restándole a las mismas ese aire de responso, imprescindible en ese género exequial.

Alguna vez me pregunté qué escribiría cuando Fidel muriera, en caso de no habérmele adelantado, lo que hubiera sido perfectamente posible. Pensé que en todo caso no sería nada sobre su existencia llena de hazañas en lo político, lo militar, lo ético, pues fue el hacedor de historia por excelencia del siglo XX y gran parte del XXI. Algo se me ocurriría la noche previa, cuando el plazo para entregar el artículo, cuestión de horas apenas, no me obligara a referirme a los acontecimientos de la humanidad que este hombre protagonizó durante 70 años, convirtiéndola en algo completamente distinto, y mejor, de lo que fue antes de que él llegara al mundo.

La vida me concedió el privilegio de conocerlo, de compartir con él, en grupos pequeños de no más de siete o diez personas, y a veces menos, durante varias ocasiones y por muchas horas, de modo que tendría recuerdos suyos de sobra, disponibles para recrear en este instante de conmoción. Aquí les cuento este:

La última vez que lo vi fue el 15 de agosto de 2010, con motivo de una visita que le hicimos cinco amigos. Dos horas departimos con él, ya afectado por flaquezas de salud. Y aun así, desarmó y volvió a armar el mundo, con el hilo de voz que todavía le quedaba.

Lo acompañaba su esposa, Dalia Soto, y Fidel le pidió, para ahorrar voz, que nos leyera su “Reflexión” más reciente, sobre el tema Irán-EE. UU., que en ese momento provocaba pálpitos de una invasión.

Dalia, una sexagenaria rubia y delicada, leyó las tres páginas con entonación solemne, con las manos temblándole de gravedad. Fidel, mientras tanto, alzaba las suyas y las movía en el aire, dirigiendo silencioso la partitura de su artículo, el ritmo de sus conceptos. Abría y cerraba los ojos, levantaba y bajaba la cabeza silencioso, desplomando fuerte los puños en los puntos aparte, como golpes de percusión concluyentes. Y cuando comenzaban los párrafos siguientes, abría las manos llevándolas suaves hacía arriba para marcar los próximos crescendos.


Por: Lisandro Duque Naranjo

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Salvada de patria

Me volvió el alma al cuerpo con la ceremonia del sábado, desde La Habana, en la que se anunció que se recupera el camino embolatado hacia la paz.

Corrieron las Farc la frontera, al decir de Iván Márquez, un poco hacia allá, o hacia acá, para asumir los reajustes a que esa pequeña mayoría del No obligó al Acuerdo de Paz en el plebiscito de octubre. Qué bueno que la organización guerrillera, el Gobierno y la parte de la sociedad que no matonea no se hayan dejado abatir por ese resultado electoral moralmente ilegítimo, aunque en lo aritmético nos haya puesto a mermarles voltaje a algunas convicciones, que no a las sustanciales.

Obvio que Iván Márquez, jefe negociador de la insurgencia, dejó constancia en su discurso sobre las precariedades que conlleva la figura del sufragio universal. En efecto, por muy fetichizada que esté, la “democracia de las urnas” no siempre, o casi nunca, satisface los requerimientos genuinos de una sociedad. Ganar para que siga habiendo muertos, debiera ipso facto declararse como una derrota. De hecho, cuando los uribistas se quejaban, durante la campaña, de la escasez de sus recursos —lo que obviamente era otra mentira—, yo era de los que pensaban que antes debieran confiscárseles los que tuvieran. E incluso ponerlos a la sombra. Es que uno no puede ir por la calle pidiendo plata para convocarle simpatía a la continuidad de la violencia, solo para satisfacer los instintos de una comunidad morbosa, primaria, llena de supersticiones, con Facebook y cinco frases sangrientas de un magnífico libro de terror antiguo, llamado la Biblia.

Los últimos acontecimientos en el mundo —esa vergüenza del brexit, del No y de Trump— han hecho palidecer los alcances de la definición de Churchill sobre ese tipo de democracia, en el sentido de que “es el sistema menos imperfecto”. Vale más la de Borges: “la democracia es una equivocación estadística”. El dilema es: ¿cómo hacer para declararle la paz por la fuerza a una muchedumbre de energúmenos?

No debe haberse terminado de arrepentir Álvaro Uribe por ocurrírsele inventar, cuando creía que el No iba a perder, el galimatías ese de que “el No era el verdadero Sí a la paz”, porque fue a partir de ahí que los pacifistas encontramos la oportunidad de un repechaje para evitar el sometimiento a ese No sadomasoquista. Mejor hubiera dicho lo que realmente pensaba, a favor de la guerra, y hasta le hubiera ido mejor. De hecho, Trump, quien le conocía bien la esencia a su electorado potencial, dijo mucho antes de ganar que “si yo saliera a dar bala por la Quinta Avenida, no perdería un solo elector”. Cierto, cierto. Pero Uribe se puso con modales y trabalenguas, en los que se enredó, y ahora está aprovechando el triunfo del efecto naranja para ejercer, sin ningún pudor, como potentado de la muerte. Hasta varios muros ofrecerá construir, uno en la frontera con Venezuela y otros regados por las zonas de preconcentración a las que ya se dirigen las Farc. Y va a tener que levantárselos hasta al Ejército y a la Policía, que han dejado de comerle cuento.

La tendrá difícil el expresidente. Primero, porque el proceso ya le lleva mucha ventaja. Segundo, porque el plebiscito ahora será callejero, qué cuento de urnas.

Lo que quiera que ocurra, y se sabrá esta semana que hoy empieza, ya por lo menos Colombia descompletó esa trilogía maldita de calamidadess de la que alcanzó a formar parte con el Brexit y Trump.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Las grandes bestias

La primera semana del posplebiscito fallido, el presidente Santos, comparándose con un viejo lobo de mar que llevará a buen destino su nave maltrecha, dijo que a él, todo un exgrumete de la Armada Nacional, no iban a hacerlo zozobrar los tiburones de que estaban las aguas picadas. Ojalá, ojalá. Digamos que todavía tiene un tiempo escaso para maniobrar y quedarse con su pieza, como El viejo y el mar, en un combate honorable.

Y ya metido en las grandes aguas, convocando las leyendas épicas, decídase a ser ese capitán Ajab que persigue a Moby Dick, la ballena imposible de la paz. Blanca como las telas con que Doris Salcedo cubrió la Plaza de Bolívar, dejándola como un paisaje ártico, o como una mortaja, o como una polisemia de la justicia a las víctimas. O como el traje con que Piedad desafió a la galería, toda de blanco hasta el turbante vestida, el día que renació del fuego con que el inquisidor intentó volverla cenizas.

Que todo esto, y algo más, muchedumbres en las calles, premios, actos conspirativos, editoriales internacionales, idas y vueltas de urgencia Bogotá-La Habana-Bogotá, repliegues por si acaso de la guerrillerada, fusiles cesantes por parte de la milicia, aviones apagados en los hangares, haya ocurrido en dos íngrimas semanas, es una prueba del vértigo que estamos viviendo, y al que el presidente debe ponerle un parado, deshaciéndose de la impedimenta que le significa el acoso del viejo país, revenido.

Ya embarcado en cursilerías y en prosopopeyas, la situación podría compararse también con la película Tiburón, de Spielberg: una paz arponeada por varios piratas, desde distintos flancos, que le dificultan al animal avanzar y que podrían vencerlo. No quisiera imaginarme yo a Santos surcando penosamente el Báltico, para recibir el Nobel, y llegando a Oslo, o a Estocolmo, con toda esa chusma de depredadores colinchados que harían perecer al cetáceo en las orillas. Que si de aquí alcanzan a zarpar, que Greenpeace por favor no los deje llegar.

Gabo fue a recibir su Nobel acompañado de una caravana de músicos, cantoras, bailarines, y por lo tanto Santos no puede llegar con la paz muerta y arrastrando a quienes la mataron: Uribe, Ordóñez, Marta Lucía, Pastrana y esa mano de predicadores de iglesias de garaje, charlatanes bíblicos, a los que bien podría sumarse la jerarquía católica, con la excepción de monseñor Monsalve, de Cali, y Luis Augusto Castro, de Tunja, únicos obispos que tuvieron una actitud digna frente a las urgencias de paz.

Santos debiera recordar que lo que le quitó la corona al rey Juan Carlos de España, agorero delegado de esa península en el festejo de Cartagena, fue su foto al lado de un elefante muerto. Qué puntería la de ese reyezuelo. El último acto solemne de Santos no puede consistir en una foto, por allá en Escandinavia, con el tiburón de la paz colgado de un gancho, como un san Lorenzo lleno de chuzos, y en compañía de la patota de quienes ayudaron a lincharlo. El tiburón es una bestia de las profundidades, simbólica, la más antigua entre las especies. Y no puede seguírsela humillando cortándole las aletas para hacer sopa y repartirla entre feligreses. Y ya siguiendo con los animales míticos, si es para parecerse a los del CTI que dieron de baja al hipopótamo errabundo de la hacienda Nápoles, mejor, presidente, que rechace el premio antes de viajar. No vaya por allá a hacer el oso.

Ya veremos cómo, aislados del mundo, sin un lugar en el planeta, les ganamos un lugar decente a los monstruos en esta pequeñez de país.


Por| Lisandro Duque Naranjo

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Nobel de Paz, no de guerra

Como no soy profeta, no puedo celebrar lo ocurrido ayer domingo, fecha en la que despaché, al mediodía, este artículo. Espero que haya ganado el Sí, no solo por mayoría, sino de forma contundente.

Si así fue, ya en el anticlímax podemos ocuparnos de otros asuntos, como el Premio Nobel de Paz. El pasado 26 de septiembre, en vísperas de la firma del Acuerdo en Cartagena, ya abordaron el tema tres personas por la televisión pública: Claudia Palacios, de Canal Capital; John Jairo Ocampo, de Señal Colombia, y Ricardo Santamaría, exembajador en Cuba. La periodista Palacios dijo que había oído algo muy interesante, no recordaba de quién, en el sentido de que el Premio Nobel de Paz debería concedérseles no solo a Santos y a Timochenko, sino a Uribe y Pastrana. Ocampo y Santamaría, de inmediato, mostraron un entusiasmo reconciliatorio e invocaron que los dos expresidentes, el primero con su Seguridad Democrática y el segundo con el Plan Colombia, eran coautores de la paz que estaba por firmarse. Parten ellos de la base de que ese galardón no se le otorga a alguien que decide parar una guerra cincuentenaria, sino a quien decide hacerla más sangrienta, a largo plazo, para que algún día, cuando se canse de ella, le den un Nobel. Fácil la cosa.

Si se aceptara esa travesía tan larga, sin reparar en las víctimas, no las ya causadas, sino las por causar de ahí en adelante, solo por la frivolidad de comparecer algún día ante la academia escandinava, el Nobel sería un adefesio. Un incentivo a los que declaran las guerras en lugar de a quienes las terminan, cuando lo ideal es que ojalá nadie hubiera tenido que ganarse ese premio. Y menos después de tanto tiempo.

Pero como ese es el procedimiento que consideran honroso los tres periodistas, pues que aumenten la nómina de aspirantes que podría presentar Colombia a ese galardón: César Gaviria, por su bombardeo a la Uribe, el día de las elecciones para la constituyente en 1990. Belisario Betancur, por el holocausto cuando la retoma del Palacio de Justicia.

Menos mal que el Nobel no se concede póstumamente, porque Colombia podría agobiar al comité que adjudica la presea, con candidatos al por mayor: Virgilio Barco, por su pusilanimidad y aquiescencia frente a cuatro asesinatos de candidatos presidenciales durante su cuatrienio y el comienzo del exterminio de la UP. Julio Cesar Turbay, por su miedoso estatuto de seguridad, el que ni con su solución negociada del episodio de la embajada dominicana logró desterrar de la memoria. Misael Pastrana, por su reversazo agrario en el pacto de Chicoral. Carlos Lleras Restrepo, por el fraude electoral contra Rojas —a favor de Pastrana—, que dio origen al M-19. Pero también por su traición a la Anuc, a la que dejó a la deriva después de haberla fomentado. Guillermo León Valencia, por el bombardeo a Marquetalia, Riochiquito, El Pato y Guayabero, en aquel 1964 que dio comienzo a los famosos 52 años de fundación de las Farc. Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, por su malhadado invento del frente bipartidista, nada nacional, del que excluyeron a las fuerzas políticas de izquierda desde mucho antes de que existiera el castro-chavismo.

Todas esas hazañas presidenciales motivaron la inevitabilidad de nuevas rebeliones o de sumarse a las de siempre, lo que por supuesto, a criterio de los tres periodistas, enriquecerían la lista de beneficiarios hipotéticos del Nobel. A ver si alcanzan a inscribirlos de aquí al 7 de octubre, aunque lo dudo. Ahora, que si ayer ganó el No, sí tendrán tiempo de armar las postulaciones de Pastrana y Uribe, bajo el fuego de la próxima guerra, que será larga.


Por| Lisandro Duque Naranjo

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No me parece alentador que para el Sí en el plebiscito haya apenas una favorabilidad del 70 %. Un 30 % de tendencia al No es muy alto. Es la tercera parte del país.

Y no está integrada necesariamente por quienes tienen un trauma provocado por una pérdida enorme, pues, paradójicamente, las víctimas han sido generosas con el acuerdo de paz, sino por aquellos citadinos que tienen una noción abstracta de la guerra y no la logran percibir en sus dimensiones más primarias, las que agreden los sentidos. Les resbalan, por ejemplo, las hileras de bolsas negras con cuerpos humanos, sobre las que revolotean nubes de moscas. ¿Será que esas escenas, al transmitirse por la televisión, le llegan al espectador como empacadas al vacío, desodorizadas, sin poder de conmoverlo?

Durante muchos años, los medios ideologizaron la muerte, haciéndola explícita sólo con los insurgentes. Los cuerpos hinchados y destrozados que encabezaban los titulares de prensa y televisión eran los de los guerrilleros, o los de los campesinos que se atravesaban en la refriega, nunca los de los soldados u oficiales que portaban las armas institucionales. Esa instrucción viene de arriba: nadie vio el cadáver de ninguna víctima de las Torres Gemelas, ni el de un uniformado americano de los que invadieron a Irak. Sólo sus féretros, las banderas, las flores y el cortejo pulcro y solemne bajo las brillantes espadas desenvainadas. Apenas a los “héroes” se los representa visualmente con pudor. En cambio, a los cuerpos de quienes quieren ser mostrados como los villanos se les destina la sevicia de la imagen: Iván Ríos, matado a quemarropa con un disparo en la frente y exhibida como un trofeo su mano cercenada; Raúl Reyes y el Mono Jojoy, despedazados por las bombas; Alfonso Cano, tumbado en el suelo, acribillado a tiros y con sus gafas rotas; Camilo, con sus ojos resecos y el orificio de la bala en su cara; el Che, con su barba enrastrojada.

Esa iconografía terminal, trágica y vencida de quienes se alzaron contra el establecimiento, pretende aleccionar. Y se ofrece como el símbolo de la derrota a los exitosos, a los frívolos. Ese imaginario de selva peligrosa asusta a muchas capas urbanas, a “las gentes de bien”, a los “play”, a los acicalados que se subyugan detrás de un guía que encarna la colombianidad más ligera de moral, más codiciosa y grosera. A la gente “normal”. También puede ser que le parezca que esas imágenes no forman parte de su cotidiana existencia, pues no recuerda el espectáculo de un cadáver reventado en pedazos frente a su conjunto. Que no le preocupe una guerra extranjera no habla muy bien de él, porque supuestamente ningún dolor debería ser ajeno. Pero que le resbale una guerra en su propio país, sólo porque no alcanza a escuchar las detonaciones, pues ocurren muy a trasmano, por allá lejos, ni siquiera sabe dónde, porque este país es muy ignorante en geografía, hombre, eso da qué pensar. “¿Mapiripán? ¿Eso qué es?”. “¿Doncello? No me suena”.

Y, por supuesto, debería sentir vergüenza de pretenderse decisorio sobre la suerte de lugares que ni le van ni le vienen. Eso creía, pero ese país ya se le vino acá, despojado de armas, y a través de hombres y mujeres que resultaron no ser los patanes que imaginaba. El 70 % del país lo acoge. No es tanto, pero el plebiscito ya se quedó así. Y van a tener derecho a votar en él indolentes que, deseando mantener las cosas como siempre, van a decidir por quienes viven en peligro.

La barbarie urbana contra la civilización agraria.


Por| Lisandro Duque Naranjo

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Guerrillerada

Hay un universo inédito, sólo visible por YouTube, que debiera motivar el interés de la televisión pública, y que se le agradece a los canales privados no ocuparse de él para que no lo vulgaricen: el de las actividades que cumplen hoy las Farc en los lugares donde habitualmente han procedido con las armas.

Están de fiesta en su convivencia, casi legal ya, con las comunidades a las que convocan. Humberto de la Calle, en entrevista reciente, dijo que los partidos tradicionales van a tener que subirle el nivel al debate ideológico apenas las Farc se incorporen al tinglado político. Pues claro. Y eso que el negociador del Gobierno no ha ido a esos lugares remotos de la geografía donde se mueve la guerrillerada. Entre esa tropa sí que es perceptible la ética transformadora que anima a esa muchachada. Ahí no hay “niños raptados”, que eso no es una guardería armada. Ni “muchachas esclavizadas sexualmente”, pues aquellos no son cabarets de monte. Que le merme entonces la actriz Alejandra Borrero, a quien en estos días le oí decir por televisión que “había guerrilleras de cuatro añitos”. Esos guerrilleros son la prueba de que estamos ante una organización que jamás bajó la guardia en la formación de sus cuadros, y que éstos nunca dejaron de sentirse sujetos con pleno derecho a la rebelión. De modo que es de pésima fe eso de que son narcotraficantes, pues de haberlo sido ya habrían desaparecido, fruto de las contradicciones individualistas que en el delito común genera la codicia.

La caducidad de una estructura bandida es rápida, de máximo diez años. En cambio, los 52 años de existencia de las Farc, con unidad de mando, Secretariado, estado mayor, jefaturas intermedias, influencia territorial, ritualidades cincuentenarias y mitos fundacionales con acatamiento de íntegras sus unidades, obligan a colegir que estamos ante un ejército popular en pie de beligerancia frente a un establecimiento mohoso, y con derecho a negociar un cese a la guerra y un cambio en las reglas del juego político, para ellos y para la sociedad toda.

Sus comandantes, además, han logrado mantener su cohesión, aun en las condiciones más adversas de comunicabilidad, producto del sofisticado cerco tecnológico del Ejército, la Policía y “los contratistas americanos”. Dispersos por la geografía de este país inmenso, los unos saben lo de los otros y se consultan, a punta de escritos en papel que les llevan emisarios que se pegan sus patoneadas durante meses, esquivando retenes, nadando, cruzando cordilleras, y redistribuyendo el mensaje hacia el Putumayo, el Guaviare, el Chocó, el Patía, el Catatumbo, etc. De allí eso que llaman “el tempo” de las Farc. Porque si esa misiva se enviaba por Whatsapp, o con el clic de un email, o por celular, en diez minutos tenían encima los aviones con bombas de 500 libras que levantan la tierra y parten en dos los árboles, y 15 o 20 helicópteros por cuyas escalerillas se descuelgan unos jayanazos con la cara pintada. Varios de los negociadores del Secretariado en La Habana necesitaron de esas conversaciones para volverse a ver entre sí después de muchos años. Algunos habían encanecido, pero ninguno llegó embambado con alhajas, según el imaginario traqueto que han promovido contra ellos los cabecillas Gurisatti y Jeferson en RCN TV. No, seguían siendo los austeros de siempre, casi trapenses, y reanudaron su coloquio con un “como decíamos ayer…”.

En realidad, los que se tienen que tragar un verdadero sapo, al incorporarse con todas las de la ley a esta sociedad, son ellos.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Solución final versión D.C.

Escribo esto el domingo 21, en la mañana, luego de un viaje brevísimo de tres días en el que carecí, deliberadamente, de colectividad, pues la tarea a que fui me obligó a mantener apagado el celular todo el tiempo.

No por eso dejé de oírle a alguien, de pasada, sobre “la crecida del río Comuneros, en Bogotá, que arrastró a varias docenas de habitantes de calle, ahogando a algunos, que se encontraban en el canal de la avenida sexta con carrera 30. Eso pasó en la medianoche del jueves 18.

Ya de regreso, y sentado frente al computador, repito, el domingo 21 a las 10 a.m., abro Google y me encuentro con fotos de esos peregrinos urbanos, unos 60, acostados sobre las dos pendientes de cemento que se juntan en el lecho por el que fluye un hilo de agua en el que navegan detritus. Son fotos diurnas, en las que se los ve relajados, antes de que el caudal se les viniera encima en la oscuridad. El cemento está seco y algunas prendas andrajosas están tendidas para orearse.

Tres días después del desastre no se habla de víctimas, a excepción de una que, recién salida del torrente que la despertó, tiritando y chorreando agua de su armadura de harapos, fue atropellada por un carro.

Me cuesta, sin embargo, creer que hubo apenas un muerto. Nada mas la hipotermia pudo ultimar a varios. Para no hablar de los totazos en la cabeza que debieron darse ante la embestida de esas aguas encajonadas que los agarraron dormidos. Hasta allí, y otras partes —pues la Policía no los deja en paz y la gente los rechaza en los lugares adonde se repliegan—, los ha llevado su errancia desde que la Alcaldía los evacuó a la fuerza del Bronx.

Incumpliendo una sentencia de la Corte Constitucional, que ordena no llevar a la fuerza a los habitantes de calle hacia centros de rehabilitación, el actual alcalde y su subsecretario de Seguridad se empeñan en que, para tenerlos en albergues, estos adictos deben dejar de inmediato el vicio del bazuco. Y todo lo conexo que conlleva ese consumo. En síntesis, volverse virtuosos de una manera exprés. Esos funcionarios creen que la cosa es así no más, y mientras tanto les han declarado una guerra impiadosa que por un instinto mínimo de conservación ha terminado disgregándolos por toda la ciudad.

Inevitable recordar que durante la “Bogotá Humana”, a esa pobrecía viciosa se le daba cama limpia, muda lavada para que se cambiara y se le servía en la mesa sopa caliente. Principio tenían las cosas, y con ese procedimiento no pocos emprendían el camino del juicio, mediante tratamiento médico progresivo, e impactaban cada vez menos el mundo urbano con su conducta alterada. Otro tanto se hacía con madres de familia que trabajaban de noche, guardándoles de seis a seis sus pelados, así fueran de brazos. Todos esos albergues fueron clausurados o disminuidos en su cobertura.

Ya mismo deben ser puestos en evidencia el señor Peñalosa y el subsecretario Mejía, antes de que logren consumar una versión bogotana de la “solución final”.

No olvidemos que frente a las víctimas del holocausto nazi, simulaba no saber nada esa población que de lejos veía subir el humo y reconocía el olor de carne humana que oscurecía el cielo de los campos de exterminio.

Por| Lisandro Duque Naranjo

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