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El personaje


No tiene nada de increíble que, en una misma semana, al personaje del que trata este artículo se le atraviese un niño de 12 años, en la playa, y le diga: “usted fue un mal presidente”. Y que, acto seguido, el increpado le suelte un discurso vehemente recordándole que él apenas estaba naciendo cuando él iniciaba su gobierno y que  la mala educación que recibió de parte de sus profesores le impidió aprender cuáles fueron  sus logros, en los que va a perseverar “para que Colombia no caiga nunca en la izquierda extrema”.  Al tribuno de playa lo aplaudió con euforia un gentío con chalecos blindados que conformaba su esquema de seguridad y que  salió detrás de él —del personaje, no del pelado—, quedándose este último atónito frente a la aparición  que acababa de contemplar. En realidad el que recibió malas clases,  de aritmética, sobre todo,  fue el personaje, porque si el preadolescente tiene ahora 12 años, las cuentas permiten concluir que llevaba dos años apenas de haber abandonado el vientre de su madre cuando el señor que acababa de echarle su discurso alucinante dejaba atrás para siempre el palacio al que desde entonces ha querido volver.

Obsesivo el personaje con su idea de la educación, la misma semana,  desde una de sus fincas aumentada con tierras que se auto-adjudicó siendo presidente, envió un tuit con algo que se le vino a la cabeza en un rapto de inspiración: que los jóvenes  deberían pagar en servicio militar  los costos de la universidad. Posiblemente seguía sin olvidar al muchacho samario que había cuestionado su gobierno, y  deseaba que ese muchacho fuera pobre y necesitara de la educación pública, razón por la cual obligarlo primero al  regimiento le resultaría muy formativo. Literalmente mataría dos pájaros de un tiro. 

La educación ha sido tema recurrente para el partido del personaje: hace un año, una senadora de su bancada propuso un mecanismo de financiación educativa al debe —desde primaria hasta universitaria, consistente en descontar el 20 % del salario durante diez años a quienes se gradúen como profesionales. 

Las cabañuelas   se empecinan en recordarnos que estamos en año bisiesto: el Inpec, por artes del personaje, y con ayuda de minjusticia,  hizo “limpieza” en la Picota, pero solo mostró el “tesoro” de horrores que encontraron en la celda del testigo estrella contra Uribe, Luis Guillermo Monsalve: dos computadores, dos teléfonos, una botella de whisky y dos canciones. Están desencriptando éstas a ver si son de  despecho o  reguetón.

Semana develó un centro de “chuzadas” manejado por el Ejército. Un verdadero déjà vu que señala al personaje como la eminencia gris inevitable en ese inframundo de las escuchas subrepticias.  Repite Iván Cepeda como espiado,  pesadilla del investigado, y debutan Roy Barreras y Antonio Sanguino. En el reparto, le dieron papel a la “magistrada” Lombana como “chuzada”, para disimular.

Y para terminar mal, hasta el viernes 17 se completan 21 asesinatos de líderes y lideresas sociales, indígenas,  afros y excombatientes de las Farc. Hoy,  lunes 20,  puede haber aumentado esa cifra, a ver si algún día se alcanzan “los muertos pendientes” de los que habla el personaje. 

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Información privilegiada


Me impactó mucho la columna de Tatiana Acevedo Guerrero del 22 de diciembre de 2019 en El Espectador, titulada “El Caprichito”. Quizá porque, aunque siempre he pensado que López Pumarejo fue el mejor presidente de Colombia en el siglo XX, ignoraba la tras-escena de sus intrigas, durante su mandato y medio —le dieron golpe de Estado en el segundo—, para proveerse de tierras baldías sobre las que tenía información privilegiada dada su alta investidura.

Una de esas tierras se llamaba “El Caprichito” y era de respetable extensión. No sé por qué nunca le sospeché indelicadezas a ese patriarca y hasta visité respetuoso su casa natalicia en Honda. Siendo hijo de un banquero del siglo XIX, Pedro López, algo debería chirriarme en su reputación, que por supuesto heredó después de sus nietos e hijo, este último el “compañero jefe” que ahora sale en los billetes de 20.

Felipe, su nieto mayor, cogió una buena revista de peluquería, Semana, y la convirtió en un dos por tres en una de esas que se encuentra uno en los bolsillos delanteros de las sillas de los aviones.

Aun así, fue un buen presidente López Pumarejo y algo dejó para los demás: la Ciudad Universitaria, la ley 200 de tierras, derechos laborales y otras conquistas. Pero algo ha perdido mi corazón, que lo tuvo siempre por un mandatario probo.

La columnista Acevedo cita una investigación hecha por Yamile Salinas, Camilo González y Saskia van Drunen, en la que “encontraron grandes extensiones de baldíos, titulados por el Ministerio de Agricultura a familiares del expresidente López Pumarejo en los años 50. Esas tierras están hoy sembradas con cultivos de caña del proyecto El Alcaraván de Bioenergy y Ecopetrol”.

“Mi querido Alfonso”, le decía López Pumarejo a su hijo López Michelsen, “espero que cada día sea más clara para ti esa estrecha conexión que tienen los desarrollos políticos (en Colombia) con mis actividades en Nueva York”. La carta se refiere a asuntos relacionados con extensiones de tierras (potencialmente petroleras) en el Carare, que el expresidente intentaba vender a la Tropical Oil Company. “Nuestros derechos sobre las tierras del Carare son legítimos”, explica López, “podemos venderlos a esta o aquella compañía, por tal o cual suma, sujetándonos a las leyes vigentes sobre petróleos, las cuales rigen por igual para todos los ciudadanos y no se modifican por la circunstancia de que uno haya sido presidente de la República o pueda volver a serlo”. La escribió en 1940, dos años después de haber concluido su primer mandato, en el 38, y cuando le faltaban dos para aspirar al segundo, en el 42. Le dice eso a quien también iba a ser presidente 34 años después, y de quien Lleras Camargo dijo que estaba “incurso en algunos actos de piratería”. Y que perdió su segunda Presidencia por haber inducido a su hijo menor, Juan Manuel López, a comprar a precio de huevo una finca en los llanos, “La Libertad”, por tener también la información privilegiada de que por ahí iban a echar una carretera que potenciaría su precio. A causa de este escándalo, el columnista Klim estuvo a punto de tumbarlo desde su columna en El Tiempo, motivo por el que El Tiempo lo echó y terminó recibiendo la hospitalidad de El Espectador.

Que conste que el tema de los hijos de Uribe, con lo de la zona franca en Mosquera, no es inédito, sino una endemia nacional de los “hijos del Ejecutivo”. 
Por | Lisandro Duque Naranjo

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Se le tiene


Desde el primer cacerolazo, el Gobierno se sacó de la manga unas “conversaciones” dilatorias para pasmar la oleada callejera que se puso en marcha desde el 21 de noviembre. Pero esta comenzó a crecer hasta volverse inextinguible y hoy lunes cumple 32 días. Aunque en palacio les aterra lo multitudinario de todo esto, pensaban que por provenir de colectivos tan heterogéneos los liderazgos se atomizarían, lo que le restaría cohesión al conjunto: que indígenas por aquí, mujeres por allá, estudiantes regados por todas partes, artistas por acullá y proletariado sindical en las plazas memoriosas. Que a esa “turba” no la juntaba nadie y que apenas empezara el vapor de la natilla y el “jo, jo, jo” de Papá Noel, volveríamos a la resignación clásica. Pues calcularon mal la caducidad de la indignación, y los contestatarios ahora consideran holgado el tiempo de negociación que hace un mes era excesivo. Y ahora viene el 24, el 31 y hasta el Día de Reyes, y si el Gobierno quiere, le encimamos también el Domingo de Ramos.

El problema era unir esas piezas disímiles que podían irse cada cual por su lado en este mes de distracciones. Pero se aliaron, y todos los jóvenes, gremios, etnias, artistas, parches, diversidades, ciudadanías nuevas, mejor dicho, los que recién descubrieron las calles codo a codo, nombraron sus representantes en el Comité de Paro. Hay cupo todavía. Como los “conversadores” necesitaban que la charla se extendiera hasta el infinito, o hasta que naciera el niño, para quemar tiempo, pidieron “precisar” más los términos del documento, y obvio que los 13 puntos del principio se volvieron 104, que no son más que derivaciones inevitables del pliego fundador, urgencias que pueden diferirse porque de momento tampoco vamos por todo. Y que se calme esa alharaca de los medios fletados.

Respecto a exigencias impostergables de la marejada humana, por ejemplo, el tema de las pensiones —que es un asunto mundial que inflama las calles de Francia, Chile y las de aquí—, el de la reforma tributaria, la del desmonte del Esmad y la del respeto al Acuerdo de Paz, deben ser inamovibles. Y justo frente a eso el presidente improvisa respuestas desesperadas: esta semana hizo un show de democracia compasiva y llenó el palacio de ancianos pobres y sin pensión para ofrecerles $80.000 cada dos meses. Qué miseria. El Centro Democrático (CD) en el Congreso metió hasta la empuñadura su reforma tributaria, y no fue propiamente un agente del foro de São Paulo, David Barguil, quien abandonó la sesión en protesta por los subsidios que la reforma tributaria les concedió a las farmacéuticas para consolarlas por los controles en las tarifas de algunos medicamentos. Hasta a ellos mismos les da pena.

En cuanto al Esmad, lo incrementó en 34.000 efectivos, con psiquiatras de compañía para seguir el consejo de Mockus. Los hubieran usado para ahorrarnos los falsos positivos de Dabeiba y de Ocaña.

Pero ya se les torció la hermana y la mamá de Dilan, intimidadas para que guardaran silencio. Por una casita. Táctica obscena ya ensayada por el fiscal aquel, con la viuda e hija de los envenenados Pizano, padre e hijo. Pero los muertos acosan, y la hermana y madre del mártir de estas jornadas no aceptan ahora que el victimario sea “juzgado” por un tribunal militar. Tampoco, tampoco. Y para concluir, fue bautizado como Dilan el hijo de Dimar Torres. El país es otro.
Por | Lisandro Duque Naranjo

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Avanza el “Homo sapiens”


A vuelo de pájaro calculo que en las movilizaciones recientes ha habido al menos un 80 % de jóvenes que no exceden los 30 años. Y que entre esta muchedumbre juvenil, otro 80 % lo constituyen los llamados centennials, muchachas y muchachos nacidos a comienzos de este siglo XXI. Se trata de una generación con una percepción del tiempo vertiginosa, muy distinta a la de las que la precedieron, que comparativamente resultaban parsimoniosas. La subjetividad espacio-temporal de estos posadolescentes, en cambio, tiene otro ritmo. Eso explica que su presencia permanente en las calles —la que ya cumple 19 días, con alargues nocturnos para conciertos y cacerolazos— haya superado, sin duda, las históricas duraciones de antes, que si mucho alcanzaban para dos o tres días, no tanto porque hasta ahí aguantara el frenesí contestatario, sino porque antaño la tecnología era escasa, a diferencia de ahora, cuando los interesados en manifestarse (sobre todo en las ciudades) se pueden convocar los unos a los otros de manera instantánea en algún lugar, o en varios, simultáneamente, según el sitio en el que habiten, hasta que terminan armando sus parches en los parajes más disímiles de las ciudades. Eso militarmente no lo controla nadie, aunque siempre le apuntarán a un Dilan Cruz en Bogotá o a un Duván Villegas en Cali. Pero hay otra energía ciudadana, una resistencia emocional completamente inédita, una geopolítica más accesible y unos reflejos más inmediatos. Aparte de que hay mayor información y en tiempo real. El ensayo general de estas movilizaciones ocurrió en diciembre —¡también!— del 2013, cuando Gustavo Petro llenó cinco días seguidos la Plaza de Bolívar en solidaridad por la destitución que quiso infligirle el procurador aquel.

En el paro actual, los propios dirigentes gremiales, gente adulta, han sido desbordados por la espontaneidad incesante y la creatividad inusitada de tantos colectivos juveniles, muchos de ellos formados en las recientes movilizaciones estudiantiles. El arte, obviamente, ha aportado su vocación callejera, musical, carnavalesca, teatrista. Las muchachas feministas viralizaron mundialmente un coro antipatriarcal, nacido en Chile, y que en tres días apenas se cantaba en todos los idiomas. Faltan las distintas diversidades —la sexual y la étnica—, y la Dignidad Agropecuaria. Pero ya vendrán, hay tiempo. Y como caída del cielo, llegó a dar una mano ancestral la Guardia Indígena, que volvió antiguo al Esmad y fue acatada en su autoridad simbólica por una muchedumbre que reconoce en los pueblos originarios a los vigilantes de la heredad planetaria amenazada por las fuerzas desatadas del mercado. Para la sensibilidad urbana contemporánea, ya no hay riesgo de valorar a los indígenas como pintorescos, sino como lo que son: los aliados estratégicos para la sobrevivencia de la especie. El eterno retorno.

Son demasiadas primicias culturales al tiempo como para que no les sea imposible descifrarlas a las fuerzas políticas que se quedaron en el siglo XX. Comenzando por el Centro Democrático, que carga con la tragedia de ni siquiera haber salido del siglo XIX. Viéndolo bien, debiéramos conservarlos —sobre todo a Mejía, Cabal y Valencia, aunque todos juntos en su rincón se ven más completos, con su jefe— como ejemplares del Homo sapiens que testimonian una antigua era de la evolución.
Por: Lisandro Duque Naranjo

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La cacerola


Justo en el horario en que comencé a escribir esta columna el jueves 21 de noviembre, a las 8 p.m. (trabajo en caliente, pues los columnistas de los lunes tenemos cierre los viernes), empezó un cacerolazo en el edificio en que vivo. Se suponía que esta modalidad de protesta era una opción prevista para las ciudades que fueran sometidas a toque de queda, circunstancia que solo afectó a Cali y Facatativá, pero de repente, en forma espontánea, de oídas o inducida por las redes a última hora, se convirtió en una bulla libertaria que se fue tomando barrios y barrios, demostrando que para los ciudadanos el paro no había concluido todavía. Todos parecían apenas iniciados, lo que permite intuir las energías para próximas catarsis. Diría que nos antojamos del cacerolazo cuando lo utilizaron los ecuatorianos hace dos meses para decirle a su presidente que, aunque encerrados en casa, seguían todavía despiertos. Esas eran las tales “fuerzas extranjeras” y por eso se les cerraron las fronteras. Ojalá el cacerolazo de acá sirva después para hacer desistir a este Gobierno de intentar otra vez, y por las malas, mandarnos a dormir cuando le parezca. Lleras Restrepo ya es historia vieja.

El cacerolazo del 21, pues, fue una creación inusitada, un alargue, a diferencia de lo que ocurría antes, que al llegar la noche de un día épico la rabia descansaba. Esa encima nocturna no fue, sin embargo, la única primicia de la fecha, pues nunca antes tantos ciudadanos se habían volcado a las calles como en esta jornada. En realidad esta vez sí se sentía a la gente emberracada. Todavía con complejo de “vándala”, la muchedumbre se tomó la intemperie por las buenas, muy vigilante, gritando “¡sin violencia!” y cruzando los dedos para que no les diera a los encapuchados —a los que suponía de sus propias filas—, por pegotearse en la civilidad de la movilización. Y pilló en flagrancia al inefable Esmad que dejó para la sobremesa, cuando ya de la multitud quedaban apenas grupos dispersos, agredir a estos a patadas y arrastrándolos por el suelo. En la puerta de mi edificio, muchachos, muchachas, señoras y hasta las mascotas, que sacaron sus cacerolas al aire libre, recibieron una bomba aturdidora y gases lacrimógenos que pusieron a toser y a llorar a todos los residentes. La cosa iba en serio. A la misma hora comenzaron los rumores de que en Cali estaban asaltando casas y que los dueños de estas se defendían con armas largas, bates y hasta espadas samuráis. Anticipos de la famosa ley que promueve el texano Cristian Garcés, del CD, para que los civiles porten armas. Sospechosos todos esos sincronismos de vándalos fantasmagóricos. Clara López cuenta por WhatsApp que por su barrio, en Bogotá, los “encapuchados” eran habitantes de calle drogados. En Cali fue igual, aunque en este mundo tan fotografiado es muy extraño que no quede una sola foto como evidencia. Y si la hubiera, demostraría que fue un plan orquestado con el lumpen para que aprovechara el anticlímax para sus tropelías, sirviendo de pretexto para exaltar a los “héroes” como garantes de la defensa ciudadana. Es una alianza clásica esa. Además, el Gobierno no iba a quedarse empezado después de los preparativos de guerra que hizo contra la marcha. Ya metido en gastos...

Posdata: el comandante de la Policía dijo que en todo el país salieron 132.000 personas. En Presidencia, que 207.000. Aprendan a sumar, hombre.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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La fiera está herida


El Gobierno colombiano, desde sus comienzos hace 15 meses, tiene su propio concepto de país, que no guarda relación ni con sus obligaciones constitucionales ni con la Colombia llamémosla contemporánea, que independientemente de que no lo haya elegido está inscrita tácitamente en unas expectativas inspiradas en el Acuerdo de Paz, un acto de Estado. Aun así, y aunque no haya virajes como consecuencia de la renuncia forzada que tuvo que presentar el ahora exministro de Defensa Guillermo Botero, cuya moción de censura —por los valores vinculantes que tendría— debiera continuar y consumarse en la sesión correspondiente prevista para esta semana. Así las cosas, debería hacerse también extensiva la moción de censura a otros altos funcionarios, sobre todo a los implicados en el bombardeo en el Caquetá, todo ese generalato de halcones que le dio a la supuesta cuadrilla de “Gerardo el Cucho” un trato que le sobredimensiona su importancia como si estuviéramos ante una figura insurgente de gran jerarquía. Más reprobable esa teatralidad militar, tan aparatosa, si aparte de ser el objetivo de la operación una figura de poca importancia de las disidencias, quienes estaban cerca de él, y perecieron, eran ocho menores de edad, entre ellos dos niñas de 16 y 12 años. Hace más peregrina esa desproporción el hecho de que hubiera ocurrido dos días después de que Iván Márquez, Jesús Santrich y el Paisa, a centenares de kilómetros, hubieran hecho un pronunciamiento de volver a las armas. Para las distancias entre esas selvas y llanuras, los “reflejos” castrenses resultaron excesivamente rápidos. Obvio que fue por eso por lo que, al descubrir el exceso, le dieron al demencial infanticidio un perfil bajo, sin calcular que el presidente, con muchas ínfulas e ignorando quiénes habían sido las víctimas, le daría el rango de “impecable”.

La intención, sin duda, es publicitar unilateralmente un falso estado de guerra, con el espectáculo, supuestamente ya superado y para que la gente vuelva a acostumbrarse a él, de cuerpos despedazados para satisfacer a los sectores de opinión adictos a las escenas de morgue a manera de pan de cada día. Evidentemente la cúpula militar, bajo el mando de Nicacio Martínez, empezó hace dos meses —lo de San Vicente del Caguán fue el 29 de agosto— a escalar los falsos positivos a operaciones de mayor vistosidad. Le resbaló, sin duda, la denuncia que hizo The New York Times hace seis meses, en mayo, cuando ya se había producido el mentiroso forcejeo, con entierro acompañado de su moto, de Dimar Torres. Esto fue en abril. Y después vendrían los asesinatos sucesivos de indígenas que permiten calificar los episodios del Cauca como un verdadero etnocidio tipo Far West. El caso de Flower Trompeta fue el último en el que los militares fueron pillados en flagrancia, según lo demostró con brillantez de forense Roy Barreras en el Congreso.

El Centro Democrático está en pérdida, sin duda, mas no por eso desiste de imponernos su hegemonismo, aun después de su derrota electoral y de los ministros y militares que se le irán desplomando. Menos mal que su jefe anda tan desvirolado echándole la culpa de sus calamidades al foro de São Paulo, a Cuba, a la ONU y a Venezuela. Por algo se olvidó de Sinaloa. Pero no hay que confiarse, porque una fiera herida es muy peligrosa.

Por | Lisandro Duque Naranjo


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Reacción mundial en cadena


Ojalá algo inédito haya ocurrido ayer en las elecciones colombianas, que a estas horas, o desde anoche mismo, fuera un reflejo —aunque sea solo en las urnas— de lo que pasó en Ecuador hace dos semanas y que en Chile todavía no termina: que a la derecha neoliberal le han dicho “¡basta!”. Las muchedumbres en las calles. No son exclusivamente izquierdistas esas legiones de indignados, como tampoco fue un llamado de otros partidos lo que las sacó espontáneamente de sus casas, primero a los estudiantes de bachillerato a saltarse las registradoras del metro, por el alza en los tiquetes, y después al resto de chilenos a invadir avenidas y plazas para protestar contra otros abusos pendientes. Un poco antes, el presidente Piñera faroleaba conque su país era un “oasis” comparado con sus vecinos inmediatos: Ecuador, donde las huestes indígenas se alzaron contra su presidente, Lenín Moreno, por duplicar el costo de los combustibles, hasta hacerle agachar la cabeza y volver a dejar todo como estaba antes, con tal de que le desocuparan las ciudades. Lo que se vive ahora allí, sin embargo, es el prólogo de nuevas gestas. En Argentina, hace pocas semanas, en las urnas —lo que se debió corroborar ayer en las elecciones de ese país—, al señorito Macri le bajaron los humos de malevo sacándolo por la puerta de atrás de la Casa Rosada. En Colombia, donde Duque sigue sin dar pie con bola en lo que se dice nada, su jefe continúa convocando a los villanos a inundar de sangre el “posconflicto” (el último crimen contra un desmovilizado fariano, Alexánder Parra, fue el viernes pasado, en su propio ETCR, aumentando a 168 los asesinatos contra esa organización desarmada). Únicos pero insuficientes contestones al régimen local: los estudiantes. Confiemos en que para el resto de la sociedad colombiana, afectada por horizontes peores incluso que los que levantaron a todo Chile, la procesión vaya por dentro y no demore en reventarse tanta fermentación. Ayer, y sin poder adivinar este columnista el pasado, los resultados electorales algo debieron haber demostrado al respecto.

El hecho es que el “oasis” de Piñera era un espejismo apenas y esa cierta sonrisa se le borró del rostro. ¿Cuánto tiempo les llevó a los chilenos acordarse de la canción “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara, hasta comenzar a esparcirla por los corredores y a sacarla por las ventanas de los edificios, donde los ciudadanos se encerraron a cumplir el toque de queda? 46 años.

Inevitable decir algo clásico: el modelo neoliberal del mercado a ultranza, como rector de todas las instancias de la vida —la salud, la educación, la tierra, la vivienda, el transporte, el medio ambiente, los servicios públicos, la cultura, etc.—, es insoportable hace rato, pero solo ahora —en tiempos de globalidad informativa, que algo más produce aparte de trivialidades y falsas verdades— está generando un repudio universal, porque la gente ha dejado de sentirse solitaria en su resistencia cotidiana a la mentira y la codicia extremas. Países disímiles a los que la adversidad golpea de manera desigual, en proporción a su desarrollo, se alzan irritados y se influyen los unos a los otros en una reacción en cadena: Francia, Haití, Hong Kong, Puerto Rico, Cataluña, Ecuador, Chile... se lanzan a la intemperie. Faltamos nosotros, obviamente, para sumarnos a ese nuevo contrato social que ya no da espera.
Por | Lisandro Duque Naranjo

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El metro de diferencia


Desoyendo a sus asesores, Hollman Morris aceptó la invitación de varios colectivos de mujeres, de diversas tendencias, y estuvo presente en un evento feminista para debatir políticas de género con los otros tres candidatos a la Alcaldía de Bogotá. Finalmente al acto apenas asistieron él y Claudia López. Los dos ausentes —Galán y Uribe Turbay— hicieron bien no concurriendo: a ambos les hubiera quedado grande el tema (con la concurrencia de 800 mujeres), pues el feminismo ha construido un discurso que transgrede la rancia lexicografía en que se han movido con holgura este par de delfines, en mayor grado Uribe Turbay. Incluso Claudia López, aunque respondió con fluidez, en algún momento confesó que la especificidad de algunas preguntas la sobrepasaba, pues su experiencia no era propiamente como feminista.

Hollman hubiera podido ser el gran sacrificado si recordamos el escándalo mediático que hace meses le hizo su exesposa, por desavenencias privadas, nada punibles y ya falladas por un juez, y el caso de una periodista que lo acusó de haberla asaltado con un beso inconsulto hace ocho años en Madrid. Aunque para los besos robados durante la primera década de este milenio no aplica la retroactividad, es evidente que esos arrebatos del donjuanismo del siglo XX, y de ahí para atrás, ya están obsoletos y según feministas de ahora son dignos de sanción, al igual que los piropos. Adiós a ese folclore patriarcal.

El hecho es que Hollman se sobrepuso con coraje a sus propios temores por los efectos que esos episodios pudieran acarrearle frente a un auditorio vehemente. Pero las casi 1.000 mujeres tuvieron la madurez de no enrostrárselos. Relajando la atmósfera, el candidato abrió así su intervención: “estoy desaprendiendo el machismo”. Y se entró en materia.

Obvio que Claudia López y Hollman Morris, en sus proyectos de ciudad, coinciden en algunos criterios, por ejemplo, sobre la mitigación del calentamiento global, o la compactación de la ciudad para que sus habitantes no se expandan a la periferia, y menos hacia el norte (lo que afectaría la reserva Van der Hammen), y acerca de políticas de salud, respeto por la diversidad, etc. Pero tienen propuestas muy opuestas en otros temas cruciales: en educación, por ejemplo, ella ofrece 40.000 becas universitarias para jóvenes de bajos recursos que apliquen a carreras “que sean del interés del empresariado”. Su Alcaldía, pues, hará igual que esos papás déspotas que les dicen a sus hijos: “¿Sociología? ¡Mejor estudie algo práctico!”, lo que levanta un muro a la fantasía de los bachilleres que quieran ser artistas o científicos sociales. Ese dirigismo estatal es un chantaje a los muchachos para que sometan sus vocaciones a las necesidades del mercado. Hollman, por el contrario, plantea crear universidades públicas, no limitando los saberes que la inspiración les dicte a los escolares.

Y bueno, está el metro de diferencia. Ella se resigna a ejecutar el metro elevado, por razones de continuidad administrativa, lo que condenaría a la ciudad a sobrellevar un engendro urbanístico a perpetuidad. Él defiende el metro subterráneo, con argumentos que le agradecerán nuestros nietos y las generaciones futuras que no le perdonarían a la nuestra dejarle de herencia el esperpento peñalosista. Casi que bastaría ese argumento apenas para votar por Hollman Morris.
Por: Lisandro Duque Naranjo

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Sin fecha de vencimiento


Por| Lisandro Duque Naranjo
Al columnista de El Espectador, Mauricio Botero Caicedo, le pareció inspirador el libro Cazando terroristas: una mirada a la psicopatología del terrorismo, de un Joe Navarro, “experto en contrainteligencia”, no sé de qué país. Le gustó tanto, que intentó aplicarlo a la realidad colombiana en su artículo “Coleccionistas de heridas” (15 de septiembre de 2019).

Cuestiona ese libro, según Botero, esa memoria obsesiva de “políticos e intelectuales de izquierda” empecinados en reverdecer episodios “de hace diez, 40 o 200 años” de lucha por la tierra. A juicio del columnista, conflictos ocurridos hace ya tantos años, debieran considerarse caducos a estas alturas. Supongo yo, no Botero, que con ese criterio al pícaro exmagistrado Pretelt ya sería hora de dejarlo tranquilo con “su” propiedad. Quizá si el columnista se hubiera acordado de la disputa Israel-Palestina, cuya longevidad se pierde en la noche de los tiempos, no hubiera llegado a acortar tanto los plazos para el olvido en Colombia, hasta el punto de asociar —según la terminología del señor Joe Navarro— bajo el síndrome de “sicópatas-terroristas” a quienes exigen la restitución de tierras. Y supongo que le hubiera parecido extravagante la respuesta de Zhou Enlai a Kissinger, cuando éste le preguntó qué pensaban los chinos sobre la revolución francesa: “Todavía no ha pasado el tiempo suficiente como para valorar ese tema”. Útil reflexión sobre asuntos que exigen un tiempo más amplio antes de considerarlos prescritos.

Ya viniéndome más acá, a los siglos XX y XXI, sí que menos se pueden valorar como obsoletos, tal cual lo hace Botero, los reclamos de Manuel Marulanda en el discurso aquel del Caguán que leyó Joaquín Gómez por el bombardeo a Marquetalia, en 1964. En esos baldíos vivían pacíficamente 200 familias desplazadas de la violencia bipartidista, que por haberse ingeniado formas de convivencia y productividad colectivas, le dio a Álvaro Gómez Hurtado por llamarlas “repúblicas independientes”, alentando un ataque criminal contra ellas, en combinación con los EE. UU.

En Colombia, además, tampoco han pasado suficientes años como para cansarnos de reclamar reparación por asuntos que ocurrieron incluso antes de la independencia y que influyen en las calamidades que todavía nos afectan: por ejemplo, las dádivas en territorios por parte de la corona española a criollos que desde entonces perpetuaron la desigualdad en la tenencia de la tierra. Qué frescura la de Fernando VII regalando tierras de un país que ni siquiera conoció y cuyos patriotas terminaron derrotándolo. A esas posesiones debió extinguírseles el dominio hace 200 años. Y barajar y volver a dar. La excelente novela de William Ospina, Guayacanal, exalta al fundador de Santa Rosa de Cabal, Fermín López, quien se vio forzado, en el año 1844, a agregarle el “de Cabal” al pueblo recién nacido para neutralizar los ataques de los “dueños” de esa vasta selva inculta, a ver si encontraban, por fin, alivio a sus errancias los miles de colonos hambreados que procedían de Antioquia. Debiera cambiársele ese apellido, a Santa Rosa, por el de López. También Caicedonia se llama así para darle la coba a uno de los dueños del latifundio Burila, un Caicedo.

Como esos señoríos de los siglos XVII y XVIII no tienen fecha de vencimiento, pues ahora se expanden ilegalmente hacia el Vichada.

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En caída libre


Se le está desbaratando la estantería al señor Uribe. En Sopó, La Calera y Acacías, no propiamente de izquierda, lo recibieron, entre jueves y viernes, demostraciones de repudio que asustaron a sus “huestes”: puros guardaespaldas. En realidad el esquema de seguridad del expresidente es una manifestación portátil. El hecho es que él está echando toda la carne al asador de aquí al 8 de octubre, cuando debe comparecer a la Corte, para ver si logra intimidarla y poder convertir la indagatoria en un simple encuentro con su lustrabotas. Pero tal vez no le funcione, porque el viernes anterior los magistrados expidieron un documento en el que descalifican por “retórico” el pedido del otro ejército, el de los abogados del señor, en el que solicitaban suspender la audiencia.

El punto de giro en este momento, entonces, ya no son las elecciones del 27, pues Uribe anticipó el clímax en 19 días, para el 8, fecha en la que se sabrá dónde ponen las garzas. La criminalidad y las amenazas, entonces, se han disparado en las regiones, acelerando esos “homicidios aplazados”, esas “muertes por razones morales” y esas “masacres con sentido social” contra líderes sociales y exguerrilleros a que convocó cuando se realizó la firma del Acuerdo de Paz. Es una incógnita calcular desde ahora cuánto de “invivible” se pondrá el país en esos 19 días de ñapa, según como le vaya el 8 a quien se sentará en el banquillo. Decía Walker, el de Quemada, que “hay momentos en la historia en que en diez días un pueblo logra lo que no pudo durante todo un siglo”. Aquí serían 19, mejor todavía.

El presidente Duque no se ha dado cuenta de este suspenso doméstico por andar tan atareado remendándole la reputación a Guaidó luego de esas fotos con los Rastrojos, cuyas coordenadas le envió para que le hicieran la inmigración por los caminos verdes. Delinquir para el concierto, se llama eso. Doña Paloma no le ayudó mucho diciendo, para excusar esa recepción, que “los Rastrojos no son paramilitares sino narcotraficantes”. Es que como Uribe extraditó a los paras por narcos y no por paras... Pero bueno, allá ellos. También Duque ha tenido la cabeza en otra parte por la echada que Trump le pegó a Bolton, su llavería en Washington, por las embarradas con Venezuela. Y por la reversa de tres países, entre ellos Chile, después de que el canciller Trujillo los “convenció” en la OEA de resucitar esa antigualla del TIAR, que mostró aquí como una “victoria diplomática”. Encima de eso, Noticias Uno, con apoyo ciudadano y por la libre, logró triplicar su audiencia luego de que Sarmiento, con el “aval” de su Gobierno, lo sacó del aire. En cuanto a Pastrana, ni modo de esperar que le dé una mano en estas circunstancias dramáticas. El pobre, además de estar pagando escondederos frente a “Nohra y mis hijos”, debe estar intentando perfeccionar su coartada de que estaba con Fidel Castro en una reunión, cuando en realidad estaba de visita, transportado en el “Lolita Express”, el antro VIP del pedófilo Jeffrey Epstein en las Bahamas. Difícil creer que Pastrana, después de un vuelo largo con archimillonarios depravados —Clinton, entre ellos—, les haya dicho que él mejor se bajaba en las Bahamas para ir a La Habana a conversar con Fidel sobre geopolítica.

Menos mal que doña Paloma está organizando una manifestación mundial de apoyo a Uribe para el 8; en Miami, será en la calle 8.
Por| Lisandro Duque Naranjo

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