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Las mentiras de Juan Lozano

Para Juan Lozano, según columna suya del 6 de noviembre, los abusos sexuales en que hayan podido incurrir, en tiempos de guerra, los ahora exguerrilleros de las Farc, son comparables al acto depredador que le costó la vida a la niña Yuliana Samboní, a manos del condenado Rafael Uribe Noguera. Por lo tanto, infiere, los 58 años de prisión que ha comenzado a pagar este criminal, debieran hacerse extensivos a muchos guerrilleros supuestamente implicados en hechos similares. No es afortunada esa analogía, ni remotamente aproximada a la presunta violencia sexual que se haya cometido con menores por parte de algunos miembros de esa organización. Y por supuesto es un exabrupto morboso el pensar que, de haber ocurrido un hecho patológico de esas dimensiones (el asesinato, con violación incluida, de una niña de siete años, o de más edad), el mismo no haya motivado un castigo ejemplarizante de parte de la propia organización.

No se requiere haber pertenecido a esa insurgencia, o a cualquiera otra, para inferir que, de haber sido esa una conducta “sistemática” —la calificación proviene de la fuente militar en que se basa Lozano—, dentro de las Farc, esta organización, sin duda, se habría extinguido hace tiempos. La sola permisividad de esos excesos, ya no sólo de la dirección, sino del simple colectivo raso, hubiera abolido su sostenibilidad política y militar, pues para subsistir en condiciones críticas, que son las habituales en cualquier estructura sediciosa, se necesita de un máximo de cohesión ética y de contención de los impulsos primarios de su tropa.

La caducidad suele ser rápida para cualquier conjunto humano en el que los instintos tengan licencia para desbocarse sin ninguna disciplina. No tengo la menor duda de que la larga duración de esta guerrilla fue producto no sólo de una rigurosa vocación de poder inspirada en un ideario político, sino del control y el castigo a quienes, aprovechándose de la lejanía o de vacíos de autoridad —que alguna vez pudieron ocurrir—, pretendieron fundar en la selva un entramado orgiástico para violentar a las jóvenes que tenían como subordinadas, la mayoría de las cuales se enroló por cuenta propia. El hecho, además, de que cada vez el número de mujeres guerrilleras creció, equilibrando los conflictos de género previsibles con el número de varones, disminuyó la ocurrencia de episodios en que pudiera imponerse una hegemonía de lo masculino.

El tema de la tenencia de hijos, por supuesto también se presta a debates delicados. Una guerrilla no puede ser una guardería, salvo que la vida de los recién nacidos importe poco. Como ese no era el caso, se controlaban mediante anticonceptivos, y a veces con el aborto, las eventualidades de la maternidad. Y si esta se volvía inminente, el bebé, o él y su madre, según fuera la decisión de ésta, y a veces primaba la del grupo, debían ser sacados de su unidad. El caso de Clara Rojas es un ejemplo dramático de cómo en un conflicto armado se resuelven estas circunstancias límites. La cultura de la guerra, aunque en la cotidianidad pacífica eso también ocurre, es impiadosa con los llamados de la naturaleza. Para dar rienda suelta a la euforia de los embarazos y los nacimientos, fue preciso que los combates quedaran atrás.

Pero esas variables le quedan grandes a Juan Lozano.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Arquitectura y paisaje

Cuando voy a Medellín, le comento a uno que otro amigo de allá, con mucha prudencia, que me parecen mal logrados algunos tramos de su metro, y que infortunadamente eso ya se quedó así, a perpetuidad. El mazacote de hierro y concreto que es la estación del metro de la plaza De Berrío, por ejemplo, arruinó la perspectiva que otrora ofrecía el Palacio de Calibío, una pieza arquitectónica meritoria que vio crecer a los antioqueños del siglo XX. Ahí le atravesaron ese gazapo de la ingeniería como castigo visual para los viandantes.

Otro síndrome de modernismo mal resuelto: tan aferrados que son los paisas a su ancestro de arriería, y terminaron aguantándose, sin embargo, al igual que lo hicieron con la estación de metro, esa densificación en sus montañas orientales, que fueron tapadas por centenares de rascacielos en los que se arracimaron como abejas. Desde allá contemplaban la ciudad, pero desde ésta se negaban la naturaleza. Era la moda. Desconectada esa arquitectura de un urbanismo funcional y de vías fluidas, ahora empezaron —los jóvenes y los que tienen modo— a migrar hacia la planicie, a tierra fría, desde donde se demoran la mitad del tiempo para bajar a la urbe aunque la distancia sea el doble que desde las colmenas de El Poblado. Atrás dejan ese paisaje obstruido como se deshacían antes de los televisores en blanco y negro.

En Cartagena no está mejor la cosa en cuanto al irrespeto de lo arquitectónico contra lo patrimonial: dice el arquitecto Carlos Madrigal, de Medellín, refiriéndose al proyecto “Aquarela” —cinco torres de 30 pisos que ocultan el Castillo de San Felipe—, que ese es el típico engendro entre corruptos costeños y avivatos paisas. Escudados en una legalidad precaria y en vacíos ministeriales e interpretaciones sospechosas de funcionarios locales, esos transgresores de la estética urbana levantaron de una la primera torre que, no obstante lo solitaria, le es ya dañina al memorioso monumento.

Y los transeúntes pasaban, y veían las grúas, y queriendo hablar no hablaban. “Los ricos sabrán lo que hacen”, pensaban. No solo los cuatro edificios restantes deben evitarse, sino que el único ya estorboso debe irse al suelo. No debiera ser necesario que Cartagena sea “La Heroica” para enfrentar ese cerco, aunque un Blas de Lezo del siglo XXI le está haciendo falta.

En Bogotá, ahí mal que bien los cerros siguen viéndose. Impiden la visual algunos edificios que se hicieron muy arriba, más allá del límite, en el norte, y en cuanto al centro, se pasaron de altos y anchos los de universidades como el Externado y Los Andes. El poder, la influencia, cosas de esas. Los Andes tiene por símbolo una cabra, y como la cabra tira al monte... Pero que se dé ya por satisfecha. Suficiente.

Ahora el tema es el Transmilenio por la Séptima. Ya se siente que los bogotanos no se resignan a esa decisión del alcalde. Es que no quieren imaginarse esa vía histórica cuando ya todo sea irreparable. El Transmilenio por ahí es igual a la escena con que se inicia Un perro andaluz de Buñuel: una barbera cortando un ojo humano a todo lo ancho. Además, a la gente no le cuadran las cuentas entre lo ancho y lo largo de la Séptima con semejantes articulados a mil por encima. Y repudia que el Parque Nacional sufra un mordisco que lo deje como la manzana de Mac. Ese proyecto es una alcaldada.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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“Pax romana”

Decía Edmuno Desnöes, en sus Memorias del Subdesarrollo: “sabemos demasiado como para ser inocentes, e ignoramos mucho como para ser culpables”. En el umbral de sutilezas que plantea esta reflexión —bastante adecuada para la Colombia de ahora—, se precisa, con generosidad, inspirarnos, todos a una, si es que queremos despejar la bruma de una confrontación que nos ha causado pérdidas irreparables durante los últimos 53 años. Y ahorrarnos otra peor que podría incubarse entre las trizas de lo que en estos últimos cinco años, dando tumbos -e incluso tumbas-, hemos logrado bosquejar.

Solo será culpable, entonces, el que se considere intachable, y solo podrá lograr sosiego quien aporte verdad, y digamos también que algo de humildad. ¿Demasiado pedir? Tal parece.

Hace un año ya, decía William Ospina en El Espectador, bajo el título de “Al final”: “Señores: aquí hubo una guerra. Y aún no ha terminado.

Y no la resolverán las denuncias, ni los tribunales, ni las cárceles, sino la corrección de este orden inicuo, donde ya se sabe quién nació para ser mendigo y quién para ser presidente (...).

“(...) Al final de las guerras, cuando estas se resuelven por el diálogo, hay un momento en que se alza el coro de los vengadores que rechaza el perdón, que reclama justicia.

Pero los dioses de la justicia tenían que estar al comienzo para impedir la guerra. Cuando aparecen al final, solo llegan para impedir la paz”.

Texto pertinente ahora que se está en la inminencia (¿será posible?) de que empiecen a operar la Comisión de la Verdad, la Justicia Especial para la Paz, las nuevas Circunscripciones Electorales y la Ley de Restitución de Tierras. Así, con mayúsculas, para que conste que son pasos de animal grande, quisiera decir que más para la imaginación, algo escaso, que para la zozobra, algo cotidiano y parece que fácil en este país. Las cuatro iniciativas, fruto del acuerdo de paz, se caracterizan por ser afines entre sí: difícil ser afectado por una de ellas sin serlo por las otras tres.

Hay algo que le imprime un valor agregado moral a una de las partes en conflicto, las Farc, y es el haber sido propuestas suyas estas cuatro columnas que sostendrán lo más parecido posible a un país inserto en la contemporaneidad. Incluso les aporta buena fe a las mismas, y un margen de riesgo, el hecho de habérseles ocurrido a quienes están dispuestos a someterse a sus efectos luego de dejar a un lado lo único que les procuraba confianza: la rebelión para encender la pradera. Mientras que aquellos para quienes el pasado es óptimo, una especie de orden natural innecesario de corregir, una arcadia contenta y ancestral en la que no tienen que responderle por nada a nadie, ni siquiera hubieran necesitado de que se declarara una guerra para ser nocivos al progreso. ¡Qué rica esa pax romana!, ese enjambre de personas resignadas produciendo miel para los dueños del panal. Esa falta de historia con sus contradicciones.

Desde mucho antes de que empiecen a operar esas novedades con sus respectivas instancias, ahora avaladas por la Corte Constitucional, varios se han dado por aludidos, apenas natural. Y van por los medios clamando por salvar la patria, lo que incluye excluir, gritar en los recintos, hostigar, mentir y, en algunos lugares, disparar. No creo que haya que reconciliarse con ellos. Baste apenas con obligarlos penalmente al respeto.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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La JEP

Hay algo que le está saliendo bien al Centro Democrático, y supongo que ellos en sus adentros lo valoran como importantes victorias en su quehacer contra el Acuerdo de Paz. Lo de “hacerlo trizas” está funcionando, solo que no de un viajado, sino quitándole un poquito acá, otro aquí, un pedacito más allá, y así, hasta volvernos a todos la vida a cuadritos. Ahora se les ha unido, despojado de máscaras, el tal Cambio Radical. Ya Vargas Lleras, desde que era vicepresidente y construía autopistas y casas, haciéndose campaña por derechas, iba soltando prendas: que lo de la JEP me gusta pocón, que eso de juzgar empresarios (que ahora se les dice “terceros”) no me suena, que lo de los militares es una vaina, y así. Ese hombre ha estado tres años saliendo de espaldas para que todo el mundo crea que está entrando. O todo el mundo no: mejor decir Santos de una vez.

Y el resultado de la fusión CD y CR —y claro que RCN— obtuvo que la composición final de la JEP fuera muy cautelosa. Tal vez demasiado ecléctica, aunque confío que ahí haya gente honorable y ojalá imprevisible. Aceptar las incógnitas es lo democrático. De momento se sabe que hay algunos del colectivo Alvear, gente imprescindible. Hay también personalidades muy activas en las regiones, en asuntos de derechos humanos, que tienen representatividad entre las minorías étnicas y las comunidades que han sufrido despojo, y que han sido toreadas en lugares donde la guerra no fue jugando mazotes. Yo cruzo los dedos para que, no conociendo casi a nadie, esos elegidos se crezcan cuando arrecie la tormenta que se avecina. En todo caso, juristas de ética aprestigiada en lo nacional, tipo Martha Lucía Zamora o Francisco Barbosa, no quedaron, al igual que otras personalidades intachables. Se nota que los seleccionadores dijeron: “no, ella no, ella es petrista, cuidémonos”. En cuanto a Barbosa, pensarían que iba mucho a Semana en vivo y se sentaba en el lado del eje del mal, “además es de la academia, y estudió en París, mejor no alborotar el avispero”.

Pero ni con tantas precauciones se salvó la JEP de la diatriba de quienes pudieran ser juzgados: con un radar macartista, detectaron que había quedado Rodolfo Arango, un ponderado jurista, al que amenazan con recusar cada que la JEP pronuncie una sentencia. Y todo porque hace tres años escribió tres tweets contra Uribe. Uno solo, entre 51 magistrados, les parece que los vuelve “sesgados” a todos. Y como nadie es más devoto que un converso reciente, los de Cambio Radical dicen que el organismo es “de izquierdas”. Quisieran que cada miembro de la JEP no hubiera dicho ni mu en esta vida. Que arrancaran de cero. Que todos tuvieran la conciencia limpia solo por no haberla usado jamás. El fiscal, entre tanto, para evadir entuertos bravos, como el de Odebrecht y el de Bustos, conspira contra el Acuerdo de Paz con puras chichiguas de inspector de policía, quemando tiempo. Hace poco desenterró una palabra achacosa contra el Acuerdo de Paz: su “pecaminosidad”. ¡Hombre! Se supone que el que decía esas bobadas ya se fue.

¿Será que para la Comisión de la Verdad y las 16 circunscripciones electorales de las organizaciones sociales, a los candidatos van a pasteurizarlos primero para evitarse tanta intriga? Para esa gracia que elijan de una vez a la Madre Laura, y que se las gane todas el Centro Democrático.

Por | Lisandro duque Naranjo.

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Doña Juana

El 17 de julio pasado, en un edificio residencial de 17 pisos, en Usaquén, una bolsa de basura, o varias de ellas que se habían atascado en el conducto (shut), explotaron dañando 66 apartamentos e hiriendo a 43 personas. El estallido se atribuye al gas acumulado por la fermentación de basura orgánica que contenían las bolsas. Al romperse, además, las ventanas, y circular el aire por el edificio, hubo sucesivas explosiones que empeoraron la calamidad, aunque por fortuna no hubo muertos. Algo parecido ocurrió 13 días después en el barrio Salitre de Suba, causando también contusos y daños en vidrios y puertas. Éstas volaban como aspas.

Al menos en los dos edificios afectados los residentes habrán aprendido que las basuras son vengativas, y que no basta con arrojarlas por el conducto para no volver a saber de ellas. Ellas vuelven, convertidas en armas de destrucción limitada. Sobre todo si se revuelven los desechos orgánicos con los reciclables, cuando a éstos últimos podría empacárselos por aparte —y en bolsas de color blanco—, que fue la práctica que quiso volver cotidiana Gustavo Petro, y por la que la Procuraduría aquella de Ordóñez lo destituyó y quiso inhabilitarlo casi que vitaliciamente. Recuerdo ese diciembre del 2012: mi apartamento era el único que usaba los dos colores de bolsas, con sus basuras diferenciadas, y abajo, en el contenedor de todo el edificio, se advertía la soledad de la bolsa blanca de mi domicilio —la de los papeles, los plásticos y las botellas—, brillando dignamente entre la prepotencia de bolsas negras de los residentes que odiaban a Petro. Obvio que ningún reciclador subía hasta ese barrio equivocado. No valía la pena correr el riesgo por una mísera bolsa blanca apenas, con la que batallaba contra el calentamiento global este humilde mamerto.

A Doña Juana va a dar toda esa basura mezclada que producen los bogotanos. 6.300 toneladas diarias, que por supuesto no caben en un área de 5 km², a la que, para que le siga cabiendo más y más inmundicia encima, se la empuja hacia abajo, se la embute, se la compacta. Dicen los que saben que el 70 % de todo eso, lo no orgánico, podría perfectamente no enviarse allí, sino a otros lugares donde pueda procesarse industrialmente. Para ello sería preciso que cada ciudadano de esta urbe introdujera desde su casa, en bolsas blancas, y por separado, aquello no asquiento —papeles, botellas, plásticos—, en síntesis, “basura limpia”, y se lo hiciera accesible a un reciclador. Cada manzana de esta ciudad debiera concertar con uno de ellos.

Doña Juana no puede seguir siendo el shut monumental donde ocho millones de personas mandan sus desperdicios. Hace 20 años, en el 97, se produjo allí un desastre ambiental de dimensiones dantescas, que taponó la cuenca del río Tunjuelito. Hoy en día, y luego de habituales explosiones y derrumbes de montañas de basura compactada, los habitantes limítrofes de Doña Juana se la pasan pateando a los roedores que les compiten el bocado, palmoteando a las moscas “como si fuera una noche de gala en el Colón”, destripando cucarachas que se les trepan por las piernas y respirando podredumbre. Los estamos matando.

Reubicar a las víctimas de nuestras porquerías hechas en casa es un deber moral, si es que queremos seguir mirándonos a los ojos. Y cambiar de lugar ese botadero. Hasta a un solo gato se le cambia a diario la arena.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El becerro de oro

Los 3.753 kilómetros de carreteras que construyeron las Farc en parajes remotos de Colombia los valora esa organización, en su inventario, en $196.622 millones. No son vías asfaltadas, y además son de una sola calzada, pero aún así vale la pena contrastar sus costos con los de la transversal Ocaña-Gamarra, cuyos 62 kilómetros de doble calzada, o sea 124 sumando la de ida y la de vuelta, ascendieron a un billón de pesos. Es decir que por 3.600 km de más, o si quieren le pongo la mitad, 1.800, como si hipotéticamente fueran dobles calzadas también, faltándoles el asfalto, las Farc cotizan su aporte vial a las víctimas —porque se supone que esas carreteras son para los campesinos, ya sin ninguna restricción de guerra— en cinco veces menos que lo que cobró Odebrecht —y sus beneficiarios de coimas— por 62 km apenas. Le dejo a la calculadora qué porcentaje son 62 km frente a 1.800 km. A mí eso me da 3,5 %. O sea que con la misma plata de Odebrecht, los guerrilleros hubieran podido hacer 96 veces más carreteras. Con doble calzada y sin asfaltar.

Y sigue la numerología: en su inventario, las Farc incluyen 242.000 ha de tierras, 20.724 reses, 597 caballos, 292 carros, $2.500 millones, US$450.000 y un tercio de tonelada de oro. Esto último es del tamaño de un becerro. Quito los trapeadores y las escobas para que los malintencionados no barran con ellos el resto de información. Y los platicos, para privar del bocado de cardenal a quienes han trivializado con minucias la consistencia del inventario. Aún así, esos utensilios suman $21.000 millones. En su inventario, las Farc valoran todos esos rubros, contando armas y municiones, en un billón de pesos, que fue el costo de la vía Ocaña-Gamarra. Obviamente, Odebrecht y sus coimas inflan mucho las obras, y las Farc subvaloran sus aportes. Que deberían incluir lo que se les debe por reemplazar al Estado en las zonas ignotas, donde fueron la contención al expansionismo depredador de las multinacionales y de los colonos insaciables con las áreas a sembrar de coca. Y también la autoridad que dirimía los litigios entre los vecinos. Todavía los echan de menos.

A los que preguntan por qué las carreteras hechas por la insurgencia constituyen un recurso digno de incluirse en el inventario se les informa que para la ciencia económica las carreteras son una mercancía. No se les podrá poner código de barras, ni llevárselas puestas para la casa, pero son un valor agregado. Obras públicas que, al renunciar quienes las construyeron al uso de las armas, se convierten en un activo fijo de la Nación que las hace disponibles a las comunidades y las regiones. Y sin pagar un peso por ellas. He ahí una forma de reparar a las víctimas.

El descontento de algunos funcionarios con el inventario es porque esto está lleno de avivatos a los que solo les interesa el cash, el billete en rama, para administrarlo y embolatarlo. Qué cuento de víctimas y de carreteras. Un “chin con chan” que se volvió una leyenda, un nuevo dorado, después de la guaca aquella que excitó la fantasía de muchos que compraron su recatón para, cuando hubiera paz en este país, irse a estrenarlo cavando en los teatros de operaciones hasta encontrar los barriles llenos de dólares. Pues les llegó la hora: la paz está servida.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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La pequeñez del mundo

Hará si mucho nueve años  —que fue cuando empezaron a existir las redes sociales, pues hasta entonces estábamos en el paleolítico de internet— que las noticias sobre lo inesperado eran algo de lo que uno se enteraba sólo en diferido. Las cosas habían ocurrido ya cuando se sabía de ellas. Ahora no: el episodio de Las Ramblas, en Barcelona, se vio en todo el mundo cuando las víctimas del furgón, salvo aquellas que quedaron muertas al instante, trataban, todavía en el suelo, de caer en cuenta de qué era lo que las había atropellado. Las más remotas veredas del planeta ya conocían el hecho mientras el conductor de ese vehículo letal apenas lo abandonaba para fugarse. Era simple cuestión de esperar a que el homicida al volante recorriera tres o cuatro cuadras para que las miles de cámaras empezaran a registrar la devastación que había dejado a su paso.

Una señora colombiana, por estar en un vuelo doméstico, había desconectado su iPhone durante una hora, y ya aterrizada, cuando lo prendió —y mientras al resto de pasajeros también se les iluminaba el rostro estupefacto con la luz lechosa de sus pantallas, como si ya en tierra, por todo el avión, se escuchara un concierto de xilófonos—, encontró un mensaje de su hijo, que vive en Barcelona, quien le decía por WhatsApp: “Fresca, mamá, estaba cerca pero no me pasó nada. Hay gente tirada en el suelo, heridos y gritos”. Obviamente, enterarse de qué riesgo había salido ileso su hijo le fue fácil, pues su celular también temblaba y campaneaba repleto de mensajes preguntándole por el muchacho, pero también de videos mostrando el reguero de personas ensangrentadas, algunas quietas ya para siempre, y de quioscos de souvenires desparramados, carteras botadas y zapatos sueltos por ahí sin sus dueños.

En los dos días siguientes, uno dormía y en la duermevela miraba de reojo el celular en la mesa de noche. El aparatico ese, que cabe en el bolsillo de la camisa, se relamía de la vibración y de la urgencia por revelar que otros jóvenes estaban hundiendo cuchillos al azar a transeúntes en Finlandia, Francia, Rusia, y que otro carro embestía a parroquianos en Australia...

Ya habrá tiempo para conjeturar sobre por qué algunos islámicos radicales expresan de esa forma su rabia contra ciudades de Occidente. Y no tiene misterio saber cuál es el viento que, dos o tres días antes, hinchó las velas de los neonazis en Charlottesville para agredir a quienes se les atravesaran, que fueron bastantes y se organizaron espontáneamente, y contra los cuales un muchacho del KKK aventó un carro encima, de frente y en reversa, causando varias víctimas.

Inevitable especular —aunque suene ya a lugar común— sobre los efectos culturales y políticos a propósito de lo instantánea que se ha vuelto la apropiación de los acontecimientos en cualquier parte del mundo. Cada episodio planetario, bello, trivial o trágico, se está viviendo en tiempo real. Y como los vuelos viven atestados, son muchos ya los habitantes de cualquier parte para quienes las sedes de esos dramas les resultan conocidas y para nada exóticas. Eso está bien. No obstante, lo local no se ha acabado todavía. Y la expansión noticiosa no forzosamente nos hace universales. A lo máximo, internacionales o cosmopolitas, pues lo distante también es provincia. Qué pequeñez la del mundo.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Pastrana, guarimbero

Increíble ver a Andrés Pastrana conspirando contra Nicolás Maduro en la propia Caracas. Lo mandan allí Rajoy, Aznar, Fox, Peña Nieto, y el otro de acá, Uribe. Y desde el fondo de la cueva, entre luces vulgares, el obvio ese de Trump. Ahí está agazapada esa internacional de la mediocridad. Me da escalofríos que algunas cabezas visibles de la oposición venezolana se sientan bien con esas compañías. Y que Colombia no intuya las consecuencias que le traería la eventualidad de un triunfo de ese consorcio de intrusos. La retórica de “país hermano” sucumbe ante el hecho de que Colombia y Venezuela son hermanas siamesas, no obstante ser tan diferentes en lo cultural y económico. Estamos ante dos cabezas que piensan diferente, ligadas desde el cuello por un solo cuerpo que de arriba abajo mide 2.219 kilómetros, es decir, 253 kilómetros más que la distancia que hay entre La Guajira y Nariño si trazáramos una diagonal, del nororiente al suroccidente, por toda nuestra geografía. Eso bastaría para que ambos países dejáramos de pensarnos como simples vecinos. Entre siameses la susceptibilidad es mayor, razón por la cual deben cuidarse los excesos de cada cual, para no terminar dándonos cabezazos. La simbología de lo autónomo se respeta.

Pero Santos no lo ha hecho, y se ha entrometido en los asuntos de Venezuela, desconociendo la convocatoria de su gobierno a una constituyente. ¿Que esa convocatoria, al igual que las elecciones ya consumadas, transgreden la institucionalidad venezolana? Problema de ellos, de su sociedad, de sus fuerzas en pugna. Aparte de violatoria de soberanía, a la actitud de Santos la hace más reprobable su grosero pragmatismo, pues se fue contra Maduro sólo después de que no necesitó de él para hacer viables las conversaciones de paz en La Habana, cuando funcionaba el eje “castro-chavista-santista” sin que su gobierno se tuviera que ladear a la izquierda. Pero bueno, presidente, ahí le dio usted ese gusto tardío a Uribe, quien no lo reconoce, aunque íntimamente se regocije. Los colombianos no terminamos de acostumbrarnos a que usted, salvo en el caso del Acuerdo de Paz, y no del todo, gobierne para arrancarle anuencias a quien lo precedió en su cargo. Y si de verdad lo animara una decencia republicana, habría armado un jaleo cuando Dilma Rousseff fue depuesta del cargo, con pretextos administrativos en absoluto relacionados con su honradez, para montar en el mismo a un tipo que no es casual que haga honor a su apellido.

Y hablando de expresidentes, no es uno solo de los de acá el que nos produce pena ajena. Pastrana se la pasa en Caracas, discursea y participa en guarimbas, como nacido allá. Incluso se permite extasiarse como un millennial describiendo al venezolano aquel acróbata, modelo y metrosexual que abaleó desde un helicóptero robado el Tribunal Supremo de Justicia. Un tal Óscar Pérez que se las da de Rambo y confunde la protesta pública con un efecto especial. Hay gente así.

Tentador imaginarse qué cara pondríamos los colombianos de cualquier ideología si acaso un expresidente del vecindario, verbigracia Correa, de Ecuador, viniera con frecuencia a este patio a reunirse con los contrarios al Gobierno, a intimarle a éste rendición y a pedir que los militares actúen. Maduro se sobra de prudente al no ponerlo de patitas en la frontera, donde nosotros, los que nos resignamos ya a sufrirlo.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Se pasó de la raya

La expresión "narcoterrorista"  —con la que Álvaro Uribe hizo acribillar, o exiliarse, o esconderse a tanta gente durante sus dos períodos presidenciales— empezó a sonar trasnochada un poco después de que empezaran las conversaciones de paz en La Habana. Y desde luego la caducidad de su vigencia ya es completa luego de ocurrida la dejación de armas por parte de las Farc y de que el gobierno de EE.UU. desistió de considerar a esta organización como una amenaza para el continente. Algo ha cambiado el país, menos mal.

Le hacía falta, pues, al jefe del Centro Democrático —interesado principal en mantener al país al borde de la crispación—, estrenar letras y rotar el léxico, para “emberracar”, con zozobras inéditas, la insaciabilidad de las redes sociales y de los medios tradicionales, que cada vez se comportan como pitbulls enjaulados. Aun así, no era de esperarse que, para atentar contra la honra de un periodista, se sacara de la manga una falacia como la que lanzó al vuelo a través de un trino —que fue más bien un graznido— contra Daniel Samper Ospina: la de que es un “violador de niños”. Ese es un estigma mucho más escalofriante que todos los usados por el expresidente contra quienes odia. Ahí sí cruzó la raya y está exponiendo a Samper Ospina a las consecuencias de una falsa denuncia cuya sonoridad es execrable, pues en el imaginario público remite a una afinidad capciosa entre el acusado y el episodio aquel que espantó a la opinión a finales del año pasado (el del infanticidio cometido por Rafael Uribe Noguera), para no aludir al escándalo de los curas pederastas y a ese clásico de la ignominia que es Luis Alfredo Garavito.

Obviamente Samper Ospina ha recibido una solidaridad casi unánime, que ha incluido a muchos de quienes él satiriza en sus columnas. Se puede, apenas pase este trago amargo, polemizar sobre ciertos giros de su estilo con los que escarmienta a algunos personajes de la vida nacional. A mí, por ejemplo, las burlas sobre Edward Niño me hicieron perder las ganas de seguir leyéndolo*. Y la alusión a la hija de la senadora Valencia fue inexcusable. A propósito, una pregunta a la doctora Paloma: ¿por qué se demoró tanto para denunciar al columnista en su momento y haber propiciado un debate necesario sobre la intocabilidad de ciertos seres vulnerables? Mire hasta dónde su tardanza hizo crecer esa impertinencia. E hilando más delgado, ¿no es acaso su jefe quien le ha dado rango de “violación” a lo que solo era un irrespeto al derecho a la intimidad de su hija recién nacida? Algo grave, sin duda, pero no mortal. Asociar esos dos extremos en la conciencia colectiva —que siempre juzga y, peor aún, procede según las apariencias— ha sido obra de Uribe, no de Samper Ospina. Por simple salud mental nacional, el país requiere que Samper Ospina no se permita la menor vacilación hasta lograr que la próxima cita del expresidente en la Fiscalía no sea propiamente para que le embolen otra vez los zapatos. 

*Claro que también, para dejar de leer a los columnistas de “Semana”, bastaría la cantidad de propagandas que publican en la sección “on line” de esas páginas. Termina uno con tortícolis.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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¡¿Qué le pasa a Antioquia, papá?!

Esta semana, las autoridades antioqueñas se lucieron. El gobernador Luis Pérez se apareció con la idea de crear “Vicealcaldías de seguridad” para los municipios de su departamento que han sido desalojados transitoriamente por las Farc, ahora ubicadas en zonas veredales. Como si la dejación de armas significara que cortan su umbilicalidad con esas poblaciones en las que históricamente han tenido asentamiento y, por ende, influencia.

Las Vicealcaldías del calenturiento gobernador estarían comandadas por un coronel activo y tendrían sicólogos, ingenieros, médicos, “para mantener la armonía social, pues por ahí hay muchos milicianos de las Farc y cultivos de coca”.

No hay manera de que el gobernador Pérez se tranquilice y deje de aportar iniciativas estorbosas. No aprende el hombre, ni entiende lo que se dice nada. Y como es tan avispado, cinceló una frase rarísima: “el acuerdo de paz es nacional, pero el posconflicto es regional”.

Es obvio que localmente algunas iniciativas del posconflicto deban adecuarse a circunstancias que varían entre una región y otra —pues Pondores, por ejemplo, al quedar en la Guajira, no es igual que Ituango o Remedios, que quedan en Antioquia—, pero esas variables deben estar subordinadas a una estrategia nacional que desde luego se encuentra en el Acuerdo de Paz. Y si cada gobernador, alegando la entelequia de la soberanía en su jurisdicción, se antoja de volverse muy creativo, e inconsultamente genera hechos cumplidos, y peor aún, contrarios al principio inspirador del Acuerdo de Paz discutido durante cinco años por los propios negociadores, y avalado por instancias internacionales prestantes, la fase del posconflicto va a convertirse en un popurrí quizás un poco más caótico que pintoresco. De modo que el gobernador Pérez es mejor que se vaya con sus coroneles a otra parte. Es que en realidad sus tales Vicealcaldías tienen un aire como de brigadas cívico-militares bastante rancias. O de post-convivir, mejor dicho. Ya está bien de esa maña paisa trasnochada —lo digo por su actual dirigencia— de convertir el acuerdo de paz en una cosa ahí para volverla leña.

Y aquí otra patada de antioqueño: con motivo de la caída en flagrancia del director de seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, quien negociaba a su antojo con hampones de la “Oficina” (de Envigado), encargándoles, por ejemplo, capturar fleteros, o rescatarle vehículos robados a su familia, la periodista y politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana (hay que empezar a decir de qué universidad es cada quien), Luz María Sierra, decía lo siguiente en el programa Semana en Vivo, de María Jimena Duzán: “esa es la misma forma de coadministrar decisiones que puso de moda el acuerdo de paz. A lo mejor, Villegas estaba infiltrado en el crimen organizado para someterlo a la justicia. ¿Cuál es el problema?”. Ella dice esos exabruptos toda sobrada, como si a Gustavo Villegas, para ordenar esos “cruces” o “vueltas”, le hicieran acompañamiento la ONU, la UE, los gobiernos de Noruega, Cuba, Chile, Venezuela, y hasta el papa Francisco y el presidente Obama.

Desde esa perspectiva caricaturesca y éticamente minimalista, sería lógico que Humberto de la Calle le pidiera a un comando de las Farc recuperarle una bicicleta robada a un nieto suyo. Y que las Farc le hicieran ese “catorce”. ¿A qué jugamos, doña Luz María? Y don Luis Pérez, ¡¿qué le pasa a Antioquia, papá?!


Por: Lisandro Duque Naranjo

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