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Entre los menos queridos

Colombia clasificó de octava entre las naciones menos queridas del mundo. Eso para abreviar, porque la selección propiamente dicha —hecha por The Reputation Institute, de Boston— se hizo entre las naciones con “menos reputación”, que quiere decir muchas más cosas, y ninguna agradable. Quienes votaron le hicieron al país el honor de considerarlo —metiéndolo de colado— entre las 50 naciones con mejor economía del planeta. Un trato de excepción producto de nuestra falta de empatía. Hace unos pocos años una entidad internacional nos había hecho el sospechoso favor de reconocernos como los “más felices” del planeta, título nada encomiable tampoco, aunque, viéndolo bien, bastante relacionado con nuestra condición odiosa. Es que dárselas de feliz es una descortesía. Lo máximo soportable sería estar contentos, y eso que a veces. Esa penúltima distinción la obtuvimos cuando estábamos en plena guerra, lo que demuestra el entusiasmo nacional por el tropel. Y el honroso octavo lugar de ahora se logró antes de que al Reputation Institute llegaran las primicias sobre los últimos episodios ocurridos en esta república: (1) que según el Congreso, para ser miembro de la JEP —tribunal especial definido por las partes en el Acuerdo de Paz— debe considerarse un impedimento el haber sido defensor de derechos humanos, y (2) que el ministro de Defensa atribuyó a “líos de faldas” y a problemas de “linderos” los 180 asesinatos de líderes sociales y de derechos humanos del último año y medio. Una trivialización bastante infeliz, si se tiene en cuenta que no es por cercas corridas un metro más allá o más acá de una propiedad, sino por los millones de hectáreas mal habidas por las que “los terceros de buena fe” cometen tantos crímenes “casuales”.

De haberle llegado a tiempo estas noticias al Reputation Institute, Colombia hubiera conquistado el primer puesto entre los 50 países menos queridos. También en eso nos quedaron faltando los famosos cinco centavos. O como dijo en una película un personaje del director Ingmar Bergman, a propósito de alguien a quien le falló un intento de suicidio: “Hasta para suicidarse es un fracaso”.

Quién sabe cuánto tiempo llevará asimilar algunos valores cívicos de otras partes, teniendo en cuenta que los colombianos viajan con frecuencia por un planeta en el que ya hay, desde hace 30 años, seis millones de coterráneos. Éste ya no es el país localista del siglo XX, por lo que sería de esperarse que muchos de sus ciudadanos hubieran pulido su atracción por la violencia, para no ser percibidos por fuera con tan poco afecto. Pero qué se le hace si aquí tenemos un expresidente que, cuando el No del plebiscito, sintió orgullo y dijo: “Colombia derrotó al mundo”.

Hasta luego. Es un augurio magnífico el hecho de que las Farc se hayan venido de la guerra a compartir hombro a hombro con el resto de ciudadanos las circunstancias de todo orden que impone la paz. Y a alentar los cambios sociales por los que se alzaron hace 53 años, solo que ahora con la perentoria arma de la palabra, como lo han cumplido.

Inspirado en esa certeza, acepté del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) el llamado a ocupar el renglón 11 en su lista para el Senado.

Agradezco a El Espectador y a los lectores su hospitalidad con este columnista que se ausentará por un tiempo.

Lisandro Duque Naranjo

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La conciencia pequeña

Creo que a todos nos pasa que, por un descuido, volteamos en contravía y solo nos damos cuenta cuando un carro, o un camión, o un bus, que viene en el sentido correcto, por poco se nos viene encima. Ahí es cuando nos devolvemos, para corregir el error. En esas circunstancias, a veces me ha ocurrido que el conductor que viene cumpliendo la norma me produce la sensación, por su forma de mirarme, de que de buena gana se hubiera chocado conmigo, pero que en el último instante decidió no ser tan severo. Creo que esta apariencia de generosidad es solo para no perder ese tiempo precioso que llevan los trámites del croquis, de la aseguradora y de la demanda para hacerme pagar esta vida y la otra por haber incurrido en una imprudencia. Y de pronto hasta obtener una utilidad. Cada cual, unos en mayor medida que otros, tienen en su alma un castigador, que en el ejercicio de la justicia contra los infractores se realizan como en una catarsis. Y no necesariamente porque sean puros de conciencia, sino porque no quieren desaprovechar las pocas oportunidades que les brinda la vida de ejercer una pureza fortuita. “Quién quita”, pensarán, “que esta sea la única posibilidad de redimirme mediante un acto legal”, que no necesariamente equivale a la buena fe. Esas tentaciones de crueldad, y quizás hasta de crimen, suelen ser efímeras e imperceptibles, y carecen de energía para mover la aguja de la ética. El que incurre en ellas, sin consumarlas, ni siquiera alcanza a procesar que estuvo a punto de provocar una calamidad. La simple tentativa no basta para causar remordimiento.

Hay otras, en cambio, que se manifiestan con ostentación y de manera colectiva. Por ejemplo esos conatos de linchamiento al raponero de un celular. Los “justicieros” se turnan para apostrofarlo, y los insultos se acompañan de una patada, preferiblemente en una parte sensible, la cara, verbigracia. Y cada curioso que se arrima quiere superar en ira al anterior. Es como un concurso de quién defiende mejor a la sociedad. Y bueno, ha habido casos en los que una mujer decide hacer desnudar al pícaro, por lo regular un joven —pues el raponazo requiere de una condición atlética ágil—, hasta dejarlo en bola en una calle concurrida. Esa proeza humillante arranca aplausos. “Solo tratando así a las ratas se compone este país”, dicen los testigos. Y el que ha grabado impasible esa ignominia la sube a las redes y tiene muchos “likes”.

Hay otra variedad de anómalos más institucionalizados. Y son muchedumbre. En vísperas del plebiscito del Sí y el No, las encuestas dizque se equivocaron. Pero no fue así: lo que pasó realmente fue que los enemigos de la paz, o los incrédulos, o los indiferentes, sentían vergüenza de reconocer que iban a votar por el No. Y claro, dieron una tendencia engañosa en las encuestas. Y votaron calladitos, como quien prepara un acto inconfesable en la intimidad de la urna. Pues ganaron, por una minucia, pero ganaron. Por supuesto, al comienzo, en esa victoria no creían ni los que la promovieron a punta de embustes. Es que era el colmo. Pero la gente se va acostumbrando a lo peor. Echémosle encima el camión al que viola vía, a patear se dijo al que roba celulares. Hagamos trizas la paz. Fundemos la república de la ignorancia voluntaria, que nos espera Moscú 2018.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Rodrigo Lara: ¿cuál de los dos?

Creo que el congresista Rodrigo Lara se va a dar cuenta muy tarde —por allá dentro de unos años— de lo peligroso que ha sido su desempeño como presidente de la Cámara en estas semanas en que se han estado discutiendo asuntos sensibles de la implementación al Acuerdo de Paz. Es como si él desconociera las consecuencias de esa operación tortuga a que está sometiendo el fast track, una de las cuales será que la incertidumbre cunda del todo entre centenares de exguerrilleros —la mayoría jóvenes—, hasta que el destino por el que terminen decidiéndose para salvarse sea el de lo ilegal, e incluso —toco madera— el de reincidir en la guerra. ¿Qué libros de historia de Colombia habría que recomendarle al doctor Lara para que aprenda esa lección, a efecto de que se ahorre remordimientos que le amarguen la conciencia, y que a futuro lo señalen como el instrumento de una nueva, y peor, carnicería? Esta advertencia no se me ocurriría hacérsela al señor Vargas Lleras, desde luego, pues él es de los que echan de menos los entierros de los demás, de los anónimos, de las gentes remotas, incluidos por supuesto los policías y los soldados. De los nostálgicos de aquellos tiempos en que el hospital militar se movía con heridos y moribundos, cuando la bala valía. Lo lleva en su sangre, que es de un Rh distinto al de Lara.

Hay cosas en la vida que pueden causar dilemas, pero poner en vilo ciertas convicciones sí es muy reprobable. La paz no es un tema circunstancial, susceptible de ponerse en lista de espera, algo de lavar y planchar, como ha resultado siéndolo para el representante Lara y su grupo de Cambio Radical. Lo curioso es que Lara parece envanecerse de ser el villano. Como si pretendiera desbancar a los dueños exclusivos de ese rango, los uribistas. Y lográndolo con vivezas demasiado obvias. Porque al menos los del Centro Democrático se habían ganado esa titularidad desde el comienzo, a pulso, para que de repente llegue un converso a dárselas de ser el duro del salón. Aunque eso parece más bien un patio.

A Rodrigo Lara se le abona un buen momento en su pasado, por ejemplo, cuando se le salió a Uribe del cargo de zar anticorrupción, en rechazo contra la injerencia en ese gobierno de una persona muy próxima a quien dio la orden de matar a su padre. De resto, no le recuerdo hazañas mayores, y desde luego no voy a enrostrarle ese amago patético de pugilista frente a un celador que resultó ser todo un caballero. Pero ha cambiado mucho el doctor Lara últimamente. Ha influido en eso su adhesión a Vargas Lleras, ese miembro incorregible de la vieja clase política. Vargas Lleras tiene el palito para torcer conciencias que, de ser cierto que los padres influyen mucho en la ética de sus hijos, estaban llamados a ser decentes. Pero no, llegó ese nieto ilustre y se pegoteó en todo. Estoy pensando en un hijo de Humberto Martínez Salcedo (q.e.p.d.), otro de Policarpo Varón (excelente escritor, por fortuna vivo), uno de Luis Carlos Galán (q.e.p.d.) y el que sirve de motivo a esta columna, hijo de Rodrigo Lara Bonilla (q.e.p.d.). Obvio que los descendientes escogen su destino, pero uno, idealista que es, piensa que alguna heredad de sus progenitores debería permanecer a salvo. Todavía está a tiempo.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Las mentiras de Juan Lozano

Para Juan Lozano, según columna suya del 6 de noviembre, los abusos sexuales en que hayan podido incurrir, en tiempos de guerra, los ahora exguerrilleros de las Farc, son comparables al acto depredador que le costó la vida a la niña Yuliana Samboní, a manos del condenado Rafael Uribe Noguera. Por lo tanto, infiere, los 58 años de prisión que ha comenzado a pagar este criminal, debieran hacerse extensivos a muchos guerrilleros supuestamente implicados en hechos similares. No es afortunada esa analogía, ni remotamente aproximada a la presunta violencia sexual que se haya cometido con menores por parte de algunos miembros de esa organización. Y por supuesto es un exabrupto morboso el pensar que, de haber ocurrido un hecho patológico de esas dimensiones (el asesinato, con violación incluida, de una niña de siete años, o de más edad), el mismo no haya motivado un castigo ejemplarizante de parte de la propia organización.

No se requiere haber pertenecido a esa insurgencia, o a cualquiera otra, para inferir que, de haber sido esa una conducta “sistemática” —la calificación proviene de la fuente militar en que se basa Lozano—, dentro de las Farc, esta organización, sin duda, se habría extinguido hace tiempos. La sola permisividad de esos excesos, ya no sólo de la dirección, sino del simple colectivo raso, hubiera abolido su sostenibilidad política y militar, pues para subsistir en condiciones críticas, que son las habituales en cualquier estructura sediciosa, se necesita de un máximo de cohesión ética y de contención de los impulsos primarios de su tropa.

La caducidad suele ser rápida para cualquier conjunto humano en el que los instintos tengan licencia para desbocarse sin ninguna disciplina. No tengo la menor duda de que la larga duración de esta guerrilla fue producto no sólo de una rigurosa vocación de poder inspirada en un ideario político, sino del control y el castigo a quienes, aprovechándose de la lejanía o de vacíos de autoridad —que alguna vez pudieron ocurrir—, pretendieron fundar en la selva un entramado orgiástico para violentar a las jóvenes que tenían como subordinadas, la mayoría de las cuales se enroló por cuenta propia. El hecho, además, de que cada vez el número de mujeres guerrilleras creció, equilibrando los conflictos de género previsibles con el número de varones, disminuyó la ocurrencia de episodios en que pudiera imponerse una hegemonía de lo masculino.

El tema de la tenencia de hijos, por supuesto también se presta a debates delicados. Una guerrilla no puede ser una guardería, salvo que la vida de los recién nacidos importe poco. Como ese no era el caso, se controlaban mediante anticonceptivos, y a veces con el aborto, las eventualidades de la maternidad. Y si esta se volvía inminente, el bebé, o él y su madre, según fuera la decisión de ésta, y a veces primaba la del grupo, debían ser sacados de su unidad. El caso de Clara Rojas es un ejemplo dramático de cómo en un conflicto armado se resuelven estas circunstancias límites. La cultura de la guerra, aunque en la cotidianidad pacífica eso también ocurre, es impiadosa con los llamados de la naturaleza. Para dar rienda suelta a la euforia de los embarazos y los nacimientos, fue preciso que los combates quedaran atrás.

Pero esas variables le quedan grandes a Juan Lozano.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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Arquitectura y paisaje

Cuando voy a Medellín, le comento a uno que otro amigo de allá, con mucha prudencia, que me parecen mal logrados algunos tramos de su metro, y que infortunadamente eso ya se quedó así, a perpetuidad. El mazacote de hierro y concreto que es la estación del metro de la plaza De Berrío, por ejemplo, arruinó la perspectiva que otrora ofrecía el Palacio de Calibío, una pieza arquitectónica meritoria que vio crecer a los antioqueños del siglo XX. Ahí le atravesaron ese gazapo de la ingeniería como castigo visual para los viandantes.

Otro síndrome de modernismo mal resuelto: tan aferrados que son los paisas a su ancestro de arriería, y terminaron aguantándose, sin embargo, al igual que lo hicieron con la estación de metro, esa densificación en sus montañas orientales, que fueron tapadas por centenares de rascacielos en los que se arracimaron como abejas. Desde allá contemplaban la ciudad, pero desde ésta se negaban la naturaleza. Era la moda. Desconectada esa arquitectura de un urbanismo funcional y de vías fluidas, ahora empezaron —los jóvenes y los que tienen modo— a migrar hacia la planicie, a tierra fría, desde donde se demoran la mitad del tiempo para bajar a la urbe aunque la distancia sea el doble que desde las colmenas de El Poblado. Atrás dejan ese paisaje obstruido como se deshacían antes de los televisores en blanco y negro.

En Cartagena no está mejor la cosa en cuanto al irrespeto de lo arquitectónico contra lo patrimonial: dice el arquitecto Carlos Madrigal, de Medellín, refiriéndose al proyecto “Aquarela” —cinco torres de 30 pisos que ocultan el Castillo de San Felipe—, que ese es el típico engendro entre corruptos costeños y avivatos paisas. Escudados en una legalidad precaria y en vacíos ministeriales e interpretaciones sospechosas de funcionarios locales, esos transgresores de la estética urbana levantaron de una la primera torre que, no obstante lo solitaria, le es ya dañina al memorioso monumento.

Y los transeúntes pasaban, y veían las grúas, y queriendo hablar no hablaban. “Los ricos sabrán lo que hacen”, pensaban. No solo los cuatro edificios restantes deben evitarse, sino que el único ya estorboso debe irse al suelo. No debiera ser necesario que Cartagena sea “La Heroica” para enfrentar ese cerco, aunque un Blas de Lezo del siglo XXI le está haciendo falta.

En Bogotá, ahí mal que bien los cerros siguen viéndose. Impiden la visual algunos edificios que se hicieron muy arriba, más allá del límite, en el norte, y en cuanto al centro, se pasaron de altos y anchos los de universidades como el Externado y Los Andes. El poder, la influencia, cosas de esas. Los Andes tiene por símbolo una cabra, y como la cabra tira al monte... Pero que se dé ya por satisfecha. Suficiente.

Ahora el tema es el Transmilenio por la Séptima. Ya se siente que los bogotanos no se resignan a esa decisión del alcalde. Es que no quieren imaginarse esa vía histórica cuando ya todo sea irreparable. El Transmilenio por ahí es igual a la escena con que se inicia Un perro andaluz de Buñuel: una barbera cortando un ojo humano a todo lo ancho. Además, a la gente no le cuadran las cuentas entre lo ancho y lo largo de la Séptima con semejantes articulados a mil por encima. Y repudia que el Parque Nacional sufra un mordisco que lo deje como la manzana de Mac. Ese proyecto es una alcaldada.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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“Pax romana”

Decía Edmuno Desnöes, en sus Memorias del Subdesarrollo: “sabemos demasiado como para ser inocentes, e ignoramos mucho como para ser culpables”. En el umbral de sutilezas que plantea esta reflexión —bastante adecuada para la Colombia de ahora—, se precisa, con generosidad, inspirarnos, todos a una, si es que queremos despejar la bruma de una confrontación que nos ha causado pérdidas irreparables durante los últimos 53 años. Y ahorrarnos otra peor que podría incubarse entre las trizas de lo que en estos últimos cinco años, dando tumbos -e incluso tumbas-, hemos logrado bosquejar.

Solo será culpable, entonces, el que se considere intachable, y solo podrá lograr sosiego quien aporte verdad, y digamos también que algo de humildad. ¿Demasiado pedir? Tal parece.

Hace un año ya, decía William Ospina en El Espectador, bajo el título de “Al final”: “Señores: aquí hubo una guerra. Y aún no ha terminado.

Y no la resolverán las denuncias, ni los tribunales, ni las cárceles, sino la corrección de este orden inicuo, donde ya se sabe quién nació para ser mendigo y quién para ser presidente (...).

“(...) Al final de las guerras, cuando estas se resuelven por el diálogo, hay un momento en que se alza el coro de los vengadores que rechaza el perdón, que reclama justicia.

Pero los dioses de la justicia tenían que estar al comienzo para impedir la guerra. Cuando aparecen al final, solo llegan para impedir la paz”.

Texto pertinente ahora que se está en la inminencia (¿será posible?) de que empiecen a operar la Comisión de la Verdad, la Justicia Especial para la Paz, las nuevas Circunscripciones Electorales y la Ley de Restitución de Tierras. Así, con mayúsculas, para que conste que son pasos de animal grande, quisiera decir que más para la imaginación, algo escaso, que para la zozobra, algo cotidiano y parece que fácil en este país. Las cuatro iniciativas, fruto del acuerdo de paz, se caracterizan por ser afines entre sí: difícil ser afectado por una de ellas sin serlo por las otras tres.

Hay algo que le imprime un valor agregado moral a una de las partes en conflicto, las Farc, y es el haber sido propuestas suyas estas cuatro columnas que sostendrán lo más parecido posible a un país inserto en la contemporaneidad. Incluso les aporta buena fe a las mismas, y un margen de riesgo, el hecho de habérseles ocurrido a quienes están dispuestos a someterse a sus efectos luego de dejar a un lado lo único que les procuraba confianza: la rebelión para encender la pradera. Mientras que aquellos para quienes el pasado es óptimo, una especie de orden natural innecesario de corregir, una arcadia contenta y ancestral en la que no tienen que responderle por nada a nadie, ni siquiera hubieran necesitado de que se declarara una guerra para ser nocivos al progreso. ¡Qué rica esa pax romana!, ese enjambre de personas resignadas produciendo miel para los dueños del panal. Esa falta de historia con sus contradicciones.

Desde mucho antes de que empiecen a operar esas novedades con sus respectivas instancias, ahora avaladas por la Corte Constitucional, varios se han dado por aludidos, apenas natural. Y van por los medios clamando por salvar la patria, lo que incluye excluir, gritar en los recintos, hostigar, mentir y, en algunos lugares, disparar. No creo que haya que reconciliarse con ellos. Baste apenas con obligarlos penalmente al respeto.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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La JEP

Hay algo que le está saliendo bien al Centro Democrático, y supongo que ellos en sus adentros lo valoran como importantes victorias en su quehacer contra el Acuerdo de Paz. Lo de “hacerlo trizas” está funcionando, solo que no de un viajado, sino quitándole un poquito acá, otro aquí, un pedacito más allá, y así, hasta volvernos a todos la vida a cuadritos. Ahora se les ha unido, despojado de máscaras, el tal Cambio Radical. Ya Vargas Lleras, desde que era vicepresidente y construía autopistas y casas, haciéndose campaña por derechas, iba soltando prendas: que lo de la JEP me gusta pocón, que eso de juzgar empresarios (que ahora se les dice “terceros”) no me suena, que lo de los militares es una vaina, y así. Ese hombre ha estado tres años saliendo de espaldas para que todo el mundo crea que está entrando. O todo el mundo no: mejor decir Santos de una vez.

Y el resultado de la fusión CD y CR —y claro que RCN— obtuvo que la composición final de la JEP fuera muy cautelosa. Tal vez demasiado ecléctica, aunque confío que ahí haya gente honorable y ojalá imprevisible. Aceptar las incógnitas es lo democrático. De momento se sabe que hay algunos del colectivo Alvear, gente imprescindible. Hay también personalidades muy activas en las regiones, en asuntos de derechos humanos, que tienen representatividad entre las minorías étnicas y las comunidades que han sufrido despojo, y que han sido toreadas en lugares donde la guerra no fue jugando mazotes. Yo cruzo los dedos para que, no conociendo casi a nadie, esos elegidos se crezcan cuando arrecie la tormenta que se avecina. En todo caso, juristas de ética aprestigiada en lo nacional, tipo Martha Lucía Zamora o Francisco Barbosa, no quedaron, al igual que otras personalidades intachables. Se nota que los seleccionadores dijeron: “no, ella no, ella es petrista, cuidémonos”. En cuanto a Barbosa, pensarían que iba mucho a Semana en vivo y se sentaba en el lado del eje del mal, “además es de la academia, y estudió en París, mejor no alborotar el avispero”.

Pero ni con tantas precauciones se salvó la JEP de la diatriba de quienes pudieran ser juzgados: con un radar macartista, detectaron que había quedado Rodolfo Arango, un ponderado jurista, al que amenazan con recusar cada que la JEP pronuncie una sentencia. Y todo porque hace tres años escribió tres tweets contra Uribe. Uno solo, entre 51 magistrados, les parece que los vuelve “sesgados” a todos. Y como nadie es más devoto que un converso reciente, los de Cambio Radical dicen que el organismo es “de izquierdas”. Quisieran que cada miembro de la JEP no hubiera dicho ni mu en esta vida. Que arrancaran de cero. Que todos tuvieran la conciencia limpia solo por no haberla usado jamás. El fiscal, entre tanto, para evadir entuertos bravos, como el de Odebrecht y el de Bustos, conspira contra el Acuerdo de Paz con puras chichiguas de inspector de policía, quemando tiempo. Hace poco desenterró una palabra achacosa contra el Acuerdo de Paz: su “pecaminosidad”. ¡Hombre! Se supone que el que decía esas bobadas ya se fue.

¿Será que para la Comisión de la Verdad y las 16 circunscripciones electorales de las organizaciones sociales, a los candidatos van a pasteurizarlos primero para evitarse tanta intriga? Para esa gracia que elijan de una vez a la Madre Laura, y que se las gane todas el Centro Democrático.

Por | Lisandro duque Naranjo.

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Doña Juana

El 17 de julio pasado, en un edificio residencial de 17 pisos, en Usaquén, una bolsa de basura, o varias de ellas que se habían atascado en el conducto (shut), explotaron dañando 66 apartamentos e hiriendo a 43 personas. El estallido se atribuye al gas acumulado por la fermentación de basura orgánica que contenían las bolsas. Al romperse, además, las ventanas, y circular el aire por el edificio, hubo sucesivas explosiones que empeoraron la calamidad, aunque por fortuna no hubo muertos. Algo parecido ocurrió 13 días después en el barrio Salitre de Suba, causando también contusos y daños en vidrios y puertas. Éstas volaban como aspas.

Al menos en los dos edificios afectados los residentes habrán aprendido que las basuras son vengativas, y que no basta con arrojarlas por el conducto para no volver a saber de ellas. Ellas vuelven, convertidas en armas de destrucción limitada. Sobre todo si se revuelven los desechos orgánicos con los reciclables, cuando a éstos últimos podría empacárselos por aparte —y en bolsas de color blanco—, que fue la práctica que quiso volver cotidiana Gustavo Petro, y por la que la Procuraduría aquella de Ordóñez lo destituyó y quiso inhabilitarlo casi que vitaliciamente. Recuerdo ese diciembre del 2012: mi apartamento era el único que usaba los dos colores de bolsas, con sus basuras diferenciadas, y abajo, en el contenedor de todo el edificio, se advertía la soledad de la bolsa blanca de mi domicilio —la de los papeles, los plásticos y las botellas—, brillando dignamente entre la prepotencia de bolsas negras de los residentes que odiaban a Petro. Obvio que ningún reciclador subía hasta ese barrio equivocado. No valía la pena correr el riesgo por una mísera bolsa blanca apenas, con la que batallaba contra el calentamiento global este humilde mamerto.

A Doña Juana va a dar toda esa basura mezclada que producen los bogotanos. 6.300 toneladas diarias, que por supuesto no caben en un área de 5 km², a la que, para que le siga cabiendo más y más inmundicia encima, se la empuja hacia abajo, se la embute, se la compacta. Dicen los que saben que el 70 % de todo eso, lo no orgánico, podría perfectamente no enviarse allí, sino a otros lugares donde pueda procesarse industrialmente. Para ello sería preciso que cada ciudadano de esta urbe introdujera desde su casa, en bolsas blancas, y por separado, aquello no asquiento —papeles, botellas, plásticos—, en síntesis, “basura limpia”, y se lo hiciera accesible a un reciclador. Cada manzana de esta ciudad debiera concertar con uno de ellos.

Doña Juana no puede seguir siendo el shut monumental donde ocho millones de personas mandan sus desperdicios. Hace 20 años, en el 97, se produjo allí un desastre ambiental de dimensiones dantescas, que taponó la cuenca del río Tunjuelito. Hoy en día, y luego de habituales explosiones y derrumbes de montañas de basura compactada, los habitantes limítrofes de Doña Juana se la pasan pateando a los roedores que les compiten el bocado, palmoteando a las moscas “como si fuera una noche de gala en el Colón”, destripando cucarachas que se les trepan por las piernas y respirando podredumbre. Los estamos matando.

Reubicar a las víctimas de nuestras porquerías hechas en casa es un deber moral, si es que queremos seguir mirándonos a los ojos. Y cambiar de lugar ese botadero. Hasta a un solo gato se le cambia a diario la arena.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El becerro de oro

Los 3.753 kilómetros de carreteras que construyeron las Farc en parajes remotos de Colombia los valora esa organización, en su inventario, en $196.622 millones. No son vías asfaltadas, y además son de una sola calzada, pero aún así vale la pena contrastar sus costos con los de la transversal Ocaña-Gamarra, cuyos 62 kilómetros de doble calzada, o sea 124 sumando la de ida y la de vuelta, ascendieron a un billón de pesos. Es decir que por 3.600 km de más, o si quieren le pongo la mitad, 1.800, como si hipotéticamente fueran dobles calzadas también, faltándoles el asfalto, las Farc cotizan su aporte vial a las víctimas —porque se supone que esas carreteras son para los campesinos, ya sin ninguna restricción de guerra— en cinco veces menos que lo que cobró Odebrecht —y sus beneficiarios de coimas— por 62 km apenas. Le dejo a la calculadora qué porcentaje son 62 km frente a 1.800 km. A mí eso me da 3,5 %. O sea que con la misma plata de Odebrecht, los guerrilleros hubieran podido hacer 96 veces más carreteras. Con doble calzada y sin asfaltar.

Y sigue la numerología: en su inventario, las Farc incluyen 242.000 ha de tierras, 20.724 reses, 597 caballos, 292 carros, $2.500 millones, US$450.000 y un tercio de tonelada de oro. Esto último es del tamaño de un becerro. Quito los trapeadores y las escobas para que los malintencionados no barran con ellos el resto de información. Y los platicos, para privar del bocado de cardenal a quienes han trivializado con minucias la consistencia del inventario. Aún así, esos utensilios suman $21.000 millones. En su inventario, las Farc valoran todos esos rubros, contando armas y municiones, en un billón de pesos, que fue el costo de la vía Ocaña-Gamarra. Obviamente, Odebrecht y sus coimas inflan mucho las obras, y las Farc subvaloran sus aportes. Que deberían incluir lo que se les debe por reemplazar al Estado en las zonas ignotas, donde fueron la contención al expansionismo depredador de las multinacionales y de los colonos insaciables con las áreas a sembrar de coca. Y también la autoridad que dirimía los litigios entre los vecinos. Todavía los echan de menos.

A los que preguntan por qué las carreteras hechas por la insurgencia constituyen un recurso digno de incluirse en el inventario se les informa que para la ciencia económica las carreteras son una mercancía. No se les podrá poner código de barras, ni llevárselas puestas para la casa, pero son un valor agregado. Obras públicas que, al renunciar quienes las construyeron al uso de las armas, se convierten en un activo fijo de la Nación que las hace disponibles a las comunidades y las regiones. Y sin pagar un peso por ellas. He ahí una forma de reparar a las víctimas.

El descontento de algunos funcionarios con el inventario es porque esto está lleno de avivatos a los que solo les interesa el cash, el billete en rama, para administrarlo y embolatarlo. Qué cuento de víctimas y de carreteras. Un “chin con chan” que se volvió una leyenda, un nuevo dorado, después de la guaca aquella que excitó la fantasía de muchos que compraron su recatón para, cuando hubiera paz en este país, irse a estrenarlo cavando en los teatros de operaciones hasta encontrar los barriles llenos de dólares. Pues les llegó la hora: la paz está servida.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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La pequeñez del mundo

Hará si mucho nueve años  —que fue cuando empezaron a existir las redes sociales, pues hasta entonces estábamos en el paleolítico de internet— que las noticias sobre lo inesperado eran algo de lo que uno se enteraba sólo en diferido. Las cosas habían ocurrido ya cuando se sabía de ellas. Ahora no: el episodio de Las Ramblas, en Barcelona, se vio en todo el mundo cuando las víctimas del furgón, salvo aquellas que quedaron muertas al instante, trataban, todavía en el suelo, de caer en cuenta de qué era lo que las había atropellado. Las más remotas veredas del planeta ya conocían el hecho mientras el conductor de ese vehículo letal apenas lo abandonaba para fugarse. Era simple cuestión de esperar a que el homicida al volante recorriera tres o cuatro cuadras para que las miles de cámaras empezaran a registrar la devastación que había dejado a su paso.

Una señora colombiana, por estar en un vuelo doméstico, había desconectado su iPhone durante una hora, y ya aterrizada, cuando lo prendió —y mientras al resto de pasajeros también se les iluminaba el rostro estupefacto con la luz lechosa de sus pantallas, como si ya en tierra, por todo el avión, se escuchara un concierto de xilófonos—, encontró un mensaje de su hijo, que vive en Barcelona, quien le decía por WhatsApp: “Fresca, mamá, estaba cerca pero no me pasó nada. Hay gente tirada en el suelo, heridos y gritos”. Obviamente, enterarse de qué riesgo había salido ileso su hijo le fue fácil, pues su celular también temblaba y campaneaba repleto de mensajes preguntándole por el muchacho, pero también de videos mostrando el reguero de personas ensangrentadas, algunas quietas ya para siempre, y de quioscos de souvenires desparramados, carteras botadas y zapatos sueltos por ahí sin sus dueños.

En los dos días siguientes, uno dormía y en la duermevela miraba de reojo el celular en la mesa de noche. El aparatico ese, que cabe en el bolsillo de la camisa, se relamía de la vibración y de la urgencia por revelar que otros jóvenes estaban hundiendo cuchillos al azar a transeúntes en Finlandia, Francia, Rusia, y que otro carro embestía a parroquianos en Australia...

Ya habrá tiempo para conjeturar sobre por qué algunos islámicos radicales expresan de esa forma su rabia contra ciudades de Occidente. Y no tiene misterio saber cuál es el viento que, dos o tres días antes, hinchó las velas de los neonazis en Charlottesville para agredir a quienes se les atravesaran, que fueron bastantes y se organizaron espontáneamente, y contra los cuales un muchacho del KKK aventó un carro encima, de frente y en reversa, causando varias víctimas.

Inevitable especular —aunque suene ya a lugar común— sobre los efectos culturales y políticos a propósito de lo instantánea que se ha vuelto la apropiación de los acontecimientos en cualquier parte del mundo. Cada episodio planetario, bello, trivial o trágico, se está viviendo en tiempo real. Y como los vuelos viven atestados, son muchos ya los habitantes de cualquier parte para quienes las sedes de esos dramas les resultan conocidas y para nada exóticas. Eso está bien. No obstante, lo local no se ha acabado todavía. Y la expansión noticiosa no forzosamente nos hace universales. A lo máximo, internacionales o cosmopolitas, pues lo distante también es provincia. Qué pequeñez la del mundo.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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