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Doña Juana

El 17 de julio pasado, en un edificio residencial de 17 pisos, en Usaquén, una bolsa de basura, o varias de ellas que se habían atascado en el conducto (shut), explotaron dañando 66 apartamentos e hiriendo a 43 personas. El estallido se atribuye al gas acumulado por la fermentación de basura orgánica que contenían las bolsas. Al romperse, además, las ventanas, y circular el aire por el edificio, hubo sucesivas explosiones que empeoraron la calamidad, aunque por fortuna no hubo muertos. Algo parecido ocurrió 13 días después en el barrio Salitre de Suba, causando también contusos y daños en vidrios y puertas. Éstas volaban como aspas.

Al menos en los dos edificios afectados los residentes habrán aprendido que las basuras son vengativas, y que no basta con arrojarlas por el conducto para no volver a saber de ellas. Ellas vuelven, convertidas en armas de destrucción limitada. Sobre todo si se revuelven los desechos orgánicos con los reciclables, cuando a éstos últimos podría empacárselos por aparte —y en bolsas de color blanco—, que fue la práctica que quiso volver cotidiana Gustavo Petro, y por la que la Procuraduría aquella de Ordóñez lo destituyó y quiso inhabilitarlo casi que vitaliciamente. Recuerdo ese diciembre del 2012: mi apartamento era el único que usaba los dos colores de bolsas, con sus basuras diferenciadas, y abajo, en el contenedor de todo el edificio, se advertía la soledad de la bolsa blanca de mi domicilio —la de los papeles, los plásticos y las botellas—, brillando dignamente entre la prepotencia de bolsas negras de los residentes que odiaban a Petro. Obvio que ningún reciclador subía hasta ese barrio equivocado. No valía la pena correr el riesgo por una mísera bolsa blanca apenas, con la que batallaba contra el calentamiento global este humilde mamerto.

A Doña Juana va a dar toda esa basura mezclada que producen los bogotanos. 6.300 toneladas diarias, que por supuesto no caben en un área de 5 km², a la que, para que le siga cabiendo más y más inmundicia encima, se la empuja hacia abajo, se la embute, se la compacta. Dicen los que saben que el 70 % de todo eso, lo no orgánico, podría perfectamente no enviarse allí, sino a otros lugares donde pueda procesarse industrialmente. Para ello sería preciso que cada ciudadano de esta urbe introdujera desde su casa, en bolsas blancas, y por separado, aquello no asquiento —papeles, botellas, plásticos—, en síntesis, “basura limpia”, y se lo hiciera accesible a un reciclador. Cada manzana de esta ciudad debiera concertar con uno de ellos.

Doña Juana no puede seguir siendo el shut monumental donde ocho millones de personas mandan sus desperdicios. Hace 20 años, en el 97, se produjo allí un desastre ambiental de dimensiones dantescas, que taponó la cuenca del río Tunjuelito. Hoy en día, y luego de habituales explosiones y derrumbes de montañas de basura compactada, los habitantes limítrofes de Doña Juana se la pasan pateando a los roedores que les compiten el bocado, palmoteando a las moscas “como si fuera una noche de gala en el Colón”, destripando cucarachas que se les trepan por las piernas y respirando podredumbre. Los estamos matando.

Reubicar a las víctimas de nuestras porquerías hechas en casa es un deber moral, si es que queremos seguir mirándonos a los ojos. Y cambiar de lugar ese botadero. Hasta a un solo gato se le cambia a diario la arena.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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El becerro de oro

Los 3.753 kilómetros de carreteras que construyeron las Farc en parajes remotos de Colombia los valora esa organización, en su inventario, en $196.622 millones. No son vías asfaltadas, y además son de una sola calzada, pero aún así vale la pena contrastar sus costos con los de la transversal Ocaña-Gamarra, cuyos 62 kilómetros de doble calzada, o sea 124 sumando la de ida y la de vuelta, ascendieron a un billón de pesos. Es decir que por 3.600 km de más, o si quieren le pongo la mitad, 1.800, como si hipotéticamente fueran dobles calzadas también, faltándoles el asfalto, las Farc cotizan su aporte vial a las víctimas —porque se supone que esas carreteras son para los campesinos, ya sin ninguna restricción de guerra— en cinco veces menos que lo que cobró Odebrecht —y sus beneficiarios de coimas— por 62 km apenas. Le dejo a la calculadora qué porcentaje son 62 km frente a 1.800 km. A mí eso me da 3,5 %. O sea que con la misma plata de Odebrecht, los guerrilleros hubieran podido hacer 96 veces más carreteras. Con doble calzada y sin asfaltar.

Y sigue la numerología: en su inventario, las Farc incluyen 242.000 ha de tierras, 20.724 reses, 597 caballos, 292 carros, $2.500 millones, US$450.000 y un tercio de tonelada de oro. Esto último es del tamaño de un becerro. Quito los trapeadores y las escobas para que los malintencionados no barran con ellos el resto de información. Y los platicos, para privar del bocado de cardenal a quienes han trivializado con minucias la consistencia del inventario. Aún así, esos utensilios suman $21.000 millones. En su inventario, las Farc valoran todos esos rubros, contando armas y municiones, en un billón de pesos, que fue el costo de la vía Ocaña-Gamarra. Obviamente, Odebrecht y sus coimas inflan mucho las obras, y las Farc subvaloran sus aportes. Que deberían incluir lo que se les debe por reemplazar al Estado en las zonas ignotas, donde fueron la contención al expansionismo depredador de las multinacionales y de los colonos insaciables con las áreas a sembrar de coca. Y también la autoridad que dirimía los litigios entre los vecinos. Todavía los echan de menos.

A los que preguntan por qué las carreteras hechas por la insurgencia constituyen un recurso digno de incluirse en el inventario se les informa que para la ciencia económica las carreteras son una mercancía. No se les podrá poner código de barras, ni llevárselas puestas para la casa, pero son un valor agregado. Obras públicas que, al renunciar quienes las construyeron al uso de las armas, se convierten en un activo fijo de la Nación que las hace disponibles a las comunidades y las regiones. Y sin pagar un peso por ellas. He ahí una forma de reparar a las víctimas.

El descontento de algunos funcionarios con el inventario es porque esto está lleno de avivatos a los que solo les interesa el cash, el billete en rama, para administrarlo y embolatarlo. Qué cuento de víctimas y de carreteras. Un “chin con chan” que se volvió una leyenda, un nuevo dorado, después de la guaca aquella que excitó la fantasía de muchos que compraron su recatón para, cuando hubiera paz en este país, irse a estrenarlo cavando en los teatros de operaciones hasta encontrar los barriles llenos de dólares. Pues les llegó la hora: la paz está servida.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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La pequeñez del mundo

Hará si mucho nueve años  —que fue cuando empezaron a existir las redes sociales, pues hasta entonces estábamos en el paleolítico de internet— que las noticias sobre lo inesperado eran algo de lo que uno se enteraba sólo en diferido. Las cosas habían ocurrido ya cuando se sabía de ellas. Ahora no: el episodio de Las Ramblas, en Barcelona, se vio en todo el mundo cuando las víctimas del furgón, salvo aquellas que quedaron muertas al instante, trataban, todavía en el suelo, de caer en cuenta de qué era lo que las había atropellado. Las más remotas veredas del planeta ya conocían el hecho mientras el conductor de ese vehículo letal apenas lo abandonaba para fugarse. Era simple cuestión de esperar a que el homicida al volante recorriera tres o cuatro cuadras para que las miles de cámaras empezaran a registrar la devastación que había dejado a su paso.

Una señora colombiana, por estar en un vuelo doméstico, había desconectado su iPhone durante una hora, y ya aterrizada, cuando lo prendió —y mientras al resto de pasajeros también se les iluminaba el rostro estupefacto con la luz lechosa de sus pantallas, como si ya en tierra, por todo el avión, se escuchara un concierto de xilófonos—, encontró un mensaje de su hijo, que vive en Barcelona, quien le decía por WhatsApp: “Fresca, mamá, estaba cerca pero no me pasó nada. Hay gente tirada en el suelo, heridos y gritos”. Obviamente, enterarse de qué riesgo había salido ileso su hijo le fue fácil, pues su celular también temblaba y campaneaba repleto de mensajes preguntándole por el muchacho, pero también de videos mostrando el reguero de personas ensangrentadas, algunas quietas ya para siempre, y de quioscos de souvenires desparramados, carteras botadas y zapatos sueltos por ahí sin sus dueños.

En los dos días siguientes, uno dormía y en la duermevela miraba de reojo el celular en la mesa de noche. El aparatico ese, que cabe en el bolsillo de la camisa, se relamía de la vibración y de la urgencia por revelar que otros jóvenes estaban hundiendo cuchillos al azar a transeúntes en Finlandia, Francia, Rusia, y que otro carro embestía a parroquianos en Australia...

Ya habrá tiempo para conjeturar sobre por qué algunos islámicos radicales expresan de esa forma su rabia contra ciudades de Occidente. Y no tiene misterio saber cuál es el viento que, dos o tres días antes, hinchó las velas de los neonazis en Charlottesville para agredir a quienes se les atravesaran, que fueron bastantes y se organizaron espontáneamente, y contra los cuales un muchacho del KKK aventó un carro encima, de frente y en reversa, causando varias víctimas.

Inevitable especular —aunque suene ya a lugar común— sobre los efectos culturales y políticos a propósito de lo instantánea que se ha vuelto la apropiación de los acontecimientos en cualquier parte del mundo. Cada episodio planetario, bello, trivial o trágico, se está viviendo en tiempo real. Y como los vuelos viven atestados, son muchos ya los habitantes de cualquier parte para quienes las sedes de esos dramas les resultan conocidas y para nada exóticas. Eso está bien. No obstante, lo local no se ha acabado todavía. Y la expansión noticiosa no forzosamente nos hace universales. A lo máximo, internacionales o cosmopolitas, pues lo distante también es provincia. Qué pequeñez la del mundo.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Pastrana, guarimbero

Increíble ver a Andrés Pastrana conspirando contra Nicolás Maduro en la propia Caracas. Lo mandan allí Rajoy, Aznar, Fox, Peña Nieto, y el otro de acá, Uribe. Y desde el fondo de la cueva, entre luces vulgares, el obvio ese de Trump. Ahí está agazapada esa internacional de la mediocridad. Me da escalofríos que algunas cabezas visibles de la oposición venezolana se sientan bien con esas compañías. Y que Colombia no intuya las consecuencias que le traería la eventualidad de un triunfo de ese consorcio de intrusos. La retórica de “país hermano” sucumbe ante el hecho de que Colombia y Venezuela son hermanas siamesas, no obstante ser tan diferentes en lo cultural y económico. Estamos ante dos cabezas que piensan diferente, ligadas desde el cuello por un solo cuerpo que de arriba abajo mide 2.219 kilómetros, es decir, 253 kilómetros más que la distancia que hay entre La Guajira y Nariño si trazáramos una diagonal, del nororiente al suroccidente, por toda nuestra geografía. Eso bastaría para que ambos países dejáramos de pensarnos como simples vecinos. Entre siameses la susceptibilidad es mayor, razón por la cual deben cuidarse los excesos de cada cual, para no terminar dándonos cabezazos. La simbología de lo autónomo se respeta.

Pero Santos no lo ha hecho, y se ha entrometido en los asuntos de Venezuela, desconociendo la convocatoria de su gobierno a una constituyente. ¿Que esa convocatoria, al igual que las elecciones ya consumadas, transgreden la institucionalidad venezolana? Problema de ellos, de su sociedad, de sus fuerzas en pugna. Aparte de violatoria de soberanía, a la actitud de Santos la hace más reprobable su grosero pragmatismo, pues se fue contra Maduro sólo después de que no necesitó de él para hacer viables las conversaciones de paz en La Habana, cuando funcionaba el eje “castro-chavista-santista” sin que su gobierno se tuviera que ladear a la izquierda. Pero bueno, presidente, ahí le dio usted ese gusto tardío a Uribe, quien no lo reconoce, aunque íntimamente se regocije. Los colombianos no terminamos de acostumbrarnos a que usted, salvo en el caso del Acuerdo de Paz, y no del todo, gobierne para arrancarle anuencias a quien lo precedió en su cargo. Y si de verdad lo animara una decencia republicana, habría armado un jaleo cuando Dilma Rousseff fue depuesta del cargo, con pretextos administrativos en absoluto relacionados con su honradez, para montar en el mismo a un tipo que no es casual que haga honor a su apellido.

Y hablando de expresidentes, no es uno solo de los de acá el que nos produce pena ajena. Pastrana se la pasa en Caracas, discursea y participa en guarimbas, como nacido allá. Incluso se permite extasiarse como un millennial describiendo al venezolano aquel acróbata, modelo y metrosexual que abaleó desde un helicóptero robado el Tribunal Supremo de Justicia. Un tal Óscar Pérez que se las da de Rambo y confunde la protesta pública con un efecto especial. Hay gente así.

Tentador imaginarse qué cara pondríamos los colombianos de cualquier ideología si acaso un expresidente del vecindario, verbigracia Correa, de Ecuador, viniera con frecuencia a este patio a reunirse con los contrarios al Gobierno, a intimarle a éste rendición y a pedir que los militares actúen. Maduro se sobra de prudente al no ponerlo de patitas en la frontera, donde nosotros, los que nos resignamos ya a sufrirlo.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Se pasó de la raya

La expresión "narcoterrorista"  —con la que Álvaro Uribe hizo acribillar, o exiliarse, o esconderse a tanta gente durante sus dos períodos presidenciales— empezó a sonar trasnochada un poco después de que empezaran las conversaciones de paz en La Habana. Y desde luego la caducidad de su vigencia ya es completa luego de ocurrida la dejación de armas por parte de las Farc y de que el gobierno de EE.UU. desistió de considerar a esta organización como una amenaza para el continente. Algo ha cambiado el país, menos mal.

Le hacía falta, pues, al jefe del Centro Democrático —interesado principal en mantener al país al borde de la crispación—, estrenar letras y rotar el léxico, para “emberracar”, con zozobras inéditas, la insaciabilidad de las redes sociales y de los medios tradicionales, que cada vez se comportan como pitbulls enjaulados. Aun así, no era de esperarse que, para atentar contra la honra de un periodista, se sacara de la manga una falacia como la que lanzó al vuelo a través de un trino —que fue más bien un graznido— contra Daniel Samper Ospina: la de que es un “violador de niños”. Ese es un estigma mucho más escalofriante que todos los usados por el expresidente contra quienes odia. Ahí sí cruzó la raya y está exponiendo a Samper Ospina a las consecuencias de una falsa denuncia cuya sonoridad es execrable, pues en el imaginario público remite a una afinidad capciosa entre el acusado y el episodio aquel que espantó a la opinión a finales del año pasado (el del infanticidio cometido por Rafael Uribe Noguera), para no aludir al escándalo de los curas pederastas y a ese clásico de la ignominia que es Luis Alfredo Garavito.

Obviamente Samper Ospina ha recibido una solidaridad casi unánime, que ha incluido a muchos de quienes él satiriza en sus columnas. Se puede, apenas pase este trago amargo, polemizar sobre ciertos giros de su estilo con los que escarmienta a algunos personajes de la vida nacional. A mí, por ejemplo, las burlas sobre Edward Niño me hicieron perder las ganas de seguir leyéndolo*. Y la alusión a la hija de la senadora Valencia fue inexcusable. A propósito, una pregunta a la doctora Paloma: ¿por qué se demoró tanto para denunciar al columnista en su momento y haber propiciado un debate necesario sobre la intocabilidad de ciertos seres vulnerables? Mire hasta dónde su tardanza hizo crecer esa impertinencia. E hilando más delgado, ¿no es acaso su jefe quien le ha dado rango de “violación” a lo que solo era un irrespeto al derecho a la intimidad de su hija recién nacida? Algo grave, sin duda, pero no mortal. Asociar esos dos extremos en la conciencia colectiva —que siempre juzga y, peor aún, procede según las apariencias— ha sido obra de Uribe, no de Samper Ospina. Por simple salud mental nacional, el país requiere que Samper Ospina no se permita la menor vacilación hasta lograr que la próxima cita del expresidente en la Fiscalía no sea propiamente para que le embolen otra vez los zapatos. 

*Claro que también, para dejar de leer a los columnistas de “Semana”, bastaría la cantidad de propagandas que publican en la sección “on line” de esas páginas. Termina uno con tortícolis.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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¡¿Qué le pasa a Antioquia, papá?!

Esta semana, las autoridades antioqueñas se lucieron. El gobernador Luis Pérez se apareció con la idea de crear “Vicealcaldías de seguridad” para los municipios de su departamento que han sido desalojados transitoriamente por las Farc, ahora ubicadas en zonas veredales. Como si la dejación de armas significara que cortan su umbilicalidad con esas poblaciones en las que históricamente han tenido asentamiento y, por ende, influencia.

Las Vicealcaldías del calenturiento gobernador estarían comandadas por un coronel activo y tendrían sicólogos, ingenieros, médicos, “para mantener la armonía social, pues por ahí hay muchos milicianos de las Farc y cultivos de coca”.

No hay manera de que el gobernador Pérez se tranquilice y deje de aportar iniciativas estorbosas. No aprende el hombre, ni entiende lo que se dice nada. Y como es tan avispado, cinceló una frase rarísima: “el acuerdo de paz es nacional, pero el posconflicto es regional”.

Es obvio que localmente algunas iniciativas del posconflicto deban adecuarse a circunstancias que varían entre una región y otra —pues Pondores, por ejemplo, al quedar en la Guajira, no es igual que Ituango o Remedios, que quedan en Antioquia—, pero esas variables deben estar subordinadas a una estrategia nacional que desde luego se encuentra en el Acuerdo de Paz. Y si cada gobernador, alegando la entelequia de la soberanía en su jurisdicción, se antoja de volverse muy creativo, e inconsultamente genera hechos cumplidos, y peor aún, contrarios al principio inspirador del Acuerdo de Paz discutido durante cinco años por los propios negociadores, y avalado por instancias internacionales prestantes, la fase del posconflicto va a convertirse en un popurrí quizás un poco más caótico que pintoresco. De modo que el gobernador Pérez es mejor que se vaya con sus coroneles a otra parte. Es que en realidad sus tales Vicealcaldías tienen un aire como de brigadas cívico-militares bastante rancias. O de post-convivir, mejor dicho. Ya está bien de esa maña paisa trasnochada —lo digo por su actual dirigencia— de convertir el acuerdo de paz en una cosa ahí para volverla leña.

Y aquí otra patada de antioqueño: con motivo de la caída en flagrancia del director de seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, quien negociaba a su antojo con hampones de la “Oficina” (de Envigado), encargándoles, por ejemplo, capturar fleteros, o rescatarle vehículos robados a su familia, la periodista y politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana (hay que empezar a decir de qué universidad es cada quien), Luz María Sierra, decía lo siguiente en el programa Semana en Vivo, de María Jimena Duzán: “esa es la misma forma de coadministrar decisiones que puso de moda el acuerdo de paz. A lo mejor, Villegas estaba infiltrado en el crimen organizado para someterlo a la justicia. ¿Cuál es el problema?”. Ella dice esos exabruptos toda sobrada, como si a Gustavo Villegas, para ordenar esos “cruces” o “vueltas”, le hicieran acompañamiento la ONU, la UE, los gobiernos de Noruega, Cuba, Chile, Venezuela, y hasta el papa Francisco y el presidente Obama.

Desde esa perspectiva caricaturesca y éticamente minimalista, sería lógico que Humberto de la Calle le pidiera a un comando de las Farc recuperarle una bicicleta robada a un nieto suyo. Y que las Farc le hicieran ese “catorce”. ¿A qué jugamos, doña Luz María? Y don Luis Pérez, ¡¿qué le pasa a Antioquia, papá?!


Por: Lisandro Duque Naranjo

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Colombia derrotó al mundo

Decía Álvaro Uribe, en un discurso en Madrid (España, no Cundinamarca) que en el plebiscito del 2 de octubre de 2016,  en el que ganó   el NO, “el pueblo colombiano derrotó al mundo”. Es cierto: ni la ONU, ni Obama, ni el papa, ni la Unión Europea, ni la OEA, ni Santos, ni el centro, ni el centro-izquierda, ni la izquierda, nadie, mejor dicho, logró convencer a ese electorado adverso frente al tema de la paz  que le ganó al SÍ  por una diferencia exigua. Esa certeza  de soledad respecto al resto del planeta, en tema tan trágico,  no debiera ser motivo de orgullo, aunque sea una   costumbre en esta república.

La llamada globalización, aparte de servir para universalizar la información y traer a cada país los privilegios de la tecnología, también está expandiendo por el orbe la rusticidad de algunas regiones inexpugnables culturalmente. El brexit, semejante provincianada, es una prueba reina. Y también lo es la supervivencia del imaginario del far west en dos tercios del territorio de los EE. UU. Allí, todo el mundo carga su fierro, y se siente un Jesse James o un Buffalo Bill de la era digital. La aldea global se municipaliza, y no tendría nada de raro que John Calzones logre en una capital europea (o española, por lo del idioma) fanáticos como los que lo aclaman en Yopal. Qué paradoja que la hipermodernidad no dé la talla para superar la parroquia: Trump recorre cinco países europeos en una semana —la OTAN, el G7, la Unión Europea—, y en cada uno pronuncia discursos estrictamente concebidos para su electorado de Misisipi. Y el jefe del Centro Democrático utiliza una tribuna en Madrid para envalentonar a sus huestes de Titiribí con el cuento de que “el pueblo colombiano derrotó al mundo”. Como si la guerra fuera Mariana Pajón. Y como si los votantes por el NO fueran samuráis, sectas belicosas que se baten con los enemigos, y no una mano de feligreses de clase media que máximo disparan likes en Facebook a cuantas posverdades les envían, desde centros de poder informáticos, cuatreros en serie y acaparadores de tierras, para mantenerlos “enverracados” y muertos del susto.

No le iría al señor Uribe, sin embargo, tan bien como en Madrid —en ese aséptico auditorio del PP— si acaso va al Chocó, o a la Macarena, o a cualquier lugar de Colombia donde el pueblo le dijo SÍ a la paz.

No estaba Santos amenazando cuando dijo que si el plebiscito no se ganaba la guerra se vendría a las ciudades. Lo que hizo fue advertir un efecto posible si acaso los colombianos derrotaban al mundo e incluso a sí mismos. Ya dejadas las armas por las Farc, y expresada la voluntad de sus miembros por “pasar de la crítica de las armas al arma de la crítica”, cualquier tentativa de hacer trizas el acuerdo de paz tendrá respuestas previsibles, con las que las Farc no tendrán nada que ver. A ellos que los esculquen.

Y así como los citadinos fueron indolentes frente al cese de la guerra, porque ésta ocurría en el campo, los habitantes rurales, si mucho, se apiadarán de lo peligrosas que se han vuelto las ciudades. Y las caravanas democráticas que antaño se armaban para que el personal urbano visitara sus fincas invertirán sus rutas para que las gentes del campo conozcan los grandes centros comerciales militarizados y vacíos.

Por | Lisandro Duque Naranjo

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Candidato 1.0

No parece casual el lanzamiento,  esta semana, del reality “Soldados 1.0”, de RCN, y pensaría que fue para ambientar la candidatura presidencial del exembajador en Washington Juan Carlos Pinzón. Es que el recién llegado parece parte del casting de varones alfa de esa serie, muy castrenses y musculados. Pura inteligencia cultivada en gimnasios y peluquerías. Hay un nuevo fenotipo de macho exitoso que no tiene nada qué ver con los gomelos o “nerds” que tuvieron su cuarto de hora hasta hace unos años, graduados en Los Andes, y de los que sobreviven especímenes como Daniel Mejía, actual secretario de Seguridad de Bogotá, todo pragmático él, incluso escalofriante, que utilizan frases como “hemos reducido en 0,03 % la tasa de robos de celulares en la ciudad en el primer semestre”. No, estos tipos alfa, modelo Juan Carlos Pinzón, apenas empiezan a ofrecerse en la política en Colombia, pero ya por fuera están hace rato: Peña Nieto en México y Leopoldo López en Venezuela. Incluso Capriles aguanta. Los cuatro parecen hechos en la misma fábrica que los peluquea, los broncea, les trabaja los bíceps y los saca después al mercado de las ideas.

No son jóvenes muy diletantes ni rigurosos, y su elocuencia está plagada de lugares comunes. Lo que marca una diferencia entre Pinzón y los otros tres, es que nuestro varón alfa, por ser hijo de un alto oficial, creció en cuarteles y desde pequeño trató a los soldados como si fueran figuritas de plomo, con las que jugaba y, eso sí, era muy respetuoso: “soldado tal, vaya y cómpreme un helado”, o “soldado pascual, agáchese que voy a jugar tun tun”, y así. Un hombre con sentido de pertenencia a nuestro Ejército, es decir, que se ha levantado con el instinto de que los soldados le pertenecen. Por eso, entre las iniciativas de su programa presidencial que alcanzó a bocetar en la entrevista de El Tiempo, y que en lo básico consiste en esa maravillosa propuesta de “mirar hacia adelante”, o en la ocurrencia inédita de “llevar al país a la siguiente fase: el futuro”, se encuentra la de “honrar a mis soldados”. Supongo que mandándolos a ser carne de cañón al servicio de la OTAN, en guerras ajenas, proyecto que se le quedó en veremos cuando fue ministro de Defensa y se le vino la paz encima. No es casual que su relevo desde ese Ministerio hacia la embajada en EE.UU. haya ocurrido para poder garantizar, por fin, un cese bilateral del fuego, cuando ya las Farc llevaban 20 meses sin disparar unilateralmente. Entiende uno que es fruto de la belicosidad congénita de este personaje el que a estas horas apenas le tenga “aprecio” a Santos, mientras que se muestra “admirado” frente a Uribe, que ahora puede sumarlo a sus otros precandidatos.

Entre las credenciales que trae para ser candidato, invoca el haber “elevado los recursos (de los EE.UU.) para Colombia”. Qué vaina que Trump, apenas supo que dejaba la embajada, los redujo en un 35 %.

Ausentes las Farc de los campos de batalla, motivo tránsito a la lucha legal, el Ejército empieza una temporada de posguerra, aliado con RCN, en la que invierte las sobras de su combatividad y fiereza adiestrando a modelos, reinas y físicoculturistas. Viéndolo bien, me encanta esa decadencia, en la que puede tener futuro el exministro de Defensa. Y espero que la empresa de Ardila Lülle, pagando poco, no esté aliviando su desplome en audiencia con esta forma glamurosa del posconflicto.


Por | Lisandro Duque Naranjo

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El muro del humilladero

No me parece justo que los nacidos después de que ya la tierra había sido repartida, y no pertenecientes a las familias dueñas de ella, nos hayamos quedado sin los metros cuadrados a que tendríamos derecho por el solo hecho de ser terrícolas habitantes de este planeta. En Colombia no son pocas las propiedades rurales que se adjudicaron desde los tiempos de la colonia, y sería apenas natural que, habiendo sido derrotada la metrópoli española, los beneficios otorgados por ella a sus vasallos de entonces hubieran prescrito. Mucho más si esos reyes, que jamás vinieron por acá, o aunque lo hubieran hecho, escuchando consejas e intrigas de los válidos de ultramar, avivatos locales, tinterillos y matones, terminaron regalándoles como una merced las mejores tierras, “por todas las vidas”, es decir, para todas sus descendencias, incluídas las que hoy van en camionetas blindadas para conservar la distancia con la gleba.

Nada más extemporáneo y arbitrario, pues, que en pleno siglo XXI algunos de quienes defienden lo “sagrado” de la propiedad privada pertenezcan a familias titulares de tierras a perpetuidad, desde los tiempos en que la Nueva Granada (en 1778, por ejemplo) tenía apenas 800.000 habitantes (el 1,6 % de los que tiene hoy Colombia), es decir, cuando todavía faltábamos por nacer los 48 millones de personas que hoy somos. Desde luego hablo de cierta realeza que forma parte de la cúpula de un partido pirata, la que más grita, representada en una payanesa y una bugueña, y no de ese resto no señorial de directivos uribistas, incluído el mismo jefe, cuyo concepto de adquisición de la tierra no proviene de viejas edades, pendientes de ser abolidas, sino de los procedimientos de facto, en la penumbra de las notarías y luego de los degüellos de las motosierras.

Bueno aclarar que no por contar con bienes amparados con cédulas reales aquella nobleza empolvada se abstuvo de ampliar sus extensiones utilizando el estilo de la modernidad traqueta, aliándose con sus exponentes más ramplones e incluso intercambiando modales con los nuevos cuatreros. Ahí se produjo un mazacote de las groserías de tres siglos que tan pronto nos sorprende con un “hay que levantar un muro que separe a los indígenas de los mestizos”, se nos aparece con aquel ya clásico “le doy en la cara marica”, y que para no desacostumbrarnos se deja venir con ese “a los negros no hay que darles plata porque se agarran de las greñas”.

Grave que se conserve en estado de pureza esa visión del mundo que construyó en 1873 el puente del Humilladero, en Popayán, llamado así no porque, como lo dicen las guías turísticas de ahora, “era tan inclinado que los transeúntes llegaban agachados al final”, sino porque era la vía para los de abolengo, mientras los aborígenes y los negros debían pasarlo por debajo. Ese puente fue el precursor del muro que quisiera construir doña Paloma. Que se contente con eso la biznieta del poeta que al ver pasar preso al indígena Quintín Lame se le acercó para escupirlo. Muy coherente también que sea nieta de quien cuando fue presidente les pidió –¿o fue al contrario?– a los gringos bombardear a los campesinos, liderados por Marulanda, en Marquetalia en 1964. Este fin de semana, justamente, las 27 zonas veredales de las Farc conmemoran los 53 años de ese episodio que les dio origen como insurgencia. Y la nieta, como el dinosaurio, sigue ahí.

Un modelo económico que legitime esas formas de apropiación de la tierra no merece respeto.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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Las uñas de Uribe

Álvaro Uribe acaba de ser acusado por la Contraloría General por haber comprado 103 hectáreas de baldíos no habilitados para negociarse por particulares, y en todo caso un poco antes de que se volviera ilegal. Esto de que lo compró “a tiempo” lo dice él, no la Contraloría, ni el suscrito. Yo me imagino que Lombana y Granados se tuvieron que trastear cerca de Uribe, porque qué clientazo el que se levantaron. No dan abasto.

Muy de su estilo ha sido proceder con rapidez y tener lista una coartada a futuro —y el último futuro fue esta semana—, por si acaso se lo interroga por un acto que, fijo después de coronado, se convierte en punible. Lo salva así la campana. Lo que no debiera ser si se tomara en cuenta que, desde su alta posición, cuenta con información privilegiada para saber dónde ponen las garzas. Cómo recuerda esa transacción, la de la finca La Libertad, hecha por Juan Manuel López, hijo de quien dizque nos ponía a pensar cada que hablaba, el mismo que hoy sale en un billete de los nuevos, que yo, para no guardarlo mucho en mis bolsillos, porque me asquea, me lo gasto de afán, o hasta lo cambio por monedas apenas lo recibo. La compra de La Libertad, una finca aislada, se hizo calladita, antes de que el país supiera que por allí se construiría una carretera. Esa gracia le desbarató al “compañero jefe” su aspiración a repetir Presidencia en 1982. Algo es algo.

Ese modus operandi de Uribe le funcionó cuando sacó adelante proyectos de ley acosando a sus parlamentarios para que votaran “antes de que los agarren”. A sus hijos los azuzó para que compraran de rapidez, con precio rural, tierras que su gobierno después urbanizó, lo que los forró en plata.

Pero además obtuvo, siendo presidente, recursos del Ministerio de Agricultura —el de Uribito, ese mismo—, para su finca El Ubérrimo, sociedad presidida por su esposa. No en vano, según doña Lina, el primer regalo que le hizo en la vida fue un rollo de alambre de púas. Mucha U, como en el soneto aquel de Herrera y Reissig: “Recién la hirsuta barba rubia apunta / Al dios Agricultura. La impoluta / Uña fecunda del amor, debuta / Cual una duda de nupcial pregunta”.

En esto del usufructo del poder para lucro propio, Uribe ha sido un bravero, igual que en su ubicua vulgaridad para cuanto ha acometido. Y si nadie le ha dicho ni mu —a excepción, por supuesto, de nosotros los narcoterroristas castrochavistas— ha sido porque su séquito de varias raleas ha contado con su anuencia para pelechar con mucha alegría.

Una vez estuve en casa de un amigo de infancia, del que se rumoraba que era traqueto, y lo constaté no porque le hubiera encontrado un alijo de algo raro, sino porque sus repisas estaban llenas de fotos con senadores sub judice de por allá de los 90. Le pregunté si acaso tenía fotos con Samper, y me respondió: “Sí, hermano, tengo varias. Pero las escondí para no boletearme”.

Yo no pierdo la esperanza de que quienes tienen selfis al lado de Uribe, más temprano que tarde las quieran borrar. Comenzando por el del matrimonio de Lizcano, en el que el expresidente aparece como padrino. Lo que no sé es si fue tomada antes o después de que el presidente del Senado hiciera el negocio aquel, bastante turbio, con una bomba de gasolina.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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