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“Las repúblicas independientes”

 

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

Es posible que de personajes como Pablo Emilio Guarín, Javier Delgado y Hernando Pizarro —incluidos en la lista de seis personas que el partido FARC reconoció haberles dado muerte—, muchos hayamos pensado, cuando se conocieron las noticias de sus asesinatos (Guarín, 1987; Pizarro, 1995; Delgado, 2002), que la autoría intelectual y física correspondía a la organización guerrillera ahora desmovilizada. El primero, por “pacificador” del Magdalena Medio, y los dos últimos por fundadores del Ricardo Franco (masacre de Tacueyó). En cuanto a Landazábal (1998) y Chucho Bejarano (1999), siempre me transé por la leyenda urbana, auspiciada por los medios, sobre todo Semana, de que los atentados contra sus vidas se debieron a una previsión de mandos militares de la ultraderecha para silenciarlos a propósito de lo que pudieran declarar en un juicio por la tentativa de golpe de Estado contra el gobierno de Samper Pizano. Lo de Álvaro Gómez Hurtado (1995), en cambio, se atribuyó en los mentideros políticos a que este jefe conservador “les sacó la mano” a los golpistas a última hora, dejándolos montados en la vacaloca. Esta conjetura —que debió rumorearse en Palacio— bastaría para suponer que Samper Pizano tenía más motivos de agradecimiento que de odio con Gómez Hurtado, a diferencia de lo que cree la familia de este, empecinada en considerarlo culpable junto a Horacio Serpa. En esta colada, AUV quiere involucrar a Ramiro Bejarano, columnista de El Espectador. No encajan, obviamente, esas piezas tan a la bartola, y menos ahora que la FARC se ha autoatribuido los atentados.

Sobre Chucho, cuando lo mataron, escribí para El Espectador una crónica titulada “Si me matan, me joden”. Así era su humor. Fui su amigo y estuve con él pocos días antes de que lo mataran, y recuerdo que me contó, muy preocupado, que lo iban a echar de la SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia) —de la que era presidente— “por no haber ido al homenaje que los gremios le hicieron a Rito Alejo del Río y al general Millán”, del que fue oferente AUV. Pero ese lado cívico de su conducta no le impidió ser un crítico severo del proceso del Caguán, de lo que las Farc, que ya habían lidiado con él en Caracas y Tlaxcala, tomaron nota. En junio lo despidieron de la SAC y en septiembre ocurrió su asesinato. De puro capcioso he mirado ahora la página web de la SAC, y excluyeron su nombre de la lista de presidentes de esa organización gremial. En realidad, ya muerto, Chucho quedó “jodido” en su ambigüedad. Su equidistancia ideológica lo hizo ser prescindible, en su trabajo, para un gremio de terratenientes, y en su vida, para una organización guerrillera. No se podía ser un hombre notable —creo que aquí sigue siendo así— y apuntarse en vida a opciones tan disímiles.

Mientras tanto, la familia de Gómez Hurtado y el propio Gobierno siguen necesitando que su victimario sea Samper. Que por plata, dicen, aunque cuesta creerlo, y así les toque exonerar a las Farc, que son confesas. A estas, en cambio, les reservan delitos menos políticos con los que pronto volverán a la carga. Y hasta quieren meter a Piedad Córdoba a la cárcel, “por omisión de denuncia”, como si la primicia no la hubiera dado hace años José Obdulio, en El Tiempo. Un cuento viejo, lo que pasa es que la gente no leía a José Obdulio. Pero más antigua aún fue la memoria de Marulanda, quien en el 95 no había logrado olvidarse de lo ocurrido en el 64.

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Túnel al final de la luz

 

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

Los túneles, en cualquier parte del mundo y de cualquier dimensión o longitud —incluso hasta los que se hacen para volarse de una cárcel, se supone que son una vía de ida y de vuelta, algo así como un palíndromo, figura gramatical que equivale a una frase que se lee igual al derecho que al revés: “Anita lava la tina”. Pero en Colombia no es así, y la última prueba a que asistimos es el túnel de La Línea, recientemente inaugurado. Ese es un túnel de aquí para allá y no de allá para acá. Tenían muy en secreto el dato y les tocó revelarlo antes de que la gente se diera cuenta y concurrieran caravanas eufóricas de lado y lado, a cruzar la cordillera de oriente a occidente y viceversa. Cuando le di la información a una señora amiga, que alistaba maletas desde Cali para gozarse esa maravilla de la ingeniería, me dijo: “¿O sea que para viajar por el túnel desde acá toca irse en reversa?”.

Imposible para mí recordar las veces que he pasado durante 50 años por la antigua Línea en bus y en carro. En avión también, y digamos que estos aparatos, al sobrevolar ese pico de 3.265 metros de altura, envuelto en neblina, muchas veces vibran y traquetean como un camión de gaseosas por un camino empedrado. También inolvidables los accidentes, los trancones de varios días por tractomulas atravesadas, los derrumbes, los despeñaderos y los muertos. Menos mal que estos solo seguirán ocurriendo de allá para acá apenas. Y que los accidentes por año —que eran 200— se bajarán bastante, pues en esas cuestas solitarias no habrá con quién chocarse de frente, aunque sí con el que vaya adelante, que también puede ocurrir. El aumento en velocidad del 230 % será solo a la ida, y el ahorro de los 21 km de tramo será simplemente yendo. En cuanto a la famosa luz al final del túnel, solo se aparecerá entre Bogotá y Calarcá, porque al revés lo que hay es un túnel pendiente —¿para dentro de otros 100 años?— al final de la luz. Miti-miti la cosa, tal como se lucraron los contratistas y gobiernos que a lo largo de años dejaban esa obra tirada, retomándola luego con sobrecostos, demeritando a la ingeniería nacional y finalmente apareciéndose con esa solución por la mitad en una arteria estratégica para la economía, la cultura y la geografía nacional.

¿Podría esperarse un túnel normal, en lugar de medio túnel, en un país donde una hidroeléctrica faraónica como Hidroituango —también a causa de haberle tapado un túnel de salida de agua— parece una galleta costeña a punto de quebrarse y de llegarle de sorpresa con sus aguas bravas a cien mil habitantes del bajo Cauca? ¿O donde edificios como el Space, en Medellín, o el Blas de Lezo, en Cartagena, se deshicieron como polvorosas? ¿O en el país del puente Hisgaura, en Santander, que sin estrenarse vio convertida su superficie en un acordeón como el de Francisco el Hombre? ¿O en la república del puente monumental de Chirajara, hacia Villavicencio, que se partió solito como un palitroque? ¿O en cuya capital un puente desemboca en un muro?

PD. Gracias a quienes nos acompañaron el 26 en la Conferencia Internacional “El mundo exige paz”. Vimos logros importantes, innegables. El Acuerdo ha salvado miles de vidas; pero necesitamos muchas manos, voces y voluntades dispuestas a persistir hasta lograr la implementación total del Acuerdo. Con usted, amigo lector, seremos más.

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La Policía declara la guerra


Texto de Lisandro Duque Naranjo

¿Hubiera sido posible que algún otro episodio reciente, indignante y anterior del Gobierno causara una reacción colectiva de dimensiones superiores a las que se vivieron el miércoles y el jueves de la semana anterior, con motivo del crimen de que fue víctima el abogado Javier Ordóñez en Bogotá? Difícil, porque todavía estábamos contritos y paralizados ante el silencio que se nos impuso frente al atroz asesinato de cinco adolescentes que habían incursionado, de manera furtiva, al cañaduzal de Llano Verde en Cali. Allí se metieron esos “ladrones” para chuparles el jugo a tres o cuatro tallos de ese cultivo “ajeno”. Los autores de esa masacre contaron con la anuencia de unos policías y tenían instrucciones patronales de aleccionar a los próximos intrusos con machetazos ejemplares. La “propiedad” es sagrada. Pongo en duda que haya algo fortuito en la sevicia con que se han ejercido estos crímenes: recién comenzada la pandemia, y sin ser clarividente, advertí en esta misma columna que el escalamiento de este tipo de violencia oficial sería un modelo pedagógico para que la gente se fuera acostumbrando a la brutalidad.

Aunque todavía no hay augurios de poscuarentena —y peor aun cuando la haya—, ya transcurridos seis meses de miseria en las cocinas de los indefensos, al régimen no le sobra intimidar, con cualquier pretexto —como el que les sirvió a los dos psicópatas para causarle una lenta agonía y a la vista pública al abogado Ordóñez—, a quien mire de frente, reclame respeto en el trato o exija un mendrugo para sobrevivir, insolencias que no puede admitir un Estado herido por los peores presagios. Por eso los policías, atomizados en grupos de a 50, en motos, asolaron de una las localidades más remotas disparando a quien se atravesara y desobedeciendo las órdenes de contención de quien supuestamente los gobierna, la Alcaldía, por ejemplo. Es que ellos reciben órdenes de más arriba. En Bogotá hay un golpe. Y desde su catedral de El Ubérrimo, un convicto dicta las órdenes de guerra. Pero hay algo nuevo que venía insinuándose hace rato: la gente les ha perdido el miedo. Y prende fuego a aquello que de repente los inspira, por simbolizar poder: los CAI, bancos e, infortunadamente, transmilenios. La próxima embestida será con blindados. Entre tanto, habrá más cadáveres. Ya ni se captura.

Hay quienes piden moderación a la muchedumbre, que por favor no incurra en “vandalismos” y que se espere hasta las elecciones. ¿Se aguantarán tanto tiempo quietos la Policía y los del CD, que son los de la iniciativa? ¿Los CAI y los bancos importan más que los 14 muertos que ni El Tiempo incluyó en su titular? ¿Y los 66 heridos? Que hablen con el propio a ver si les para bolas.


Álvaro Vásquez del Real. A los 99 años expiró un histórico del Partido Comunista. Humanista a la manera clásica, rotundo con su verbo y su pluma ácida, que contrastaban con su melena blanca como de un busto sonriente de Beethoven. Vivió a tope la dramática segunda mitad del siglo XX y buena parte de este milenio, formando legiones que le llevaron la contraria al establecimiento vetusto que ahora pareciera entrar en su ocaso. Mi pésame a sus hijos mayores, Rafael, Luz, Clara y Celmira, y a su segunda hornada, Alejandra y Camila, fruto ellas de su matrimonio de 50 años con Victoria, la entrañable Mona Villegas de los tiempos intensos de la U. N.

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¡Arrivederci, Salvatore!


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Mi experiencia en televisión me ha enseñado que responsabilizarse de un programa diario de una hora es cosa extenuante. Mucho más si el trabajo alterno de quien lo dirige, y por el que le pagan, es la Presidencia de la República. Supongo que quien parece ser el mandatario nuestro, por haber vivido tantos años en EE. UU., tiene por íconos a Larry King o Jimmy Fallon. Pues no se le nota, y más bien sí recuerda a esos dueños de circos varados que además de ser los maestros de ceremonia tienen que vender las boletas en la taquilla y después recibirlas en la portería. Obvio que para aligerar su faena, él tiene su troupe sacada de las canteras de “la Sergio”, y cuando esta no alcanza a proveerle egresados suficientes, acude de emergencia a la Sabana, la del Opus Dei. Pero entre ambas alma mater no dan abasto. Aun así se las arreglan a medias para atender el chuzo, solo que rotándose en demasía de un cargo al otro: que de consejeros de tal cosa a ministros, que de ministros de tal cartera a ministros de tal otra, o a la Fiscalía, o a la Procuraduría, o a tal Corte, embajada, etc. Muy pocos para tanto puesto, razón por la cual la gestión se vuelve algo incestuosa. En semejante agite, es explicable que cada cual tire para su lado mientras el dueño del circo se sienta a maquillaje, revisa los libretos y corrige el teleprónter. Es posible que tenga un Hassan a su lado que le diga: “Presi, eso de «masacre» suena feo en televisión, y no se olvide que vamos en horario juvenil”. “Cierto, cierto, llama a Carlos Holmes para que sugiera algo más técnico”. Pasan unos minutos y Hassan regresa radiante: “¡Listo presi: Carlos Holmes propone «homicidio múltiple»!”. “¡Buena esa!”, le dice el presidente. Como ya para entonces está por iniciarse el conteo para salir al aire, Hassan le dice: “Presi, hoy viaja usted a Samaniego. Allá la cuestión está tesa: nueve muertos, todos jóvenes. Los medios están hablando de «ausencia de Estado». “¿Y usted le ve problema a eso, viejo?, ¡pues se les construye uno!”, concluye el jefe mientras el coordinador dice: “¡4, 3, 2,1... grabando!”. La televisión es así.

Hassan es el duro para cambiarle articulitos a la gramática: a propósito de una lista de 400 personajes públicos “perfilados” -ya eso era suficiente audacia lexicográfica, pues en realidad se trataba de opositores sometidos a espionaje policial-, propuso más bien referirse a ellas y ellos como “influencers monitoreados”. Y listo el pollo. También alguien distinto a Hassan, porque no todo tiene que ser él, había reemplazado la palabra campesino por el perendengue “emprendedor del campo”.

La chapucería de nuestro anchorman nos ofrece a diario, y a veces dos por día, números nuevos, que incluso nos entretienen. ¿Qué más se hace? Hasta se pueden hacer apuestas. Las proezas de la semana pasada, aparte de las atrás mencionadas, fueron el doctorado de la ESAP, cuya asignatura mayor fue “el ateísmo y el progreso como factores del atraso social”. El propio rector le sacó la mano a eso. En cuanto a la extradición de Mancuso, de la que llevábamos años pendientes, mandó a EE. UU. cuatro solicitudes de las que no sirvió ni una. Hasta tiquete a Roma debieron mandarle. ¡Arrivederci, Salvatore! Y un parlamentario del CD se inventó una carta pirata, que pretendía hacer pasar como la autorización del Congreso para aceptar las tropas estadounidenses en nuestro territorio. ¡Pillado!

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Jaime Garzón


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Se conmemoró el día 13 de agosto el 21 aniversario del asesinato de Jaime Garzón, en un año mucho más cabalístico que la ficha carcelaria de cualquier convicto: 1999. Sus muchos personajes  en vida -Nestor Elí, el portero del edificio Colombia, Dioselina, la cocinera de palacio, Inti de la Hoz, la reportera gomela, Heriberto de la Calle, el lustrabotas, De Francisco, el presentador del noticiero  "Quac", el generalote del "Quemando Central", y tantos otros-, fueron también acribillados en ese final de siglo XX. ¿Se imaginaron quienes dieron la orden de eliminarlo que con él se iría toda esa gente entrañable?. ¿Que aquello era un crimen múltiple, una masacre simbólica de criaturas de ficción con las que los colombianos se identificaban en mayor grado que con su escudo nacional?. Es probable  que sí, y que por eso mismo lo hubieran hecho, aunque determinar el exterminio de seres imaginarios es algo que reclama un sentido de la abstracción de la que probablemente carecían los criminales. Tal vez  iban solo por el gestor generoso de liberaciones de personas secuestradas en las llamadas pescas milagrosas. Y listo, ahí lo dejaron muerto, como si él fuera solo su cuerpo  y no la levadura que puesta al calor de un micrófono o de una cámara se crecía para desdoblarse en ciudadanos de fábula cuya oralidad y gestos eran el ethos de un país al que solo su chispa -al igual que la de otro grande del siglo XX, Gabriel García Márquez, en otro género-, alcanzaron a aproximar a lo descifrable.  Arrojar a Jaime Garzón a un hueco de cementerio fue lo mismo que botar una lámpara maravillosa  a un depósito de chatarra, solo que por fortuna la tecnología de ahora permite frotar el duende de YouTube y recuperar los fantasmas que su genio alcanzó a liberar antes de que lo abalearan. Ahí están, como mandados a hacer para la caricatura de país que Colombia sigue siendo 21 años después de que   los mediocres le suspendieran la vida a su creador.

A Jaime -le puedo decir así, con confianza,  porque así lo siento, aunque apenas una vez conversé con él y fue muy breve-, hay que referirse con palabras mayores, como el talento superior de finales del milenio anterior. Lo de siglo XX le queda chiquito, salvo por el medio   en que se desempeñó, la televisión. En ésta hizo ochas y panochas, rompió todos los umbrales. Le sobraba tanto humor que tuvo que redistribuirlo entre muchos héroes populares que se sacaba de debajo de la manga, cada uno con la oralidad y gestualidad propias de su oficio,  fruto de la observación aguda de su demiurgo. Cuando quiero retirarle la confianza a este país, lo que me salva de volverme apátrida en el último instante es que recuerdo que aquí nacieron Gabo y Jaime Garzón. Es la mejor copia que se me ocurre de la frase de Woody Allen cuando respondió así a la pregunta de si el siglo XX, tan violento,  sí mereció haber sido vivido: "Yo no puedo hablar mal de un siglo en el que nació Groucho Marx".

Garzón fue abatido ocho años antes de que se pusieran en boga las selfies y las cámaras de reportería individual, 8 antes de que existiera Twiter, 9 años antes de que existiera Facebook,  13 antes de que entraran en apogeo las redes sociales. No quiero imaginarme qué locuras hubiera hecho este hombre con toda esa tecnología. Lo cierto es que anticipadamente fue viral, trending topic. Lo decente es seguir echándolo de menos. Nos lo perdimos, problema nuestro.

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Caer en las redes


Texto de Lisandro Duque Naranjo

Cuando se tiene una columna quincenal, como es mi caso, no se tiene tiempo de procesar los acontecimientos que ocurren en lapso tan largo. Y obviamente que le toca a uno escoger entre varios muy tentadores de comentar —y dedicarles la columna completa— o, de lo contrario, enumerar la mayoría de ellos muy someramente para que la sucesión de episodios, los aberrantes sobre todo —es decir, los de naturaleza política—, no reciban el beneficio de pasar por efímeros, que es a lo que le apuntan quienes los protagonizan. “Eso mañana ya no lo recordará nadie”, es lo que dicen, aunque en realidad el efecto de un trending topic que se respete debe durar mínimo tres días, lo que haría más recomendable decir: “Eso pasado mañana ya no lo recordará nadie”.

Después de cada exabrupto, si se cuenta con una bodega particular de centennials —también se les dice community managers—, se puede emprender la preparación del siguiente para mantenerse en la agenda pública. Era lo que antes se llamaba “mojar prensa”, no importaba si por haber dicho algo desconcertante, no necesariamente ingenioso —como cuando Misael Pastrana dijo “no es una alternativa, sino una opción” o Turbay Ayala habló de “rebajar la corrupción a sus justas proporciones”—, por haberse luxado una pierna e ir en muletas, o por haber sido padrino de una boda célebre.

En ese todo vale, los políticos tienen el problema de que ser visibles y frecuentes en las redes se ha vuelto accesible para mucha gente que forma parte del olimpo mediático solamente por el mérito de tener un hermano o hijo futbolista, aunque no juegue, pero sí basta para distribuir una foto en lencería. O incluso un hermano mártir, según fotos que circulan de la hermana de Dylan Cruz en poses sensuales. O ser vicepresidenta de la República y no preocuparse de soltar barbaridades en temas sensibles: dos por semana. Ella debe tener dos bodegas: una para la primera tanda y otra para la tanda de rectificaciones. La senadora Cabal se toma más tiempo para asaltar las redes: como un mes por disparate. O ella supone que sus delirios son más lapidarios o su bodega debe ser una unidad reducida, porque eso cuesta. El hecho es que esta última es icónica en proporción inversa a su erudición. Toda nación necesita un personaje pintoresco. Hay todo un mercado para ellos. En cuanto al tanque de pensamiento principal, el de las naderías, está ubicado en la propia Presidencia mediante un programa diario de una hora de televisión. El “CEO” —así se dice ahora— debe estar encartado con los $3.350 millones que le dieron para posicionar la imagen del personaje, porque Señal Institucional no cobra nada.

La página roja, la correspondiente al senador que origina sus contenidos en un estudio llamado El Ubérrimo, en Montería, esta semana nos procuró la primicia del “abogánster” Cadena compareciendo a las rejas. Y, aun así, sigue cobrando $14 millones mensuales, como el resto de senadores, por gastos de representación, transporte y alimento. Como si se trasladara en avión del establo al comedor, y de este a un recinto donde tiene unos caballitos de bronce. Y como si en la casa le cobraran el almuerzo.

Y que no se me olvide la presentadora Claudia Palacios, editorializando las noticias de las Farc y la JEP, en CMI, con la gestualidad de sus cejas y sus suspiros profundos. Debieran ponerle closed caption y lenguaje de señas, para saber qué está diciendo.

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240 presunciones de inocencia


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Tratándose de un acusado de cualquier delito, todo el mundo, principalmente los jueces, deben presumir la inocencia hasta cuando haya pruebas o confesión de parte. Solo cuando estas existan, el acusado deja de ser inocente y puede ser condenado.

Hay un personaje sobre cuyo nombre se acumulan tantas presunciones de inocencia por diferentes delitos, que uno se extraña de que ninguna de ellas, aunque fuera por aproximación, logre dar en el blanco de la prueba reina o de la culpa. ¿Cómo es posible que alguien tan cercano a la sospecha, en tantas épocas y lugares, por hechos punibles tan diversos, y aunque cuente con tantos abogados, no haya incurrido en algún error? Dudo de que ese personaje sea demasiado perfeccionista y que en virtud de eso no haya dejado huella alguna de su vasta y promiscua trayectoria criminal. Soy lector de novelas policíacas y, aunque entre mis preferidas no están propiamente las de Agatha Christie, me atrae de esta autora el que en sus obras, de comienzo a fin, hay una sucesión de falsos culpables —el primo del muerto, el buscador de fortuna, el heredero ilegítimo, la amante— que terminan resultando libres de culpa, para al final descubrirse que el asesino fue el mayordomo. En cambio, a propósito del personaje de quien me ocupo, quienes caen son el jefe de seguridad, el primo, el ministro, la asesora, el general, etc. El resto se fugan a tiempo, y el autor intelectual, el personaje, a quien servían reos y escapados, permanece incólume. El autor policíaco más de mi gusto es Georges Simenon, creador del inspector Maigret. En las obras de Simenon, el culpable se conoce desde un principio, y por lo regular termina exhausto de huir y se entrega. Y eso que la conciencia lo acosa por un solo crimen apenas, mientras que nuestro personaje sobrelleva 240 presunciones de inocencia por todo un surtido de actos punibles: aeropuertos ilegales, Convivir, finca La Carolina —una especie de pavorosa casa de Usher—, El Aro, La Granja, zonas francas, falsos positivos, Comuna 13, AIS, una violación carnal, Pedro Juan Moreno, helicóptero de Tranquilandia, “chuzadas”, y para no fatigar al lector se puede dar un salto y cerrar la lista en las 103 hectáreas aquellas, una de sus penúltimas hazañas. Es obvio que un espécimen de esas condiciones tiene un poder de arrastre enorme entre los delincuentes que se le arriman, pues allí encuentran encubrimiento y, sobre todo, figuración en listas y manos sueltas en contratos y nóminas. Casi podría decirse de este personaje que, para identificarle las villanías, bastaría agarrar un código, escoger las que no ha cometido y quedarse con el resto. Se ganaría tiempo.

Habría que pensar en enriquecer el repertorio de figuras jurídicas castigables —que éticamente hacen falta, y no solo para él—, lo que permitiría pillarlo colectivamente en tal cantidad de flagrancias que harían viables varias condenas. Aunque sea por cuotas de semanas, que en su caso sumarían años. Por ejemplo, lo que dijo cuando el beisbolista Rentería le regaló su bate metálico y exclamó, blandiendo ese armatoste: “¡Ah, bueno esto para golpear a los ladrones!”. O aquello de que “a los ladrones hay que hacerles gavilla”. Y así, pasando por “no estarían cogiendo café”. Se cuentan por docenas en su historial esas incitaciones al crimen, que el populacho ha obedecido.



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Los muertos silenciosos


Un texto de  Lisandro Duque Naranjo

Creo que influye mucho en la indisciplina de la gente durante la cuarentena —eso de armar pachangas “clandestinas”, por ejemplo— el hecho de que ni los muertos ni los entierros son visibles. De repente los fallecimientos y las ceremonias fúnebres —motivos ancestrales de convocatoria para disertar en grupo sobre la brevedad de la vida y filosofar acerca de la eternidad— comenzaron a ocurrir en la penumbra, incluso en secreto y sin que necesariamente el difunto haya cumplido el requisito de morir de COVID-19. Casi que hoy en día no se muere, sino que se desaparece. Y enfermedades distintas al coronavirus parecieran cosa del pasado o monopolizadas por ese mal de moda. “Tenía cáncer, pero como eso le afectaba los pulmones, pues se la llevó el virus”, se dice. Los cadáveres ya no salen por la puerta de la funeraria, negocios estos clausurados como los restaurantes y las salas de cine, pues no hay exequias —tan prohibidas a su vez como los conciertos—, sino que son sacados subrepticiamente por un pasadizo, con un acompañamiento exiguo, hacia quién sabe qué horno crematorio o fosa.

El no poder constatar que alguien ha expirado, y no sentir ni rezos, flores, llantos, carros negros, deudos, etc., impide hacer tangible ese momento final y le resta solemnidad a lo póstumo. Semejante bajada de estatus a la fatalidad produce la sensación de que la muerte ha dejado de existir. Y como además casi todos los extintos durante la cuarentena llevaban sus meses sin ser vistos por parentela y amistades, el duelo para estas se hace más llevadero. En cuanto a la calamidad hospitalaria, con infectados tirados en los pasillos por falta de médicos y de camas, es obvio que las prohibiciones de ingreso a más de dos dolientes por enfermo le permiten al establecimiento mantener en lo furtivo la saturación dantesca de personas en estado crítico o terminal. El genocidio perfecto.
En estas circunstancias, y no necesariamente por indisciplina social —aunque también hay de eso—, es comprensible que los todavía aliviados —o como se les dice ahora, los asintomáticos— se crean que la muerte es mentira y que la Organización Mundial de la Salud es un antro de conspiradores. Además de que en las cifras diarias que se televisan aparecen más “recuperados” que infectados y fallecidos, lo que les permite a los optimistas creerse inmortales, de modo que arrojan el tapabocas.

Así las cosas, no debe sorprender que haya tanta rumba. Lo báquico puede deberse a la incredulidad en la pandemia, pero también al hecho de que, por sentir temor ante ella, se acude a la fiesta a manera de despedida dramática por constituir un penúltimo acto de la vida: “Para tres días que vamos a vivir...”. También para experimentar ese nihilismo azaroso pueden perfectamente decidirse muchas personas a aprovechar el día sin IVA para irse a comprar su sueño de siempre: un televisor de 65 pulgadas.

Lo curioso de todo esto es que esos extremismos existenciales solo son propios de los pobres y la clase media. Una especie de circo romano en el que se juegan la vida frente a los pequeños emperadores y los grandes empresarios.
Y el detalle intelectual: en Comala, el pueblo de Pedro Páramo, solo los muertos transitan las calles y habitan las casas. Aquí, en esta ciudad del siglo XXI, los muertos se la pasan escondidos.

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Que nos encanen


Hace 30 años dirigí varias series en RCN Televisión. Algunas importantes, como La vorágine y María, pero también series B, muy populares, como Laura, por favor, escrita por Fernando Gaitán. Una vez empecé a notar que nunca más había vuelto al set Lucho Orozco, magnífico actor que hacía el papel de abuelo en la serie. Le pregunté a Gaitán el motivo de esa ausencia y me respondió que la empresa había ordenado suspender los abuelos en las comedias juveniles. Por el mismo motivo salió de la serie también Ana María Arango, actriz excelente que hacía de la abuela. Pataleé ante la empresa, pues me parecía que la presencia de los abuelos era necesaria, y lo que recibí por respuesta fue que “las audiencias jóvenes no soportan a los ancianos”. Y eso que ambos actores estaban en sus 50. Ahí concluyó esa discusión, porque después vino el apagón ese de Gaviria y el programa salió del aire. Y yo también salí de RCN.

Cuando volvió la luz, de vez en cuando veía dramatizados en Caracol y RCN, y me sorprendía viendo papeles de abuelos desempeñados por actores y actrices muy jóvenes, que ni llegaban a los 40 todavía. Vi haciendo de madres de adolescentes a actrices que si acaso tenían 25 años. Cuando se juntaban esas tres generaciones, parecían hermanos. Eso siguió así y fueron desapareciendo los actores mayores, como si el tope de la vida fueran cuarenta años. Ahí medio los maquillaban, con algunas canas falsas, y los ponían a hablar con voz tembleque y a toser como si fuera lo único que pueden hacer los viejos.

Supuestamente los viejos, al menos en Colombia, no “venden”. Eso lo radicalizó César Gaviria con su guardería de ministros. El “kínder”, le decían a su gabinete, que ahora ya son venerables y sin puesto. Luego, nuestros canales fueron sacando a los personajes gordos, a los de bigote, a los que no hacían fisicoculturismo. El casting de protagonistas era con tipos parecidos al exministro de defensa, Pinzón —¿cuál era su nombre?—, quien además aspiró a la presidencia al igual que lo hizo en México, y ganó, este joven... ya me acordé: Enrique Peña Nieto. También aspiraron a presidir a Venezuela Henrique Capriles y Leopoldo López. Bastante parecidos los cuatro, y todos trotaban a diario. Ese prototipo ha cambiado un poco, y ahora el abogado Cadena parece gemelo de Guaidó. Copian la figura flaca y larga de Obama.

El mercado rechaza al adulto, aunque no se hayan dejado sacar del ruedo el papa Francisco, Chomsky, Claus Roxin, el dalái lama, Pepe Mujica, José Saramago, en su momento, y Lévi-Strauss (quien murió en plena productividad intelectual a los 100 años). Aquí, recientemente, demostraron su rebelión Rudy Hommes, Florence Thomas, Patricia Ariza, Elisabeth Ungar, Jorge Alí Triana, Humberto de la Calle, Daniel Samper Pizano, etc., que apenas frisan los 75. Para el intelecto no hay ancianidad, aunque en Colombia la fecha de vencimiento es más corta y al actual presidente le parece digna de encierro.

En mi caso (76), acabo de terminar una novela literaria, tengo dos libros inéditos de cuentos y en los últimos cuatro años estrené un largometraje de ficción, dos series documentales de diez capítulos y dos largometrajes documentales. No alego a mi favor sabiduría por eso, solo exijo respeto a mi condición de ciudadano. Por eso estaré en la Plaza de Las Nieves el jueves 11 a la 1 p.m. en el plantón “Las canas al aire libre”. Que nos encanen, entonces.

Un texto de Lisandro Duque Naranjo

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Los viejos a la calle

Un texto de  Lisandro Duque Naranjo
Hace rato caí en la cuenta de que los videos que menudean en las redes sociales sobre agresiones físicas de la Policía a vendedores ambulantes, personas en condición de discapacidad, ancianos, niños, mujeres, etc., no adquieren el carácter de denuncia, sino, por el contrario, de amplificación del episodio de violencia que se ofrece a la cámara y que sin duda forma parte del proyecto de intimidación del Estado contra la sociedad civil. Para que la gente tenga claro el escarmiento que le espera cuando se manifieste en uso de sus derechos, el de la supervivencia por ejemplo, en cualquier época, pero sobre todo en este tiempo de pandemia. Esos camarógrafos voyeristas, supuestamente “críticos”, que desde sus ventanas “denuncian” los atropellos a la gente frágil, en realidad lo que hacen, algunos tal vez de buena fe, es trabajarle gratis al aparato oficial de comunicaciones del Gobierno, y en particular a esa oficialidad de la Policía y el Ejército, que tienen muy claro que los excesos de sus subordinados contarán siempre con la presencia de un espontáneo que hará el registro de sus crueldades. Es casi más indignante esa pasividad del videasta que cuchichea su reprobación desde la ventana, que la vejación misma que le infligen, abajo en el andén, al indefenso vendedor de aguacates al que le destripan su mercancía. Yo les creería a esos filmadores solo si por lo menos alzaran la voz para repudiar aquello de lo que son testigos. Y me resulta fácil imaginarme a los chafarotes animando a sus patrulleros en las comisarías: “¡Duro con esos informales, para que aprendan!”, y a sus jefes de comunicaciones: “¡Esa platica para promover la limpieza de las calles nos la ahorramos, que para eso hay harto sapo en las ventanas!”. La prueba de que esos ensañamientos son puestas en escena deliberadas para que tengan tiempo de accionar sus cámaras los fisgones, por entre las cortinas y las persianas, es la parsimonia con que los agentes se inspiran en sus ultrajes. Todo un modelo pedagógico para que la sociedad se acostumbre a la brutalidad.

Ya en cuanto al anciano que por poco ahorcan, desde luego no me extraña. El fascismo odia a los débiles, a los viejos, a los enfermos, a los indígenas y, últimamente, hasta a los mariachis que ahora se rebuscan en pleno día llevándoles serenatas rancheras a los confinados.

Creo que mi cuarentena personal lleva fácilmente seis meses. Algo voluntario a causa del mucho trabajo y la poca nostalgia de calle. Pero desde cuando el presidente, para “cuidarme” por mi condición de “abuelito”, decidió darme casa por cárcel, estoy que me salgo, y más de una vez lo he hecho en solitario sin utilizar el pretexto de la mascota. Digamos que para provocar. Quizá no tanto por tomar aire externo o estirar los músculos, sino por estricta indignación y por una desobediencia genética. Y aún no he sido tratado por nadie como si fuera un médico, que según entiendo no cargo el COVID-19 para infectar a nadie, sino que podría ser apestado por alguien si dejo que se me arrime mucho. Así que guardo las distancias, algo ancestral en mí. Y por supuesto me moriría humillado, y casi que mereciendo el encierro, si junto a otros septuagenarios no me diera esta pandemia tiempo para reunirme en un plantón a exigir respeto. Así que hagámosle, para no llegar al final arrepentidos. Acepto propuestas.

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