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Falsos videos

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   En sus redes sociales, el senador Carlos Felipe Mejía, precandidato del CD, publica un video sobre quienes atravesaron el cable metálico en la avenida Las Américas, obstáculo invisible, sobre todo en la oscuridad, que le costó la vida a un motociclista que circulaba por esa arteria. El video fue hecho por cámaras de vigilancia del sector, y quienes figuran ahí, en flagrancia, como autores del criminal atentado contra la ciudadanía anónima, no son propiamente de la Primera Línea. Se trata de dos tipos muy identificables por la Fiscalía si hubiera interés en investigar. Pero mejor dejarles esa culpabilidad a los jóvenes del punto de resistencia para demeritarlos moralmente. Hace poco me tocó escribirle a una conocida por Facebook, algo que nunca hago, pero me tocó, para recordarle que lo del collar bomba a una señora no fue autoría de las Farc de entonces, sino una acción de un pariente de la víctima para sacarle plata. Volviendo al tema: para inducir esa innoble reputación en las Primeras Líneas, como degolladores con cables atravesados en las vías, fue que el senador Mejía puso a sus subalternos de la UTL a mirar videos hasta encontrar esa pieza visual de los dos mecánicos expertos en amarrar cables que curiosamente no ha tenido la divulgación merecida para rastrear a los criminales verdaderos.

   Mejía no repara en sutilezas (aunque no se necesita mucha) y ni siquiera distinguió la diferencia de indumentaria y de edad entre esos dos operadores y el estilo que caracteriza no solo a los de Primera Línea, sino en general a los manifestantes en las recientes movilizaciones. Ese es un look inconfundible que solo se les ocurre a los jóvenes: rostro completamente cubierto, botas altas, morral, banderas al revés usadas como capa, casco de color con un plástico transparente y el resto de prendas con estampados indígenas o una réplica de la mano, icónica ya, levantada en el monumento a la resistencia en Cali. Bueno, y el escudo, con brochazos de un barroquismo callejero. No obstante, de una vez, y tratándose de un par de sujetos mayores, robustos y con chaquetas del montón, experimentados en el manejo de alicates profesionales, los aventó de una vez a las redes como “vándalos comunistas”.

   Igual ocurre en los videos que hace la Policía: hace poco, filmando desde un radiopatrulla en Cali, mostraban tipos atléticos, de camiseta blanca y pelo rapado, con pistolas y ametralladoras, en un lugar comercial muy “nice”, diciendo de ellos que eran “vándalos terroristas que se habían tomado a Siloé”. Son videos de un solo uso, que los asesores de inteligencia de la Policía mandan a los medios para generar una atmósfera de terror inminente para justificar la guerra que están haciendo en Cali.

    El Estado y por supuesto el senador Mejía trabajan con la certeza de que la memoria y el discernimiento de la opinión son frágiles, y por eso abusan de esas mentiras de corto plazo. Duque, en estos días —no obstante estar nuestro país en el segundo lugar del mundo con el peor índice de muertos por COVID-19 en proporción a número de habitantes—, decía que “ya vamos en 19 millones de vacunas... (Revolviendo las primeras con las segundas dosis) y pronto cumpliremos el tope de 35 millones que se necesitan”. No, presidente, no: como las vacunas son dos, el tope es de 70 millones, y hasta el más ignorante en aritmética de los colombianos sabe dividir por la mitad cualquier cantidad.

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Gramática y aritmética

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   En estos días, en Noticias Caracol, decía un presentador a propósito de un civil víctima del Esmad en una manifestación: “Le cayó algo encima y murió”. ¿Qué sería ese “algo”? ¿Un andamio, una caja fuerte, un suicida? Una reportera de CM&, mostrando un lugar rodeado de cintas amarillas donde cayó muerto de un tiro un joven civil que participaba en una marcha, dijo, señalando la mancha de sangre en la cuneta: “Aquí falleció el joven [fulano de tal]”. Por simple gramática, esos asesinatos no tienen por qué ser llamados “fallecimientos”, como si los hubiera tumbado un infarto. De resto, tendría que cambiarse la redacción de la historia: Gaitán, en efecto, “falleció” en la clínica, pero unos minutos después de haber sido asesinado en la séptima con Jiménez. Un general de la Policía, refiriéndose a las víctimas uniformadas en el transcurso de las manifestaciones, dijo: “Hemos tenido 1.350 víctimas, 12 de ellas con heridas graves”. ¿Se pueden, acaso, considerar “víctimas” a unos policías (hice la resta y me dan 1.338, descontando los 12) a quienes luego del enfrentamiento les quedó un raspón?

   La noticia de CM& sobre el civil infiltrado del CTI que mató a dos jóvenes (consta en videos), y al que los testigos del crimen atraparon y lincharon a patadas, ¿puede darse con esta redacción? “El miembro del CTI fue atacado por manifestantes y a causa de eso disparó a dos de ellos” (¿?). Horrible lo del linchamiento, pero la cronología fue al revés. A estas horas, en Colombia 81 muchachos tienen sendos ojos menos (dato de Temblores, Indepaz y Uniandes). Y la senadora Paola Holguín encuentra eso inspirador para una alusión canalla: “Dejen de llorar por un solo ojo”.

   Cuando las cifras de muertos —este fin de semana— suben a 75 (Indepaz), el mininterior habla de 20. En cuanto a los desaparecidos (770, según Movice hasta el 9 de junio), el Gobierno se refiere con elegancia a personas que “todavía no regresan a casa”, mientras en ríos y parques aparecen cabezas y piernas.

  El presidente de la ANDI, Bruce Mac Master, dijo esta semana que las vacunas adquiridas por los empresarios para sus trabajadores serán gratuitas, pero que no serán extensivas a sus familias. Es decir, que habrá un miembro VIP en la casa, muy Pfizer, rodeado de su cónyuge e hijos, o padres y madres, no solo expuestos al contagio de terceros, sino con posibilidades de contagiar al recién vacunado. ¡Qué gratuidad tan inútil esa! Sobre todo, si vamos de terceros en muertos, pisándoles los talones a India y Brasil.

  También va mal la aritmética en Providencia: de 130 casas nuevas que les prometió Duque, apenas van dos construidas. Y aun así tuvo el descaro de ir a esa isla, de donde ahí mismo lo treparon al avión presidencial de vuelta. Lo embutieron como a pasajero del metro de Tokio. A tiempo, pues el próximo huracán ya está anunciado.

    Este país es un relato de terror. Por ejemplo: ¿todavía no hay orden de captura contra Christian Garcés y el Rambo aquel de gimnasio llamado Andrés Escobar? ¿Qué espera la justicia para sacar de circulación a ese par de peligros para la sociedad? ¿Tocará esperar a que los indígenas —12 de los cuales fueron heridos el 9 de mayo por el bloque paramilitar Ciudad Jardín— les apliquen la pena de los fuetazos? Sería muy poco.


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Nuestro “big bang”

 Texto de Lisandro Duque Naranjo

    Difícil hacer una bitácora de lo que ha estado ocurriendo desde el 28 de abril hasta la fecha en que escribo esta nota, 14 de mayo, y mucho más hasta que se publique: el 17. Nunca este país había puesto una marca tan alta de prestancia moral frente a las humillaciones con que lo han acogotado desde la Conquista. Los misaks madrugaron cobrando deudas antiguas desde lo simbólico. Rara vez he sentido orgullo por esta nación —salvo el que les debo a gente y grupos sociales magníficos—, como el que me suscita haber alcanzado a ser testigo de lo que ha hecho la juventud durante estos 16 días últimos. Como un big bang generacional, hubo un sacudón que se deshizo de la frivolidad, el hedonismo consumista y la resignación que habían robotizado la conciencia colectiva. Colombia levanta la cara, por fin, ante sí misma y ante el mundo, deshaciéndose de la reputación insana que ha sobrellevado a causa de los imaginarios adversos que la han agobiado. Ya el planeta lo sabe y desde ahora será a otro precio. ¡Gracias, muchachas y muchachos! De Cali, de Bogotá, de Medellín, de Pereira, de Pasto, de Neiva, de Buga —y hasta de mi pueblo, Sevilla, déjenme decirlo, adonde acaba de llegar la minga de Purnio—, al igual que de casi todos los municipios, en los que a diario se han visto muchedumbres indignadas, sobradas de ánimo para asaltar el cielo con sus tambores, disfraces, danzas, tatuajes, poemas, hasta más allá de donde no alcanzan la vista ni el oído. Inevitable esta entonación épica. Hay momentos en que las sociedades se juegan su destino a cara o sello.

     Tomo aire y haré un modesto listado de situaciones ocurridas o de frases escuchadas, agarradas al vuelo de entre lo tanto que va, porque esto no acaba todavía.

    Deudores antiguos que han pagado en estas jornadas: Sebastián de Belalcázar, Gonzalo Jiménez de Quesada, Santander, Misael Pastrana (los cuatro, estatuas). Gente de bien: un Carrasquilla (¿quién se acuerda ya de su nombre?) y una Claudia Blum. Pendientes por caer: dos ministros Ruiz, Miguel Ceballos, Marta Lucía Ramírez (que ya empezó a caerse). ¿Y Duque?... no entiendo por qué algunos –Petro, entre ellos– se empeñan en que hay que salvarlo y esperar a que se quite de encima la influencia de Uribe. Cuando ni siquiera sin Uribe, Duque se puede salvar ya del asco nacional. Uribe es otra cosa: la va a meter toda hasta el final, el suyo.

     “Que vuelvan a su hábitat natural”, dijo de la minga Omar Yepes, quien aprende historia en un libro de zootecnia. “Indígenas vs. ciudadanos”, titula Caracol TV. A Ciudad Jardín, en Cali, la rebautizaron Ciudad Bacrim. Ya se quedó así per secula y nadie va a querer comprar en ese barrio. El mercado es así. Que los dueños les cobren lesión enorme a Christian Garcés y a la señora Cabal por incitarlos a boletearse. Y qué tal la agallinada que se pegaban esos vecinos matones cuando los perseguían los de la guardia indígena con sus bastones. Se asustaban ante esa cosmogonía. Aun así, emboscados y junto a la policía, han matado a 50 jóvenes colombianos. Y han violado. Un héroe: monseñor Monsalve. Un mito de esta gesta: Lucas Villa. Prenda del futuro: la capucha. Acontecimientos en desarrollo.


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Hora cero

 Texto de Lisandro Duque Naranjo

  Muchos orientadores de opinión, de buena fe, se debatieron, en las vísperas del 28 de abril, en el dilema ético entre la incitación al contagio (ir a las marchas) o un llamado a la protesta sin abandonar la cuarentena, es decir, virtual (quedarse en la casa y hacer cacerolazo o manifestarse en redes y con tuiteratones). Obviamente nadie quiere cargar con la responsabilidad diferida, dentro de 15 días, por la subida de la curva de la pandemia, que seguramente ocurrirá.

  Para mermarles complejo de culpa a los primeros, hay un argumento obvio, pero imprevisible antes de las marchas gigantescas del miércoles: para un trabajador no hay mucha diferencia, en términos de salud, entre tomar un Transmilenio para dirigirse al trabajo o hacerlo para protestar contra la indignidad de soportar un Gobierno tan tarado como el actual, que incluso al ingreso al túnel blanco le quería instalar un peaje para cobrar un impuesto, no se sabe si en artículo mortis o póstumamente, para que el difunto llegara al más allá endeudado.

   De modo que quien salió a marchar superó el dilema con facilidad: si me voy a enfermar, por lo menos que el contagio me agarre protestando. El 28, sin duda, lo que se vio fueron muchedumbres en un trance casi nihilista o místico, algo así como gritando: “Si nos vamos a morir, vayámonos enfermando”. Aun así, casi todo el mundo llevó su tapabocas, pequeña prenda estratégica, como para dejar constancia de que no estaban para jugársela toda, sino albergando la esperanza de que ahorraban vida para las próximas jornadas. En la suposición —ya no tan cierta— de que a los jóvenes el COVID-19 los puede atacar, pero no alcanza a matarlos, el mayor porcentaje de manifestantes fueron jóvenes. Estuvieron, pues, colmados de heroísmo y de drama esos cientos de miles de ciudadanos que tal vez por primera vez en la historia de Colombia no dejaron un solo pueblo, por pequeño que fuera, sin llenar las calles con su rabia. La vibración que transmitieron esas marchas —incomparables con las anteriores— marca un punto cero de ruptura que tendrá repercusiones en todos los órdenes, incluido, por supuesto, el electoral, pero que lo trasciende hacia destinos más inéditos y transgresores. El solo inicio de la fecha, muy tempranero —la tumbada de la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali, por los misaks—, les otorgó a las marchas una significación simbólica en el sentido de que los privilegios antiguos entran en proceso de liquidación. Que al siglo XXI de verdad le sobran los grilletes y los cepos del viejo orden feudal que no han permitido nuestro ingreso a la modernidad.

   Imaginándose todo eso, el establecimiento agotó sus previsiones enviando tropas a todas partes, hasta quedarse corto. Y por supuesto, reclutando “vándalos”, aunque algunos van por cuenta propia, saqueando televisores que los marchantes les hicieron devolver. El hecho es que, salvo en Cali y Medellín —donde lo que robaron fueron cascos de motocicleta, además de romper vidrios de bancos y de carros de alta gama—, no pasó mayor cosa. En Bogotá, quienes apedrearon al Esmad en el Palacio de Justicia —puro “fuego amigo” concertado— no le hicieron ni cosquillas a la muchedumbre, que ni cuenta se dio. Fueron simple ripio perdido en la marejada. Los alcaldes de Cali y Bogotá ordenaron toques de queda, el primero a la 1 p.m. y la segunda mandó a irse a la casa a las 2 p.m., pero nadie les paró bolas. Hay funcionarios así

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“Mi vida y el Palacio”

Texto de Lisandro Duque Naranjo

     Del holocausto del Palacio de Justicia (6 y 7 de noviembre de 1985) quedaron, si acaso, para la memoria colectiva, las fotos de quienes constituían la plana mayor de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado inmolados en ese acontecimiento demencial. También, la grabación sonora y desesperada del magistrado Alfonso Reyes Echandía pidiéndole en vano al presidente Betancur ordenar el cese al fuego. En las placas conmemorativas del suceso erigidas en 2015, atendiendo la sentencia condenatoria de la CIDH, no fueron esculpidos los nombres de los magistrados auxiliares inmolados y mucho menos los de unas 55 personas más —distintas a los 35 guerrilleros del M–19— que conformaban el personal de cafetería y aseo, estudiantes de derecho, abogados litigantes, secretarias, mensajeros, etc., para un total de 104 muertos.

 De todos estos ignorados, o al menos de la mayoría que le fueron accesibles por los archivos, se ocupa Helena Urán Bidegain en su libro Mi vida y el Palacio (6 y 7 de noviembre de 1985). Pero el nervio de su relato está puesto en la reconstrucción de la trayectoria de su padre, Carlos Horacio Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado, de quien existen pruebas fehacientes (y colectivas, pues todo el país lo vio por televisión saliendo vivo del Palacio el 7 de noviembre a las 2:17 p.m.), de que fue torturado y asesinado a quemarropa (ejecución extrajudicial), llevado luego su cuerpo a Medicina Legal en condición de “guerrillero” y, finalmente, trasladado a las ruinas calcinadas del Palacio, en donde se lo reportó como víctima del “cruce de disparos”.

 La autora revela hechos que pudieron haber determinado que su padre fuera un hombre que, después de salir con vida junto a muchos otros sobrevivientes, estaba condenado de todas maneras a morir: había escrito, un año antes, para el CINEP, un artículo sobre “Una nueva política para las Fuerzas Armadas”, en el que proponía una reestructuración completa del Ejército. Y agrega que si lo descubrieron en la Casa del Florero y se cebaron en él para obtener su identificación plena fue porque era moreno y vestía de manera muy informal, lo que al decir del general Fracica, a propósito de otros sobrevivientes que fueron llevados a un cuarto de “especiales”, “les ayudó su indumentaria y aspecto para no ser tomados como magistrados”.

 La autora, que tenía diez años en 1985, reconstruye la pesadilla que fue su existencia y la de su familia, su mamá y tres hermanas, a partir de esa tragedia. Voces sigilosas le recomendaban a su mamá que se fuera de Colombia, lo que determinó un peregrinaje por varios países: EE. UU., España, Uruguay, y aunque es de España, el País Vasco también. Enfatizo esto porque, siendo niña y habiendo aprendido el inglés en tres años en los Estados Unidos, el castellano de Bogotá se le confundió un poco y sus condiscípulos de Euzkadi le reclamaban expresarse en euskera. Un enredo.

 Las consecuencias emocionales del destierro para esta niña, adonde iba cargaba con la imagen de un padre muy afectuoso, se deben a ese holocausto que siempre nos arderá en la memoria. Con tantas vueltas de la vida, Helena Urán Bidegain se volvió una políglota, sin proponérselo, pero el libro Mi vida y el Palacio es una prueba de que jamás se le perdió el idioma paterno —su madre es uruguaya—, el que maneja de forma excepcional.

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Reinos mineral, vegetal y animal

 Texto de Lisandro Duque Naranjo

    La semana pasada hubo un foro revelador en Hora 20 sobre el tema de los combustibles fósiles. Cuatro expertos disertaron -entre los que había tres exministros de Minas recientes-, y todos coinciden en que le quedan cinco años de plazo a la explotación y uso energético del petróleo y algo menos al carbón. El descrédito de esos minerales es mundial. Lo curioso es que ninguno de esos exfuncionarios había tocado el tema en los últimos años. Ley del silencio. El hecho es que cuando Gustavo Petro, en su campaña presidencial, argumentó sobre los daños ambientales que ocasionan el petróleo y el carbón -lo que obligaba al mundo, desde hace años, a un viraje hacia las energías limpias-, le cayó encima todo el aparato político que después “ganó” las elecciones. Los “periodistas” fletados le desviaban el tema hacia sus zapatos “Ferragamo” y lo increpaban por “polarizador”. Pues bien, uno de los panelistas de ese programa, refiriéndose a la agonía del carbón, que ya no lo quieren en ninguna parte, informó que ese producto pasó de exportar 95 millones de toneladas en 2015 a 15 millones en la actualidad. Se acabó eso, chao Cerrejón. Y no deja de recordar uno cuando el río Ranchería, en La Guajira, fue desviado para atender una bonanza que hubo (ver documental El río que se robaron, de Gonzalo Guillén), mutilando a un departamento al que se le mermaron su otrora 39 % en el censo nacional de aves, sus parcialmente extintas 2.000 especies de plantas, su antaño 19,2 % de reptiles -que se regaron por todas partes a picar a los que se encontraran-, aparte de que los habitantes en el entorno del daño empezaron a caerse de sed y de hambre.

     Hace 15 años ya que los arenques del Báltico -fuente alimentaria de los escandinavos y especie que crea un tejido cultural desde los tiempos de los vikingos- están migrando al polo norte. Se les trepó el precio, antaño popular, a los sánduches de arenque con toronja. Y a la gran industria de enlatados. Los lenguados, besugos y salmonetes del Cantábrico español se están yendo, a su vez, para el Báltico. Los que se quedan, se hunden en las profundidades frías espantados por el calentamiento global, volviéndose inexpugnables para los grandes barcos pesqueros. Y nuestros pargos y róbalos ecuatoriales, por los mismos motivos, ya nadan en aguas de las Canarias y del Mediterráneo, como africanos desesperados.

    En cuanto a las pobres vacas, su boñiga produce el 15 % del metano que incide en el calentamiento global, y en las selvas -sobre todo en Colombia y Brasil donde los ganaderos adquieren gratis los baldíos para echar ahí sus reses a pastar (ganadería expansiva)- generan una deforestación que desequilibra la cuenca amazónica y es causa de inundaciones como la de Mocoa.

    Los cultivos de aceituna españoles -milenaria especie formadora de tradiciones y rutinas laborales- están cambiando sus ciclos de siembras y cosechas, afectando la economía y la cultura, e impactando la circulación comercial en la Unión Europea. Y también en Carulla, en Olímpica, etc., si es que aquí todavía nos consideramos parte de este planeta. Parece imperceptible ese avance de lo anómalo, pero ahí va. Cuando sean simultáneas esas derivaciones, sumadas a los centenares que son propias de un modelo de desarrollo codicioso, el caos llegará de súbito en más frentes de los que nos imaginamos.

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De La Habana viene un barco...

 

Texto de Lisandro Duque Naranjo

       Al día siguiente de abandonar Trump la Casa Blanca, los del Centro Democrático se sacaron de la manga su opción B: “La URSS aún existe” y “de La Habana viene un barco cargado de armas”. Lo que no pudieron durante cuatro años la CIA y el FBI en EE. UU., probar que Rusia había intervenido subrepticiamente en la campaña de Trump, lo tiene listo ya, con todo y pruebas, María Fernanda Cabal, la teórica del Centro Democrático, quien acaba de lanzar un nuevo tratado de geopolítica que instala a Colombia en el vértice de las intrigas mundiales. El brebaje estuvo a tiempo para despegar, ya sin Trump, ¡qué pérdida!, la campaña para el 2022. Y por supuesto incluye alertas de que Rusia y Cuba nos espían, y que se debe comenzar por romper relaciones con ambas. Volvimos a la belle époque sesentera, en versión caricatura, justo cuando Rusia se volvió capitalista y Cuba se ha convertido en una potencia mundial en medicina y ciencias de la salud, aparte de que con respecto a Colombia ha sido unilateralmente pródiga en dación de becas para cursar estudios de medicina, música, cine, arte, etc., y, sobre todo, en ofrecer su hospitalidad, cuando desde acá se la han solicitado, como facilitadora de conversaciones de paz. Minucias.

     Aun así, no me suenan expresiones como “ingratitud”, “felonía” ni “perfidia” para calificar las amenazas del Gobierno de acá de romper relaciones con Cuba. Esas palabrejas son muy melodramáticas y solo adecuadas en obras de repertorio clásico. En realidad, debieran tomarse por el lado risible esas historietas de espionaje que les atribuyen a los funcionarios diplomáticos de la isla en Colombia, al igual que a los de la Embajada rusa, de la que ya expulsaron dos. Si hasta me pregunto por dónde podría comenzar un espía, de cualquier país, tratando de descubrir secretos en esta república. En qué ciencia: ¿aeronáutica?, ¿biotecnología?, ¿ingeniería?, ¿farmacéutica? En COVID, menos, porque los cubanos y los rusos ya tienen sus vacunas para repartirlas solidariamente por el mundo, mientras que aquí ni siquiera las han comprado —que, desde luego, prefieren occidentales y a precio ideológicamente correcto—, quizás a la espera de que llegue alguien que les obtenga utilidad personal en cash.

     Lo correcto sería sospechar que el señor Uribe Vélez, el capo de todas estas intrigas, quiere moverse en las grandes ligas de la derecha internacional. Él es un megalómano y bravuconear con Cuba y Rusia le da caché, pues son países fogueados en conflictos de gran formato. Colombia ahí es un aparecido con ínfulas y su expresidente en realidad remite a la imagen rústica de un arriero regado en una fonda esgrimiendo una barbera. Por lo que le dio la edad, ¡qué vaina! Bastante costumbrista la escena. Uribe obtendría, obviamente, una utilidad adicional con toda esta alharaca que está armando: que se pueda atribuir a artes de espías “comunistas” todo ese saqueo continuado que anida en las instancias de poder y del que se benefician hacendados, caballistas, pastores religiosos, paracos, militares, contratistas de almuerzos escolares, adquirientes subrepticios de baldíos, comisionistas de las nuevas vacunas, etc. En síntesis, toda esa gleba que no necesita un sabueso de la KGB para ser puesta en evidencia.

 

 

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Q. e. p. d.

Texto de Lisandro Duque Naranjo

Alguien me escribirá un recorderis para remediar la omisión de quien no figure en esta lista de amigos fallecidos por COVID-19. Fueron personas cercanas a mis afectos —a muchas llevaba tiempo sin verlas— y, por haberse cortado su existencia en esta peste aciaga, siento la compulsión de evocarlas. La lista es corta comparada con el guarismo triste que ha venido saliendo en las listas de muertos. Aun así, son demasiados, y me procuraron a veces, como a muchos otros deudos y amigos, la indeseable sorpresa de saber de su muerte en tan pocos días. Fueron pocos los que tuvieron algún tipo de relación entre sí, pero todos fueron próximos a mí. Abel Rodríguez e Isidoro León, dos líderes del magisterio muy acatados y honorables entre sus pares, dejaron historia en el sector educativo. Abel construyó, como secretario de Educación de Bogotá, 60 megacolegios. Con Isidoro compartí por teléfono el estupor por el deceso de Abel, quien fue de los primeros. Pocos meses después, Isidoro fue arrancado también.

    La primera muerte amiga que inauguró la pandemia fue María Consuelo Montero. Por ella supimos que el COVID-19 era cierto. Fundadora, junto a Augusto Bernal, de la legendaria escuela de cine Black María, formaron a jóvenes en esa academia informal a la que tuve la honra de pertenecer. Ella estaba curada del espanto de la muerte, pues traía dolencias de hace tiempos que ignoro si se constituyeron en la comorbilidad que la ultimó por corte directo.

   Luisa Fernanda Trujillo, poeta sumergida en una obra intimista, metafísica, dejaba entreabierta una puerta para descifrarle su hermetismo. Dulce temperamento que lidió con un cáncer antiguo sobre el que hizo una bitácora con la que nos orientaba a sus amigos sobre los percances de su cuerpo. En cada mensaje celebraba sus nuevas victorias en las mesas de cirugía.

   Silvio Parra Arcila, en los obituarios de quienes lo despedían en Sevilla, a los que me sumo, pues fuimos amigos desde la infancia, sobresale su pasión erudita como formador de varias generaciones de melómanos en repertorio latinoamericano, del tango en adelante.

   Gloria Toro de Marín, sevillana, detrás del mostrador de Casablanca, al lado de su marido, Juan, fue la mujer que distinguía las canciones con solo pasarles el dedo por el filo a los discos long play. Uno le pedía El escondite de Hernando, y al instante empezaba a sonar, como si los acetatos la conocieran.

   Gustavo Quesada, poeta, académico, ofrecía placidez y bonhomía. Llevaba muchos años sin verlo, pero estoy seguro de que su rostro mantuvo una sonrisa hasta el final.

   Édgar Montañez, comunista, cineasta, egresado de la escuela de Bulgaria. Activista entre la juventud proletaria y barrial de guionistas y directores que son ahora los que mueven las redes con sus documentales contestones. Representó a los cineastas en la Junta de Proimágenes, donde fue confiable para sus colegas.

   Amparo Vanegas, psicóloga, líder estudiantil en los tiempos tumultuosos de los años 70 en la U. N. Polemista hasta el final —compartí mucho con ella en la Tertulia de cine de Diva Botero, en el CUAN—, letrada, alegre y cosmopolita. Debo a su hijo Sergio Becerra la idea de romper el silencio sobre estos cadáveres exquisitos que acudieron casi en soledad a la tumba.

   Y está el maestro mayor: Santiago García, a quien todos los méritos ya le fueron dados. No fue de COVID-19 que murió, pero abrió plaza, por otras dolencias, a los ocho días de iniciada la cuarentena.

 


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Arribismo bélico

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   Cuando Trump, desesperado en su campaña por la posible derrota que le infligiría Joe Biden —quien al final terminó ganándole por estrecho margen—, citaba en sus discursos a Gustavo Petro y también a veces a Juan Manuel Santos como miembros de un eje del mal que desestabilizaría al continente, algunos escépticos acá se lo tomaron muy ligeramente, casi diciendo que los aludidos debieran alardear por haber sido sacados de los límites locales para ser trepados al olimpo de los conspiradores internacionales contra la democracia occidental. No es tan simple la cosa. Ni es atribuible apenas al hecho de que en el estado de Florida habitan muchas colonias de colombianos, venezolanos, nicaragüenses, cubanos, etc., susceptibles al discurso “castrochavista” que se presenta como una amenaza contra el statu quo panamericano. Por fortuna, esta vez Florida no fue la “línea Maginot” —como en cambio sí lo fue cuando Bush hijo le ganó a Al Gore—, pues ya ese estado no decidió la presidencia de EE. UU., mediante el reconteo de un exiguo número de votos. ¡Qué alivio! Esta vez, por lo menos, el ratón Mickey salió por chatarra.

    Desde luego, por la instantánea circulación de las redes sociales, solo ahora adquiere magnitud la alusión de un presidente gringo a figuras de la política colombiana que le resultan adversas (Petro, por ejemplo), aunque en el pasado muchas otras de acá, casi todas las que han desempeñado la presidencia, han merecido que su nombre se pronuncie en los círculos de Washington, pero por serles afines. Otra cosa es que ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta, a causa de la inexistencia para entonces de la globalidad tecnológica. Pero Colombia ha sido para esa potencia un factor de relieve, sin duda, y muy poco honroso.

    Bastante, por ejemplo, debió hablarse de Laureano, cuando envió 4.700 soldados a la guerra de Corea, de los que 196 perdieron la vida y 400 resultaron heridos. Este fue el único país latinoamericano que se inmiscuyó en esa guerra ajena. También fue el único que le dio la espalda a un país hermano cuando lo de las Malvinas. Y que puso a las órdenes de Estados Unidos “lo que se le ofreciera” para Irak. Al final no pidieron tropas de acá, pero aun así docenas de paisanos mercenarios se echaron su viaje. Algunos incluso se perdieron en el desierto, no alcanzando a disparar ni un tiro ni a ganarse un dinar. Como aquí se pegan de un avión fallando, y gente para sacrificar y regalar es lo que hay, después el minguerra Pinzón y el mandatario Santos nos embutieron en la OTAN, cuando ningún otro país de este continente pertenece a esa reliquia de la Guerra Fría.

   Por supuesto que todo este arribismo bélico es el resultado de la megalomanía facha de quien, no saciado con hacer invivible su propia nación, pretende hacer extensiva la discordia —a la colombiana— al resto del mundo. Sumarse a los depredadores habituales como peón de brega. Y bueno, ya estamos insertos dentro del género del espionaje, con Rusia nada menos, país a cuya embajada le montaron una perseguidora con cámaras y “chuzadas” —por el estilo de las que les hacen a nuestros dirigentes de izquierda—, que derivó en la expulsión de dos de sus funcionarios que para los sabuesos de acá deben ser “soviéticos”. Bienvenidos a la nueva Guerra Fría, en la que Colombia repetirá su triste y ridículo papel de república bocalicona.


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La lección de la peste

Texto de Lisandro Duque Naranjo

La pandemia del COVID-19 es apenas un campanazo, del que dice el teórico portugués Boaventura de Sousa Santos, que marca el verdadero comienzo del siglo XXI. Estamos, pues, en el año cero del tercer milenio y de todo lo que viene. Tranquiliza mucho ese pálpito y no porque creamos que de ahora en adelante los horrores del siglo XX serán irrepetibles, sino porque, debidamente procesados estos últimos en su dimensión (guerras, hiperexplotación, deterioro del planeta, etc.), la pandemia permite estrenar cuaderno con otro tipo de conjeturas, no menos dramáticas, pero quizá más alentadoras.

    Aunque en medio de los padecimientos que la pandemia ha causado a la humanidad —desempleo, pobreza súbita para clases sociales que se habían acomodado a una precariedad medianamente soportable y reducción a condiciones aún más desamparadas para quienes ya habían sobrellevado una existencia siempre miserable, etc.—, es evidente que el momento actual ha clausurado la eventualidad de que se retorne a la sospechosa “normalidad” de antes de marzo de 2020. Basta esta certeza para hacer más patéticos los esfuerzos —y aterrizo de una vez en este país, aunque la alarma es universal— de un Gobierno que sigue procediendo como si apenas estuviéramos atravesando por una “gripiña”. Es natural, pues si quien ejerce eso llamado presidencia no estaba ni siquiera preparado para el statu quo prepandémico, menos pudiera esperarse de él la imaginación que reclama esta anomalía terminal.

     Dice Boaventura de Sousa que “el ser humano es apenas el 0,01 % de los seres vivos del planeta”. Yo agregaría que sin duda este Homo sapiens no clasificaba para ser “el primogénito entre las especies”, lo que sería, a futuro, una equivocación de dios. Y lo ha demostrado con creces al ignorar que la naturaleza es una unidad en la que lo cognitivo debe pactar su sobrevivencia con el resto de lo vivo. Es cierto que hubo tiempos más holgados en los que la cultura transgredió la naturaleza, tumbando montes para construir ciudades y carreteras. Pero después de milenios, cuando la cultura conspiró contra sí misma —lo que era inevitable y ocurrió a tiempo— para construir la civilización, se olvidó de lo natural y perdió la umbilicalidad con lo vernáculo de que era producto. Comenzó a deforestar, a correr la frontera agrícola, a matar para hacerse a más tierras, a maltratar la roca para encontrar los fósiles que le permitieran embutir con plásticos las narices de las ballenas y llenar de grandes superficies las ciudades para tentar con objetos prescindibles a quienes renunciaron a ser ciudadanos para mutarse en ese monstruo llamado consumidor. Arrasó el paraíso perdido, que ahora pretende recuperar a través de casas de campo dominicales. O yéndose a pueblos pequeños, siempre y cuando tengan wifi y acceso a Netflix. Pero esto no basta.

       El modelo neoliberal e incluso algunas formas de capitalismo que se las dan de compasivas hace rato que no dan más que problemas al género humano. Y terminarán extinguiéndolo. Curioso que haya tenido que ser una pandemia —que, por supuesto, es apenas un prólogo de otras peores, si no se frena en seco— la que de súbito logró lo que tantas insurrecciones y marchas no alcanzaron. Quizá sea el tiempo de que estas atiendan el llamado de la peste, para que la humanidad se alivie.

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