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“Mi vida y el Palacio”

Texto de Lisandro Duque Naranjo

     Del holocausto del Palacio de Justicia (6 y 7 de noviembre de 1985) quedaron, si acaso, para la memoria colectiva, las fotos de quienes constituían la plana mayor de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado inmolados en ese acontecimiento demencial. También, la grabación sonora y desesperada del magistrado Alfonso Reyes Echandía pidiéndole en vano al presidente Betancur ordenar el cese al fuego. En las placas conmemorativas del suceso erigidas en 2015, atendiendo la sentencia condenatoria de la CIDH, no fueron esculpidos los nombres de los magistrados auxiliares inmolados y mucho menos los de unas 55 personas más —distintas a los 35 guerrilleros del M–19— que conformaban el personal de cafetería y aseo, estudiantes de derecho, abogados litigantes, secretarias, mensajeros, etc., para un total de 104 muertos.

 De todos estos ignorados, o al menos de la mayoría que le fueron accesibles por los archivos, se ocupa Helena Urán Bidegain en su libro Mi vida y el Palacio (6 y 7 de noviembre de 1985). Pero el nervio de su relato está puesto en la reconstrucción de la trayectoria de su padre, Carlos Horacio Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado, de quien existen pruebas fehacientes (y colectivas, pues todo el país lo vio por televisión saliendo vivo del Palacio el 7 de noviembre a las 2:17 p.m.), de que fue torturado y asesinado a quemarropa (ejecución extrajudicial), llevado luego su cuerpo a Medicina Legal en condición de “guerrillero” y, finalmente, trasladado a las ruinas calcinadas del Palacio, en donde se lo reportó como víctima del “cruce de disparos”.

 La autora revela hechos que pudieron haber determinado que su padre fuera un hombre que, después de salir con vida junto a muchos otros sobrevivientes, estaba condenado de todas maneras a morir: había escrito, un año antes, para el CINEP, un artículo sobre “Una nueva política para las Fuerzas Armadas”, en el que proponía una reestructuración completa del Ejército. Y agrega que si lo descubrieron en la Casa del Florero y se cebaron en él para obtener su identificación plena fue porque era moreno y vestía de manera muy informal, lo que al decir del general Fracica, a propósito de otros sobrevivientes que fueron llevados a un cuarto de “especiales”, “les ayudó su indumentaria y aspecto para no ser tomados como magistrados”.

 La autora, que tenía diez años en 1985, reconstruye la pesadilla que fue su existencia y la de su familia, su mamá y tres hermanas, a partir de esa tragedia. Voces sigilosas le recomendaban a su mamá que se fuera de Colombia, lo que determinó un peregrinaje por varios países: EE. UU., España, Uruguay, y aunque es de España, el País Vasco también. Enfatizo esto porque, siendo niña y habiendo aprendido el inglés en tres años en los Estados Unidos, el castellano de Bogotá se le confundió un poco y sus condiscípulos de Euzkadi le reclamaban expresarse en euskera. Un enredo.

 Las consecuencias emocionales del destierro para esta niña, adonde iba cargaba con la imagen de un padre muy afectuoso, se deben a ese holocausto que siempre nos arderá en la memoria. Con tantas vueltas de la vida, Helena Urán Bidegain se volvió una políglota, sin proponérselo, pero el libro Mi vida y el Palacio es una prueba de que jamás se le perdió el idioma paterno —su madre es uruguaya—, el que maneja de forma excepcional.

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Reinos mineral, vegetal y animal

 Texto de Lisandro Duque Naranjo

    La semana pasada hubo un foro revelador en Hora 20 sobre el tema de los combustibles fósiles. Cuatro expertos disertaron -entre los que había tres exministros de Minas recientes-, y todos coinciden en que le quedan cinco años de plazo a la explotación y uso energético del petróleo y algo menos al carbón. El descrédito de esos minerales es mundial. Lo curioso es que ninguno de esos exfuncionarios había tocado el tema en los últimos años. Ley del silencio. El hecho es que cuando Gustavo Petro, en su campaña presidencial, argumentó sobre los daños ambientales que ocasionan el petróleo y el carbón -lo que obligaba al mundo, desde hace años, a un viraje hacia las energías limpias-, le cayó encima todo el aparato político que después “ganó” las elecciones. Los “periodistas” fletados le desviaban el tema hacia sus zapatos “Ferragamo” y lo increpaban por “polarizador”. Pues bien, uno de los panelistas de ese programa, refiriéndose a la agonía del carbón, que ya no lo quieren en ninguna parte, informó que ese producto pasó de exportar 95 millones de toneladas en 2015 a 15 millones en la actualidad. Se acabó eso, chao Cerrejón. Y no deja de recordar uno cuando el río Ranchería, en La Guajira, fue desviado para atender una bonanza que hubo (ver documental El río que se robaron, de Gonzalo Guillén), mutilando a un departamento al que se le mermaron su otrora 39 % en el censo nacional de aves, sus parcialmente extintas 2.000 especies de plantas, su antaño 19,2 % de reptiles -que se regaron por todas partes a picar a los que se encontraran-, aparte de que los habitantes en el entorno del daño empezaron a caerse de sed y de hambre.

     Hace 15 años ya que los arenques del Báltico -fuente alimentaria de los escandinavos y especie que crea un tejido cultural desde los tiempos de los vikingos- están migrando al polo norte. Se les trepó el precio, antaño popular, a los sánduches de arenque con toronja. Y a la gran industria de enlatados. Los lenguados, besugos y salmonetes del Cantábrico español se están yendo, a su vez, para el Báltico. Los que se quedan, se hunden en las profundidades frías espantados por el calentamiento global, volviéndose inexpugnables para los grandes barcos pesqueros. Y nuestros pargos y róbalos ecuatoriales, por los mismos motivos, ya nadan en aguas de las Canarias y del Mediterráneo, como africanos desesperados.

    En cuanto a las pobres vacas, su boñiga produce el 15 % del metano que incide en el calentamiento global, y en las selvas -sobre todo en Colombia y Brasil donde los ganaderos adquieren gratis los baldíos para echar ahí sus reses a pastar (ganadería expansiva)- generan una deforestación que desequilibra la cuenca amazónica y es causa de inundaciones como la de Mocoa.

    Los cultivos de aceituna españoles -milenaria especie formadora de tradiciones y rutinas laborales- están cambiando sus ciclos de siembras y cosechas, afectando la economía y la cultura, e impactando la circulación comercial en la Unión Europea. Y también en Carulla, en Olímpica, etc., si es que aquí todavía nos consideramos parte de este planeta. Parece imperceptible ese avance de lo anómalo, pero ahí va. Cuando sean simultáneas esas derivaciones, sumadas a los centenares que son propias de un modelo de desarrollo codicioso, el caos llegará de súbito en más frentes de los que nos imaginamos.

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De La Habana viene un barco...

 

Texto de Lisandro Duque Naranjo

       Al día siguiente de abandonar Trump la Casa Blanca, los del Centro Democrático se sacaron de la manga su opción B: “La URSS aún existe” y “de La Habana viene un barco cargado de armas”. Lo que no pudieron durante cuatro años la CIA y el FBI en EE. UU., probar que Rusia había intervenido subrepticiamente en la campaña de Trump, lo tiene listo ya, con todo y pruebas, María Fernanda Cabal, la teórica del Centro Democrático, quien acaba de lanzar un nuevo tratado de geopolítica que instala a Colombia en el vértice de las intrigas mundiales. El brebaje estuvo a tiempo para despegar, ya sin Trump, ¡qué pérdida!, la campaña para el 2022. Y por supuesto incluye alertas de que Rusia y Cuba nos espían, y que se debe comenzar por romper relaciones con ambas. Volvimos a la belle époque sesentera, en versión caricatura, justo cuando Rusia se volvió capitalista y Cuba se ha convertido en una potencia mundial en medicina y ciencias de la salud, aparte de que con respecto a Colombia ha sido unilateralmente pródiga en dación de becas para cursar estudios de medicina, música, cine, arte, etc., y, sobre todo, en ofrecer su hospitalidad, cuando desde acá se la han solicitado, como facilitadora de conversaciones de paz. Minucias.

     Aun así, no me suenan expresiones como “ingratitud”, “felonía” ni “perfidia” para calificar las amenazas del Gobierno de acá de romper relaciones con Cuba. Esas palabrejas son muy melodramáticas y solo adecuadas en obras de repertorio clásico. En realidad, debieran tomarse por el lado risible esas historietas de espionaje que les atribuyen a los funcionarios diplomáticos de la isla en Colombia, al igual que a los de la Embajada rusa, de la que ya expulsaron dos. Si hasta me pregunto por dónde podría comenzar un espía, de cualquier país, tratando de descubrir secretos en esta república. En qué ciencia: ¿aeronáutica?, ¿biotecnología?, ¿ingeniería?, ¿farmacéutica? En COVID, menos, porque los cubanos y los rusos ya tienen sus vacunas para repartirlas solidariamente por el mundo, mientras que aquí ni siquiera las han comprado —que, desde luego, prefieren occidentales y a precio ideológicamente correcto—, quizás a la espera de que llegue alguien que les obtenga utilidad personal en cash.

     Lo correcto sería sospechar que el señor Uribe Vélez, el capo de todas estas intrigas, quiere moverse en las grandes ligas de la derecha internacional. Él es un megalómano y bravuconear con Cuba y Rusia le da caché, pues son países fogueados en conflictos de gran formato. Colombia ahí es un aparecido con ínfulas y su expresidente en realidad remite a la imagen rústica de un arriero regado en una fonda esgrimiendo una barbera. Por lo que le dio la edad, ¡qué vaina! Bastante costumbrista la escena. Uribe obtendría, obviamente, una utilidad adicional con toda esta alharaca que está armando: que se pueda atribuir a artes de espías “comunistas” todo ese saqueo continuado que anida en las instancias de poder y del que se benefician hacendados, caballistas, pastores religiosos, paracos, militares, contratistas de almuerzos escolares, adquirientes subrepticios de baldíos, comisionistas de las nuevas vacunas, etc. En síntesis, toda esa gleba que no necesita un sabueso de la KGB para ser puesta en evidencia.

 

 

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Q. e. p. d.

Texto de Lisandro Duque Naranjo

Alguien me escribirá un recorderis para remediar la omisión de quien no figure en esta lista de amigos fallecidos por COVID-19. Fueron personas cercanas a mis afectos —a muchas llevaba tiempo sin verlas— y, por haberse cortado su existencia en esta peste aciaga, siento la compulsión de evocarlas. La lista es corta comparada con el guarismo triste que ha venido saliendo en las listas de muertos. Aun así, son demasiados, y me procuraron a veces, como a muchos otros deudos y amigos, la indeseable sorpresa de saber de su muerte en tan pocos días. Fueron pocos los que tuvieron algún tipo de relación entre sí, pero todos fueron próximos a mí. Abel Rodríguez e Isidoro León, dos líderes del magisterio muy acatados y honorables entre sus pares, dejaron historia en el sector educativo. Abel construyó, como secretario de Educación de Bogotá, 60 megacolegios. Con Isidoro compartí por teléfono el estupor por el deceso de Abel, quien fue de los primeros. Pocos meses después, Isidoro fue arrancado también.

    La primera muerte amiga que inauguró la pandemia fue María Consuelo Montero. Por ella supimos que el COVID-19 era cierto. Fundadora, junto a Augusto Bernal, de la legendaria escuela de cine Black María, formaron a jóvenes en esa academia informal a la que tuve la honra de pertenecer. Ella estaba curada del espanto de la muerte, pues traía dolencias de hace tiempos que ignoro si se constituyeron en la comorbilidad que la ultimó por corte directo.

   Luisa Fernanda Trujillo, poeta sumergida en una obra intimista, metafísica, dejaba entreabierta una puerta para descifrarle su hermetismo. Dulce temperamento que lidió con un cáncer antiguo sobre el que hizo una bitácora con la que nos orientaba a sus amigos sobre los percances de su cuerpo. En cada mensaje celebraba sus nuevas victorias en las mesas de cirugía.

   Silvio Parra Arcila, en los obituarios de quienes lo despedían en Sevilla, a los que me sumo, pues fuimos amigos desde la infancia, sobresale su pasión erudita como formador de varias generaciones de melómanos en repertorio latinoamericano, del tango en adelante.

   Gloria Toro de Marín, sevillana, detrás del mostrador de Casablanca, al lado de su marido, Juan, fue la mujer que distinguía las canciones con solo pasarles el dedo por el filo a los discos long play. Uno le pedía El escondite de Hernando, y al instante empezaba a sonar, como si los acetatos la conocieran.

   Gustavo Quesada, poeta, académico, ofrecía placidez y bonhomía. Llevaba muchos años sin verlo, pero estoy seguro de que su rostro mantuvo una sonrisa hasta el final.

   Édgar Montañez, comunista, cineasta, egresado de la escuela de Bulgaria. Activista entre la juventud proletaria y barrial de guionistas y directores que son ahora los que mueven las redes con sus documentales contestones. Representó a los cineastas en la Junta de Proimágenes, donde fue confiable para sus colegas.

   Amparo Vanegas, psicóloga, líder estudiantil en los tiempos tumultuosos de los años 70 en la U. N. Polemista hasta el final —compartí mucho con ella en la Tertulia de cine de Diva Botero, en el CUAN—, letrada, alegre y cosmopolita. Debo a su hijo Sergio Becerra la idea de romper el silencio sobre estos cadáveres exquisitos que acudieron casi en soledad a la tumba.

   Y está el maestro mayor: Santiago García, a quien todos los méritos ya le fueron dados. No fue de COVID-19 que murió, pero abrió plaza, por otras dolencias, a los ocho días de iniciada la cuarentena.

 


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Arribismo bélico

Texto de Lisandro Duque Naranjo

   Cuando Trump, desesperado en su campaña por la posible derrota que le infligiría Joe Biden —quien al final terminó ganándole por estrecho margen—, citaba en sus discursos a Gustavo Petro y también a veces a Juan Manuel Santos como miembros de un eje del mal que desestabilizaría al continente, algunos escépticos acá se lo tomaron muy ligeramente, casi diciendo que los aludidos debieran alardear por haber sido sacados de los límites locales para ser trepados al olimpo de los conspiradores internacionales contra la democracia occidental. No es tan simple la cosa. Ni es atribuible apenas al hecho de que en el estado de Florida habitan muchas colonias de colombianos, venezolanos, nicaragüenses, cubanos, etc., susceptibles al discurso “castrochavista” que se presenta como una amenaza contra el statu quo panamericano. Por fortuna, esta vez Florida no fue la “línea Maginot” —como en cambio sí lo fue cuando Bush hijo le ganó a Al Gore—, pues ya ese estado no decidió la presidencia de EE. UU., mediante el reconteo de un exiguo número de votos. ¡Qué alivio! Esta vez, por lo menos, el ratón Mickey salió por chatarra.

    Desde luego, por la instantánea circulación de las redes sociales, solo ahora adquiere magnitud la alusión de un presidente gringo a figuras de la política colombiana que le resultan adversas (Petro, por ejemplo), aunque en el pasado muchas otras de acá, casi todas las que han desempeñado la presidencia, han merecido que su nombre se pronuncie en los círculos de Washington, pero por serles afines. Otra cosa es que ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta, a causa de la inexistencia para entonces de la globalidad tecnológica. Pero Colombia ha sido para esa potencia un factor de relieve, sin duda, y muy poco honroso.

    Bastante, por ejemplo, debió hablarse de Laureano, cuando envió 4.700 soldados a la guerra de Corea, de los que 196 perdieron la vida y 400 resultaron heridos. Este fue el único país latinoamericano que se inmiscuyó en esa guerra ajena. También fue el único que le dio la espalda a un país hermano cuando lo de las Malvinas. Y que puso a las órdenes de Estados Unidos “lo que se le ofreciera” para Irak. Al final no pidieron tropas de acá, pero aun así docenas de paisanos mercenarios se echaron su viaje. Algunos incluso se perdieron en el desierto, no alcanzando a disparar ni un tiro ni a ganarse un dinar. Como aquí se pegan de un avión fallando, y gente para sacrificar y regalar es lo que hay, después el minguerra Pinzón y el mandatario Santos nos embutieron en la OTAN, cuando ningún otro país de este continente pertenece a esa reliquia de la Guerra Fría.

   Por supuesto que todo este arribismo bélico es el resultado de la megalomanía facha de quien, no saciado con hacer invivible su propia nación, pretende hacer extensiva la discordia —a la colombiana— al resto del mundo. Sumarse a los depredadores habituales como peón de brega. Y bueno, ya estamos insertos dentro del género del espionaje, con Rusia nada menos, país a cuya embajada le montaron una perseguidora con cámaras y “chuzadas” —por el estilo de las que les hacen a nuestros dirigentes de izquierda—, que derivó en la expulsión de dos de sus funcionarios que para los sabuesos de acá deben ser “soviéticos”. Bienvenidos a la nueva Guerra Fría, en la que Colombia repetirá su triste y ridículo papel de república bocalicona.


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La lección de la peste

Texto de Lisandro Duque Naranjo

La pandemia del COVID-19 es apenas un campanazo, del que dice el teórico portugués Boaventura de Sousa Santos, que marca el verdadero comienzo del siglo XXI. Estamos, pues, en el año cero del tercer milenio y de todo lo que viene. Tranquiliza mucho ese pálpito y no porque creamos que de ahora en adelante los horrores del siglo XX serán irrepetibles, sino porque, debidamente procesados estos últimos en su dimensión (guerras, hiperexplotación, deterioro del planeta, etc.), la pandemia permite estrenar cuaderno con otro tipo de conjeturas, no menos dramáticas, pero quizá más alentadoras.

    Aunque en medio de los padecimientos que la pandemia ha causado a la humanidad —desempleo, pobreza súbita para clases sociales que se habían acomodado a una precariedad medianamente soportable y reducción a condiciones aún más desamparadas para quienes ya habían sobrellevado una existencia siempre miserable, etc.—, es evidente que el momento actual ha clausurado la eventualidad de que se retorne a la sospechosa “normalidad” de antes de marzo de 2020. Basta esta certeza para hacer más patéticos los esfuerzos —y aterrizo de una vez en este país, aunque la alarma es universal— de un Gobierno que sigue procediendo como si apenas estuviéramos atravesando por una “gripiña”. Es natural, pues si quien ejerce eso llamado presidencia no estaba ni siquiera preparado para el statu quo prepandémico, menos pudiera esperarse de él la imaginación que reclama esta anomalía terminal.

     Dice Boaventura de Sousa que “el ser humano es apenas el 0,01 % de los seres vivos del planeta”. Yo agregaría que sin duda este Homo sapiens no clasificaba para ser “el primogénito entre las especies”, lo que sería, a futuro, una equivocación de dios. Y lo ha demostrado con creces al ignorar que la naturaleza es una unidad en la que lo cognitivo debe pactar su sobrevivencia con el resto de lo vivo. Es cierto que hubo tiempos más holgados en los que la cultura transgredió la naturaleza, tumbando montes para construir ciudades y carreteras. Pero después de milenios, cuando la cultura conspiró contra sí misma —lo que era inevitable y ocurrió a tiempo— para construir la civilización, se olvidó de lo natural y perdió la umbilicalidad con lo vernáculo de que era producto. Comenzó a deforestar, a correr la frontera agrícola, a matar para hacerse a más tierras, a maltratar la roca para encontrar los fósiles que le permitieran embutir con plásticos las narices de las ballenas y llenar de grandes superficies las ciudades para tentar con objetos prescindibles a quienes renunciaron a ser ciudadanos para mutarse en ese monstruo llamado consumidor. Arrasó el paraíso perdido, que ahora pretende recuperar a través de casas de campo dominicales. O yéndose a pueblos pequeños, siempre y cuando tengan wifi y acceso a Netflix. Pero esto no basta.

       El modelo neoliberal e incluso algunas formas de capitalismo que se las dan de compasivas hace rato que no dan más que problemas al género humano. Y terminarán extinguiéndolo. Curioso que haya tenido que ser una pandemia —que, por supuesto, es apenas un prólogo de otras peores, si no se frena en seco— la que de súbito logró lo que tantas insurrecciones y marchas no alcanzaron. Quizá sea el tiempo de que estas atiendan el llamado de la peste, para que la humanidad se alivie.

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Devotos y de votos


Texto de Lisandro Duque Naranjo

Son muy diferentes entre sí el presidente Duque y el exfiscal Martínez Neira. En lo único que se parecen es que ambos son malas personas, lo que en cada cual tiene inspiraciones distintas. Duque, por ejemplo, cree en la Virgen y siempre se le atraviesan varias: la de Santa Catalina fue la última, por haber quedado intacto su cuerpo de yeso y cemento luego del azote del huracán Iota. Hay tantas vírgenes en el mundo, que ni siquiera requieren estar hechas de material resistente para sortear ilesas ese tipo de temporales y prestarles un servicio místico a sus creyentes. Que si por fortuna uno de estos es presidente, y aunque no haya sabido nunca de su existencia, es muy funcional para atribuirle un prodigio. Virgen es virgen. Aunque ni en San Andrés, ni en Providencia ni en Santa Catalina ocurrió milagro alguno, pues en esos tres lugares el cielo se les vino encima a sus habitantes dejándolos apenas con lo que tenían puesto. Algo hubieran podido salvar, sin embargo, si desde Presidencia, donde sabían de la inminente calamidad desde hacía tres días, no hubieran confiado tanto en deidades supremas. Eso de la fe, qué casualidad, le sirvió al presidente para reincidir en la negligencia criminal de su propio padre, quien era ministro de Minas hace 35 años y no hizo nada cuando los vulcanólogos previeron con suficiente anticipación el desastre de Armero. A diferencia del Iota en Providencia, el nevado del Ruiz no respetó ni a la virgen del pueblo. Los devotos siempre son un peligro, no solo por su desdén frente a la ciencia, sino porque a la hora de la verdad, y por si acaso la ciencia resulta cierta, les advierten del peligro a sus más allegados, como lo hizo el padre del presidente actual. Ese no parece ser el caso de su hijo, quien es un creyente puro. Recuerdo que en mi pueblo se decía que para tener bajo nivel cognitivo había que cumplir con tres condiciones: comer harto pan, bailar amacizado con la hermana y que se le apareciera alguna vez la Virgen. Tal cual.

El exfiscal Martínez Neira, por su lado, no es nada ostentoso con su credo religioso. Puede que sea agnóstico o laico a secas, el pedazo moral que tal vez sí le heredó a su padre. Y, por lo tanto, no se le ocurre atribuir el cianuro que ultimó a los Pizano, padre e hijo, a una fatalidad ultraterrena. Él prefiere achacarle esas muertes a una casualidad; un simple accidente, para efectos jurídicos. Y listo. Tampoco dijo que eran milicias celestiales las que, bajo sus órdenes, allanaron la JEP en 2018, como si ese tribunal fuera la Oficina de Envigado. Ni Odebrecht, Navelena y el Grupo Aval fueron parejas de faunos salvadas en el arca de Noé, sino “entidades respetables de nuestra institucionalidad”. Y santo remedio.

También cree el señor NHM que heredó de su padre las destrezas del teatro, pero no, esa afición por la dramaturgia la ejerce de manera chueca. Cuestión de ver su sainete tan chapucero para enredar a Santrich e Iván Márquez —bueno, y a De la Calle, al general Naranjo, a Piedad Córdoba y muchos más— en un supuesto alijo de cocaína. El solo “mexicano” de la DEA o del cartel de Sinaloa era un tipo lo más de chapineruno, ala. En Colombia puede engatusar con esa “obra” a más de uno (por ejemplo, a los de Blu Radio), pero ahora que va para España como embajador estará arrepentido de haber involucrado en esa opereta a Enrique Santiago.

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Envigado City

Texto de Lisandro Duque Naranjo

  Se supone que de aquí a que termine de escribir esta columna —y con mayor razón cuando salga publicada, que será el lunes— ya se habrá resuelto la incertidumbre sobre los votos que faltan para que el candidato demócrata, Joe Biden, sea declarado nuevo presidente de los Estados Unidos. Magnífico celebrar que en ese país habrá un gobierno sin la aparatosidad pintoresca del macho alfa que durante los cuatro años anteriores asoló al mundo con sus excentricidades de ricachón mal hablado. Bien ida esa locuacidad obtusa contra los inmigrantes, a los que convirtió en parias y cuyos niños les arrebató para enjaularlos. Queda despachado su desdén por la ciencia con el que ha hecho de su país campeón en mortalidad por COVID-19 —hasta el punto de convertir el tapabocas en una prenda del eje del mal y el no usarlo en un santo y seña de la derecha internacional—. Bajo su gobierno, el tema del cambio climático se convirtió en una entelequia propia de terroristas; su maltrato a las mujeres, en un paradigma para los misóginos, y su racismo, en una incitación para que la peor policía y el KKK reactiven sus hogueras y carnicerías. Aquí en Colombia nada más el estrangular con la rodilla a un indefenso lo estrenaron el 9 de septiembre nuestros policías en la humanidad de Javier Ordóñez. Esa fue la colombianización del “I can’t breathe, please...”, frase agónica de George Floyd a la que se le respeta su idioma original.

   Insólito que una potencia mundial, que tiene entre sus saberes científicos a Silicon Valley, sea tan rústica —además de en muchos valores espirituales— en su sistema electoral. A tal punto que algunas registradurías —una por cada estado— están esperando todavía que lleguen los votos para el conteo, como si vinieran a caballo o en diligencia. Honor que le hacen los Estados Unidos contemporáneos a su umbilicalidad cultural con las épocas del etnocidio indígena y de los cara-pálidas Billy the Kid y Wyatt Earp. Y para no perder este imaginario del Far West, nuestra Katy Jurado bugueña no desamparaba, a punta de Zoom y de Facebook Live, a los electores colombianos de la Florida, mientras su jefe Uribe le hacía un guiño muy eficaz a la cubano-americana María Elvira Salazar, quien quedó electa congresista. También fue jefe de debate de ese americano feo, en Colombia, en Miami y en Washington, el embajador Francisco Santos, dándoles una mano bendita a Lincoln Díaz-Balart y a Marco Rubio, uribistas cubano-americanos, quizás abriéndoles el censo consular de colombianos residentes en la Florida, según la alerta que hizo Iván Cepeda. Campaña activa también la hubo por parte del Gobierno, según lo deduzco leyendo la oferta gratuita de pasabocas y pruebas COVID-19 —allá no se usan los tamales para eso— por parte del consulado en Miami a la colonia colombiana. ¡Por fin hizo algo este Gobierno contra la pandemia! El hecho es que la Pequeña Habana se convirtió en una especie de Envigado gringo, en el que hasta Gustavo Petro jugó como referente estigmatizado por Trump, quien lo tildó —en realidad, un honor— como aliado del diabólico y extremista Partido Demócrata.

  En vísperas electorales hubo alza en la venta de armas, en esa tierra que tiene más tiendas de Smith & Wesson y fusiles AR-15 que establecimientos de McDonald’s (cifra real). Ojalá el weekend no haya estado muy movido.


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Tenga, presidente: minga

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

  Así lo sentí y así lo digo: por supuesto que tanto la llegada de la minga a Bogotá, como su pernoctada en Cali y su paso por Armenia, Calarcá y Soacha podían ser un factor de expansión del contagio de COVID-19. También, las movilizaciones de no indígenas, convocadas para el 21 en varias ciudades del país. Evidentemente se puso en el nervio de las preocupaciones el dilema ese, casi metafísico, incluso nihilista, de la vida o la dignidad, de la enfermedad o la política. Y los contestatarios se decidieron, claro que con tapaboca, por la dignidad y la política. Pero la toma de las calles no fue propiamente el caos de un día sin IVA. Por el contrario, fueron dos jornadas —lunes y miércoles— contenidas, si es que eso puede decirse de la imagen épica de los indígenas trepados en los techos de las “chivas” con sus músicas, plumas, bastones de mando y trajes coloridos en alto, derrochándole estética vernácula a esta capital flemática. Pudo haberle mermado temor al bichito del murciélago el hecho de que gente muy sonada —Trump, Uribe, Barbosa, la señora “Charito”—, parece haber incorporado la enfermedad como un adorno de campaña, algo inofensivo. En efecto, a ellos, el coronavirus que supuestamente los afectó ni los tiró a la cama ni les produjo los desastres corporales y psicológicos que cuenta Héctor Abad Faciolince que padeció su hermana mayor, o que en un texto abrumador narra el magistrado del Consejo Electoral Guillermo Pérez, con quien el COVID-19 se ensañó en serio. No, el contagio que afectó a los mandamases fue una modalidad exprés, muy light —ahí sí una verdadera “gripita”—, de la que se recuperaron sospechosamente rápido. Quizá para vanagloriarse de su invencibilidad física y, en el caso de la senadora Guerra, para volver irremediablemente virtuales las sesiones del Congreso. Mejor dicho, falsos positivos, que en eso son expertos los cuatro. “Pacientes” como estos incentivan el descuido frente a la pandemia.

  Buena la pregunta de Gustavo Petro al presidente del Congreso, Arturo Char: “¿En el caso de encontrarse un infectado en alguna sucursal de las tiendas Olímpica, usted pondría en cuarentena todo el establecimiento, tal y como lo hizo con la sede del Poder Legislativo?”. Regular como actriz, ya en la sesión virtual del Senado, María del Rosario Guerra participó en la plenitud de su aparato respiratorio. Ni una tos de cortesía. Y uno armando cadenas de oración para salvarla de las inclemencias de la UCI.

  Ya entrados en la minga, podría decirse que si no actuaron los tales “vándalos” fue porque la policía, que es la que los lleva e incita, estuvo a distancia. Le tocó al Gobierno replegarse, pues había bastante vigilancia internacional. Además, la autoridad armada le tiene pánico a la guardia indígena, que es muy brava con esas armas simbólicas que empuña. En la vida real, por fin, tuve el regocijo de que ganaran los “indios”, lo que de niño no me fue dado cuando veía películas de vaqueros que masacraban a los sioux, los navajos y los apaches.

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“Lo que no borró el desierto”, libro de Diana López Zuleta, es un relato sobre cómo esta joven, hija de Luis López Peralta, una víctima de Kiko Gómez en Barrancas, Cesar, en 1997, desenmascaró al asesino de su padre y logró hacerlo encarcelar 16 años después. Entre sus virtudes literarias, está el hecho de ser un thriller.

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“Las repúblicas independientes”

 

Texto de  Lisandro Duque Naranjo

Es posible que de personajes como Pablo Emilio Guarín, Javier Delgado y Hernando Pizarro —incluidos en la lista de seis personas que el partido FARC reconoció haberles dado muerte—, muchos hayamos pensado, cuando se conocieron las noticias de sus asesinatos (Guarín, 1987; Pizarro, 1995; Delgado, 2002), que la autoría intelectual y física correspondía a la organización guerrillera ahora desmovilizada. El primero, por “pacificador” del Magdalena Medio, y los dos últimos por fundadores del Ricardo Franco (masacre de Tacueyó). En cuanto a Landazábal (1998) y Chucho Bejarano (1999), siempre me transé por la leyenda urbana, auspiciada por los medios, sobre todo Semana, de que los atentados contra sus vidas se debieron a una previsión de mandos militares de la ultraderecha para silenciarlos a propósito de lo que pudieran declarar en un juicio por la tentativa de golpe de Estado contra el gobierno de Samper Pizano. Lo de Álvaro Gómez Hurtado (1995), en cambio, se atribuyó en los mentideros políticos a que este jefe conservador “les sacó la mano” a los golpistas a última hora, dejándolos montados en la vacaloca. Esta conjetura —que debió rumorearse en Palacio— bastaría para suponer que Samper Pizano tenía más motivos de agradecimiento que de odio con Gómez Hurtado, a diferencia de lo que cree la familia de este, empecinada en considerarlo culpable junto a Horacio Serpa. En esta colada, AUV quiere involucrar a Ramiro Bejarano, columnista de El Espectador. No encajan, obviamente, esas piezas tan a la bartola, y menos ahora que la FARC se ha autoatribuido los atentados.

Sobre Chucho, cuando lo mataron, escribí para El Espectador una crónica titulada “Si me matan, me joden”. Así era su humor. Fui su amigo y estuve con él pocos días antes de que lo mataran, y recuerdo que me contó, muy preocupado, que lo iban a echar de la SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia) —de la que era presidente— “por no haber ido al homenaje que los gremios le hicieron a Rito Alejo del Río y al general Millán”, del que fue oferente AUV. Pero ese lado cívico de su conducta no le impidió ser un crítico severo del proceso del Caguán, de lo que las Farc, que ya habían lidiado con él en Caracas y Tlaxcala, tomaron nota. En junio lo despidieron de la SAC y en septiembre ocurrió su asesinato. De puro capcioso he mirado ahora la página web de la SAC, y excluyeron su nombre de la lista de presidentes de esa organización gremial. En realidad, ya muerto, Chucho quedó “jodido” en su ambigüedad. Su equidistancia ideológica lo hizo ser prescindible, en su trabajo, para un gremio de terratenientes, y en su vida, para una organización guerrillera. No se podía ser un hombre notable —creo que aquí sigue siendo así— y apuntarse en vida a opciones tan disímiles.

Mientras tanto, la familia de Gómez Hurtado y el propio Gobierno siguen necesitando que su victimario sea Samper. Que por plata, dicen, aunque cuesta creerlo, y así les toque exonerar a las Farc, que son confesas. A estas, en cambio, les reservan delitos menos políticos con los que pronto volverán a la carga. Y hasta quieren meter a Piedad Córdoba a la cárcel, “por omisión de denuncia”, como si la primicia no la hubiera dado hace años José Obdulio, en El Tiempo. Un cuento viejo, lo que pasa es que la gente no leía a José Obdulio. Pero más antigua aún fue la memoria de Marulanda, quien en el 95 no había logrado olvidarse de lo ocurrido en el 64.

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