Texto
de Lisandro Duque Naranjo
Una
alianza investigativa conformada por Cuestión Pública, Vorágine, Rutas del
Conflicto, El Veinte y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística
(CLIP) denunció la semana pasada la existencia de una pirámide de votantes de
Abelardo de la Espriella. Supongo que desde estos medios ya pusieron al tanto
de la trampa a la campaña de Iván Cepeda, y que éstos están tomando las medidas
adecuadas.
Hasta
el momento informan de un millón 400 mil implicados –policías, gobernadores,
alcaldes y contratistas– (unos son incautos y otros deliberados). El hecho es
que muchos fueron inscritos como gancho ciego por terceros, pues los requisitos
son muy básicos: número de cédula, teléfono y correo electrónico, que son
accesibles. Ahí puede caer uno, sin darse cuenta. Y el incauto puede enterarse
accidentalmente solo si escribe a la Registraduría para inscribirse como
testigo o jurado, y ahí salta la alarma. Entre los inscritos por decisión
propia están alcaldes (por ejemplo, el de Cúcuta, autoridades de ese nivel, y
hasta gobernadores), y muchos funcionarios más, principalmente contratistas de
Barranquilla, Catatumbo, Norte de Santander, Valle del Cauca y el eje cafetero
y, por supuesto, de Armenia, Manizales y Pereira. En esta última ciudad se
negoció el paquete completo de un millón 400 mil personas, cuyos datos y
nombres se repartieron por todo el país. Ahí está la diferencia de votos
–662.222– en la que aventajó De la Espriella a Iván Cepeda. El resto, hasta
completar un millón 400 mil votos, se usaron para igualar el número de votos
que ya Cepeda le llevaba de ventaja al llamado Tigre.
Me
parece que fraude, pues, sí hubo. Y muy grande. De ahí que uno no entienda que
se haya sacralizado tan extremadamente “el respeto a las instituciones” y que
se haya vuelto tan innombrable la sospecha de fraude.
Los
premios que otorga –que creo son tres apenas– esta defraudación son: primer
premio: un viaje con Abelardo, en su avión, a un partido de la Selección
Colombia en México con todo pago. Segundo premio: derecho a acompañar a
Abelardo en su sede de campaña a esperar los resultados. Y tercer premio:
asiento en primera fila para la posesión de Abelardo.
Sugiero
–aunque hay expertos más calificados– un método para detectar por los jurados a
los tramposos, sean estos deliberados o su nombre incluido sin consultárselo:
que en las grandes concentraciones de votantes denunciadas (Barranquilla,
Medellín, Norte de Santander, Valle del Cauca y Eje Cafetero), se sometan las
cédulas a un segundo control, mediante una aplicación, para negarles el derecho
a votar. Y que se las retengan por la Registraduría como cuerpo de delito para
la investigación. Aun así, qué cuento de darles el dato al “quita-visas” del
gabinete de Trump. Que no sean metidos.
Tiene
que ser muy tacaño Abelardo para otorgar premios tan pichurrios. Pero,
siguiendo sus pezuñas, lograremos que viaje sin ningún invitado al partido de
fútbol en México. Y sin título de presidente. Y que de una vez cruce el río
para quedarse en el país de donde es ciudadano.
Al
doctor Miguel Ángel del Río, nombrado veedor de fraudes, le tocará abarcar
varias regiones distintas de Barranquilla. Y descubrirá hasta dónde llegan los
brazos de los clanes de los Char, Name, Zabaráin, Efraín Cepeda, Ashton,
Meisel, Pulgar, Gerlein, etc., etc.
