En un programa
nocturno, no recuerdo si de radio o de TV —La noche, Hora 20, 360 grados, eso
es lo mismo todo—, decían José Obdulio Gaviria, o Alfredo Rangel, o Rafael
Guarín, o Plinio Apuleyo, o Martha Lucía Ramírez, o los “moderadores” Diana
Calderón, o Hassan Nassar, o Jefferson Gurisatti —da igual también pues cada
cual repite lo de los otros—, que el barco coreano Chong Chong Gang,
interceptado en Panamá hace 15 días, lo que traía era armas cubanas para las
Farc.
Al día
siguiente, en uno de esos programas, y en un rapto emocional, Juan Lozano decía
que ese arsenal era la prueba de la existencia del eje maléfico
“Maduro-hermanos Castro-Farc” o, más pomposo aún, “Venezuela-Cuba-Farc”. Y
hasta metió a Corea del Norte en esa pomada. Y a “Hezbolá”, y a Irán. Muy
internacional la cosa. De esos países dijo que eran “escondites de prófugos de
los Estados Unidos”, como si eso fuera terrible. Estando en ese momento en su
apogeo el caso Snowden, se escapó Moscú de quedar en el cuento. De buenas
Puttin.
Una de las
consecuencias, ojalá la única, de haber involucrado en ese tropel a una
organización y un país islámicos, ha sido que a la mezquita musulmana de la
avenida 30 con calle 80, en Bogotá, le empezaron a llegar panfletos de grupos
locales que acusan a esa comunidad de “terrorista” y “enemiga de la sociedad”.
Como dice la novena de María Auxiliadora, de nuestra más rancia cultura
católica: “A ti cuya potencia, del sarraceno impío, venciendo el poderío salvó
la cristiandad…”. Fieles hay aquí de sobra para emprender una nueva cruzada
contra los moros, luego de habernos fracasado la tentativa de afiliarnos a la
OTAN.
Es un enigma el
motivo por el cual se les atribuye a las Farc un poder conspirativo tan global.
Y más aún el que esa gestión foránea, tan auspiciosa en lo militar, no genere
prisa en el gobierno por lograr con su contraparte en La Habana un acuerdo
negociado. A menos que los sectores que se oponen a éste lo que quisieran fuera
darles en la jeta a varios países, como si pudieran. Esos guerreros y guerreras
de emisora, como Don Quijote en sus momentos de mayor fiebre, piensan que su
problema no es contar a sus enemigos, sino batirse con ellos. O mejor, que se
batan a su nombre los pobres soldados.
También puede intuirse que a la patota del
centro democrático, y a otros sectores sueltos por ahí, incluso del propio gobierno,
lo que les resulta insoportable de ponerle fin a la guerra son las
consecuencias electorales. Y que conste que son ellos los causantes de ese
pronóstico, pues no se dan reposo otorgándoles a las Farc una enorme influencia
—que llaman “infiltración”— entre diversas fuerzas sociales que posiblemente
serían sus aliadas si se llegara al posconflicto. Que los habitantes de Tibú,
los mineros, los cafeteros, los indígenas, los estudiantes de la Mane, los de
la Marcha Patriótica, en fin.
En contraste,
el comandante del Ejército, general Sergio Mantilla, dijo el miércoles que a
ese grupo ya no le quedan sino cuatro gatos y que le pone tres años para que
desaparezca. Debiera ponerse de acuerdo con el ministro de Defensa para ver
cómo es la cosa, porque según éste están regados por todas partes.
El libro de
Noemí: Noemí Sanín debería agregarle, al libro sobre supuesto tráfico de
influencias entre la exmagistrada china de la Corte de La Haya y el exembajador
nicaragüense del mismo tribunal, el confeso, aunque tardío, conflicto de
intereses entre el asesor de la parte colombiana, Rafael Nieto Navia, y su
yerno, empleado de la empresa china que va a construir ese canal. El libro
ganaría color local y sería más actual, pues la relación entre los dos primeros
fue hasta 2005, mientras que la de los dos últimos estaba vigente cuando se
perdieron los 75.000 km².
Por: Lisandro Duque Naranjo
