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Polvo eres…

A la cruz de ceniza que para iniciar Cuaresma ponen los curas en la frente de sus feligreses, le han cambiado la textura y cada vez le aumentan más el tamaño.

Ya no es esa huella prudente y gris que se iba erosionando durante el día, para corroborar la fragilidad de la vida, sino una sustancia gruesa y oscura que al secarse se cuartea, cayéndose a pedazos o de una vez completa. A un amigo que trabaja en la Procuraduría, el sol tempranero le tumbó la suya camino a su despacho, y tuvo que regresarse a la iglesia a repetir la cola para que le chantaran su cruz en la frente, ya que si hubiera llegado con ésta limpia, hubiera pasado por hereje. Ese rito, pues, en esa dependencia, carece del componente íntimo mediante el cual cada uno asume que está de paso en la tierra, y adquiere un carácter exhibicionista en el que no tanto los funcionarios se enrostran unos a otros que “polvo son y en polvo se convertirán”, sino que cada cual —así sea agnóstico, pentecostal o ateo— se somete a la presión católica para evitar, quizás exagerando la nota, que lo que se le vuelva polvo sea el nombramiento.

El nuevo ingrediente que se está usando para los miércoles de ceniza, desde luego es producto de la escasez de la materia prima original. Como por razones ecológicas la ceniza no proviene ya de la quema de las palmas del domingo de ramos de la Semana Santa anterior, según lo ordenaba el culto antiguo, la Iglesia ha buscado otros insumos, que en Colombia parecieran ser el alquitrán o la tinta negra de imprenta espesada con almidón.

Esa argamasa innoble, sin embargo, tuvo mucho éxito durante el gobierno anterior, cuando al comenzar la Cuaresma el presidente de la República, su gabinete completo y los presentadores y presentadoras de televisión la ostentaban en su frente en forma farisea. Fue tan jactancioso ese gobierno con su falsa devoción, con sus demagógicas invocaciones a Dios y su madre santísima, encomendándose a cada rato, de forma populista, al padre Marianito, y dándose bendiciones astutas ante cualquier menudencia, que uno le agradece al actual —no obstante estar integrado por creyentes— mostrarse sobrio en las demostraciones de su fe.

De los fariseos, dijo Jesús: “Todo lo que hacen es para obtener notoriedad. Hacen grandes sus fetiches, alargan sus flecos y adoran ocupar las primeras sillas en las sinagogas” (Mateo 1-8).

Quedan, claro está, remanentes de fanatismo monacal que debieran preservarse por mero folclore. En éstos días, Fernando Londoño Hoyos soltó por su Hora de la verdad esta frase sobre alguien a quien detesta: “¿Alguien le ha oído a monseñor Rubén Salazar invocar a Dios?”.

Quien el pasado miércoles de ceniza sacó a relucir por televisión esa cruz burda en la frente fue un miembro de la Dirección Conservadora. Aprovechó la fecha, desde luego, para defenderse del indirectazo a la mandíbula que les lanzó a algunos de sus copartidarios el ministro Vargas Lleras, en el sentido de que habían convertido la Dirección de Estupefacientes en “un fortín de hampones”. El ministro no incluyó en sus acusaciones los casos de Incoder, Finagro y AIS, pero sí lo hizo luego Andrés Pastrana, a quien a veces se le aparece la Virgen.

En todo caso, es improbable que cualquier católico de la base le haya comido cuento al aire litúrgico con que ese senador disfrazó la avidez conservadora por los bienes temporales en tiempos de Uribe. No apenas por las tierras, sino por los carrazos y la hotelería suntuosa decomisados a la mafia. No frecuento las sagradas escrituras —lo que es un error, pues es magnífica literatura—, pero leí en una que “la santa ceniza impone también el deber del remordimiento antes de cuarenta días”. Otra cosa es que los del DNC no tengan fe en ella, a causa del material con que la están fabricando. Que no por eso deja de servirles como maquillaje para presentarse en televisión.

lisandroduque@hotmail.com

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Escritos y escrituras



Autor Lisandro Duque Naranjo

En un artículo de hace como quince años, el escritor y columnista de El País de Madrid Javier Marías especulaba sobre qué hubiera pasado si acaso la propiedad de los derechos de autor fuera a perpetuidad y no prescribiera a partir del momento en que los artistas cumplen ochenta años de fallecidos.

Marías, haciéndole cuentas a los recaudos de El Quijote, decía que la familia Cervantes sería la más rica de España en el siglo XX e incluso desde mucho antes. En cuanto a los Quevedo, serían playboys y mandarían la parada en los casinos de Marbella.
En esa misma línea, a los Shakespeare en Inglaterra, y a los Rabelais en Francia, no habría con qué comprarlos. Serían dueños de equipos de fútbol, miembros de lo más granado del jet set y conformarían una realeza literaria posiblemente parásita. En cuanto a los descendientes de los evangelistas, si recibieran aún las regalías de los sermones en las iglesias, constituirían una empresa transnacional con pleno poder para decidir a quién sentar en el trono de San Pedro. Teniendo en cuenta que esas familias acaudaladas suelen ser muy permisivas con sus miembros, así se trate de unos tarambanas, quién sabe qué le pasaría al que ejerciendo ese pontificado dinástico provocara una disminución de la feligresía y pusiera en riesgo la sostenibilidad de doctrina tan lucrativa. A lo mejor lo sustituirían por un teólogo particular, a sueldo, o le venderían la franquicia vaticana a una entidad privada que garantizara la preservación del dogma.

No entiendo por qué los grandes autores de siglos remotos dejaron que la propiedad de sus obras se venciera a tan corto plazo, mientras familias como los Borbón, tan improductivas intelectualmente, conservaron hasta el infinito su derecho a los bienes y al poder. Pero no es solo la nobleza: en nuestro país, los escritos de Jorge Isaacs, que han divertido y conmovido a millones, son ahora de dominio público —La María la puede editar cualquiera—, mientras las escrituras de una hacienda del siglo XVII, como si fueran sagradas, siguen pasando de una generación a la siguiente de una misma familia. Y eso que son textos muy aburridores, pues su redacción se debe a notarios.

Al artista le toca, pues, en cualquier época y lugar, fundar su genealogía a corto plazo. Y creo que hace bien no quejándose, así los tataranietos de un Vincent Van Gogh, por ejemplo, hayan heredado apenas su prestigio, y no sean hoy propiamente unos magnates.

En el arte, además, nunca ocurre que si un gran creador muere, sus deudos puedan reemplazarlo en el oficio. Al fallecer Alejandro Obregón, nadie dijo que menos mal ahí quedan su viuda, o sus hijos, para que sigan pintando. Y si éstos fueran artistas plásticos, nadie esperaría de ellos que continuaran con los cóndores o los toros, ni se les perdonaría que lo intentaran. María Mercedes Carranza, verbigracia, heredó de su padre la pasión poética, pero no hubiera podido ser piedracielista, tocándole empezar de cero.

En política es otra cosa: matan al candidato Chamorro en Nicaragua y ahí mismo eligen como presidenta a su viuda Violeta, una señora que nunca había hecho política. Y lo hizo tan mal como seguramente lo hubiera hecho su marido. Igual pasó con Corazón Aquino en Filipinas. Y quería Mubarak, en Egipto, que un hijo suyo lo sucediera, y aspira a lo mismo Gadafi en Libia. Las tentaciones monárquicas son inherentes a la política, aunque se trate de plebeyos. Y se consideran asunto natural por parte de las masas. A un delfín del poder, pues, ya sus padres le han ahorrado la mitad del esfuerzo, de modo que coronar el gobierno le resulta pan comido. El arte, en cambio, y su público respectivo, no soportan las líneas de sucesión y exigen de quien ejerce un lenguaje creador rupturas respecto a quienes lo antecedieron en el mismo. En mayor grado si entre éstos se encuentran quienes lo engendraron o parieron.


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Vestuario y secuestro

El presidente santos recriminó airado a las FARC por haber devuelto a la libertad al concejal de Garzón, Armando Acuña, vestido con un flux completo, con todo y corbata.

No es ese, sin duda, un traje adecuado para salir de la manigua, aunque si la tela es ligera, y se consigue en esas zonas tórridas, el detalle no merece tanto énfasis. Además, el propio secuestrado, a quien sus captores no le dieron opción de otra hebra, ni siquiera se quitó el saco, o la corbata, o por lo menos le aflojó el nudo a ésta, cuando estuvo ya bajo el cuidado de la comisión humanitaria. Debió ser porque sabía que iba a vérselas con periodistas, y eso hay que respetárselo. Esas críticas, sin embargo, de un dandy bogotano, el doctor Santos, acerca de qué es lo típico en sastrería regional, o en atuendos para cautivos liberados, duraron poco y el trámite para las liberaciones posteriores continuó.

Estaría por verse, si acaso fructifica el empeño de Piedad Córdoba por conseguir la libertad de los cautivos restantes, cómo va a manejarse el tema de las prendas a usar por los 16 militares en el momento de comparecer ante los medios. Quizás esa sea la razón por la que el Gobierno es alérgico a los “shows mediáticos”, que no son otra cosa que las imágenes que quedan para la posteridad sobre ese trayecto que cumplen los liberados al salir de los helicópteros, saludar a sus familiares y comparecer ante los medios, antes de hacer el trasbordo a las naves de la FAC, en las que les han llevado vestuario nuevo para que sustituyan el que les han dado sus captores, que no pocas veces es “de uso privativo del Ejército”, lo que irrita a esta institución. No me extrañaría que esa guerra de los trapos les resultara más importante a las FF.AA., y a las propias FARC, que la negociación de una amnistía o de una constituyente. En asuntos de uniformes, las organizaciones armadas, legales o ilegales, extreman su sentido del honor.

Ya para las últimas dos liberaciones en el Tolima, quien les buscó el pierde fue el doctor Eduardo Pizarro. El funcionario, en efecto, con ligereza irresponsable, atribuyó a las FARC el hecho de que los pilotos brasileños se equivocaran en la interpretación de las coordenadas —algo usual en estas operaciones—, y armó un alboroto con el que alcanzó a alertar a la opinión pública de que estábamos ante un “Emmanuel II”. Su aparición en los medios fue enardecida y patética. Eso le dio cuerda a especulaciones en el sentido de que las FARC estaban aprovechando la quietud del Ejército en esa zona para sacar a Alfonso Cano del “Cañón de Las Hermosas”, poniéndolo a salvo en otro departamento. Como quien dice, que habían utilizado a Piedad como un gancho ciego, lo que minaría el liderazgo humanitario y pacifista de la exsenadora.

Por fortuna el presidente Santos —aunque en la barahúnda llegó a decir que abortaría la liberación del mayor Solórzano y el cabo Sanmiguel—, apenas tuvo claro que todo había sido fruto de la irreflexiva actitud de Pizarro, le dio luz verde a la reanudación del complejo operativo. Y colorín colorado…

El gomelo y los colegios distritales
El concejal Felipe Ríos está empeñado hace rato en hacerle la guerra a los megacolegios distritales. Como no soporta las monumentales arquitecturas escolares, de carácter público, que han hecho de Bogotá la única capital latinoamericana que ha cumplido las metas del milenio en educación, ahora le ha dado por denunciar que 13 de los nuevos planteles —de un total de 280 recientes—, carecen de licencia de construcción, un impasse adjetivo.

Le importa poco que la gratuidad educativa es total, que la alimentación que reciben los escolares es monitoreada por expertos de la Nacional y de Harvard, que la estatura y peso de los pelados han crecido respecto a los promedios históricos y que se han aumentado en el 39,6% sus resultados en las pruebas del ICFES.


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Para tres días que vamos a vivir…

Hace poco, una mujer muy cercana a mis afectos decidió deshacerse de una cantidad de objetos y enseres, otrora muy valiosos para ella, regalándolos o vendiéndolos a precio de huevo.

Igualmente desistió de su vivienda, demasiado espaciosa según su criterio, y se mudó con lo estrictamente necesario, libros sobre todo, a un apartamento de tamaño discreto ubicado en un barrio —o más bien una cuadra— sin ruidos. Le pregunté el porqué de esa decisión y me dijo sin ningún dramatismo y disfrutando del silencio de su nuevo domicilio: “Esto se llama un preparativo general para la muerte”. Aunque prematura la actitud, pues hablo de una persona de salud óptima que ni siquiera llega a los sesenta años —lo que técnicamente le augura varios cuartos de hora más en esta vida—, la califiqué como un acto de sabiduría. Yo, que la aventajo en no poca edad, sin darme cuenta llevo viviendo así hace rato. Cuando estreno zapatos, por ejemplo, creo que serán ya los últimos, aunque para burlar la muerte, termino comprándome unos nuevos apenas al par ya usado empiezo a inspirarle ese cariño que los zapatos le tienen a su dueño viejo.

No es que me sienta en las postrimerías, pero me gozo mejor cada instante de respiración desde que superé la arrogancia de que la muerte sólo les ocurre a los demás. Asumí el tiempo. Ya no rechazo al que me tiende una mano para ayudarme a sortear, innecesariamente, un obstáculo pequeño, ni me hago el saludable cuando me ceden un asiento, ni me las doy de atlético frente a quien se ofrece a llevar mi maleta. Esos desplantes se los dejo a los cincuentones. Eso sí, mi máxima aspiración es que nadie tenga que sacarme nunca a una terraza a que reciba sol. Odio la franqueza senil —que algunos tienen por virtud— y me limito a matizarla con una sinceridad prudente.

Hace dos años, en el Festival de Cine de Chicago, me encontré en un acto con tres colegas, uno español, el otro argentino y el tercero brasileño. Testigo de lo que conversamos fue la actriz Adriana Arango, quien cuando se despidieron mis tres amistades, me dijo: “Oye, con esos tres tipos sólo hablaste de muertos…”. En efecto, con el español el tema fue el fallecimiento reciente de un amigo en común, Pepe Escriche, director del Festival de Cine de Huesca. Con el argentino, el deceso del muy querido por ambos, Salvador Samaritano, veterano y divertido crítico y cineclubista bonaerense. Y con el brasileño, la extinción ya algo remota de quien cuando nos encontramos la última vez estaba con nosotros: Cosme Alves Netto, el director de la Cinemateca de Río de Janeiro. Evocarlos en la breve tertulia, sin embargo, no me compungió.

Ya varios amigos míos, en vista de que “salieron hacia interior cielo”, como decía Mayolo —también difunto—, tienen nombre de galardón: el premio Cacho Palero, un productor argentino, se otorga a la mejor película latinoamericana en un festival español. El “Trofeo Oscar Soria” se le da al mejor guión en Bolivia. Y así…

Solía, en este espacio, escribir semblanzas sobre las personas queridas que dejaban de existir. Pero cuando murió el cineasta Manuel Franco, en septiembre, una amiga insidiosa me llamó para decirme: “Bueno, ahí se le fue otro amigo. Me imagino que le irá a dedicar esa columna suya que ya parece un obituario”. Me acomplejó tanto que no fui capaz ni de pegar media frase. Y con todo lo que tenía por decir sobre el finado. Te la debo, Manuel.

A propósito, odio el verbo “ir” para referirme a los que fallecen. Es de un lirismo baboso. Comparto la actitud de la mamá de Ángel Guarnizo, quien ya moribunda en su cama y mientras sus hijas la despedían diciéndole “váyase tranquila mamá, que usted fue muy cumplidora de su deber”, les respondió con esta sentencia postrera:
–No repitan más eso de “váyase”, por favor, que yo no voy a viajar. Yo me voy es a morir.

Y expiró.

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Ensayo de desastre

Un día de comienzos de año, durante la proyección de una película en una sala del centro de Bogotá, y mientras caía un aguacero definitivo, la voz de un empleado del teatro pidió en tono de alarma a quienes tuviéramos carro en el parqueadero que nos apuráramos a sacarlo, pues el sótano se estaba inundando.

Unas treinta personas empezamos a bajar esos peldaños marcados por una sucesión de luces azules para evitar que se vayan de narices quienes los transitan en la oscuridad. Cumplí el trayecto con un ritmo decoroso, como si fuera a comprar crispetas. Esa parsimonia se debió a que asumí, en una mezcla confusa de masoquismo y solidaridad, la inminencia de ser víctima también de la furia de los elementos. No soy de los que cuando es afectado por una adversidad menor se consuela acordándose de los que sufren calamidades de verdad. Por el contrario, ante las tragedias ajenas, intuyo la eventualidad de que éstas puedan ocurrirme a mí. No era ese el caso, pues no estaban en juego ni mi vida, ni la de la gente que quiero, ni el lugar donde habito, ni mis pertenencias más queridas, sino apenas un aparato sustituible si de pronto estaba al día en la póliza, de lo que ni me acordaba.

Mientras me permitía esa lentitud para llegar al sótano, repasé en la memoria esas escenas de miles de colombianos náufragos trepados en los techos de sus casas, arrojándoles lazos a sus hijos para rescatarlos y rodeados de los cadáveres flotantes de sus animales. Esas imágenes traumáticas me bastaron para considerar una vulgaridad desbocarme escaleras abajo.

Pese al contraste, mi carro, aunque de gama modesta, merecía ser salvado. De modo que, para ayudarle con algo de épica a ese recorrido cumplido con desgano, recordé tantos vehículos a los que apenas se les veía el techo en docenas de sótanos convertidos en estanques. Si así de hundido, o quizás menos, estuviera el mío, ¿seré de los que se sumerjan a ver qué puede hacerse?, alcancé a pensar. ¿Y que se me mojen los papeles que llevo en la camisa? Cuántas fruslerías baraja uno en las situaciones límites. Pero nada que aceleraba el paso, como si el torrente, cuyo ruido empezó a subir encajonado por el callejón final de las escaleras que daban al sótano, fuera a esperarse a que yo terminara mis especulaciones metafísicas antes de decidirse a convertir mi pequeño cupé en un galeón antiguo irrecuperable.

Ya en el subsuelo de ese multiplex, me intimidó la magnitud de una catarata de metro y medio de ancho, que se precipitaba desde la parte superior del parqueadero proveniente de alguna canal que no resistió la embestida de la tormenta. Me intimidó, en ese recinto inmenso y cerrado, la acústica de gritos deformes revueltos con el choque de la cascada contra la superficie de esa laguna cuyo nivel alcanzaba a un poco más abajo de las rodillas de los conductores ya metidos en sus aguas, con los pantalones arremangados y llevando los zapatos y las medias en la mano. Finalmente todos los carros, incluido el mío, al que llegué con los zapatos puestos y las mangas del pantalón metidas entre las medias, fueron evacuados por los dueños que salimos en caravana del lugar. Sobre la superficie flotaban paquetes de papas fritas, servilletas untadas de mostaza con pedazos mordidos de salchichas y vasos de cartón con sus pitillos asomándose como periscopios de diminutos submarinos. Aquello no fue propiamente un Titánic, sino una tempestad en un vaso de gaseosa.

Desde entonces, y aunque la naturaleza es más implacable con quienes viven en las llamadas zonas de riesgo, a los que ya les hizo el daño, tomé esa experiencia como un ensayo del desastre que puede sobrevenirnos, en cualquier parte, a quienes todavía no nos ha hecho nada, muchos de los cuales se creen inmunizados frente a ella. La zona de riesgo es el planeta, en el que este país hace méritos para ser de los más expuestos.


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Nota aclaratoria

Con ocasión de la presentación en Venezuela de la película "Los Niños Invisibles", y la publicación en estas paginas de una nota tomada de un medio electrónico de ese país, donde se le atribuye la autoría del filme al Nóbel, García Márquez; recibí en estos días pasados la siguiente nota aclaratoria de parte del maestro Lisandro Duque Naranjo.

“Alirio: Feliz año, hermano. Mira, traté de enviar un comentario a El Ciudadano, a propósito de la información que reprodujeron sobre "Los Niños Invisibles", pero no pude lograr que saliera. Soy muy chambón para eso. Pero te cuento: algunos medios le atribuyen esa historia a García Márquez, lo que no es cierto. De hecho, yo le mandé la película a GGM, ya terminada, y lo que me dijo después de verla, fue: "a Mercedes le gustó, en cuanto a mí, creo que fuiste un miedoso al no volver al niño protagonista realmente invisible". Obvio que no estuve de acuerdo, y se lo dije. Haber convertido el pelado en un invisible verdadero, hubiera trastornado por completo la intención de esa historia. La gracia es que el protagonista crea que es invisible, sin serlo. Pero bueno, Gabo también tiene derecho a equivocarse. En cuanto a mí, me preocupa que hasta en Whikipedia le atribuyan ese relato a nuestro Nóbel, pero no me alcanza el tiempo para pasármela rectificando ese equívoco. Un abrazo de Lisandro.”

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